| MARTÍN ÁLVAREZ VÁZQUEZ |
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Natural de Fuensalida (Toledo), nació el 30 de enero de 1872, y se ordenó de sacerdote el 30 de marzo de 1895. Entre sus primeros destinos don Martín había ejercido el ministerio en el pueblo toledano de La Mata y San Pedro (Don Julio Muñoz Cuesta, actualmente decano del presbiterio de Toledo, cuando estalló la guerra tenía 22 años y estaba en los últimos cursos de los estudios eclesiásticos. Don Julio recuerda perfectamente al Siervo de Dios que le pedía que acudiese durante los veranos a Calera para dar clase a alumnos que lo necesitaban).
Unos años antes de que estalle la guerra le encontramos en Calera y Chozas (Toledo) allí le sorprenderá la persecución religiosa. Los testigos declaran que ya en la Semana Santa del 36 cuando sacaron los pasos del Cristo y de la Virgen se produjeron ciertos altercados para impedir que salieran las imágenes. Las mujeres salieron al frente pero los sacerdotes fueron agredidos. La guardia civil salió a caballo para disolver el altercado. Las notas mecanografiadas de don Juan Francisco Rivera Recio destacan que don Martín “fue multado por las autoridades. Ante los continuos abusos que se hacían en la casa rectoral, optó por salir de ella, refugiándose en la casa del sacristán. Su coadjutor, don Pablo Zaba Marina, que vivía con su madre en la primera planta de la casa parroquial, pudo librarse de la muerte con que le amenazaban por hallarse en esos días ausente de Toledo. Luego sirvió como capellán castrense”. En una publicación conocida como el “Tercer avance del informe oficial” editado en otoño de 1936, aparece un documento fechado el 23 de septiembre, que narra los siguientes hechos: “En este pueblo se organizaron las matanzas izquierdistas el 19 de julio. Fue uno de los más castigados, tanto por los horrendos crímenes cometidos, como por los saqueos. Al ser detenidos, los presos eran martirizados horriblemente en presencia de sus familiares… En la cárcel su vida era inhumana, sin alimentos, sin agua, agonizando de sed y sufriendo sistemáticas palizas con barras de hierro.
Los testigos, que aún viven, confirman como la sacristía hacía de prisión, en ella se hacinaban más de treinta hombres; y, en el centro de la iglesia, habían amontonado las imágenes destrozadas a hachazos y los retablos que ya habían sido arrancados. En la puerta de la calle habían colocado la imagen del Santísimo Cristo de Chozas (En la obra de PORRES DE MATEO, J., RODRÍGUEZ DE GRACIA, H. y SÁNCHEZ GONZÁLEZ, R., Descripciones del Cardenal Lorenzana, (Toledo, IPIET, 1986) podemos leer en la página 151: en “el lugar de Chozas ay en ella una imagen de Jesuchristo con la cruz a cuesta, de estatura de dos varas de bulto, de un semblante y aspecto respetoso, mui milagroso; y cada día están experimentando los pueblos de la comarcar beneficios de su Magestad, por lo que de continuo vienen a dar las gracias al Santísimo Christo de Chozas (que esta es su advocación)…”.
A raíz de los sucesos de 1808-1809 (la afrancesada) el lugar de Chozas quedaría muy mal parado así como su iglesia; la imagen del Cristo así como sus alhajas y enseres litúrgicos fueron llevados al final de la Guerra a la iglesia parroquial de Calera, por decisión del Tribunal Eclesiástico de Toledo. La venerada imagen fue llevada a Calera hacia 1825, o posiblemente en el año 1826 cuando se hace el traslado del retablo de su iglesia (GRUPO INVESTIGACIÓN “CALERA 1809”, Calera 1809: un pueblo toledano en la Guerra de la Independencia (Toledo 2009), págs.. 39-44).para que velase por los presos, vestido de miliciano portando un fusil (en lugar de la cruz) para mayor escarnio.
Como ya dijimos antes, los milicianos se ensañaron con el párroco, le multaron y le expulsaron de la casa rectoral. Don Martín se fue a la casa del sacristán, Francisco Hita Varela, quién junto a su esposa Juliana Rodríguez, acogen al Siervo de Dios. Pero pronto fue detenido y encarcelado a lo largo de un día. Puesto en libertad volvió a la casa del sacristán. Dos o tres días después volvieron a encarcelarle hasta el 7 de agosto. La última vez, el nieto del sacristán que apenas contaba 4 años de edad recuerda la escena de tremendo dolor. El sacerdote instó a Francisco que “no dejara abandonada la Iglesia” y se despidió de ellos dándoles un abrazo y rogando que rezaran por él.
El Siervo de Dios Martín Álvarez fue asesinado con don Fructuoso Garrido Moreno. Don Fructuoso junto a su esposa Águeda Carrasco habían sido padrinos de los casi 1.500 niños que fueron confirmados por el Cardenal Segura el 16 de abril de 1930, en la visita que realizó a Calera. Don Fructuoso, era un funcionario jubilado que desde Madrid había regresado a su pueblo; un hombre bueno… deseamos dejar constancia de su nombre, aunque por desgracia como el de tantos otros, sobretodo seglares, no figure en nuestro Proceso. Los dos fueron fusilados y arrojaron sus cuerpos al río Tajo. La orografía y el paisaje del río han sufrido una gran trasformación especialmente con la construcción del pantano de Azután. La Central Hidroeléctrica de Ciscarros (Agradecemos a doña Araceli Rodríguez Bodas que nos ha facilitado una foto del famoso cajón de Ciscarros, en las proximidades de Aldeanueva de Barbarroya (Toledo). Se trataba de un cajón conectado con las dos orillas, mediante un cable, que fue muy utilizado para pasarse de un bando a otro sobre el río Tajo. La fotografía nos permite ubicar la Central Hidroeléctrica de Ciscarros que daba luz a los municipios de la zona), en el término de Calera en la finca del Arco (del grupo de Hidroeléctricas Renilla) está actualmente bajo las aguas del pantano. El puente de hierro donde los detenidos eran ajusticiados fue volado por los mandos republicanos para evitar que desertasen de sus filas, según avanzaba el ejército nacional. Luego fue sustituido por otro de construcción. Pero la tradición oral nos ha conservado los lugares donde sucedieron todos los hechos.
Conservamos el testimonio de doña María López García. Su padre se llamaba Lucinio López Carchenilla, que era el Jefe de la Central Eléctrica en donde vivían. La declarante recuerda que sabiendo que los cuerpos de los ajusticiados pasaban por delante de la Central, salía a observar cada día si alguno bajaba río abajo para que su padre mandase parar las turbinas a fin de que los cadáveres no fuesen triturados. Según recuerda, al día siguiente del martirio del párroco, vio como cuatro o cinco cuerpos eran arrastrados por la corriente, entre ellos el del Siervo de Dios, tras lo cual avisó a su padre. Tras parar las máquinas y recuperar los cuerpos, la guardia republicana (cinco milicianos) que custodiaban la Central llamaron a sus mandos. Milicianos venidos de Calera se presentaron con la orden de que la corriente del río se llevase los cadáveres. Luego amenazaron a Lucinio con que si sacaba algún cuerpo más lo ajusticiarían a él (Entonces, según la testigo, desde aquel día cuando veían bajar los cuerpos de los que siguieron ajusticiando se limitaban a parar la maquinaria para que los cuerpos pudiesen seguir río abajo). Con unos palos largos devolvieron los cuerpos al río Tajo. En el libro de difuntos de la parroquia de San Pedro de Calera y Chozas, correspondiente al año 1936, en el folio 89 podemos leer: “El Sr. Cura párroco de esta D. Martín Álvarez después de martirizado fue arrojado al río Tajo”.
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| MANUEL GIL MARTÍN |
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A finales de los años 20 ejercía en Calera y Chozas (Toledo). El 8 de abril de 1927 encontramos en las páginas interiores de “El Castellano”, los siguientes elogios, encabezado por el siguiente título: “En Calera. La labor de un buen sacerdote. Llegó, vio y venció. La fe vuelve”.
El artículo dice: “Por reconocimiento, por gratitud y ante todo y sobre todo por amor a la justicia, no debe permanecer mi pluma quieta e indiferente ante la meritoria labor que, no bien llegado a este pueblo, ha emprendido su dignísimo párroco don Manuel Gil Martín. Por su humildad y exagerada modestia, sé que ha de contrariarle no poco la lectura de estas líneas, mas tengo para mí que las buenas obras deben lanzarse a los cuatro vientos para que sirvan de estímulo y sano ejemplo. Habíamos llegado a tal estado de abandono e indiferencia en materia religiosa que daba pena ver la iglesia casi vacía, no solo en los días de precepto, sino también en aquellas de gran solemnidad. La fe se extinguía por momentos al ver el estado de abandono y necesidad del templo, de este hermoso templo que, lleno de grandes goteras, grietas y resquebrajaduras, amenazaba derrumbarse con grave riesgo de las pocas personas que lo frecuentaban. No ha mucho, se derrumbó un trozo de cielo raso, que milagrosamente no causó víctimas. Hemos tenido ocasión de ver las ropas y salvo algún terno y algunas casullas, lo demás, sobre todo en ropas blancas, era un montón de trapos sucios, ajados y llenos de rotos que causaba lástima e indignación a la vez. Por prudencia y caridad no quiero profundizar más en este delicado asunto, limitándome a lo dicho para dar una ligera idea de cómo ha encontrado esta iglesia su digno párroco recientemente posesionado de ella. Yo he visto asomar las lágrimas a sus ojos al ver el arduo problema que ante él se presentaba. No era nada fácil poner el remedio con la urgencia que el caso requería. Nuevo en un pueblo y desconocido para todos, aunque algunos tuviéramos de él las mejores referencias, se hacía un poco difícil arrastrar a la masa común e inclinarla a su favor para que cada uno, con arreglo a su voluntad, acudiera a remediar el mal. Sin embargo, su voluntad, su ejemplo, su perseverancia y sobre todo su escrupulosidad y amor en el cumplimiento de su sagrado ministerio, a pesar de su breve actuación, han inclinado al pueblo todo a su favor y el éxito más grandioso ha correspondido a su esfuerzo. Justo es consignar que este pueblo ha sabido apreciar enseguida las dotes que adornan a don Manuel Gil, al que se profesa verdadero cariño y se rinde la admiración que merece. Los pobres enfermos y los impedidos, que tan olvidados estaban hace unos años, ya tienen quien les predique consuelos y les conforte su espíritu. La fe vuelve a todos. Recabado por el párroco el apoyo de las autoridades locales y bajo la presidencia de aquél y de éstas, se celebró hace días una reunión en el Ayuntamiento, a la que asistieron los principales contribuyentes para tratar de remediar el estado casi ruinoso del templo, y al efecto todos los asistentes se suscribieron con alguna cantidad, encabezando la lista de donantes el señor cura y las autoridades. En el acto, y a instancias del párroco, que por delicadeza se opuso a intervenir por sí solo en las obras, se nombró un comisión compuesta por el repetido párroco, don Manuel Gil Martín; alcalde, don Virgilio Renilla; juez municipal, don Leoncio Jiménez, y los señores don Ramón Granda, don Víctor Izquierdo, don Gregorio Luengo, don Pablo Rodríguez y don Eduardo Carrasco Jiménez. En días sucesivos, el señor cura, acompañado por señores de la comisión, recabó la voluntad de los vecinos casa por casa, contribuyendo con su modesto óbolo casi todo el pueblo. Se ha invitado también para que contribuyan a engrosar la cantidad recaudada, a los terratenientes y personas de esta localidad que tienen fuera de ella su residencia. En el arreglo y recosido de las ropas trabajan sin descanso familiares y servidumbre del señor cura, casi desde su llegada a ésta, y aún les queda para rato. Un grupo de distinguidas señoritas, compuesto por Natalia Granda, excepcionalmente caritativa, bondadosa y simpática, Teodosia, María e Isabel Rivera, Lágrimas Renillas, Anita Taldívar, María Jesús Granda, Beatriz Izquierdo y Elena Mateo, han echado sobre sí el trabajo de confeccionar ropas blancas, costeadas por ellas, para donarlas a la iglesia. Es también merecedora de todo elogio doña Dominga Gallego, que anticipando el cumplimiento de una cláusula testamentaria, ha entregado a esta parroquia ropas y ornamentos de la capilla particular que perteneció al finado don Gregorio Chico y Velada. Todo esto se debe a la acertada gestión de nuestro capellán, don Manuel Gil Martín, al que felicitamos de corazón y al que, para bien del pueblo, deseamos largos años de permanencia entre nosotros”. PACO GÓNGORA “El Castellano” del 2 de julio de 1927 recoge la crónica de la fiesta del Corazón de Jesús: “Con toda grandiosidad se ha celebrado la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús… Ocupo la cátedra sagrada el párroco don Manuel Gil Martín, que haciendo gala de sublime oratoria, predicó un sermón meritísimo por el tema y la composición". Un especial que, con motivo del Corpus, publica “El Castellano” el 7 de junio de 1928 recoge una interviú con el alcalde de Calera, don Virgilio Renilla. Al ser preguntado por los futuros proyectos, el Sr. Alcalde alaba el buen hacer de los cuatro maestros que trabajan que “unido su esfuerzo al del incansable párroco, D. Manuel Martín Gil, que tan gran incremento ha sabido dar a la catequesis, y que está haciendo una labor de apóstol, formarán una generación que honrará nuestro pueblo”. El 19 de marzo de 1930 predicó en la solemne función religiosa que por San José se celebra en la iglesia de las Madres Bernardas de Talavera de la Reina. El 21 de abril de 1930, una vez más las páginas de “El Castellano” se hacen eco de la visita del Cardenal Segura el día 16 a Calera y Chozas (Toledo) para confirmar a cerca de 1.500 niños. Tras explicar todo tipo de detalles sobre las costumbres que se tenían por entonces al recibir al Cardenal, el cronista afirma “Su eminencia reverendísima, revisó acto seguido los altares acompañado del señor cura párroco don Manuel Gil Martín, que le explicaba con todo detalle quienes habían costeado los tres nuevos, recientemente instalados. Seguidamente revisó también las ropas y ornamentos sagrados que se hallaban expuestos con mucho gusto y muy ordenadamente en la sacristía, causándole gran contento y admiración el precioso arca que se estrenará mañana en el monumento, regalado por el rector del Colegio de Chamartín de la Rosa, reverendo padre Enrique Jiménez, al que tanto debe esta iglesia y que es un perfecto calco de la del Monasterio de Guadalupe. Acto seguido, empezó la confirmación, siendo padrinos don Fructuoso Garrido Moreno y su esposa doña Agueda Carrasco, recibiendo el sacramento de la confirmación cerca de 1.500 niños. Desde el templo y acompañado de autoridades y numerosísimo público se dirigió al Ayuntamiento, donde entronizó el Sagrado Corazón de Jesús… Altamente satisfecho ha marchado de este pueblo nuestro Prelado y así lo manifestó a todos en su despedida. Por ser de verdadera justicia, no queremos regatear nuestra sincera felicitación al señor cura párroco…” Los últimos años, antes de que estalle la guerra, el Siervo de Dios recibe el nombramiento como ecónomo de la parroquia de Santiago Apóstol en Talavera de la Reina (Toledo).
Tras finalizar la contienda entre las notas que inmediatamente tomó don Juan Francisco Rivera Recio podemos leer: “Celebró la santa misa hasta el 21 de julio, inclusive; el 22 sumió el Santísimo Sacramento y privadamente siguió celebrando en el templo hasta el 25, fiesta patronal de la parroquia. Este mismo día a las tres de la tarde le fueron a tomar declaración en el Cuartel de Milicias (Fundación Joaquina Santander) devolviéndole al domicilio en donde estaba refugiado. En el comité le dijeron que estuviese tranquilo, si bien el pudo oír como se celebraba una conferencia telefónica con Calera. A las diez de la noche del 3 de agosto fueron de nuevo a buscarle. Se despidió de todos “hasta la eternidad”; y mientras bajaba la escalera iba repitiendo: “¡Padre, perdónales que no saben lo que hacen!”. La noche del 3 al 4 de agosto de 1936 fue fusilado o por el camino o al llegar a Calera. Como es sabido en el Archivo Histórico Nacional está la llamada Causa General, en la cual se conserva, pueblo a pueblo, para toda España, la información que mando elaborar el General Franco, tras finalizar la guerra. El nombre oficial es: Instrucción de la «Causa general» sobre los hechos delictivos cometidos en todo el territorio nacional durante la dominación roja, creada por Decreto de 26 de Abril de 1940 y encomendada al Ministerio Fiscal. Entre los nueve estados creados para obtener esta información, los más relevantes son los tres primeros:
Bien, pues del estado nº 3 de lo acontecido en Talavera de la Reina, obtenemos la siguiente información complementaria: “En tiempo de la República unos desalmados robaron la forma (consagrada) de la Custodia. Los detuvieron pero enseguida quedaron en libertad. Uno de ellos, que era albañil, le preparó una cencerrada. El 31 de julio le sacaron de su casa, le llevaron a la Iglesia, le quitaron el traje talar y en mangas de camisa le pasearon por las calles. El 2 de agosto le llevaron al Comité y el 3 le metieron en un coche y camino de Calera lo asesinaron”. Finalmente la Postulación conserva en su poder fotocopia de los originales de lo que se llama “el ramo de Talavera de la Reina” con consultas del Sr. Fiscal Instructor de la Causa General de Toledo solicitando noticias de diferentes personas represaliadas en la zona republicana. Sobre el cuerpo del Siervo de Dios Manuel Gil, el 20 de diciembre de 1941, el Juez Municipal notifica que: DILEGENCIA.- La pongo para hacer constar que en el ramo de la Pieza Principal correspondiente a Calera y Chozas figura al folio tres un estado modelo número 2 en el que se dice que en los meses de julio y agosto de 1936, en la Venta El Conejo de la Carretera General - salvo, el último que apareció en Charcones, Alameda - con heridas de arma de fuego, fueron hallados los cadáveres de D. SATURNINO, Arcipreste de Talavera de la Reina, VÍCTOR BENITO, labrador, Presidente de Acción Popular, EUGENIO CERRO LABRADOR, Capitán de la Guardia Civil retirado, MANUEL GIL MARTÍN, cura párroco y D. FELIPE MACHUCA, vecinos de TALAVERA DE LA REINA, de Acción Popular, cuyas defunciones no se hallan inscritas; y un oficio del Juzgado Municipal de Talavera de 20 de diciembre de 1941 que se desglosa para unirlo a este ramo. Toledo dieciséis de abril de mil novecientos cuarenta y tres. Doy fe. Sus restos reposan en el panteón familiar del Cementerio Municipal de Sonseca (Toledo).
