FRANCISCO NAVAS DE CASTRO
Regente de Nombela (Toledo)

El Granito de Arena (nº 704 y 705) de 5 y 20 de marzo de 1937, recoge en la página 48:

“Nos llega la triste noticia de haber sido fusilado… el señor cura de Nombela (Toledo) don Francisco Navas, joven y celoso sacerdote, Discípulo de San Juan desde seminarista, entusiasta de nuestra Obra”.

El siervo de Dios Francisco Navas de Castro nació el 17 de septiembre de 1903 en Malpica de Tajo (Toledo). Recibió la ordenación sacerdotal el 17 de febrero de 1929, de manos del Cardenal Segura. Cantó misa en Los Navalmorales, el 4 de marzo de 1929, como se nos narra en una extensa crónica de El Castellano, que nos ofrece una suculenta información.

  • El que se convertirá en compañero de martirio, que ejercía ya de coadjutor en la parroquia de Los Navalmorales, actúa como diácono en el cantemisa.
  • El predicador será el siervo de Dios Martín Pérez Carbonell, “unido a este pueblo y al nuevo sacerdote, con vínculos de verdadero afecto y cariño; pues él inició y fomentó la vocación del misacantano, cuando en este pueblo ejercía su ministerio sacerdotal, como oportunamente lo recordó en el curso de su discurso, con santa y dulce emoción” (don Martín ejerció de coadjutor de 1914 a 1918; sufrió el martirio en la ciudad de Toledo, el 23 de julio de 1936. El doctor Pérez era beneficiado mozárabe de la Catedral Primada).
  • La misa “fue magistralmente cantada por la capilla de la primada, bajo la competente dirección del señor Ferré”. El siervo de Dios Luis Ferré caerá acribillado bajo las balas, el 25 de julio de 1936, en el toledano Paseo del Tránsito.
  • La crónica, que la firma “un sacerdote forastero”, califica así al misacantano: “Satisfecho y agradecido puede estar el corazón del bueno de don Francisco, al cariño que le demostró su pueblo”.
  • El párroco, el siervo de Dios Prudencio Leblic, recibirá el martirio siendo párroco de Madridejos y arcipreste de La Mancha.
  • Durante el brindis en el almuerzo, “requerido por todos”, el señor predicador (Martín Pérez Carbonell) “se levantó y brindó porque nos reuniéramos de nuevo a festejar las bodas de plata del novel sacerdote, con la alegría y entusiasmo que reinaba en aquellos momentos”. EL 4 de marzo de 1954 no llegó para ninguno de los protagonistas…
  • Termina el cronista expresando estos votos: “Quiera el Señor que horas de tan intensa emoción y piedad religiosa, con motivo de la nueva misa, vividas en el cariñoso y simpático pueblo de Los Navalmorales, se traduzcan en obras de fe y se despierten los entusiasmos religiosos y la chispa de la vocación sacerdotal prenda en algunos corazones y puedan de nuevo en plazo no lejano las campanas de la iglesia repicar a gloria, porque un nuevo sacerdote sube al altar, mientras en lo alto de la torre ondee como ondeaba el lunes, la bandera que anuncie al pueblo, que un hijo suyo es capitán de la milicia del Señor”… Pero, lo que realmente sucedió siete años después fue el martirio de don Francisco y del coadjutor de la parroquia…
  • Solamente un última apreciación que no podemos confirmar ¿celebraría don Francisco su primera misa un lunes, por ser el 4 de marzo, el día que el beato Manuel González fundó la Obra de las Tres Marías y de los Discípulos de San Juan, a la que el mártir pertenecía?

«El 23 de abril también escribía el cura regente de Nombela, Francisco Navas, para informar cómo el lunes 20, a las 10 de la noche, irrumpieron en su casa más de quince miembros de la Juventud socialista del pueblo, mientras en la calle había otros sesenta, con estacas, conviniéndole a dejar libre en cuarenta y ocho horas la casa rectoral, entregándosela para instalar en ella su centro o la Casa del Pueblo; iban en plan retador y amenazante, de modo que no pudo protestar ni defender sus derechos, hasta que al fin se marcharon. Al día siguiente el pueblo entero pasó por la casa, protestando del hecho, y en previsión, cinco jóvenes católicos fueron a Escalona a comunicar el atropello al cura, Guardia Civil, y a un diputado. A las cuatro de la tarde llegó un camión con guardias civiles; hablaron con el alcalde, y al marcharse le aseguraron tranquilidad, indicándole que no abandonara la casa. El miércoles le llamó el alcalde y ante el secretario y la corporación en pleno, junto a una comisión de la Juventud socialista, hablándole de la conveniencia de abandonar la casa para demolerla y hacer un grupo escolar; el cura respondió que no podía acceder al requerimiento sin ponerlo antes en comunicación de sus superiores y una orden del ministerio de Justicia, en virtud de la Ley de Confesiones. El alcalde insistió en buscar una fórmula para sin previo expediente poder comenzar inmediatamente el derribo, disminuyendo así el paro; el secretario, por su parte, dijo que ante todo había que cumplir la ley, de modo que no se hizo nada. Pero la Juventud conminó al sacerdote para que de todos modos abandonase la casa. Por ello, ese mismo día 23, para calmar los ánimos, comenzó a trasladarse a otra casa, quedándose con la llave. Lo hacía a una de las muchas casas que le habían ofrecido. De lo contrario, por la noche hubiera habido enfrentamientos.