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| ANTONIO OBEO LÓPEZ-DELGADO |
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Con motivo del final del Año Sacerdotal, que tiene lugar en estos días del mes de junio, nos trasladamos hasta el año 1932. En el número 7.235 del diario católico “El Castellano” del jueves 14 de julio de ese año encontramos la siguiente noticia firmada por el Siervo de Dios Mariano Guerras que titula: “En Alcolea de Tajo se celebran las bodas de plata del párroco don Antonio Obeo”.
Ilustramos el artículo con esta foto en la que aparece un grupo de mártires: el Beato Domingo Sánchez, párroco de Puente del Arzobispo, beatificado en 2007 (sentado, en el centro); y los Siervos de Dios Antonio Obeo, párroco de Alcolea (de pie, a la derecha); Laureano Ángel, coadjutor de Puente (de pie, a la izquierda Mariano Guerras, párroco de Valdeverdeja (sentado, a la derecha) y el párroco de Azután, que fue el único que logró salvarse de la persecución religiosa sufrida años después, don Francisco Sánchez (sentado, a la izquierda). El artículo aunque extenso expresa el sentir de este grupo de sacerdotes que ejercían el ministerio en el mismo Arciprestazgo. El Siervo de Dios Mariano Guerras, que será asesinado junto a los muros de la iglesia de Puente el 28 de agosto de 1936, comienza así su crónica: “Hay para el corazón razones que la misma razón no comprende, decía el gran Bossuet. En muchas ocasiones, dirá la clásica decidora Teresa de Jesús, se hace preciso, es necesario, mostrar al descubierto el pecho, desnudo el corazón, para que cuanto antes se llegue a conocimiento de los sentires y afectos que del mismo se desbordan. Y es que el conocimiento del corazón ilustra el sentido de la palabra, y su lenguaje es suave, dulce, persuasivo y amoroso, todo amor. Para referir lo anecdótico, no hay forma más apropiada de expresión. ¡Qué oportunamente, con dejos de sentido acento, sin afectos ni lirismo, lo recordaba el fraterno amigo Villasante (el Siervo de Dios Clemente Villasante, párroco de Alcaudete de la Jara), en el introito de su meditada prédica, tan del caso, tan del lugar y tan del auditorio! ¡Bodas de plata! ¡Lo anecdótico de una vida, toda sacrificio en aras del ideal durante el transcurso de cinco lustros! Sobran los manidos tópicos; “en estas tierras de pan llevar”, basta con dejar hablar al corazón”. “¿Qué pasa en Alcolea de Tajo? Rebrilla la casa rectoral, recién enjalbegada; han llegado los familiares del párroco. Hace dos días que se nota en ella desusado trajín… con motivo de la futura fiesta conmemorativa de la “boda del cura”. 8 de julio. Santa Isabel, reina de Portugal. Aprieta el solano que envuelve a los trajineros de la era en el áureo polvo del tamo al separarse de la paja. Muy de mañana, beldades femeninas y garridos mocetones, con el atavío de los días de fiesta pululan por las calles y encrucijadas, esperando el loco volteo de las campanas de la iglesia, que quiere ser alegre, y tal suena en sus oídos con lenguaje engañador, que las campanas de estos pueblos castellanos se fundieran para llorar el “Ángelus”, sobre los surcos, cuando el día muere y cantan los mozos aradores. También las amas y los conspicuos del pueblo, igualmente atezados, esperan y comentan. Son no pocos los que ineludiblemente embrazados por la siega, con el espíritu siguen hoy todos los movimientos del pueblo. Ya pasó “La Blanca”; ha venido el señor arcipreste con nuestro don Laureano. También llegaron en ella los párrocos de Torrico, El Gordo y Valdeverdeja, acompañados del médico y boticario de los migueletes. No parece, como dicen con tanta insistencia ahora, que andan reñidas la ciencia con la fe… amigos de Puente; nuestro médico Acebedo. Otro auto; el párroco de Alcaudete que viene a “predicar”; le dicen muy listo; pico de oro. Dos curas más; el bonachón de don Ismael y el ayuda de don Clemente (el Siervo de Dios José Rodríguez Avilés). Caballero jinete en su blanca jaca llega don Francisco. Este cura de Azután no necesita automóvil; es muy campero, y así de arrogante se presenta siempre. No podía faltar; ya está ahí también el párroco de La Estrella y viene con el de Aldeanovita y otros dos menos conocidos de aquí. No es de extrañar, dicen los del comento; se lo merece todo nuestro don Antonio, que no falta a nadie. ¡Anda, ahora tres autos juntos! Por aquí, por la parte de Talavera… ¡ah!, sí, señorío de Madrid; también allí llega la influencia del señor cura… ¿Apuesta a aquel que baja primero, de tan significada prestancia, es el hijo del médico que murió, allá por cuando vino don Antonio? Como que lo es; la “gratitud” no podía faltar aquí en esta ocasión”. “Ya lo creo; mucho más “compaña” que el día de la fiesta. Don Antonio, en medio; cómo no… Cortesías, distinciones a la puerta de la iglesia; “Aqua benedicta”. Sin perder la sencillez y el encanto que tienen los presbiterios de las humildes parroquias de los pueblos, ¡qué hermoso está hoy el altar! Parece que la Virgen titular pugna por salirse de la estrecha hornacina y levanta más los brazos, señalándonos el cielo… Algo sublime, inunda ya el horizonte cristiano del templo. Nutrido coro de sacerdotes ha comenzado el canto y en el plano del altar hay más asistencias que cuando viene de visita el señor cardenal. ¡Simpática nota bizantina, todo color y severidad de la liturgia sagrada! Entrecortados suspiros, emoción, alguna furtiva lágrima; oración que se eleva tras el incienso… El sermón; no intentamos, ni rozar siquiera, el canon que lo veda. Escribimos para EL CASTELLANO, cuya mejor ejecutoria es su acatamiento a las disposiciones de la Iglesia, y nada hemos de decir. Predicó el señor cura de Alcaudete, y ya es bastante; nos supo a poco. Y después, el siempre nuevo e indefinible momento de la adoración en silencio profundo. Angelicales voces femeninas entonan el “Christus vincit”, “Christus regnat”… y a la Comunión el “Alma de Cristo” y para cerrar lo extrañanamente simpático y soberanamente avasallador: “¡Dios está aquí!”, el “Tantum ergo”, la estación del Santísimo. La bendición que con el Sagrado Viril deja caer sobre nuestras cabezas inclinadas el digno párroco, que pidió esta gracia a la que “benigne annuit” el vicario capitular, para quien, como para su eminencia…., hubo un “memento”. Se repite la tierna y conmovedora escena de hoy veinticinco años. Ministros de altar, sacerdotes, amistades y pueblo todo, besan las consagradas manos de aquel joven sacerdote que ya orla sus sienes con la corona de la popularidad. La popular liturgia, ahora ya de lleno presta calor y pone la obligada contera. El refresco, nota simpática de sentida fraternidad, verdadera democracia, reúne en casa del festejado lo heterogéneo del pueblo: ricos y pobres, altos y bajos, los que frecuentan la iglesia y los que abusan del verbo “vagar”, todos son espléndidamente obsequiados y atendidos como saben hacerlo Obeo y sus familiares. Breves palabras del veterano y simpático maestro, que interpretó el sentir del pueblo, y breves y académicas frases de joven e ilustrado abogado y periodista Madrid, que cifran el de la leal y sincera amistad y compañerismo, cierran tras clamorosas ovaciones y vivas y hurras por don Antonio la fiesta de sus bodas de plata con la parroquia, en la que con lazada más fuerte estrechará la convivencia ya cordializada de párroco y parroquianos. Termina el artículo con una nota bene. Para don Antonio Obeo. Entrañable compañero: intenté hacer una crónica de lo que vi y no ha acertado. Ahí va lo que supe; poner una nota discordante en el armónico concierto, pero puedo asegurarte que lo que llegó a los puntos de la pluma, pasó antes por mi corazón.
Antonio era natural de Segurilla (Toledo) donde nació un nueve de noviembre de 1875. Eran cinco hermanos: Antonio, Ángela, Vicente, Jesús y Félix. Sacerdote desde el 6 de junio de 1903. Tras los primeros destinos el 27 de octubre de 1920 el señor vicario capitular firma una serie de nombramientos entre los que está el del Siervo de Dios como encargado de La Estrella y Fuentes, en la provincia de Toledo. A los pocos años pasa a ejercer el ministerio en Alcolea de Tajo (Toledo). Implicado en la defensa de los intereses de sus feligreses, meses antes de su muerte, el 10 de septiembre de 1935, escribe en “El Castellano” un artículo titulado “El trigo sin política o sobre la política”. En él comienza recordando que: “En los días 12 de julio y 21 de agosto de 1931, tuve el honor de que El Castellano, de Toledo, me insertara sendas crónicas, como “Opiniones de los pueblos toledanos”, una sobre “Las soluciones más convenientes al problema agrario” y otra sobre “La parcelación en orden a la propiedad”. Dedicaba dichas crónicas a los diputados por Toledo, sin distinción de matices políticos, como fruto de un humilde e imparcial criterio, que mereció las alabanzas de muchos y el respeto de todos, tal vez por estar inspiradas en las normas paternales de Su Santidad Pío XI, a cuyo sometimiento invita a gobernantes y gobernados, mediante un cambio, si fuera necesario, en el corazón y las costumbres…” La doctrina que, en los tres artículos referidos, ofrece el Siervo de Dios se puede leer aquí. Es curioso que cuando en muchos lugares se critica a los curas porque se dice que estaban junto a los explotadores y, alejados del pueblo, nuestro don Antonio termina su extenso artículo del 10 de septiembre de 1935 afirmando: “Así, pues, los que por nuestra profesión estamos en íntimo contacto con el humilde pueblo de los campos, y percibimos los latidos del corazón en la vida de los labradores de la tierra, de esta tierra, madre de la humanidad en todos sus aspectos, no podemos menos de observar sus lamentos ante el abandono de que se creen víctimas cuando los poderes públicos no les amparan en sus derechos, o no encuentran remedio oportunamente a sus necesidades; y nos damos cuenta con honda tristeza de cómo se va atrofiando esa arteria tan indispensable a la vida social”. Hombre entregado por completo a sus feligreses llega la hora de su martirio tras el estallido bélico antes de cumplirse el primer mes de guerra. Según narra don Juan Francisco Rivera en sus notas recogidas nada más terminar la guerra: “El día 24 de julio de 1936 le fue arrebatada la sotana por los marxistas, dejándole en un principio en la casa rectoral, donde estaba en calidad de prisionero, recibiendo continuamente los insultos y las burlas de sus verdugos. A los pocos días el Comité Local le ordenó que desalojase la casa y que saliese del pueblo, marchándose entonces a vivir al campo, pernoctando en casa de un feligrés. Esto era todavía poco. Como en su penuria no pudiese dar al Comité el dinero que le exigía, hubo de retirarse al monte ante su mandato, y estando en la finca denominada “El Bercial”, fue de nuevo apresado por individuos pertenecientes al comité rojo local, quienes obligándole a subir a un camión le llevaron entre insultos y calumnias al Puente del Arzobispo, dirigiéndose a La Estrella, y siendo fusilado el 14 de agosto cerca de Aldeanueva de San Bartolomé”.
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La villa de Santa Cruz del Retamar (Toledo) es ejemplo de lo que sucedió en muchos de nuestros pueblos: la parroquia fue regida en el primer tercio del siglo XX por santos sacerdotes que luego regaron con su sangre nuestra bendita Archidiócesis. De 1903 a 1912 la parroquia del Triunfo de la Santa Cruz tuvo como ecónomo al Beato Saturnino Ortega Montealegre, beatificado en 2007, que luego fue martirizado siendo párroco de Santa María y arcipreste en Talavera de la Reina. Tras él, fue administrador de 1912 a 1918 don Juan del Moral de la Plaza, quién en los días de la persecución ejercía como coadjutor de la parroquia toledana de los Santos Justo y Pastor, derramando su sangre en el Paseo del Tránsito. Antes de ser destinado a Ocaña, el Siervo de Dios Juan del Moral aparece en una breve crónica en “El Castellano” del 21 de junio de 1915. La nota nos interesa porque por entonces ya estaba de coadjutor uno de los dos sacerdotes martirizados en Santa Cruz: “Con más solemnidad que en años anteriores se ha celebrado la Novena de los Sagrados Corazones. El altar mayor estaba primorosamente adornado con plantas naturales, y en todos los cultos presidió Su Divina Majestad manifiesto. El día 11, después de la Comunión general, que fue numerosa, se tuvo la función, en la que ofició de Preste nuestro virtuoso Coadjutor D. Martín González Ávila, y ocupó la Sagrada Cátedra el celoso e incansable Ecónomo Sr. del Moral…”.
Es verdaderamente hermoso que una crónica, aunque sea de un periódico católico (de hecho de otros sacerdotes no se encuentran tales descripciones), califique a un sacerdote de “virtuoso” o de “celoso e incansable”… ¡en el año 1915!... y, luego saber que esos mismos sacerdotes, veinte años después, fueron fieles hasta el martirio. Pero todavía resulta absolutamente más estremecedor escuchar, con una lucidez asombrosa, los mismos calificativos a los que fueron testigos de la vida de estos fieles sacerdotes. Hacia los años veinte regentaría la parroquia el Siervo de Dios Carlos Alcocer Corralo que junto a su coadjutor, el Siervo de Dios Martín González Ávila, serían sacrificados en los últimos días de julio de 1936, nada más iniciarse la persecución religiosa. El Siervo de Dios Carlos Alcocer Corralo era natural de Albalate de Zorita (Guadalajara), nació el cuatro de noviembre de 1873 y fue ordenado por el Beato Ciriaco María Sancha el 17 de diciembre de 1898. Desde los años 20 ejerce de párroco en el pueblo toledano de Santa Cruz del Retamar. Por su parte, el Siervo de Dios Martín González Ávila nació en Consuegra (Toledo) el 30 de enero de 1870. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de marzo de 1896. Después de varios destinos, fijo su residencia en la parroquia de Santa Cruz del Retamar, ejerciendo desde principios de los años diez de coadjutor de la misma. Un testigo, que fue monaguillo de la parroquia del Triunfo de la Santa Cruz y que por lo tanto asistía a los dos sacerdotes, recuerda que: “Don Martín tenía mucho carácter… pero que el párroco, don Carlos, era más callado. Cuando estalló la guerra, fue detenido primero el párroco. Era el 26 de julio de 1936”. Los milicianos sacaron a Don Carlos de la casa parroquial en mangas de camisa y descalzo. Lo llevaron camino del cementerio, suspendiéndole de un olivo. Allí le torturaron durante largo tiempo hasta dejarlo moribundo. Finalmente dispararon sobre él. Al día siguiente (27 de julio) fueron en busca de don Martín. Le sacaron de su casa con la excusa de ir a declarar. Ya en la calle, comprendiendo el engaño, el Siervo de Dios se volvió a su casa. Entonces dispararon sobre él, cayendo herido. “-¿Me vais a matar -les decía- habiéndoos yo bautizado y casado a algunos y enseñado el catecismo a vuestros hijos?... Virgen de la Paz, ampárame". Entretanto ellos le insultaban y volvieron a disparar. Agonizante le echaron en un carro, llevándole al cementerio. Al pasar por la cooperativa una del pueblo, a la que llamaban “la tía bicheja”, dijo a voz en cuello: “-Aprieta al chivo que este ya no canta”. En el camposanto se sento, a duras penas, en una sepultura y allí le remataron, echándole a la fosa en que yacía el párroco desde el día anterior. Después de permanecer separados en tumbas individuales reposan desde hace años en una sola tumba en el cementerio municipal de Santa Cruz del Retamar, junto a una cruz que siempre ha estado junto a sus cuerpos.
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| LA PARROQUIA DE SONSECA |
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No seré yo, y menos desde estas líneas, el que juzgue los trabajos e intenciones de la Junta de Incautación del gobierno de la Segunda República, después llamada Junta de Defensa del Tesoro Artístico, por ejemplo en lo referente al Museo madrileño de El Prado. Pero resulta sarcástico, a la par que trágico, leer los carteles editados por el Ministerio de Instrucción Pública y Dirección General de Bellas Artes: “Este edificio está bajo la protección del Ministerio. Es del pueblo. Respetadlo. Ciudadanos”. ¡A los cinco días de iniciada la guerra!, ya se podían leer esos carteles en edificios de Madrid. Si solamente hubiesen hecho llegar uno a cada parroquia, tal vez, estaríamos preparando una nueva exposición para que los castellano-manchegos disfrutasen de las obras que la Iglesia celosamente había guardado durante siglos en sus parroquias, conventos y ermitas y, que cual partida de hunos, los milicianos hicieron desaparecer en nuestra Archidiócesis en los primeros meses de la persecución religiosa. El titular de la parroquia de Sonseca es San Juan Evangelista ante Portam Latinam Os invitamos a que visitéis su excelente página web: www.parroquiasonseca.org. En ella se nos informa que en el lejano 1574 los vecinos de Sonseca llamaron al escultor Pedro Martínez de Castañeda, discípulo de Berruguete, para encargarle la construcción de un gran retablo para la Capilla mayor. Martínez de Castañeda lo concluyó en 1588.
La foto que acompaña el inicio de esta serie sobre los sacerdotes mártires en Sonseca, y que fue descubierta por el actual pçarroco don José Talavera, pertenece a la visita que los miembros de la Junta de Defensa del Tesoro Artístico realizan en el año 1938 para valorar los “desperfectos” en el retablo de Castañeda. No olvidemos que Sonseca estuvo casi toda la guerra en zona republicana. En realidad solo podían valorar el destrozo generalizado del templo. Se encuentran delante del altar donde estaba el Tabernáculo, completamente destruido. Sobre éste se encontraba el conjunto escultórico central del retablo que representaba el martirio de San Juan Evangelista. Esta escena escultórica de tres piezas constaba de San Juan en la caldera con dos verdugos, uno a cada lado, avivando las llamas, que también fue destrozado. Hoy, continúa la restauración del retablo, pero desde 2005 ya figura repuesto el conjunto escultórico del titular del templo. “El tiempo - se nos dice desde la web - no pasa en balde y una obra artística de éstas características no pasa impasible más de cuatro siglos; pero sin duda la herida de muerte la sufrió durante la Guerra Civil española. Se dijo, al acabar la guerra, que llegaron incluso a atar cuerdas y cadenas al retablo desde los camiones y tanques, que tenían dentro del templo parroquial (que utilizaban como garaje), con el fin de tirar de él y arrancándolo hacerlo caer al suelo, para luego ser quemado. Pero alguien les dijo y razonó, que si conseguían su propósito, al caer el retablo al suelo, el golpe podía hacer que se hundiera el techo de la iglesia. Ante tal miedo cedieron y quitaron las cadenas enganchadas, pero uno de ellos se volvió y dijo: "A aquel no le libra nadie", y echándose el fusil a la cara, disparó contra la imagen del arcángel San Miguel, quitándole la mayor parte de la cabeza. De hecho, antes de la restauración, no era difícil encontrar orificios de bala en toda la estructura del retablo”. Todo lo que sobresalía fue salvajemente arrancado con hachas y mazas.
El Anuario Diocesano de Toledo publicado en 1930 nos recuerda que por aquel entonces Sonseca (Toledo) tenía una población de 5.459 habitantes. El titular de la parroquia era San Juan ante portam latinam. Y que, además de las diferentes cofradías, tenía 30 asociaciones religiosas. Contaba con un anejo, Casalgordo, de 60 habitantes, cuya iglesia era filial de esta parroquia. Al final del artículo, que lo hace comentando las obras de arte de la parroquia, describe así el retablo del altar mayor del que hablamos en la última entrega: “es de singular mérito artístico el retablo del altar mayor, obra del escultor toledano Pedro Martínez Castañeda (1574-1588). Tiene unos 20 metros de alto y consta de cuatro cuerpos (dórico, jónico, corintio y compuesto, con un ático triangular, por remate, con pinturas, estatuas y grupos escultóricos en los intercolumnios; obra, en verdad, suntuosa, que algunos atribuyeron a Berruguete”. Respecto a los sacerdotes vinculados a Sonseca, por nacimiento o por cargo pastoral, y que se encontraban allí o se disponían a refugiarse en el pueblo al inicio de la guerra del 1936, disponemos del siguiente listado:
Antes de que estallara la Guerra civil española en Sonseca ya se vivieron, por parte de las autoridades locales, actuaciones contra la Iglesia impidiendo toda manifestación religiosa fuera del templo, y seguidamente, también se prohibieron los cultos dentro del templo. A partir del 18 de julio de 1936 se inicia la persecución a las personas, tanto sacerdotes como seglares. Los edificios dedicados al culto en Sonseca y Casalgordo fueron saqueados y quemadas sus imágenes. Además del retablo, el Tabernáculo fue completamente destruido y profanadas las Sagradas Formas. Las campanas, tiradas de la torre para hacer metralla; los fondos de las cofradías, robados; las casas y los templos parroquiales habilitados para locales militares. La imagen de San Ildefonso de Casalgordo fue salvada de la quema por una vecina que la mantuvo escondida en su casa.
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| CASIMIRO RIVERA EUSEBIO |
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En marzo de 2005, en las entregas 20 a 23 de esta sección de Padrenuestro, presentábamos a los miembros de Acción Católica que fueron martirizados en Sonseca el 20 de octubre de 1936: se trataba de los Siervos de Dios Francisco Sánchez Ruiz, Luis Pérez, Juan García-Pulgar, Eugenio Perezagua y Emiliano Rojas. Ahora, tanto tiempo después, es el turno del numeroso grupo de sacerdotes. Casimiro nació en Mondéjar (Guadalajara) el 4 de marzo de 1895. Sus padres se llamaban Juan y Manuela. Diez días después recibió las aguas bautismales en la parroquia de Santa María Magdalena de Mondéjar. Tenía seis hermanos (Jacinta, Nicolasa, Concepción, Dolores, Ricardo e Isidoro). En el Seminario de Toledo cursó los estudios eclesiásticos (por aquel entonces esos pueblos pertenecían a la Archidiócesis de Toledo). Se ordenó sacerdote el 16 de marzo de 1918. El 1 de abril cantó misa en la parroquia de su pueblo natal, siendo los padrinos de la celebración su tío sacerdote don Leoncio Eusebio, y el párroco de San José de Madrid, Donato Giménez. Se doctoró en la Sagrada Facultad de Teología, en la Universidad Pontificia de Toledo.
Recién ordenado, fue coadjutor de Horche (Guadalajara) el curso 1918-1919, regente de Colmenar de la Sierra, ecónomo de Lupiana, de Pajares y de Malacuera, todos en La Alcarria. Fue nombrado capellán de las religiosas Bernardas (Monasterio Cisterciense de Santa Ana) de Brihuega (Guadalajara). Las monjas cistercienses declaran que su ministerio favorecía el surgir de nuevas vocaciones. Conservan un grato recuerdo de su persona, afirmando que era “una sacerdote muy fervoroso, espiritual y entusiasta… Llenaba la iglesia en todos los cultos que él celebraba. Don Casimiro tenía en su casa un despacho provisto de una completa biblioteca, a la que acudían todos los que deseaban libros religiosos”. En 1926 publica una novena a la Virgen Santísima de la Peña que se conserva en la Postulación. La parte más sabrosa la constituye su “Breve reseña de la tradición religiosa y culto a la Santísima Virgen de la Peña, en Brihuega”. Pero su gusto por la historia también quedó plasmado en el libro sexto de matrimonios de la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol de Lupiana (Guadalajara). Corresponde a los años 1811 hasta el 1851 y en las últimas páginas titula: “Breve descripción de la fundación del que fue Real Monasterio de religiosos jerónimos de esta villa de Lupiana” (años 1373 al 1835). Está firmado el 24 de abril de 1919, siendo cura ecónomo.
De Brihuega pasó a ser regente en su pueblo natal. Antes de proseguir, es muy interesante, el testimonio de don Félix Torres Olalla, sacerdote del arzobispado castrense, quien a sus 93 años recuerda perfectamente al Siervo de Dios. Natural de Mondéjar como el mártir, don Félix fue monaguillo de don Casimiro durante los años que ejerció el ministerio en su pueblo natal. En 1930 le prepararía para ingresar en el Seminario. Nos ofrece esta sabrosa anécdota al ser nombrado cura ecónomo de Sonseca (Toledo). “Era mayo de 1932 y Monseñor Feliciano Rocha Pizarro, Obispo auxiliar de Toledo, en ausencia del desterrado Cardenal Segura, tuvo que tomar las riendas de la Archidiócesis. Al tomar posesión de la parroquia de Mondéjar su sucesor don Marcelino Gutiérrez, el pueblo se amotinó impidiendo que don Casimiro abandonase la parroquia, lo cual le causó un serio disgusto por el cariño desmesurado a su persona. Anteriormente y a sus espaldas, una comisión de personas destacadas de la parroquia acudió al Sr. Obispo en súplica de que suspendiera su traslado, lo que fue negado por el prelado. Se supo que, para cumplir con los deseos de Monseñor Rocha, se tuvo que marchar durante las horas nocturnas, acudiendo humildemente a pedir perdón porque, contra su voluntad, se había demorado en cumplir lo mandado por éste”. Según el testigo, todo esto estaba motivado porque cuando llegó al pueblo, su tío Leoncio que era el párroco ya era muy mayor y él supo ganarse a la gente a través de la catequesis y de sus cuantiosas obras de caridad. Formando a aquellos niños, sabía que se ganaba la voluntad de los jóvenes y a los futuros matrimonios. En poco tiempo consiguió mucho. Don Félix lo recuerda “dignísimo en el ejercicio de las celebraciones litúrgicas, principalmente las eucarísticas, por su recogimiento exterior, predicación, celo pastoral y comportamiento exterior”. En Sonseca fue muy bien recibido. En su obra Persecución religiosa de la Diócesis de Toledo, don Juan Francisco Rivera describe su trabajo en este pueblo toledano: “Don Casimiro Rivera Eusebio, sacerdote ejemplar y celoso, llevaba trabajando paciente y prudentemente en la parroquia de Sonseca desde 1932, en los tiempos difíciles de los años de la República, copiosos en contrariedades y derroche de tácticas”.
En mayo de 1932 el Siervo de Dios llega a la parroquia de Sonseca. En octubre de 1933 fundó y formó a la Juventud de la Acción Católica, dando como fruto un hermoso ramillete de mártires, también en proceso de beatificación. La Postulación conserva una carta fechada el 30 de octubre de 1930 en donde el Siervo de Dios se dirige a sus primos Manolo y Aurora para felicitarles por el nacimiento de su hija. En ella les da cuenta de la visita que el 27 de octubre realizó Monseñor Isidro Gomá a Sonseca. “Ya terminamos, gracias a Dios, las fiestas que han resultado con un esplendor inusitado. El pueblo ha respondido admirablemente y locos de contentos al ver la iglesia como nunca soñaron podría estar. Ha habido una extraordinaria concurrencia y todo ha salido que ni a pedir de boca. El domingo vino el Sr. Arzobispo Primado que quedó muy complacido de las fiestas; vino también el Conde de Mayalde, diputado de la CEDA, a presidir la Procesión con las autoridades que asistieron todas. Subió al púlpito el Sr. Arzobispo y dirigió una emocionante exhortación al pueblo. Había muchísima gente. De sacerdotes éramos 18 ó 20. Al terminar se le obsequió al Prelado, sacerdotes, autoridades, etc… aquí en casa con dulces, licores y habanos. Además encargué una gran caja de mazapán de casi media arroba, con el escudo propio del Arzobispo; se han esmerado en la fábrica y lo han sacado muy bien. Al Sr. Arzobispo le agradó sobremanera el obsequio que nos dijo iba a destinar a un banquete que dará el día 10 al Sr. Nuncio y varios Prelados que vendrán a Toledo con motivo de la Semana pro Seminario que se va a celebrar a primeros de mes…” Con esta sencillez relata a su familia una jornada de fiesta para la Parroquia. Años después, en la revista “Toledanos” de 1935, según cita de Salvador Peces Sánchez en su blog “Sonseca en el zurrón y…”, don Casimiro nos ofrece su opinión sobre las gentes: “Sonseca es pueblo de abolengo cristiano. Hay que buscar el distintivo de su carácter, el origen de sus costumbres, sanas y morigeradas, de la sobriedad de su vida, de su laboriosidad y de su honradez acrisolada, notas características de los hijos de Sonseca”.
Llegamos así a las trágicas jornadas de la persecución religiosa iniciada desde los primeros días de la Guerra Civil. El día 19 de julio a las 4 de la mañana, pistola en mano, le fueron arrebatadas a don Casimiro las llaves de la iglesia y de todos los templos. Luego, el día 22 fue conducido al cuartel de la guardia civil, que no había sido inaugurado todavía y que fue habilitado para cárcel. Durante los 14 días que estuvo en prisión, fue varias veces apaleado hasta sangrar; con un crucifijo que llevaba al cuello le rompieron la nariz; le hicieron dormir en el suelo y en varias ocasiones le negaron la comida. Sus verdugos no podían explicarse la paciencia y el silencio con que toleraba los sufrimientos, y así lo comunicaban a los convecinos de la cárcel. Los hechos son confirmados por varios testigos a los que se les permitía acceder a la cárcel para llevar comida a sus familiares: “En los días que estuvo preso el Siervo de Dios, hicieron barbaridades con él. Un familiar, llevando comida a su padre, vio a D. Casimiro y otros compañeros de prisión fatigados, jadeando e hinchados”, y a la persona que lo refiere, le dijo D. Casimiro: “-María, pide mucho por nosotros, que lo vamos a necesitar”. En otro momento una mujer que le llevó comida, le vio con la ropa llena de sangre, con la ternilla de la nariz rota y sangrando sin parar, fue a su casa llevándole un paquete grande de algodones para intentar contener la hemorragia. Otro familiar que llevaba alimento a su hermano, vio a través de una ventana a don Casimiro, se quitó una medalla que llevaba y se la tiró, éste la cogió del suelo y la besó. El 3 de agosto le quisieron obligar a quemar la imagen del Santo Cristo de la Vera Cruz y por negarse rotundamente, le dieron una paliza que le quitó el sentido. Todos habían presenciado, obligados por los milicianos, la quema de los pasos de la Semana Santa de Sonseca. Algunos relatan que obligaron al Siervo de Dios a pisar las brasas para que se le abrasaran los pies.
También se dice que se opuso tan tenazmente a lo exigido por los milicianos que allí mismo acordaron su fusilamiento durante la madrugada. En la noche del 3 al 4 de agosto el párroco de Sonseca fue sacado de la cárcel en compañía de otro sacerdote, don Manuel Ruiz Roldán, capellán del ejército. Y junto a ellos don Primitivo Sánchez Hernández, secretario auxiliar del Ayuntamiento; don Hipólito García-Oliva Gómez-Tavira, médico titular del pueblo; don Baldomero Barbero Ruiz-Tapiador, comerciante, y don Delfín Cañadillas Gómez-Tavira con su hijo Alfonso, ambos cerrajeros artísticos, éste de 18 años. El grupo fue asesinado en el kilómetro 6 de la carretera de Toledo, en el término municipal de Argés, cerca del cerro de los Palos, de cara a la ciudad… unidos, los que en la cárcel habían soportado aquella larga cadena de amarguras con admirable entereza. Fueron enterrados en el cementerio de Nuestra Señora del Sagrario de la ciudad de Toledo. Según se sabe al acabar la guerra los hermanos de don Casimiro, Isidoro y Ricardo, fueron a recoger su cuerpo… que apareció incorrupto y con un brazo en actitud de bendecir. Se contó que tenía sangre fresca. Terminamos con la reseña del otro sacerdote asesinado junto a su párroco. |
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| MANUEL RUIZ ROLDÁN |
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Manuel había nacido el 25 de marzo de 1902 en Sonseca (Toledo). Hijo de Ángel Ruiz-Tapiador Peces-Barba y de Felicia Roldán Guerrero. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1924. Cantó su primera misa el 26 de junio, siendo su primo, Ernesto Peces Roldán por entonces ecónomo de Quijorna (Madrid), el orador sagrado. Fueron sus padrinos, don Constantino Pérez Goméz, arcipreste de Sonseca y don Teodoro Ruiz Peces, coadjutor de Ajofrín (Toledo) y tío del celebrante. Nombrado coadjutor de Las Ventas con Peña Aguilera (Toledo); pasó en 1925 a ejercer como ecónomo de Romancos (Guadalajara). Luego de 1927 a 1930 fue párroco de Layos (Toledo). Ingresó en el Ejército siendo capellán castrense de la Armada, que servía en el 2º Regimiento de Melilla. Pese a su juventud, se tendrá que retirar a su pueblo natal con motivo de la llamada ley de Azaña. En 1931, el Gobierno de la República restringió primero el Servicio Religioso Castrense, y definitivamente lo suprimió por Ley de 30 de junio de 1932. Durante la guerra civil en la llamada zona nacional se habilitaría de nuevo el servicio religioso con algunos de los capellanes que en su día habían sido disueltos y otros muchos sacerdotes. Don Manuel ya no pudo alistarse. |
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Cuando estalló el conflicto se encontraba en su pueblo, plenamente integrado en la pastoral parroquial, atendiendo, sobre todo, la sección femenina de la Acción Católica. Se cuenta de él que en una de las palizas que le dieron, le quitaron los pantalones, y después fue a rastras adonde los tenía para sacar del bolsillo el paquete de tabaco para ofrecerles un cigarro a quienes le habían pegado. Le pasearon con los brazos en cruz por todo el pueblo, mientras iba diciendo: “Pueblo mío, ¿qué te he hecho, en qué te he ofendido?” |
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CONSTANTINO RABADÁN Y FERNÁNDEZ-MEDRANO; QUITERIO MALAGÓN GARRIDO; JESÚS MALAGÓN RABADÁN |
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Cada año el calendario litúrgico diocesano nos permite celebrar el 24 de julio el martirio de tres pasionistas que sufrieron martirio en Urda, de un total de 26 religiosos de la Comunidad de Daimiel (Ciudad Real). Era la tarde del 24 de julio de 1936 y el Padre Pedro del Sagrado Corazón (Largo Redondo, presbítero de 29 años), el Hermano Félix de las Cinco Llagas (Ugalde Irurzun, de 20 años) y el Hermano Benito de la Virgen del Villar (Solano Ruiz, de 38 años) caminaban de Daimiel a Malagón, por descampado. Fueron detenidos en el Puente Navarro del río Guadiana. En el Ayuntamiento se les retuvo hasta las seis de la mañana del día siguiente en que se les subió al tren correo. En Urda esperaban los revolucionarios más rabiosos, a los que se unieron los de Consuegra, que no querían que se escapasen los pasionistas. Los tres fueron fusilados en la estación de Urda al amanecer del 25 de julio, fiesta de Santiago Apóstol.
El Santísimo Cristo de la Vera Cruz, a finales del ese año, fue derribado desde el camarín de su Santuario en Urda al suelo. Los restos de la Sagrada Imagen, posteriormente fueron cargados en un vehículo y tirados a una de las canteras existentes en esta Villa. Acto seguido, un cantero y vecino de esta localidad recogió los restos en un saco durante la noche y en combinación con un mecánico llamado "el alemán", por ser esa su nacionalidad, los escondieron en el falso techo de su taller, guardando el secreto durante toda la contienda. Entre ambos acontecimientos tuvo lugar el desmantelamiento de la parroquia y de la ermita, además del martirio de los sacerdotes y algunos seglares, cuyas Causas hace años están incoadas. La Causa General afirma que el 24 de julio, grupos de milicianos invadieron la iglesia parroquial de San Juan Bautista “de la que ha desaparecido todo cuanto había quedando en muy mal estado por haber estado sirviendo de almacén de abono. Grupos de milicianos subieron a la ermita del Cristo, destrozándolo (el Cristo) así como las demás imágenes”.