Su primer destino fueron una serie de pueblos de la provincia de Guadalajara: Alpedrete de la Sierra, Tortuero de la Sierra y Valdesotos. Después, en enero de 1936, desde las parroquias alcarreñas de Torre del Burgo y Heras de Ayuso, pasó como regente de la parroquia de Nombela (Toledo).
Juan Francisco Rivera Recio en su magistral obra La persecución religiosa en la Diócesis de Toledo (1936-1939) (tomo II, página 157) explica que el día 3 de mayo de 1936, cuando se celebraba la fiesta de la Veracruz, un grupo de obreros irrumpió en la iglesia, suspendiendo el culto. Ocho días después don Francisco era expulsado de la parroquia por las autoridades marxista: era el 11 de mayo.
Miguel Ángel Dionisio Vivas en su obra El clero de Toledo en la primavera de 1936, nos cuenta que:

El alcalde quiso que se informara al ministerio diciendo que la casa estaba inhabitable, y que el cura la dejaba voluntariamente, pero este se negó, pues como escribía a Modrego “desde luego la casa está en buen estado general” y según decían los más ancianos había sido donada en testamento a la Iglesia hacía bastantes años para vivienda del párroco. Por lo demás el pueblo no quería que se marchase, y ante el rumor de que se iría, los mismos socialistas le insistieron en que nada iba contra el cura, y que por ello no había motivos para irse del pueblo. El secretario de cámara, al responderle, afirmaba que el cura había hecho bien en oponer la resistencia necesaria, y lo mismo al abandonar la casa para evitar perturbaciones, aunque era necesario que continuase en poder de la llave; si trataran de obligarle a la entrega, y no hubiese otro medio para que estuviera segura, debía pasársela al juez municipal, y si este no ofreciera garantías, al juez de instrucción del partido, de modo que si intentaran alguna cosa, sería allanamiento de morada, a la que se opondría la acción judicial» (págs.. 119-120).