El Siervo de Dios Constantino Rabadán, urdetano de nacimiento, ejercía como párroco de Menasalbas (Toledo): su cuñado era el Siervo de Dios Quiterio Malagón, casado con Antonia, hermana de Constantino. El hijo de ambos y sobrino del sacerdote es el Siervo de Dios Jesús Malagón. Padre e hijo eran carpinteros.
El Siervo de Dios Constantino Rabadán y Fernández-Medrano había nacido en Urda (Toledo) a las siete de la mañana del 21 de agosto de 1886 y bautizado al día siguiente. Fueron sus padres Epifanio y María. Tras realizar los estudios eclesiásticos en Toledo, fue ordenado el 12 de marzo de 1910. Dos de sus compañeros de ordenación ya han sido beatificados: el Beato José de Mora Velasco (que después de ejercer como sacerdote diocesano pasó a los Hermanos de San Juan de Dios) y el Beato Justino Alarcón de Vera. Además en esa ordenación de presbíteros estaban codo a codo los Siervos de Dios Serapio García-Toledano, Nicasio Carvajal y Simeón Bel Rodríguez. El 27 de marzo “celebraba solemnemente y por primera vez el santo sacrificio de la Misa”, a las diez de la mañana, en la iglesia parroquial de San Juan Bautista de Urda. Entre sus destinos sabemos que ejerce el ministerio en Huerta de Valdecarábanos o en Menasalbas (Toledo), en cuya parroquia está destinado cuando estalla la guerra. Conservamos una carta que le escribe a su cuñado Quiterio para hacerle reflexionar sobre el beneficio de la vocación de su hija mayor, que ingresará en las Carmelitas de Malagón (Ciudad Real): “…que con Dios seas tan generoso y tan agradecido como eres con las personas del mundo… Yo creo que Dios te ha de premiar “a lo Dios” tu generosidad. ¿Verdad que sí eres generoso con el que tan generoso ha sido contigo?…” Cuando estalla la guerra, el Siervo de Dios se encontraba en Urda convaleciente de una operación. Aunque algún testigo afirma que estaba pensando en solicitar el traslado a su pueblo para quedarse como capellán de la ermita del Santísimo Cristo de la Vera Cruz. El 16 de julio de 1936, fiesta de la Virgen del Carmen, y diez días antes de ser detenido y encarcelado, visitando a su sobrina Teodosia (Sor Asunción del Sagrario) en Malagón, dijo a la comunidad que había ofrecido su vida por la salvación de España.
El 26 de julio, tres días después que el coadjutor de Urda, don Antonio Hernández Sonseca, fue encarcelado. Allí se encontraron ambos sacerdotes. Finalmente, el día 5 de agosto los milicianos conminaron al coadjutor de Urda a que revelara lo que los otros presos le habían confesado en el sacramento... Él se negó de plano, a pesar de que le torturaban. Y esa misma noche, Don Antonio y Don Constantino fueron sacados de la prisión de Urda, fusilándolos inmediatamente. Los Siervos de Dios Quiterio Malagón Garrido y Jesús Malagón Rabadán, el martirio de un padre y de su hijo. En la década de los años 30 nos encontramos en Urda con Quiterio Malagón que era carpintero y llevaba una vida normal, sacando adelante con su trabajo a su esposa Antonia y a sus ocho hijos (Teodosia, Rufino, Jesús, Epifanio, Antonio, Constantino, Justa y María).
Por una carta que conserva la familia, sabemos de lo difícil que fue para él desprenderse de Teodosia, su hija mayor, que decidió entrar en el Carmelo de San José de Malagón (Ciudad Real). Su cuñado sacerdote, el Siervo de Dios Constantino Rabadán, del que hablábamos la semana anterior, le escribe para alentarle: “¿Verdad que sí eres generoso, con el que tan generoso ha sido contigo? En Malagón siempre la tendrás cerca.” Motivos humanos y lógicos de entender son pensar que su esposa quedaba en la casa, con los siete hijos restantes, encargándose de todo, faltándole la mayor. Sin embargo, tras aceptar la marcha, uno de sus hijos testigo de todo ello recuerda que llegará a comprarse un coche de segunda mano, “que se paraba cada dos por tres”, para recorrer los poco más de 30 kilómetros que separan Urda de Malagón. Cuando llega el inicio de la guerra civil, y según consta en la Causa General, el 21 de julio de 1936 pasaron violentamente a su casa y después de insultarlos dispararon, hiriendo al dueño y a una sobrina, llamada Rufina, que quedó herida. La tal Rufina vivía con su tío sacerdote Constantino en la parroquia de Menasalbas y ahora le acompañaba en su convalecencia en Urda. Después de la guerra marchó a Tortosa para ser religiosa de la Consolación, de la Madre Molas. Mientras Rufino, el hijo mayor, maldecía a los milicianos, Quiterio exclamaba: “-Hijo, perdónales, que no saben lo que hacen”. Como en la casa estaba su cuñado, el Siervo de Dios Constantino Rabadán, se confesó inmediatamente. Por las heridas de ese tiroteo fallecía casi dos semanas después, el 2 de agosto. Se le asesinó porque su hogar era una referencia para los católicos del pueblo. Su casa en estos momentos acogía a varias religiosas del Carmelo de su hija. Y las visitas al Cristo de Urda era constantes.
La foto familiar que ilustra nuestro artículo muestra a los tres mártires: Quiterio, el primero sentado por la derecha (de bigote); junto a la esposa de Quiterio y hermana del sacerdote, el Siervo de Dios Constantino Rabadán; y, sentado a los pies del sacerdote, en el suelo, su sobrino Jesús Malagón, que entonces no tendría ni diez años. Terminamos esta serie precisamente con el Siervo de Dios Jesús Malagón Rabadán al que calificábamos en la primera entrega de “mártir del quinto mandamiento”.
Jesús había nacido en Urda (Toledo) el 14 de octubre de 1918, era el tercero de los ocho hijos que engendraron Quiterio y Antonia. Como su padre era carpintero. El dos de agosto había sido asesinado su padre y el cinco de agosto, su tío don Constantino Rabadán. El 11 de agosto de 1936 escribe una carta a su novia Aurora, diciéndole que lo han avisado del comité para que se comprometa a matar a cierta persona de derechas (que además es un familiar lejano, llamado José Rabadán), con amenazas de muerte si no lo hacía. La carta es sobrecogedora. En ella explica a su novia que se ha presentado uno en su casa, antes de que falleciese su padre, contando que lo habían obligado a matar a otro para conservar la vida y que pronto vendrían los milicianos a proponerle a él el mismo trato: “…me dijo que venía a prevenirme porque seguramente iban a venir a por mí para que hiciera yo otra cosa igual, es decir que tenía que matar a otro en pocas palabras, yo le contesté que antes de ser un asesino prefería que me mataran a mí, que yo no llevaba sobre mi frente la mancha de haber matado a nadie aunque me mataran a mi…” Están escritas estas líneas ¡¡con 17 años!! Y termina diciéndole a su novia: “…yo no sé lo que me pasa cuando me pongo a escribirte, no hayo cuando dejarlo, son los únicos ratos que paso buenos, cuando leo tus cartas y cuando te escribo…” Desde entonces - testifica su hermana - se preparaba a morir con lecturas como Quo vadis y Fabiola. Como si se tratase de una crónica anunciada, un mes después fue detenido, y finalmente asesinado en Urda el 13 de septiembre.
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| MÁRTIRES DE LA EXTREMADURA TOLEDANA |
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La Vicaría de Talavera de la Reina fue creada en 1990 por el Cardenal González Martín. Seis años después la Archidiócesis de Toledo forjó la actual división territorial en tres vicarías episcopales: la de Toledo, que se corresponde con la zona centro; la de La Mancha, encargada de la labor pastoral en la zona más oriental; y la de Talavera, que se ocupa de la parte occidental de la provincia. La Vicaría de Talavera de la Reina está formada por nueve arciprestazgos, que a su vez engloba 108 parroquias. Seis arciprestazgos pertenecen a la provincia de Toledo: Belvís de la Jara, Oropesa, Pueblanueva, Puente del Arzobispo, Real de San Vicente y la ciudad de Talavera de la Reina. Los tres restantes son arciprestazgos extremeños: Guadalupe (Cáceres), Herrera del Duque (Badajoz) y Puebla de Alcocer (Badajoz). El Anuario Diocesano para el año 1930 nos recuerda que por aquel entonces la Archidiócesis de Toledo abarcaba territorios de ocho provincias: Toledo, Cáceres, Badajoz, Granada, Jaén, Albacete, Guadalajara y Ávila. Existían solo dos arciprestazgos extremeños: el de Guadalupe (Cáceres) que tenía una parroquia más que en la actualidad (hoy 11, entonces 12 porque existía Talavera la Vieja, anegada bajo las aguas del embalse de Valdecañas en 1963) y el de Puebla de Alcocer (Badajoz) que unía a los dos arciprestazgos actuales (Puebla de Alcocer y Herrera del Duque). Además de los PP. Franciscanos del Monasterio de Guadalupe, hay dos comunidades femeninas: las religiosas franciscanas de la Purísima Concepción en Siruela (Badajoz) y las religiosas Hijas de Cristo Rey en Talarrubias (Badajoz). Del grupo de sacerdotes nacidos en Extremadura y pertenecientes a la Archidiócesis de Toledo, siete habían nacido en la provincia de Badajoz: de Talarrubias era el Siervo de Dios Agustín Sánchez; de Tamurejo el Siervo de Dios Prudencio Gallego; de Castilbanco el Siervo de Dios Eugenio Blanca; de Valdecaballeros el Siervo de Dios José Timoteo Sierra y de Siruela eran los Siervos de Dios Bernardo Urraco, Ildefonso Nieto y José Acedo Risco. Finalmente de la provincia de Cáceres, el Siervo de Dios Ismael Sánchez era de Guadalupe y en Valdelacasa de Tajo había nacido el Siervo de Dios Justo Lozoyo. Los párrocos de otros cinco pueblos pacenses (Casas de Don Pedro, Fuenlabrada de los Montes, Puebla de Alcocer, Siruela y Castiblanco) también sufrieron el martirio, aunque estos habían nacido en pueblos de la provincia de Toledo y ejercían el ministerio en los arciprestazgos extremeños de la Archidiócesis.
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| CLARISAS FRANCISCANAS DE SIRUELA |
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Conserva la Postulación unas cartas originales que el Convento de la Purísima Concepción de Siruela (Badajoz) dirige al superintendente general de religiosas, el Siervo de Dios Valentín Covisa Calleja, que además era el administrador del Erario diocesano y tenía la dignidad de arcipreste en la Santa Iglesia Catedral Primada de Toledo. La primera está escrita el 21 de julio. La segunda, el 4 de agosto. Entre una y otra, don Valentín fue asesinado en Toledo el 31 de julio. Desconocemos si llegó a leer la primera. La primera carta dice:
“Amadísimo padre en Jesús: le pongo estas líneas para notificarle lo siguiente. El domingo 19 (de julio) vino el Sr. Capellán a darnos la Sagrada Comunión, cerrando seguidamente la puerta, sin que se haya vuelto a abrir para nada; por consiguiente, que ni siquiera ese día, a pesar del precepto, se oyó misa, pues dieron orden de ello las autoridades. “Ayer lunes, por la tarde, han llevado al Señor Capellán (Siervo de Dios Prudencio Gallego) a la cárcel y seguidamente también, han venido a registrar el convento para lo cual entraron 10 hombres, pues decían teníamos armas ocultas. Hoy a las 8 de la noche han venido a buscar por orden del Alcalde las llaves de la portería e iglesia que les hemos dado después de salir Madre Consejo y servidora (Sor Camila del Espíritu Santo) y cogido el sagrado Copón con las formas y puesto en el Coro, y en este momento, que son las doce de la noche, están haciéndole la corte todas las religiosas y desagraviándole, y al mismo tiempo sin atrevernos a descansar un momento porque no sabemos lo que se intenta hacer, y como todos los sacerdotes están en la cárcel nos encontramos solitas, ¡Dios nos guarde! Díganos, pues, qué hemos de hacer en este caso, y si dado el caso que saliese el señor Capellán, y no dejan abrir la puerta de la iglesia, si podría entrar por clausura a darnos la Sagrada Comunión y celebrar la misa (si nos dan facilidades para ello, que no sabemos lo que harán). No hemos sacado cosa ninguna, ni de ropas ni de nada porque nadie se quiere comprometer ni encontramos personas de confianza; así que ahora nos hemos alegrado, pues no dejan ni una sola casa sin registrar y hubiese sido peor”. En las últimas líneas Sor Camila suplica a don Valentín que “participe de ello al Sr. Cardenal o a quien haga las veces”. La carta salió de Siruela tres días después de estallar la Guerra civil. Seguramente no encontró en su puesto de trabajo al que yacería bajo las balas en las calles de Toledo. Las benditas clarisas esperarían en vano una respuesta.
La segunda carta, lleva fecha de 4 de agosto de 1936. Las religiosas del Convento de la Purísima de Siruela se dirigen de esta manera al superintendente general de religiosa, el Siervo de Dios Valentín Covisa: “Con el corazón partido por el dolor le dirijo estas letras, para decirle que desde la madrugada del día 24 del pasado julio a las dos de la mañana nos obligaron a abandonar nuestro amado convento, sin tener de su Excelencia la menor noticia; le ruego en nombre de la Rvda. Madre y de todas nos diga lo que hemos de hacer en tan triste situación; por de pronto estamos todas reunidas en casa de los hermanos de don Antonio Castro. Nosotras ante los que vinieron, nos resistimos todo cuanto pudimos; diciéndoles era un atropello y que lo hacían sin órdenes mayores. Pida mucho por nosotras y que en todo se cumpla la santa voluntad de nuestro Padre Dios. La Rvda. Madre está muy preocupada, rogando por su bien espiritual y temporal; sabe con cuanto agrado le recuerda la última de sus hijas”. Sor María del Buen Consejo, que es quien firma la carta, alerta a don Valentín a que “dirija el sobre a nombre de don Pablo Castro”. Lo que no sabía es que el Siervo de Dios desde el Cielo velaba, desde hacía cinco días, en su nuevo puesto por las religiosas de la Archidiócesis. Como sucedió con todas las parroquias y casas religiosas, tras acabar el conflicto bélico, el Arzobispado se dirigió a unos y otros para hacer balance de la situación general. La tercera carta de las religiosas de Siruela que guarda la Postulación lleva fecha de 29 de septiembre de 1939. Y ellas mismas dicen haber recibido la solicitud de informes en el mes de mayo pasado. La carta está redactada por Sor Camila del Espíritu Santo y en ella afirma: “El Convento hoy inhabitable. La Iglesia fue saqueada y estropeado cuanto en ella había: retablos, imágenes y demás. La mayor parte de gran valor artístico. Hoy ya sencillamente preparada y habilitada se están en ella celebrando los cultos… La vida de comunidad estamos en vías de comenzar en lo que sea posible dadas las circunstancias: pues vivimos en la casita que habitaba nuestro Capellán (el Siervo de Dios Prudencio Gallego)…” Y termina el escrito diciendo: “Muchísimo lo deseamos (hablar con Nuestro Señor Obispo) pues que después de tres años en este ambiente mundanal donde no es posible vivir si no muy aseglaradamente no puede figurarse lo mucho que estamos sufriendo y lo triste de nuestra situación”.
Don Antonio Risco fue el único sacerdote que logró salvarse de la persecución religiosa. Tras el martirio del Siervo de Dios Prudencio Gallego fue, hasta finales de la década de los 40, capellán de las clarisas de Siruela. Según los testigos a este anciano sacerdote se le permitió seguir viviendo porque era atendido por una tal Benita, cuyo marido era uno de los principales del Comité. Se conserva un dietario de su propiedad en donde encontramos mucha información de lo sucedido en Siruela en aquellas tristes jornadas. En julio señala que “El 19 quedaron cerrados iglesia y convento (la semana anterior no hubo campanas). Recogió el alcalde las llaves. Scripsi D.Petro paroch. super destruct. Ecclesiae et alia anteriora ac posteriora” (Escribió el párroco don Pedro sobre la destrucción de la Iglesia y otros sucesos anteriores y posteriores). En agosto se lee “Destructio et crematio reliquarum imaginum, (retablos) Conventus et Eremitae N.S.Alt.Grat. sicut hujus imaginis et aliarum hujus Eremiticae et Calvario. Caedes 12 hominum hujus pópuli inter quos Praesb. Yldeph. Prudent. post minus mensis cárceris et male tractati” (destrucción y quema de las imágenes restantes, (retablos) convento y de la ermita de Nuestra Señora de Altagracia; como imágenes de este (del convento) y otras de la ermita y el Calvario. Son asesinados 12 hombres del pueblo entre los cuales los presbíteros Ildefonso y Prudencio después de menos de un mes de cárcel y malos tratos) En septiembre “Caedes Joseph Acedo (coadj. Talarrubias) cum aliis duodecim gitaronum. Caedes D. Eug. Blanc. Parr (Tamur.)… caedes quinque hominum” (Es asesinado José Acedo (coadjutor de Talarrubias) junto a doce gitanos. Es asesinado don Eugenio Blanca, párroco de Tamurejo… fueron asesinados cinco hombres… El 28 de octubre firmé una autorización mía que me presentó este “Comité” cediendo al Frente Popular izquierdista de este pueblo el capital de mi cartilla. Meses más adelante, en abril de 1937, se lee: “El 10 he firmado un pequeño inventario de libros parroquiales que recogió el alcalde constando como entregados por mí como encargado de la parroquia. Los libros comprenden bautismos (libros del 13 al 33 menos el 30); Matrimonios (libro 6 al 14) y Defunciones (libro 1 al 10)”. “El 18 de septiembre los socialistas han desmontado y quitado las campanas de la parroquia y convento para fabricar municiones”.
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Ildefonso nació en Siruela (Badajoz) el 23 de enero de 1899. Sus padres se llamaban Silverio Nieto Ambrojo y Juana Ambrojo Cendrero. Tras su paso por el seminario de Toledo, recibió la ordenación sacerdotal el 5 de abril de 1924. El día 23, a las 10 de la mañana, celebra “solemnemente por primera vez el Santo Sacrificio de la Misa”. En el recordatorio de primera misa podemos leer que “harán su primera Comunión este día las niñas Teodora Nieto Ambrojo y Brígida Nieto Urraco, hermana y prima del celebrante”.
Cuando arranca la década de los 30 ejerce el ministerio, como coadjutor, en Cazorla (Jaén). De allí paso a ser ecónomo de la parroquia de San Juan Bautista de Garlitos (Badajoz). Al estallar la guerra decide refugiarse con los suyos donde piensa que estará más seguro. Cuando un conocido llega a Garlitos le pide que transmita a sus padres que va a ir a su casa. Indicándole el camino por el que iría, no por la vía principal sino por otro camino para no llamar la atención. El hombre al llegar a Siruela (pues atendía ambos pueblos), le traicionó y en lugar de avisar a sus padres y, para ganarse el favor de los de izquierdas, les dijo a estos por donde venía. Sus padres supieron que el Siervo de Dios estaba en el pueblo porque el caballo de don Ildefonso se presentó a las puertas del domicilio familiar. Al poco les avisaron de la detención.
La tragedia familiar se consumó con la detención de dos hermanos del Siervo de Dios. Felipe (de 35 años) que era el mayor, estaba viudo y vivía con sus padres. Como ya habían venido a detenerlo, su madre pidió a Felipe que se entregará para ver si así liberaban a Ildefonso. Sin embargo, los del Comité terminaron por detener también a Lorenzo (de 32 años), hermano de estos dos. Aunque esta familia era “gente de campo” tenían cierta holgura económica. En el caso de la muerte de Felipe y Lorenzo, aunque sus causas nunca estuvieron introducidas en el Proceso de beatificación que esta Postulación lleva, queda claro que la única motivación para su asesinato fue la de que eran hermanos del sacerdote, puesto que si hubiese sido por un móvil económico, por ejemplo, o por envidias -como sucedió en tantos lugares- hubieran matado también al padre. Aunque también se oyó en el pueblo que los mataron por miedo a una posterior venganza. Recapitulando todos los datos que citábamos semanas atrás al referirnos a las Clarisas de Siruela sabemos que “el domingo 19 (de julio) vino el Sr. Capellán a darnos la Sagrada Comunión... Ayer lunes, por la tarde, han llevado al Señor Capellán (Siervo de Dios Prudencio Gallego) a la cárcel… Y en la libreta de anotaciones de don Antonio Risco se lee en el mes de agosto: “Caedes 12 hominum hujus pópuli inter quos Praesb. Yldeph. Prudent. post minus mensis cárceris et male tractati” (Son asesinados 12 hombres del pueblo entre los cuales los presbíteros Ildefonso y Prudencio después de menos de un mes de cárcel y malos tratos). Para los que viven en otras zonas de nuestra extensa Archidiócesis les recordamos que los mártires sobre los que estamos hablando a lo largo de estas semanas eran naturales y trabajaban en la llamada Siberia extremeña. Según algunos este nombre fue impuesto por el duodécimo duque de Osuna, Mariano Téllez-Girón (1814-1882), señor de estas tierras, quien, a mediados del siglo XIX pasó más de diez años como embajador en Rusia. Aunque en realidad, sencillamente se cree que aludía al atraso de la comarca, a la falta de vías de comunicación, a su aislamiento, marginación y abandono que históricamente ha sufrido. Lo cierto es que, ya en 1908, en un artículo de prensa sobre la comarca, se habla de la Siberia extremeña. La Siberia está formada por 17 municipios pacenses: Baterno, Casas de Don Pedro, Castilblanco, Esparragosa de Lares, Fuenlabrada de los Montes, Garbayuela, Garlitos, Helechosa de los Montes, Herrera del Duque, Puebla de Alcocer, Risco, Sancti-Spíritus, Siruela, Talarrubias, Tamurejo, Valdecaballeros y Villarta de los Montes. De los 17 pueblos solo Esparragosa pertenece a la Archidiócesis de Mérida-Badajoz. El Siervo de Dios Prudencio Gallego Valmayor había nacido el 14 de diciembre de 1900 en Tamurejo (Badajoz). Sus padres se llamaban Marcos y María de la Paz. Tras sus estudios en el Seminario Mayor de San Ildefonso de Toledo fue ordenado sacerdote el 11 de junio de 1927. Su primer destino fue Villarta de los Montes (Badajoz) pueblo que atendía con otro sacerdote, ya que por aquel entonces el pueblo pasaba de los 2.000 habitantes. De Villarta fue trasladado de ecónomo a Garbayuela (en el Anuario Diocesano se nos dice que contaba con 886 habitantes). Finalmente, se le traslada a Siruela (Badajoz) pasando a formar parte del clero de este pueblo (5.160 habitantes) junto al párroco, el Siervo de Dios Pedro Manuel Perezagua; el coadjutor, don Antonio Risco (al que nos referíamos hace unas semanas) y él, que pasa a ocupar la capellanía de las Clarisas Franciscanas. Desde Siruela estuvo atendiendo Garbayuela. Las Clarisas todavía recuerdan que días antes de ser detenido las animaba y transmitía fuerza para superar las pruebas, mientras exclamaba: “-¡Qué días tan amargos nos esperan!”.
Cuando estalla la guerra, su madre le decía, ante el cariz que tomaban los acontecimientos: “-Prudencio, ¿porqué no nos vamos a Garbayuela?” A lo que él respondía que allí (en Siruela) no había nada que temer. Tal vez, por no abandonar a sus monjas… La familia recuerda que cuando años después su madre expiró se le iluminó el rostro, mientras exclamaba: “-¡Hijo, hijo!”. Así pues, el 20 de julio de 1936 fueron detenidos, Don Prudencio y Don Ildefonso junto con algunos seglares. Esos días el párroco de Siruela, don Pedro Manuel Perezagua estaba de vacaciones con su familia en Sonseca, de donde era natural, aunque también él correría allí la misma suerte, siendo asesinado el nueve de septiembre. Don Prudencio y don Ildefonso soportaron brutales palizas en la cárcel de Siruela (Badajoz), situada próxima al Ayuntamiento. Una tal Patro, que tenía acceso a la cárcel, para llevarles la comida relató cómo estaban los presos. Don Prudencio de una paliza perdió un ojo. La colchoneta donde descansaba estaba llena de sangre. Y la mujer decía: “-Don Prudencio estaba como un Nazareno”. A su familia la pidió un jersey: ¡en pleno agosto y en Extremadura!... siempre creyeron que era para aminorar los golpes en las palizas que recibían. En la cárcel también se le escuchó ofrecerse por los que tenían familia: “-Si es suficiente con mi muerte, dejad a los demás que tienen familiares, esposa, hijos…”. Ambos sacerdotes pudieron confortar y absolver a sus compañeros de cautiverio. Finalmente, los Siervos de Dios Prudencio Gallego e Ildefonso Nieto, en la madrugada del 18 de agosto fueron ametrallados junto a once seglares más. En los estadillos de la “Causa General” junto al nombre de los sacerdotes se señala que no pertenecían a ningún partido político. Se dice que durante su detención se les obligó a quemar las imágenes de la Iglesia. Sus cuerpos reposan en una capilla de la parroquia de Nuestra Señora de la Antigua de Siruela (Badajoz).
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Nació el 19 de octubre de 1879 en Sonseca (Toledo), bautizado seis después en la parroquia de San Juan evangelista. Sus padres se llamaban León Perezagua y Casilda García-Ochoa. Tras realizar los estudios en el Seminario de Toledo fue ordenado el 19 de octubre de 1902. Por el “Anuario Diocesano” de 1929 sabemos que ya en esa fecha ejerce de párroco en Siruela (Badajoz). La foto que ilustra el artículo está tomada durante una peregrinación a Guadalupe, en el verano de 1935, los dos sacerdotes que aparecen son el Siervo de Dios Bernardo Urraco, profesor del Seminario de San Joaquín de Talavera de la Reina (a la derecha de la foto) y el Siervo de Dios Pedro Manuel Perezagua (a la izquierda).
Cada uno de los que aparecen retratados tiene su propia historia: tres de ellos fueron asesinados en Siruela el 18 de agosto de 1936: los dos más jóvenes que aparecen sin contar la fila de los niños, el primero de la derecha de la segunda fila y el primero de la izquierda de la tercera fila. Ambos eran hermanos y fueron asesinados junto a su padre; se trata del señor con bigote de la tercera fila también (Arturo Moreno Castaño (63 años) y que era diputado Provincial de Acción Popular; Ángel Moreno (30) y Florencio Moreno (22), ambos estudiantes. Dicen que uno de los hermanos para evitar que profanaran un pequeño crucifijo que llevaba, se lo tragó y luego dijo: "Ahora ya podéis disparar". Cuando estalla la guerra, el Siervo de Dios se encontraba residiendo en Sonseca por el periodo vacacional; sobrevivió oculto hasta el 28 de agosto que lo descubrieron. Tras encarcelarlo, en las primeras horas del 10 de septiembre, lo sacan y fusilan en la carretera de Orgaz (Toledo), junto al industrial Juan Manuel Gómez-Tavira. La Causa General apunta que su cuerpo fue hallado “en la carretera de Sonseca a Orgaz con heridas numerosas de armas de fuego”. Se cree que fue cerca de la casilla del peón caminero. Su cuerpo reposa en la cripta bajo el altar mayor de la parroquia de Sonseca. |
| MÁRTIRES DE AJOFRÍN |
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Ajofrín es el primer pueblo por orden alfabético de todos los que conforman la provincia toledana. Los dos sacerdotes que trabajaban en la parroquia de Santa María Magdalena de dicha localidad eran los Siervos de Dios Julián Gallardo Garnica, párroco desde hacía casi treinta años y Teodoro Ruiz Peces, que ejerce de coadjutor y capellán de las dominicas. Ambos fueron martirizados el 27 de julio de 1936. Junto a ellos, lo serían otros dos hijos del pueblo: el Siervo de Dios Aureo Martín Maestro, párroco de Portillo de Toledo, y el anciano capellán de Reyes de la Catedral de Toledo, el Siervo de Dios Benito López de las Hazas. Las religiosas Dominicas de la Descensión de Nuestra Señora, que como indica el Anuario Diocesano para el año 1930 son de clausura, cumplen en este 2011 el IV centenario de su presencia en la Archidiócesis: “Concedió permiso para la fundación el Cardenal Sandoval y Rojas el 25 de junio de 1611”. Desde este rincón de “Padrenuestro” las felicitamos por adelantado.
En los años treinta era Priora, Madre Sor María Ángeles y la comunidad tenía 16 religiosas. Cuando estalló la guerra, la gente de izquierdas del pueblo las avisaron para que estuviesen tranquilas; pero, a la vez, las animaron a salir del convento puesto que milicianos de otros pueblos podían llegar con otras intenciones. Así pues, la Comunidad se dispersó, algunas regresaron con sus familias y otras se ocultaron en el propio pueblo. El Convento fue saqueado y en gran parte destruido. Pasó a convertirse en cárcel y de allí se sacaba a los detenidos para asesinarlos. De hecho, según la Causa General al menos dos personas del pueblo fueron asesinados en la huerta del Convento: el 19 de octubre de 1936, el teniente de alcalde, un hombre joven de 35 años, de profesión labrador y dos días después, un muchacho de 18 años, de profesión hortelano. En 1946, regresaron las monjas que habían logrado sobrevivir; pocas en número y muy escasas de recursos materiales. Un año después, 12 monjas provenientes del Monasterio de Madres Dominicas de las Dueñas (Salamanca), se incorporarían a esta comunidad para reanudar la vida religiosa en Ajofrín. El Siervo de Dios Julián Gallardo Garnica nació el 7 de enero de 1875 en Escalonilla (Toledo). Recibió la ordenación sacerdotal el 18 de marzo de 1899. Fue nombrado coadjutor de Orgaz (Toledo), donde permaneció hasta 1902, en cuya fecha, previo concurso, es nombrado párroco de Guadalimar (Albacete) y encargado de Cotillas (Albacete). Durante el curso de 1907 es nombrado párroco de Ajofrín, donde ejerce ejemplarmente su apostolado parroquial, hasta que estalla la guerra, siendo horriblemente martirizado. El 29 de junio de 1907 (puede leerse en “El Castellano” nº 182 del 4 de julio de 1907) tomó posesión de la parroquia de Ajofrín “a las seis de la tarde el Sr. Garnica. Con este motivo subió al púlpito, dirigiendo la palabra al numeroso auditorio, quedando éste gratamente impresionado y muy complacido por los ofrecimientos que hizo acerca del cumplimiento de su cargo”. Pocos años después, en la crónica de unas misiones que se han celebrado en Ajofrín el 9 de diciembre de 1911, puede leerse: “Es muy elogiada la conducta del párroco quien no ha perdonado medio para proporcionarnos tan gran bien (a los feligreses con la misión)…” El Siervo de Dios Teodoro Ruiz Peces había nacido en Sonseca (Toledo), a las 8 de la mañana, el 20 de abril de 1879 (fue bautizado por el coadjutor de la parroquia de Sonseca, don Apolinar Martín-Ambrosio, cinco días después, el 25 de abril, como consta en el tomo 30, folio 47 vuelto). Sus padres se llamaban Telesforo Ruiz-Tapiador y Martina Peces-Barba. Recibió la ordenación sacerdotal el 19 de diciembre de 1903. Después de sus primeros nombramientos, tras ejercer en La Mata (Toledo), el 15 de marzo de 1906 “El Castellano” publica su nombramiento como coadjutor de la parroquia de Ajofrín. En el verano de 1915, junto a don Julián, participa en Sonseca en una gran velada literario-musical organizada por los seminaristas del arciprestazgo de Orgaz (Toledo).
Era el 21 de agosto y el que escribe el artículo (firmado por A.B.) nos hace saber que desde Toledo se dirigen a Sonseca. En Ajofrín hacen la primera parada para “saludar al señor cura párroco que acompañado de otros sacerdotes y un buen número de seminaristas, aguarda nuestro paso. En seguida nos dirigimos a la iglesia parroquial con objeto de admirar las innumerables obras de arte que encierra, y rendir un filial homenaje a la Virgen de Gracia, cuya diminuta imagen nos muestra el señor cura encerrada en artístico viril”. Reemprenden el camino hacia Sonseca, donde al día siguiente, tendrá lugar la velada. Cuando está narrando los actos celebrados por la tarde y, tras mencionar a los que están en la mesa presidencial, cita a “don Teodoro Ruiz, coadjutor de Ajofrín”.
Don Teodoro se encarga de la capellanía del convento de las MM. Dominicas de Ajofrín.
Curiosamente el párroco y el coadjutor de Ajofrín tenían, cada uno, un sobrino sacerdote. El Siervo de Dios Manuel Ruiz-Tapiador Roldán era sobrino del Siervo de Dios Teodoro Ruiz, éste había sido padrino en su cantemisa, el 26 de junio de 1924. Tío y sobrino fueron mártires de la persecución. Manuel como ya narramos (Nuestros mártires/148) fue asesinado junto al párroco de Sonseca, el Siervo de Dios Casimiro Rivera, la noche del 3 al 4 de agosto de 1936, en el término municipal de Argés (Toledo). Por su parte, José Gallardo Sánchez era sobrino carnal del Siervo de Dios Julián Gallardo Garnica. Don José fue ordenado sacerdote el 15 de junio de 1935 y un mes después recibió el nombramiento de cura regente de Valdesaz (Guadalajara). Éste, sin embargo, logro salvarse. Él mismo aclara, en las notas que dejó para la Postulación referidas a su tío mártir, que en Valdesaz “pasó toda la guerra. Allí salvé la vida milagrosamente, oculto en una casa…”. En 1981 se jubiló, tras atender diversos pueblos de la diócesis y ejercer sus últimos 18 años de capellán del Hospital Provincial de Toledo. Siendo subdiácono, José Gallardo, el 7 de agosto de 1934, publica en “El Castellano” un precioso artículo titulado “Ajofrín y el centenario de la Virgen de Gracia”. Los Siervos de Dios Julián Gallardo y Teodoro Ruiz fueron los encargados de preparar celosamente las solemnes fiestas. El artículo comienza así: “Nos encontramos en pleno centenario de una fecha gloriosa, que todo ajofrinero... debe conmemorar con júbilo. La Virgen Santísima, bajo la advocación de “Nuestra Señora de Gracia”, parece haber sentido particular predilección por la noble y simpática, leal y heroica villa de Ajofrín. Era el año 1262 cuando apareciéndose al pastor Magdaleno en los renombrados montes de la Morra, de la cordillera Oretana, después de una embajada inútil a Menasalbas y Cuerva, desconsolado y triste el pastor, recibe de María Santísima la Aparecida este hermoso encargo: “-Ve a Ajofrín, que allí te creerán sus piadosos vecino, y diles de mi parte que es mi voluntad vengan luego a visitarme, y quiero que en este sitio me edifiquen una iglesia, donde sea venerada públicamente para consuelo de estos pueblos, y muy especialmente para el suyo, de quien me constituyo desde ahora su Madre y Protectora”.