«El 23 de abril también escribía el cura regente de Nombela, Francisco Navas, para informar cómo el lunes 20, a las 10 de la noche, irrumpieron en su casa más de quince miembros de la Juventud socialista del pueblo, mientras en la calle había otros sesenta, con estacas, conviniéndole a dejar libre en cuarenta y ocho horas la casa rectoral, entregándosela para instalar en ella su centro o la Casa del Pueblo; iban en plan retador y amenazante, de modo que no pudo protestar ni defender sus derechos, hasta que al fin se marcharon. Al día siguiente el pueblo entero pasó por la casa, protestando del hecho, y en previsión, cinco jóvenes católicos fueron a Escalona a comunicar el atropello al cura, Guardia Civil, y a un diputado. A las cuatro de la tarde llegó un camión con guardias civiles; hablaron con el alcalde, y al marcharse le aseguraron tranquilidad, indicándole que no abandonara la casa. El miércoles le llamó el alcalde y ante el secretario y la corporación en pleno, junto a una comisión de la Juventud socialista, hablándole de la conveniencia de abandonar la casa para demolerla y hacer un grupo escolar; el cura respondió que no podía acceder al requerimiento sin ponerlo antes en comunicación de sus superiores y una orden del ministerio de Justicia, en virtud de la Ley de Confesiones. El alcalde insistió en buscar una fórmula para sin previo expediente poder comenzar inmediatamente el derribo, disminuyendo así el paro; el secretario, por su parte, dijo que ante todo había que cumplir la ley, de modo que no se hizo nada. Pero la Juventud conminó al sacerdote para que de todos modos abandonase la casa. Por ello, ese mismo día 23, para calmar los ánimos, comenzó a trasladarse a otra casa, quedándose con la llave. Lo hacía a una de las muchas casas que le habían ofrecido. De lo contrario, por la noche hubiera habido enfrentamientos. El alcalde quiso que se informara al ministerio diciendo que la casa estaba inhabitable, y que el cura la dejaba voluntariamente, pero este se negó, pues como escribía a Modrego “desde luego la casa está en buen estado general” y según decían los más ancianos había sido donada en testamento a la Iglesia hacía bastantes años para vivienda del párroco. Por lo demás el pueblo no quería que se marchase, y ante el rumor de que se iría, los mismos socialistas le insistieron en que nada iba contra el cura, y que por ello no había motivos para irse del pueblo. El secretario de cámara, al responderle, afirmaba que el cura había hecho bien en oponer la resistencia necesaria, y lo mismo al abandonar la casa para evitar perturbaciones, aunque era necesario que continuase en poder de la llave; si trataran de obligarle a la entrega, y no hubiese otro medio para que estuviera segura, debía pasársela al juez municipal, y si este no ofreciera garantías, al juez de instrucción del partido, de modo que si intentaran alguna cosa, sería allanamiento de morada, a la que se opondría la acción judicial» (págs.. 119-120).
        Alguna página más adelante, prosigue el Dr. Dionisio Vivas informándonos del caso de Nombela:
«El 4 de mayo el cura de Nombela, Francisco Navas, informaba de los altercados ocurridos el día anterior en el pueblo, cuando estaba celebrando una fiesta. La misa fue interrumpida durante el canto del Gloria, cuando un guarda con carabina entró solicitando la presencia ante el alcalde del hermano mayor, quien acudió acompañado por el resto de los hermanos, dispuestos a enfrentarse con los izquierdistas; el cura ante los gritos y pavor desatado, suspendió todo, sumió las formas del sagrario y se refugió en la casa, que estaba custodiada. Como consecuencia acabaron en la cárcel de Escalona doce personas de las más afectas a la iglesia, entre ellas “seis mujeres de las que más frecuentan los Sacramentos”. Durante todo el día hubo agitación. Señalaba que su familia estaba aturdida, después de otros dos sustos en quince días. Por ello, y aunque le aseguraban que con él no iba nada, y a pesar de que su actuación era exclusivamente ministerial, incluso había suspendido la catequesis y la explicación del Evangelio, no se fiaba y pedía que se le trasladara. Dada la situación, abandonó la parroquia y marchó a Los Navalmorales. Desde allí señalaba el 20 de mayo de los problemas que tendría cualquier otro cura que fuese enviado al pueblo pues lo que les molestaba de su actuación no era “por ser Francisco Navas, sino por ser el Cura del pueblo”. El, por su parte, deseaba volver al pueblo, pues había campo para trabajar, pero creía que debía dejar de pasar tiempo, para que desaparecieran los rumores y la animadversión, que por el momento imposibilitaban toda acción e incluso la estancia en el mismo. Entretanto ayudaba a don Liberio, junto al cual creía aprendería bastante, por lo que rogaba se le dejara unos meses allí. Pero el secretario de cámara no consideraba oportuno dejar sin provisión la parroquia de Nombela, de modo que le preguntaba si era posible su regreso y si no, para pensar en el envío de otro sacerdote» (pág. 123).
Así pues, don Francisco, fue a refugiarse con los suyos en Los Navalmorales. 

Finalmente, ambos sacerdotes, don Francisco y don Tomás, permanecieron recluidos en sus domicilios hasta el 28 de agosto, en que los milicianos del pueblo los hicieron subir a un camión y conducidos al término de Navahermosa fueron fusilados. Antes del fusilamiento gritaron valientemente: ¡Viva Cristo Rey!
Fueron sepultados en el cementerio de Navahermosa.
Don Juan Francisco Rivera recuerda “que a excepción del libro 18 de bautismos, todo el archivo parroquial fue pasto de las llamas…”. La iglesia parroquial fue destinada, desde el 24 de julio, a parque de artillería y más tarde de automovilismo, pero “el Santísimo no fue profanado. Las Sagradas Formas fueron recogidas por un piadoso feligrés quien se las entregó al coadjutor don Tomás Rodríguez. Al ser fusilado el 28 de agosto, fueron recogidas por un seminarista del pueblo que las entregó a don Ángel Jiménez. En casa de este señor han estado durante treinta y dos meses y se dio el caso curioso que al terminarse la guerra no presentaban señal ninguna de corrupción cual si hubieran sido renovadas recientemente… El dominio rojo duró hasta el 28 de marzo de 1939” (La persecución religiosa en la Diócesis de Toledo (1936-1939) (tomo II, página 158-159).