Después, José Gallardo, cuenta como los ajofrineros “hicieron voto-juramento de repetir todos los años una procesión-romería hasta el lugar donde se apareció la Virgen de Gracia”. Finalmente, recuerda el motivo de la celebración del centenario que no es otro que la presencia de la imagen en la parroquia, pues “el 23 de junio de 1834, fue traída providencial y definitivamente a esta villa, para evitar fuera destruida por los enemigos de la religión”. Así que el próximo año 2012 se cumplirá el 750 aniversario de las apariciones de la Virgen de Gracia, una figura diminuta de una altura de unos 5cm, que es sin duda una de las más pequeñas que en España reciben culto público. En “El Castellano” publicado el 24 de agosto de 1934 aparece un artículo del párroco de Navahermosa, don Ángel García de Blas, con el título “Ajofrín, San Pablo y la Virgen de Gracia”. En él podemos leer: “…Solemne como ningún año, ha de ser el novenario de la Virgen… presidido por su celoso cura, que como los hijos de Ajofrín, siente el amor de la Virgen, que ha bendito treinta años de intensa labor parroquial, bajo el manto protector de la Virgen de Gracia”. Tras las fiestas, el 12 de septiembre de 1934, Antonio Casas desde Mora relata en otro artículo lo sucedido en Ajofrín no ahorrando un solo adjetivo para alabar al Siervo de Dios Julián Gallardo, “un párroco que, enamorado del pueblo que rige, ha sido el promotor único y ejecutor decidido de todas estas manifestaciones y renovador ilustre de su majestuosidad”.
Tan sólo dos años después aquella fiesta no se celebraría por culpa del estallido de la guerra civil española. A los pocos días, el 22 de julio de 1936, al ver el oscuro panorama de la situación don Julián abandona la casa parroquial y se refugia en casa de sus hermanos Justo y Rosario, que también vivían en Ajofrín. Luego todo fue demasiado rápido y sencillo, y antes de cumplirse los 10 primeros de guerra, fueron asesinados. Un grupo de milicianos de Menasalbas (Toledo), los detuvieron y se los llevaron, en un camión junto a Miguel Moreno Escobar. Según podemos leer en la Causa General, era el 27 de julio. Los Siervos de Dios Julián Gallardo y Teodoro Ruiz, que llevaban casi treinta años trabajando juntos en la parroquia de Nuestra Señora de La Magdalena, según testigos, tuvieron tiempo de confesarse mutuamente antes de subir al camión. Al llegar a las afueras de Menasalbas (Toledo), cerca de la ermita de San Sebastián, tras ser cruelmente martirizados, fueron fusilados. Pasada la guerra, los familiares de los tres martirizados fueron a buscar sus restos pero a pesar de las muchas gestiones realizadas no lograron dar con ellos. Alguno les hizo saber que habían quemado sus cuerpos. |
| RAFAEL Y FELIPE MARTÍNEZ VEGA |
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29 de enero de 1941. El cortejo fúnebre penetra en el patio de la Basílica de Santa Leocadia en la Vega Baja de Toledo, donde se encuentra el llamado cementerio de los Canónigos. Las crónicas de los diarios narran con estos titulares lo que va a suceder: “D. Rafael y D. Felipe Martínez Vega, hermanos de sangre y de martirio. Sus restos serán trasladados esta tarde a las cuatro y media, desde el cementerio de Nuestra Señora del Sagrario al de la basílica de Santa Leocadia, y colocados en sepulcro preparado en el patio anterior de la ermita del Santo Cristo de la Vega”. En la fotografía, presidiendo el acto, aparece el segundo por la izquierda, el Sr. Obispo auxiliar de Toledo, Monseñor Gregorio Modrego Casaus.
El Siervo de Dios Felipe Martínez Vega, que era maestro de instrucción primaria, destacó como periodista inteligente y dinámico. Además de redactor del periódico “El Castellano”, tenía a su cargo corresponsalías de periódicos y agencias de Madrid. Era miembro de asociaciones religiosas y benéficas. Siempre estuvo al servicio de toda buena causa. A su hermano lo define, tres meses después de su cruel martirio, el Cardenal Gomá con estas palabras: “¡Don Rafael Martínez Vega, alma de la Catedral hoy huérfana de su amor, Arcediano con temple de artista que hacía revivir con su milagroso talento las piedras catedralicias!”. El Siervo de Dios era definido en los siguientes términos: “vivió ajeno a toda actividad política; sacerdote ejemplar, espíritu selecto, cerebro privilegiado y corazón abierto a toda generosidad, su vida fue solo piedad, estudio, trabajo fecundo y encendida caridad”. Fueron asesinados el 30 de julio de 1936. Ésta es su historia. Un año después de los sucesos de la foto anterior, exactamente el 22 de marzo de 1942, también presidido por Monseñor Modrego, obispo auxiliar de Toledo, el monumento fue reinaugurado tras su reconstrucción (http://toledoolvidado.blogspot.com/search/label/cristo%20de%20la%20vega)
Así narran Ricardo Cid y Luis Moreno Nieto, en su obra “Mártires de Toledo” (que publicó el Excmo. Ayuntamiento de Toledo en septiembre de 1942), la detención de los Martínez Vega. “27 de Julio de 1936. La rapacidad de los revolucionarios marxistas, no satisfecha con los numerosos robos efectuados en las iglesias, conventos y casas particulares, ansía un botín mucho más preciado: el tesoro de la Catedral. Y no es precisamente la chusma, la plebe, el pueblo anónimo el que entra a la fuerza y se atreve a poner sus manos sobre los objetos de culto. Son los dirigentes, los mismos que de manera cordial tantas veces han sido acompañados por los capitulares y sacerdotes de la Catedral en sus visitas al Tesoro, los que ahora van a entrar como ladrones de gallinero a dar la primera ojeada que les ha de servir para perpetrar más adelante un robo sacrílego. En la tarde de ese día 27, el capitán de Asalto Eusebio Rivera Navarro, un miembro del Partido Comunista y varios milicianos se presentan en la casa del siervo de Dios Ildefonso Montero Díaz, canónigo Tesorero, solicitando la presencia del Arcediano en la Catedral. Alguien ha informado de que las llaves de la puerta blindada, que protege la habitación donde se guarda el Tesoro, están en poder del canónigo Arcediano, el siervo de Dios Rafael Martínez Vega. Por fin, llega y entra con todos, están deseosos de ver el Tesoro. Y como los milicianos lo hacen sin descubrirse, les llama la atención; ellos, aunque de mala gana, atienden los gestos de los cabecillas para hacerlo. La belleza del templo catedralicio contempla al siniestro grupo acompañado por los candidatos al martirio. Van poniendo sus viles ojos en los objetos sagrados como si estuviesen escogiendo lo que van a llevarse; observan para preparar el saqueo. Así planean los republicanos el despojo total de la Catedral. Terminada esta primera visita de las autoridades republicanas, los dos sacerdotes reciben la orden de marchar a sus domicilios, pues nada les va a ocurrir. Al subir la Puerta Llana, unos milicianos se burlan de ellos al pasar y dicen: “-A estos dos ‘cuervos’ les quedan pocos días”. Y así fue. El Siervo de Dios Rafael Martínez Vega sería asesinado el primero, el 30 de julio. Caía junto a su hermano Felipe. Adoración Gómez Camarero (1893-1980), destacado periodista toledano, fue durante el período 1931-1936 director del diario “El Castellano” de Toledo y, por lo tanto, “compañero y amigo” del Siervo de Dios Felipe Martínez Vega. Así narraba para las páginas de “El Alcázar” el martirio de estos dos hermanos: “El 24 de julio de 1936 había sido detenida toda la familia Martínez Vega: don Rafael y don Felipe; sus padres de 82 y 78 años; su hermana Francisca, vicesecretaria de Acción Popular; y la esposa del periodista, doña Laura. Cuatro días permanecieron en la prisión de la fábrica de harinas de San José. Durante ellos, dos Rafael redactó su testamento y rezó repetidamente la recomendación del alma. Al ser puestos en libertad y volver a su casa fue cuando le requirieron al arcediano para ir a la catedral con las llaves del tesoro” (como ya hemos narrado). Una semana después, ambos hermanos, serían llevados a la muerte. “Al abandonar su casa para siempre, don Rafael y don Felipe, el día 30, el primero dejó el reloj y el portamonedas a su familia como recuerdo, y los dos hermanos besaron a todos. Sabían que esta vez iban al martirio. Los milicianos les condujeron a las Carreras de San Sebastián, periferia sur de la ciudad, sobre el Tajo, y allí cayeron abrazados. Todavía al día siguiente, los milicianos fueron a la casa con un volante del gobernador civil, José Vega, pidiendo las llaves de la Catedral”.
SIERVO DE DIOS RAFAEL MARTÍNEZ VEGA Rafael nació el 24 de octubre de 1886 en Cuenca. Inició los estudios en su ciudad natal, en el curso 1899-1900. De aquí, por medio de una beca, pasó a Salamanca donde curso de 1905-1906 a 1909-1910. Más tarde estudió Derecho dos años en Guadix (Granada). Ordenado sacerdote el 12 de marzo de 1910, el Siervo de Dios celebró su primera Misa al día siguiente en la Capilla pública de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de la ciudad de Cuenca. En su estampa de cante misa se puede leer: “Rogad al Señor, para que conceda al nuevo sacerdote la pureza y santidad de vida, que requiere tan sagrado ministerio”.
El 26 de septiembre de 1910 comenzó su labor docente, siendo en años sucesivos profesor de Latín, de Psicología, de Lógica y Griego, y ejerciendo el cargo de Director del Colegio de Nuestra Señora de las Angustias, de Guadix, además de explicar sus asignaturas en el Seminario. Ejerció los siguientes cargos:
En 1936 ocupa los cargos de canónigo arcediano de la Catedral de Toledo y Profesor de Moral en el Seminario Mayor. El 27 de julio había sido requerido de parte de la autoridad republicana para acompañar a unos milicianos a ver el Tesoro catedralicio, pues él era el depositario de las llaves. A los que entraron en el templo sin descubrirse les pidió que se descubrieran. Los republicanos tuvieron planeando el despojo total de la Catedral de Toledo, que llegaron a realizar, aunque milagrosamente no se consumó. Don Rafael había sido elegido en 1930 Numerario de la Real Academia de las Bellas Artes y de Ciencias Históricas de Toledo. Entre otras colaboraciones había publicado una interesante titulada: La catedral de Toledo y la Virgen María. La historia del archivo capitular de la Catedral de Toledo afirma que antes de 1936 el Siervo de Dios se encargó de realizar “una revisión profunda de los documentos del Archivo de Pergaminos llevada a cabo en solitario”.
SIERVO DE DIOS FELIPE MARTÍNEZ VEGA La crónica del periódico El Alcázar del 29 de enero de 1941 afirma del Siervo de Dios Felipe Martínez Vega que “por imperativo impulso de su propio temperamento era efusivo, cordial. Nunca se le enfrentó enemigo ni aun entre los propios adversarios ideológicos, y fue por esto, tanto como por su natural diligencia y su entusiasta amor profesional, por lo que se le eligió secretario de la Asociación de la Prensa toledana. Pero era desde hacía muchos años redactor de “El Castellano”, esto es, confesionalmente católico y paladinamente español. Felipe , ingenuamente confiado, quizá porque a través de sí mismo juzgaba del ambiente y de los hombres, fue el único que, impulsado por las circunstancias -extraordinarias en aquellos momentos de trágica excepcionalidad- salió a la calle, para él siempre amable y acogedora, colaboradora y amiga, y la calle, que eran unos hombres taimados, feroces, borrachos de vino y de sangre, cayó sobre él con todo el odio y toda la rabia acumulados en sus almas ruines contra el periódico y los periodistas que en el nombre de un Dios todo amor, y en servicio de una Patria toda generosidad y grandeza, se esforzaron abnegada y celosamente por elevar su condición al grado cristiano de dignidad humana, por la caridad y la justicia. Y cayó. Hoy, ante sus restos (se trata de la crónica de la definitiva exhumación en el cementerio de canónigos), el dolor de su muerte y el recuerdo de su vida y nuestras vidas, unidas en camaradería fraternal, agita con angustia el corazón en nuestros pechos, nos humedece los ojos y nos reseca los labios con ardor de fiebre”. Don Luis Moreno Nieto en “Los mártires seglares de 1936 en Toledo” (Toledo 1998) escribe de don Felipe: “periodista batallador, reflejó en las páginas de “El Castellano”, del que era redactor, su espíritu infatigable y apostólico; con estilo franco y suelto emprendió múltiples campañas antimarxistas que labraron su sentencia de muerte”.
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| MARTÍN PÉREZ CARBONELL |
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Martín nació en Los Yébenes (Toledo) el 8 de octubre de 1890. Sus padres se llamaban Crisanto y Juana y tenía tres hermanos más: Toribio, Teodoro y José. Fue ordenado sacerdote el 21 de septiembre de 1913. Nombrado capellán de las MM. Benitas de Talavera de la Reina (1913); coadjutor de los Navalmorales (1914); ecónomo de Manzaneque (1918); párroco de Membrillo (1918); regente de Espinoso de Rey (1920); oficial de la Secretaría de Cámara y segundo maestro de ceremonias de la Santa Iglesia Catedral Primada de Toledo (1921). Ese año recibirá la luctuosa noticia del fallecimiento de su hermano que también era sacerdote. La necrológica de “El Castellano” afirma que “en Madrid, víctima de rapidísima enfermedad, ha fallecido el joven sacerdote (24 años) don José Pérez Carbonell, a quien adornaban especiales cualidades de piedad e inteligencia. Su cadáver ha sido trasladado a Yébenes, su pueblo natal”. En 1922 fue nombrado capellán de las MM. Benitas de Toledo. El 20 de octubre de 1924 obtiene en Toledo el doctorado en Sagrada Teología. En 1925 peregrinó a Tierra Santa. Nombrado coadjutor de los Santos Justo y Pastor de Toledo (1926); fue también oficial y secretario de la Delegación de Capellanías (1927). Finalmente será nombrado ecónomo de la parroquia mozárabe de San Marcos, en la ciudad de Toledo y beneficiado mozárabe (1929) de la Capilla mozárabe de la S.I.C.P. de Toledo.
Destacó por sus dotes de gran predicador por lo que frecuente era reclamada su presencia en las fiestas de los pueblos y otros eventos:
Termina la crónica diciendo que “el señor Pérez Carbonell fue largamente ovacionado”.
“El Castellano” en su edición del martes 27 de noviembre de 1934 informa que el Siervo de Dios Enrique Corral, párroco de Urda (Toledo) ha celebrado “solemnes exequias por las víctimas de la revolución. Todos los agricultores suspendieron sus faenas, y el comercio cerró durante el acto”. Como era costumbre en el centro de la Iglesia parroquial se levantó un túmulo y el pueblo y las autoridades por completo llenaron el templo… Tras las exequias “pronunció la oración fúnebre el capellán mozárabe de Toledo, don Martín Pérez Carbonell, que examinó los antecedentes del movimiento revolucionario, atribuyendo sus más profundos orígenes a la irreligiosidad y a los egoísmos y frivolidades de nuestro tiempo. Señaló los remedios que urge poner en práctica en defensa de la sociedad española y de la Religión, y precisó el alcance de las doctrinas sociales de la Iglesia, exhortando a todos a practicarlas con sinceridad. La oración del señor Pérez Carbonell, muy elocuente, produjo gran impresión en la enorme concurrencia que llenaba el templo, y en la que predominaban los varones”.
Sabemos también que el Siervo de Dios Martín Pérez era secretario de la Venerable Hermandad de Sacerdotes de Jesús Nazareno. Conservamos un artículo en el que informa sobre los actos que tendrán lugar durante la Semana Santa de 1928. La Hermandad de Señores Sacerdotes de Jesús Nazareno con la Cruz Acuestas, formada obviamente clérigos, y el paso de dicha Hermandad se veneraba en su propia capilla, en la parroquia mozárabe de Santa Eulalia de Toledo. Su imagen se encuentra hoy en la parroquia de Santo Tomé. En el mes de junio de 1933 sigue ocupando dicho cargo, pues vuelve a firmar una nota en “El Castellano” (nº 7513, sábado 10 de junio de 1933) encareciendo la asistencia a dos funerales que se iban a celebrar por las almas de sacerdotes pertenecientes a la Venerable Hermandad. Los sufragios se celebraban en la parroquia mozárabe de San Marcos. Tan sólo han transcurrido los cinco primeros días de la guerra civil, cuando la cruel cacería que se está llevando a cabo en la ciudad de Toledo contra los sacerdotes y religiosos, llevará a los milicianos a primera hora de la mañana del 23 de julio de 1936 hasta el domicilio del canónigo Pérez Carbonell. De hecho, se estaba aseando. Así se narra el martirio del Siervo de Dios en la página 43 del libro “Toledo 1936, Ciudad mártir” (2008): “Don Martín vive con su anciano padre, Crisanto, en la casa rectoral, en el número 12 del Callejón de Menores. A las seis de la mañana, mientras está aseándose, fuertes golpes parece que van a derribar la puerta. Baja a abrir como está, en mangas de camisa, en zapatillas y con la toalla al cuello; si no tienen claro a quién van a buscar, un gran escapulario de carmelita que asoma por su camisa delata al sacerdote. Ante él aparece un grupo de milicianos. De malos modos, tal y como está, le obligan a ir con ellos hasta la cercana Plaza de San Vicente. Al oír el jaleo, su padre sale a la puerta y va tras el grupo. Don Martín le dice: - ¡Padre, vuélvase, que no pasará nada! Colocado frente al Convento de las Gaitanas, es fusilado por la espalda. El padre, que desoyendo el consejo del hijo ha seguido la comitiva, oye la atronadora descarga que mata a su hijo y puede aún abrazarle entre los estertores de la agonía. Las primeras luces de este día son recibidas con una escena de la Piedad: un padre anciano y doliente, que sustituye a la Virgen Santísima, con su hijo sacerdote en brazos.
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| ARTURO FERNÁNDEZ BARQUERO |
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Natural de Almendralejo (Badajoz) había nacido el primer día del mes de septiembre de 1881. Ordenado el 28 de julio de 1907. Cargos ejercidos: párroco de Viñuelas (Guadalajara) en 1907; canónigo magistral de la catedral de Coria, en 1910. Al año siguiente toma posesión de la canonjía de la Catedral de Toledo, pasando a ejercer los siguientes cargos en la Archidiócesis de Toledo:
Pasó después a establecer el verdadero concepto cristiano del trabajo, y con dicción elocuente, cálida y a veces impetuosa, demostró hasta la evidencia los siguientes puntos que son como la médula de la doctrina cristiana en esta materia. El trabajo es una ley universal de todos los seres y constituye además la actuación más perfecta y el desarrollo de todas sus energías. Después del pecado original de nuestros primeros padres en el Paraíso, el trabajo es para el hombre ley de dolorosa expiación de su culpa y únicamente por medio del trabajo puede el hombre rehabilitarse a los ojos de su Criador y entrar en el concierto armónico de los seres creados. El trabajo - continúa diciendo el orador – es, finalmente, perfecta dignificación y ennoblecimiento del hombre que, por la virtud enaltecedora del trabajo, ha llegado a adquirir un máximum de perfección en el orden científico o artístico, con investigaciones profundas, adelantos portentosos y creaciones inmortales, y en el orden moral dulcificando las costumbres privadas, domésticas y civiles. En magníficos e inspirados períodos presento a Jesucristo, Salvador del mundo, como ideal sublime, rehabilitador y único digno remunerador del trabajo. Los asistentes al acto premiaron con calurosos aplausos la meritísima labor del ilustre conferenciante. Desde estas columnas enviamos nuestra más entusiasta enhorabuena al orador y el Círculo Católico por el feliz éxito de sus trabajos”.
En abril de 1915 es nombrado presidente de la Junta diocesana que se encarga de fomentar la buena prensa. Para el curso 1921-1922, como señalábamos al nombrar los distintos cargos que ejerció, el Siervo de Dios es nombrado por el Cardenal Enrique Almaraz y Santos para ocupar la Prefectura de Estudios de la Universidad Pontificia de Toledo. En las crónicas puede leerse: ”De brillante carrera literaria, triunfó en varias oposiciones mayores, ocupando últimamente en la Catedral de Coria la prebenda de magistral. En reñida lucha, consiguió también la Canonjía que disfruta en nuestra Iglesia Primada, descollando bien pronto como profundo orador, y gran conocedor de los estudios teológicos y de Sagrada Escritura. Desempeñaba actualmente “las cátedras de Sagrada Teología y Hebreo en nuestro Seminario, y es miembro del Colegio de doctores del mismo centro docente. Defensa del cardenal Pedro Segura El 23 de julio de 1931 como presidente de la Asociación Diocesana del Clero de Toledo escribe al Jefe del Gobierno, Niceto Alcalá-Zamora, con motivo de la expulsión del cardenal Segura.
La Asociación Diocesana del Clero de Toledo y en su nombre el Siervo de Dios Arturo Fernández, ya había escrito el sábado 25 de abril de 1931 que “ante la campaña de difamación y de calumnias que una parte de la prensa española viene haciendo contra el eminentísimo cardenal primado… en nombre de los 550 socios que la integran, se acordó defender a nuestro Prelado por todos los medios legales, y si preciso fuere, acudiendo a los tribunales…”. Los sucesos cronológicos de la expulsión del Cardenal Segura fueron los siguientes:
Finalmente, el 24 de agosto de 1931, podemos leer un nuevo comunicado del Siervo de Dios Arturo Fernández en que da cuentas del acuerdo para “ceder de su peculio lo necesario para el decoroso sostenimiento de su Eminencia”. Informa que tanto el Cabildo de la Catedral como el clero de Guadalajara se adelantan a tomar una iniciativa “para atender a las necesidades de nuestro amantísimo prelado”. La medida propone un descuento de la parte proporcional del peculio de cada uno para mantener al Cardenal Segura hasta que se solucione su situación. Semana Pro Seminario de 1935 En el pontificado del Cardenal Isidro Gomá, como empresa de carácter diocesano, pero de alcance nacional, merece consignarse la Semana Pro Seminario celebrada en Toledo en noviembre de 1935. Codo a codo, fueron muchos los que trabajaron por sacar adelante tamaña empresa: entre ellos destaca el Siervo de Dios Arturo Fernández Barquero. Como narra José Ramón Díaz Sánchez-Cid en su obra “El Seminario Conciliar de San Ildefonso de Toledo: cien años de historia (1889-1989)” “nuestra Archidiócesis venía arrastrando ya una carencia muy acentuada de sacerdotes para cubrir las necesidades más urgentes”- Qué fin buscaba Isidro Gomá con la semana Pro Seminario, o mejor, cuáles eran las necesidades de los Seminarios diocesanos. “Lo primero que necesitamos -decía el Prelado- son vocaciones. Hoy nos parece casi increíble que hace poco más de siglo y medio –en 1769- hubiese en el Arzobispado de Toledo, aun siendo más extenso que hoy su territorio, 4.938 sacerdotes seculares y 5.448 religiosos. Aún sin remontarnos tan lejos, hubo un tiempo en que los aspirantes al sacerdocio en nuestra diócesis se acercaban al millar… Luego de 228 en 1910, pasamos, en línea suavemente ascendente. A 336 en 1918; para luego en descenso paulatino, llegar a un nivel más bajo, con 188 matriculados en el curso pasado (1934-1935), a pesar del contingente con que tributado el Seminario Menor de Talavera, cuyo internado empezó en 1928… El número de seminaristas es a todas luces insuficiente… [En el curso 1935-36, el Seminario Mayor de Toledo contaba tan sólo con 90 alumnos matriculados]. “Con el fin de poner remedio (pág. 88 o.c. Díaz Sánchez-Cid) a las necesidades, don Isidro Gomá declaraba instituida en la Archidiócesis de Toledo la “Obra de vocaciones eclesiásticas”. La primera Junta de dicha Obra estuvo constituida por el Siervo de Dios Arturo Fernández Barquero como Presidente, Andrés Verge, Rector del Seminario, como Vicepresidente; los Siervos de Dios Antonio Gutiérrez Criado y Eustoquio García Merchante, como vocales; Santiago González como secretario y Tomás Torrente como tesorero.
El primer acto público de la Junta se celebró el domingo, 2 de junio. En la parroquia de la Magdalena, en la que el Presidente de la Obra de Fomento, el Siervo de Dios Arturo Fernández, predicó las excelencias del sacerdocio. Por ello, al inicio de la misma toma la palabra “haciendo ver la importancia de la campaña que hoy se emprende… El lugar de las huestes el mismo de siempre, Toledo, la ciudad santificada por las plantas de la Virgen; Toledo, testigo de las proezas y hazañas más grandes, solar de la grandeza de España, archivo y museo único, relicario sacrosanto de las glorias y tradiciones patrias…” Todos los Boletines diocesanos y los 53 diarios de Madrid y provincias y las emisoras nacionales y locales de radio ofrecieron puntualmente información del desarrollo y de los acuerdos de la Semana. En titulares que resumían lo sucedido podía leerse: “Inútil es ponderar la importancia capital de esta Asamblea y los abundantísimos frutos que promete para la Obra sobrenatural de la Iglesia”. En otro: “La Semana de Toledo ha adquirido importancia de movimiento nacional en favor de la formación del clero”. O también: “La Semana Pro Seminario salta las fronteras de la archidiócesis para convertirse en problema netamente católico o universal”. El 19 de diciembre de 1935 el arzobispo de Toledo sería nombrado cardenal. Él mismo, el 10 de marzo de 1936, haciendo referencia a lo vivido meses atrás recordaba que era necesario prestar mucha atención a los tres medios corrientes de fomento vocacional: la oración perpetua a favor del Seminario, el día del Seminario y la Obra de Fomento. Pero, corrían tiempos malos y todo presagiaba que iban a llegar tiempos peores. Tras el estallido de la guerra, el 18 de julio, ya lo hemos recordado en otras ocasiones, la ciudad de Toledo se convirtió en una autentica ratonera. De los 67 sacerdotes que componían el clero catedralicio fueron asesinados 42 (el 67%). Los canónigos eran 23 y martirizaron a 12; los beneficiados eran 22 y cayeron 14. Había 4 adscritos y mataron a 2. De la Capilla de Reyes de 10, 6 fueron asesinados. Finalmente, los 8 canónigos mozárabes murieron mártires en los trágicos meses de julio, agosto y septiembre de 1936. Según testigos el Siervo de Dios Arturo Fernández, el 10 de agosto y, como si los estuviese esperando, sale al encuentro de los milicianos que van a detenerlo y se entrega a ellos mansamente. Camina con ellos hasta el Paseo del Tránsito, donde lo ametrallan.
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| ARSENIO TÉLLEZ LARA |
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Argimiro Arsenio nació el 28 de junio de 1897 en Tembleque (Toledo). Su padre, José Téllez y Lillo era carpintero y natural de Tembleque; su madre Micaela Lara, era de Miguel Esteban (Toledo).
Tras su paso por el seminario, el joven Arsenio fue ordenado sacerdote el 20 de marzo de 1920. Cinco días después, en la fiesta de la Anunciación celebra solemnemente su primera misa en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de la villa de Tembleque. Un compañero de su curso, el Siervo de Dios Ursinio Pérez Chozas, ordenado junto a él, fue el orador sagrado. Los padrinos eclesiásticos fueron un primo hermano de Arsenio, el Ilmo. Sr. Don Francisco Ocaña Téllez, capellán de la Escuela de Equitación Militar y el párroco de Tembleque, el Siervo de Dios Jesús Granero y Esteso. En el recordatorio también se cita al Siervo de Dios Vicente Morales Galán, coadjutor de la parroquia “que tiene sumo gusto de invitarle a este acto”.
Desde el principio de su ministerio escribió diversos artículos en “El Castellano de Toledo”, especialmente en los últimos años antes de su sacrificio (1934-1936). Desde uno de sus primeros destinos, Romancos (Guadalajara) escribe “Ideas sobre el origen del periodismo”, el 10 de noviembre de 1926. En él puede leerse: “Sin el periódico, el hombre sería esclavo de sus ideas monótonas y rutinarios, moviéndose siempre sobre la órbita de un mismo ambiente, e incapaz de adquirir la mayor parte de los conocimientos anejos a su reducido campo de acción. …Estas ideas, alimentadas diariamente y presentadas al lector con diversas y asequibles variantes, llegan a forman en su corazón tales sentimiento de adhesión y convencimiento, que no puede desecharlos, y mucho menos, prescindir, siquiera un solo día, de su lectura. Tal es el origen y poder maravilloso que ejerce el periódico sobre las inteligencias de sus lectores”. Ya en su destino definitivo como párroco de Mascaraque (Toledo), pueblo famoso entre otras cosas por su castillo que fue propiedad del comunero Juan de Padilla, escribe en 1927 dos artículos sobre el hispanoamericanismo, con el título: “El porvenir de España”. El jueves 31 de octubre de 1935 el periódico le felicita por ser el ganador, en ese año, del “famoso certamen literario que anualmente celebra la Academia Bibliográfica Mariana de Lérida”. “…Por hoy nos complacemos con enviar (a nuestro amigo y colaborador) el señor Téllez nuestra más cordial felicitación, deseándole nuevos y mayores triunfos literarios. Al estallar la guerra su madre le pide que se marche con sus primas a Palencia, pues están apresando a muchos sacerdotes y civiles, a lo que según declara un testigo él respondió “pues yo no tengo que marcharme pues no he hecho nada a nadie y quién me va a hacer a mí nada”. El 22 de julio de 1936 don Arsenio celebró por última vez la Santa Misa. Después ya no volvió a abrirse el templo hasta que los milicianos entraron en él para destrozarlo. Los retablos y altares en número de doce, fueron destruidos como igualmente el órgano, doce cuadros al óleo, veintisiete imágenes, robando además cinco cálices, tres custodias y otros tantos copones; el Sagrario fue profanado, aunque se ignora el modo. Algunas personas informan de que hubo quien recogió algunas Formas junto al altar, pero no saben si estaban consagradas. El templo cerrado al principio, sólo se abría para celebrar en él actos izquierdistas de propaganda; habilitándose más tarde para las milicias. La ermita de la soledad, saqueada también, quedó convertida en salón de baile y teatro. La casa rectoral sirvió para refugio de evacuados, quedando ruinosa en algunos lados. Los asaltantes de ella se apoderaron de dos mil quinientas pesetas que eran los fondos de las cofradías. Finalmente, las milicias republicanas detuvieron al Siervo de Dios y lo encerraron, era el 28 de julio. Pocos días después, el 1 de agosto, lo sacaron hasta la carretera que comunica los pueblos toledanos de Mora y Huerta de Valdecarábanos, cerca de la casilla llamada de “la Virgen” y lo acribillaron allí mismo. Según testimonio de alguno siempre se oyó contar que tras apalearlo, le obligaron a desnudarse y le hicieron correr, para dispararle con escopetas de caza, como si de una presa se tratase (la partida de defunción describe a consecuencia “de disparos de arma de fuego”). Sepultado en el cementerio de Mora de Toledo, fue exhumado y trasladado el 8 de julio de 1939 a la iglesia parroquial de Mascaraque (Toledo), fue enterrado a los pies del altar de la Patrona, Nuestra Señora de Gracia.
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| RESTITUTO MEDIERO RODRÍGUEZ |
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La noticia apareció con el siguiente titular en los periódicos de tirada nacional, concretamente en la edición de Andalucía del ABC del 7 de septiembre de 1963: “Proceso de beatificación de treinta y dos sacerdotes mártires en nuestra Cruzada”: “En la capilla del Palacio Arzobispal, bajo la presidencia del cardenal primado, doctor Pla y Deniel, ha celebrado esta mañana (6 de septiembre) su primera sesión pública el Tribunal Diocesano que, presidido por el obispo auxiliar, doctor Granados, incoará el proceso de beatificación de los sacerdotes de la archidiócesis de Toledo que murieron víctimas de la persecución marxista en 1936.
Fueron trescientos los sacerdotes martirizados, pero de ellos se seguirá el proceso de beatificación de treinta y dos, que son los siguientes: Canónigos: Don Agustín Rodríguez Rodríguez, don José Polo Benito, don Valentín Covisa Calleja, don Rafael Martínez Vega y don Joaquín de Lamadrid Arespacochaga. Capellanes mozárabes y beneficiados de la Catedral: Don Serapio García Toledano, don Ricardo Pla Espí, don Justino Alarcón de Vera y don Benito Abel de la Cruz. Párrocos, capellanes y coadjutores: Don Laureano Ángel González, don Liberio González Nombela, don César Eusebio Martín, don Pedro Estrada Altozano, don Rafael Bueno Castaños, don Feliciano Montero Navarro, don Pablo Heras Martínez, don Bartolomé Rodríguez Soria, don Agrícola Rodríguez García de los Huertos, don Eustaquio García Merchante, don Casimiro Rivera Eusebio, don Manuel Ruiz Roldán, don Vicente Carrillón Mellado, don Alberto Morales Garay, don Narciso Navarro Díaz, don Juan Dupuy Porras, don Francisco López Fernández, don Miguel Beato Sánchez y don Francisco Maqueda López” (aparecen en letra roja los que ya fueron beatificados en 2007). Casi veinticinco años después, en 1986, se optó por hacer un grupo más pequeño de trece sacerdotes que ya fueron beatificados en Roma en 2007. En el proceso que se instruye en la provincia eclesiástica de Toledo desde 2003, presentamos ahora el testimonio del único arcipreste que no entró en el primer grupo: el Siervo de Dios Restituto Mediero, párroco y arcipreste de Oropesa. A raíz del Concordato de 1953 entre el Estado Español y la Santa Sede numerosas parroquias que pertenecían a la diócesis de Ávila desde su creación pasaron a la Archidiócesis de Toledo. Se trataba de los arciprestazgos abulenses de El Real de San Vicente, que pasó completo: Cardiel de los Montes, Castillo de Bayuela, Garciotún, Hinojosa de San Vicente, Nuño Gómez, Navamorcuende, El Real de San Vicente, San Román de los Montes; del arciprestazgo de Casavieja, del que pasaron los siguientes pueblos: Almendral de la Cañada, Cervera de los Montes, La Iglesuela, Marrupe, Navamorcuende y, por último, del arciprestazgo de Oropesa, del que pasaron doce de los catorce pueblos: Alcañizo, Calzada de Oropesa, Herreruela de Oropesa, Lagartera, Navalcán, Oropesa, Parrillas, Torralba de Oropesa, Torrico, Valdeverdeja, Velada, Ventas de San Julián. Actualmente todos estos pueblos pertenecen a la Vicaría de Talavera de la Reina y están incluidos en dos arciprestazgos: el de Oropesa y El Real de San Vicente, que engloba junto a los suyos los pueblos que pasaron del arciprestazgo de Casavieja.
Un mes y medio duró la persecución religiosa en la villa de Oropesa: desde que estalla la guerra hasta el 30 de agosto. Y acabaron prácticamente con todo vestigio religioso: en las personas -fueron asesinados los tres sacerdotes de la Villa- como en las cosas materiales. Así nos lo narra el Padre Teodoro Toni, S.I. en su obra “Iconoclastas y mártires” (Ávila, 1937): Destrozaron totalmente el interior de la ermita de la Virgen de Peñitas. Una gran lámpara de plata, desapareció. Y el magnífico órgano, llamado “Realejo”, construido por el portugués Juan de Acuña en 1784, fue totalmente destruido. La santera en cuanto pudo recogió todos los trozos de la diminuta imagen de la Patrona de Oropesa. En las monjas Franciscanas Concepcionistas los milicianos destrozaron el precioso lienzo del altar mayor de su convento, y pulverizaron una talla de Nuestro Señor Jesucristo de Montañés. Además profanaron la momia de la fundadora de la casa, Sor Franciscana Inés de la Concepción, por ellas custodiada con tanto cariño. Un caso raro sucedió en Oropesa con la iglesia parroquial. Convertida en cárcel nada se rompió, nada se profanó. “Es inexplicable -apunta el P.Toni- este sucedido en aquel ataque de borrachera iconoclasta y en el ambiente de frío y odio espiritual”. Cuando se pudo entrar en la iglesia, descubrieron que en el Sagrario estaban los dos copones, repletos de Formas. Restituto nació en Fontiveros (Ávila) el 14 de junio de 1872. En ese mismo mes, pero 330 años antes, había nacido el santo místico y doctor de la Iglesia, San Juan de la Cruz. Los padres de Restituto se llamaban Faustino Mediero y Teresa Rodríguez. Cursó los estudios eclesiásticos en el seminario abulense. Recibió la tonsura eclesiástica y las cuatro órdenes menores en esta ciudad durante el año 1894. En febrero de 1895 fue ordenado de subdiácono. Al mes siguiente recibe el diaconado. Y el día 8 de junio de ese mismo año de 1895 recibe la ordenación sacerdotal.
Empezó su actividad sacerdotal como cura ecónomo de San Miguel en Arévalo (Ávila). A finales del año 1899 es nombrado ecónomo de Sotillo de la Adrada (Ávila). El 27 de julio de 1906 ecónomo de Arenas de San Pedro (Ávila). Permaneció hasta el 1 de enero de 1913, fecha en la que es nombrado ecónomo de El Barco de Ávila. Pasa a la provincia de Toledo (aunque entonces ese pueblo pertenecía a la diócesis de Ávila) ocupando como ecónomo la parroquia de Oropesa, era el 4 de diciembre de 1913. Tres años después es nombrado párroco el mismo pueblo, donde permanece hasta su martirio. Todas las referencias que encontramos en “El Castellano” de Toledo nos lo presentan como un excelente orador. Por ejemplo, el 10 de marzo de 1926, en donde se recoge la crónica sobre la Fiesta del árbol. O, el 11 de abril, de ese mismo año, siguiendo un curso de conferencias que se dan en Oropesa, se dice que le tocó el turno “al ilustre cura párroco de esta villa”. El tema tratado fue: “La lengua”. “Definió minuciosa y científicamente lo que era la lengua, y con expresión gallarda cantó la hermosura de este don del Cielo que le da al hombre la facultad de descubrir su ser… Pues la palabra que sirve para conmover y arrastrar a las muchedumbres fascinadas por la elocuencia de un orador […] es también, a veces, un hacha destructora de la propia dignidad humana. Tal sucede con la lengua del blasfemo, con la lengua del obsceno, con la lengua del criticón. Puede calcularse, teniendo en cuenta que hablaba un sacerdote y un sacerdote cultísimo, lo que a este respecto diría don Restituto… Doctrina maravillosa, anécdotas curiosísimas, cuentos amenos, todo lo prodigó con enlace de suma elegancia en el desarrollo de una tesis tan entretenida y de tanto valimiento”. Curiosamente, el corresponsal termina por disculparse con el conferenciante por no haber “acertado a dar un símil en estas breves líneas de su magnífica oración del domingo”; reconociendo que “una ovación clamorosa premió tan bellísima como concienzuda disertación”. Durante 21 años y medio el Siervo de Dios se dedicó sin descanso a trabajar por la parroquia de Oropesa. Llegará a ser nombrado Arcipreste de esa zona. Los últimos años tenía seriamente quebrantada su salud, según su sobrina, Martina Mediero, el 6 de junio de 1936, después de confesar a los niños de primera comunión, que fue lo último que pudo hacer, tuvo que meterse en la cama, de donde ya no pudo salir.
Así pues, ese verano, don Resti, como popularmente todos le llamaban, a sus 64 años, estaba gotoso, diabético e hidrópico. El 30 de junio se había confesado con el coadjutor para la operación que le hicieron de sacarle dos cubos de líquido del vientre. Según el médico, don Luis Calatrava, estaba poco menos que a punto de entrar en agonía. De hecho, ya se le había administrado la unción de los enfermos. Mediada la tarde del 5 de agosto, se presentó una pandilla de milicianos preguntando por él. Se lo querían llevar. Y aunque se les hizo ver el mal estado del enfermo, se reclamó la presencia del médico. Al llegar don Luis Calatrava entraron todos en el cuarto del enfermo. Tras el dictamen y ver la herida del enfermo, se retiraron. -“Nos vamos, sí -decían algunos-, pero pronto volveremos”. En efecto, no había pasado media hora, cuando de nuevo se agolparon en la casa parroquial, llevando una carretilla y echando por tierra las puertas a golpe de fusil. Volvían haciendo tanto ruido porque alguien había dicho que en esa casa se encontraba también el coadjutor de la parroquia, Siervo de Dios Eusebio Nicéforo Pérez, y querían atraparle. Son casi un centenar de milicianos, armados con fusiles y cuchillos… para coger preso a un sacerdote que no puede moverse de la cama. El enfermo, al oír el ruido, dijo a las personas que lo acompañaban: -Abrid, hijas abrid, que no nos harán nada, y si Dios permite que nos hagan algo, cúmplase su voluntad. Poco vale mi vida; pero, lo que sea, la doy con gusto por Dios y por el pueblo de Oropesa. En la alcoba ardía una lámpara, que el buen arcipreste mando alumbrar, en recuerdo de la que no podía consumirse ante el tabernáculo en la parroquia. Entraron los milicianos y, con las manos y las culatas de los fusiles fueron haciendo añicos, en presencia del enfermo, de todos los objetos y símbolos religiosos que encontraron. Una imagen de la Virgen de Lourdes, que estaba en la alcoba, recibió un par de tiros. El cabecilla ordena: “-¡Venga, los pantalones de este “tío”!. Sin miramientos, le sacaron arrastras de la cama, y le vistieron. A empellones, entre insultos repugnantes, le sacan de la casa.
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| EUSEBIO NICÉFORO PÉREZ |
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Natural de Flores de Ávila, Eusebio Nicéforo nació el 15 de diciembre de 1890. Sus padres se llamaban Leandro Pérez y Serotina Herráez. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Ávila, y en esta ciudad recibió la tonsura y las cuatro órdenes menores durante el año 1914. En este mismo año es ordenado de subdiácono, diácono y presbítero. Siendo ordenado sacerdote el 19 de diciembre. En febrero de 1915 fue nombrado cura ecónomo de Gallegos de Sobrinos (Ávila). Durante 1916, el 13 de abril, empieza a ejercer como cura regente en el pueblo abulense de Grajos (hoy San Juan del Olmo), pasando a ser ecónomo a finales de este mismo año.
Ya en 1926, el 13 de junio, recibe el nombramiento de coadjutor de Candeleda (Ávila). Cinco años después, el 5 de diciembre, pasa a ser coadjutor de Valdeverdeja (Toledo). Era el año 1930. Finalmente, desde el 27 de marzo de 1931, desempeñará el cargo de coadjutor en la parroquia toledana de Oropesa, actuando también como capellán de las religiosas franciscanas concepcionistas. Así permanecerá hasta el 5 de agosto de 1936, fecha en la que recibe la palma del martirio. Sólo un pequeño apunte de esta comunidad de Santa Beatriz de Silva que desde mitad del siglo XX pasaron de Oropesa (Toledo) a Candeleda (Ávila). El Monasterio de Concepcionistas franciscanas de Oropesa fue fundado por Francisco Álvarez de Toledo en el año 1520. La comunidad desarrolló una vida normal durante siglos, llegando a contar con 40 religiosas. La Guerra de la Independencia provocó una huida del convento, y fueron acogidas y escondidas por los vecinos salvando la vida. Cuando volvieron lo encontraron derruido, pero no fue impedimento para que lo rehabilitaran. La desamortización de Mendizábal les obligó a marcharse siendo acogidas por las Terciarias. A finales del siglo XIX solo quedaban tres de las religiosas terciarias porque todas querían ser concepcionistas y acabaron quedándose como propietarias de este convento, lugar donde residieron hasta la llegada de la Guerra Civil, que las obligó de nuevo a huir. Su residencia se convirtió en cuartel de los republicanos y luego fue bombardeado, dictando así su suerte. Fueron cinco las bombas que dañaron severamente el inmueble por lo que la comunidad tuvo que vender una parte para, con ese dinero, reconstruir el convento. Pese a todo, se decidió buscar otro lugar y se decantaron por Candeleda (Ávila) adonde se trasladaron en noviembre de 1957.
Gregorio Sedano en su obra “Del martirologio de la iglesia abulense en 1936” publicada en 1941, nos relata el trágico final de nuestro protagonista. Es el 5 de agosto de 1936. Don Eusebio Nicéforo, está asistiendo al venerable párroco-arcipreste que está para morir. De pronto, los milicianos irrumpen en la casa rectoral. Don Nice, como le llaman cariñosamente en el pueblo, puede escapar por una puerta falsa, y aunque viste de paisano, una mujer llamada “La Macarena” lo delata, mientras grita a voz en cuello: “-Coged a ese, que es el cura de las monjas”. Sedano prosigue: “Le cogen, le quitan la chaqueta, le vacían los bolsillos y al comité. El comité está en el castillo, departamento de turismo: el parador. Antes de entrar aquí, un ratito en el patio de lidia, para que el populacho se desfogue. Le acorralan, le asaetean con blasfemias, con insultos soeces, se regodean augurándole la suerte del puerco en la matanza. La gente de fuera del castillo dirá que le están banderilleando; pero, con no ser exacto, es peor todavía, ya se ve, el tormento de aquel cuarto de hora. Por fin, clamoreo general: Alguien, sin embargo, con gesto de obscena malicia propone otra condena: se acepta y la grita se amansa con aquiescencia de vil fruición. Se corre la voz: -A don Nice, lo van a pinchar. Poco después, del lugar más excusado del castillo, salían los pinchadores con regocijo impúdico; mientras que por el suelo y por el zócalo corrían hilillos de sangre. Mientras el mártir se va en ella, la parodia del sumario, la consabida ridícula calumnia de las listas de fascistas para hipócrita cohonestación del crimen ya perpetrado y del que se proyecta la consumación. Y, cuando muere con dolor el día, entre los alcornoques del próximo bosquete, el fusilamiento. Momentos más tarde, los comentarios entre vaso y copa del Bar del Parador. Están los milicianos contrariados, renegones: no pudieron hacerle contestar en el tormento a los malvados vivas con que le acuciaban a punzadas de cuchillo y a disparos de fusil. ¡Que había de gritarlos, imbéciles verdugos, si este mártir era de la casta de los que murieron en el Coliseo! Coliseo era el castillo; don Eusebio Nicéforo -hasta el nombre tiene sabor de tal-, uno de aquellos mártires que en el famoso anfiteatro encendieron el sol del cristianismo con el fuego de su sangre, el soplo de su oración de amor y el óleo de su consagración pontifical.
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| RAFAEL BUENO CASTAÑOS |
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Nos acercamos en esta nueva entrega hasta el pueblo de Parrillas (Toledo) y al testimonio martirial del que fue su párroco en los años de la persecución religiosa. Esta primera fotografía nos lo presenta en sus primeros años de Seminario, siendo un niño.
Pero, comenzamos casi por el final, ya que las líneas escritas hoy pertenecen a un artículo publicado en “El Castellano” cuando don Rafael Bueno estaba destinado en la parroquia de Sotillo de las Palomas (Toledo). Lleva fecha del 14 de septiembre de 1934 y su titular es: “La realidad de algunos obreros sindicados”. Don Rafael entabla diálogo con un conocido del que viendo su trato y toda su conducta era la antítesis del partido en el que ahora militaba: “…Ya que había cambiado con él unas palabras y me hablaba de su “carnet” de la U.G.T., me atreví a preguntarle el por qué de su actitud. ¿Cómo fue el asociarse a esta organización marxista? Se expansiona conmigo y hace historia de su vida social y política: “-Como empleado en la Compañía de Tranvías estuve diez años (1920-1930) en el Sindicato Católico de San Millán, como los demás compañeros; más la vida de esta sociedad era lánguida por falta de calor en los directores de la misma, por lo que determinamos la mayoría ingresar en la U.G.T. (ramo de transportes), donde, con la cuota mensual de “3 pesetas”, la directiva se haría eco de nuestros derechos, de nuestras aspiraciones y de nuestras quejas. No nos obligan a vivir con el credo socialista, y algunos ni les ayudamos en las elecciones con nuestros votos. Muchos nos libramos de votar a su agrado, no frecuentando la Casa del Pueblo, pagando debidamente nuestras cuotas, y así podemos en ésta pedir ayuda en nuestros derechos, y fuera ya de ella, obramos como católicos y podemos votar a los defensores de la Religión, Patria y Orden”. “Pues, ¿cuántos eran los miembros de ese extinguido Sindicato de San Millán?”, le pregunto. Y me responde: “-Cerca de 3.000; pero la mayoría pasamos a la Casa del Pueblo para ver defendidos “más eficazmente” los derechos y mejoras de nuestra clase”. “¿No será éste el sentir de otros tantos obreros? Él me contesta que sí”.Y la conclusión que nos ofrece el Siervo de Dios es la siguiente: “Podemos decir con pesar que es anormal e impropio que criterios tan sanos están sujetos a esos Sindicatos que pregonan el odio continuamente. Y se me ocurre preguntar: ¿No será causa de estas anomalías el abandono en que tantos capitalistas han tenido a sus obreros y empleados, olvidados en múltiples casos, como si no fueran hermanos suyos?”
“Me han dicho que me van a matar, y conmigo a otras personas del pueblo. ¡Cómo acongoja el demonio a las almas! Pero, en fin si es para gloria de Dios, bien está”, así se dirigía don Rafael a una familia amiga, en los primeros días de la persecución religiosa. Al enterarse su madre de la muerte martirial del Siervo de Dios César Eusebio Martín, sacerdotes de Oropesa, se alarma y le dice a su hijo: “-Hijo mío, ¡a ti también te van a matar!”. Don Rafael le responde: “-No tenga cuidado, madre. Si está de Dios que termine así el tránsito de este mundo, que sea enhorabuena. Yo me daré por contento con que me dejen gritar el ¡Viva Cristo Rey! y rezar el ¡Perdónales, Señor, que no saben lo que se hacen! Y así sucedió, todo puntualmente. Con estas disposiciones inmediatas, empieza don Rafael su penoso calvario. El 23 de julio de 1936 los milicianos registran la iglesia, le hacen abrir hasta el Sagrario, porque se ha corrido la voz que allí guarda las bombas. Don Rafael para abrirlo guarda las rúbricas escrupulosamente, y se reviste con sobrepelliz y estola. Al día siguiente, al finalizar la Misa, es detenido. Por la noche, fue puesto en libertad. El día del Apóstol Santiago, 25 de julio, el Siervo de Dios celebró la Santa Misa de forma solemne y con las puertas abiertas, para asombro y estupefacción de los de izquierdas. El 26 de julio, tuvo lugar el entierro de un feligrés, para lo cual los familiares del difunto recaban del Comité que se pongan a las campanas los badajos arrancados en el primer acceso de fobia religiosa. Hasta el 1 de agosto, estuvo en su casa y por la calle. Al “¡Salud, camarada!”, don Rafael responderá con dulcedumbre: “¡Que Dios nos la dé, si nos conviene!”, y adelante. Ese día van a prenderle por tres veces. Tras la segunda, la madre dirá desde el balcón con entereza y gallardía: “-Otra vez lo prenderéis y lo mataréis: ¡ahora, no; porque no lo quiere su madre!”, mientras cerraba los cuartillos de golpe. Pero cuando por tercera vez golpean a la puerta, don Rafael se dirige a su madre: “-Déjeme, madre, que me maten. Ya he hecho la preparación para la muerte”… Finalmente, no se lo llevaron. Y, a la mañana siguiente dirá con dolor, abriendo su intimidad: “-¡Con lo bien preparado que estaba ya para morir!” El 2 de agosto de 1936 a las ocho de la mañana, de nuevo, fue detenido y al mediodía, liberado. El 3 de agosto, a las ocho y media de la mañana, nueva detención, pero esta vez la que le conducirá al martirio. En la cárcel permanece algunos días. Por lo general, solo; de vez en cuando acompañado. Reza con asidua piedad el breviario. Siempre de sotana. En cierto momento, al ir a visitar su madre a don Rafael, se encuentra en el zaguán de la prisión, a un conocido de Sotillo. Éste le espeta: “-Ya podía ceder un poquito su hijo e irse de secretario al Comité”. La madre responde:”-Quiero más honra sin vida que vida sin honra. Mi hijo, a eso, ¡nunca! No va a perder el alma por salvar el cuerpo”. Tal madre para tal hijo. Al fin, el Siervo de Dios es conducido al interrogatorio. -“Yo no sé nada, y además no creo nada de eso”. -“Ya puedes dejar esa sotana. La religión se acabó para siempre”. -“No os dejéis engañar. La religión no puede morir. Vosotros podréis matarme a mí y a otros sacerdotes y párrocos dentro de España. Pero Dios enviará otros para ocupar nuestro lugar. Incluso si acabáis con todos, ahí están en el extranjero los jesuitas expatriados, ellos podrían venir a ocupar los vacíos. Convenceos: es la historia de siempre; en cada siglo una revolución. Pero la Iglesia sale y saldrá siempre triunfadora y remozada en virtud y fortaleza”. Escribe Gregorio Sedano en el “Martirologio de la iglesia abulense”: ¡Señor! ¿No está este diálogo arrancado de las Actas de los mártires en los días de los Dacianos o Julianos? Al salir del tribunal, -que se ha celebrado en la iglesia porque allí está el comité-, el buen párroco cierra su apología con una súplica ferviente a los tiranos porque no destrocen nada; que aquello pasaría… El 7 de agosto, al despuntar de un alba gozosa, el dulcísimo pastor y acérrimo apologista era fusilado en las proximidades de Talavera de la Reina. Según el testimonio del enterrador: “materialmente acribillado a balazos, todos por delante”. Termina Sedano, unos de los primeros biógrafos del Siervo de Dios, afirmando: “y apellídese el mártir “Bueno”, de nombre y de verdad, y también don Rafael “el del catecismo”, porque, como hacen resaltar los testigos que deponen en el acta, “Don Rafael, sacerdote muy sacerdote, de tal vocación sacerdotal que por ella se inmoló gozoso, tenía, ante todo, tal celo pastoral por la labor del catecismo, de tal manera la desarrollaba, que por ello, precisa y principalmente, le perseguían los socialistas”.
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| TEÓGENES DÍAZ-CORRALEJO FERNÁNDEZ |
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El “Anuario Diocesano” para el año 1930 nos explica que “fue Escalona célebre fortaleza que, por dominar el paso del río Alberche y el camino de las dos Castillas, tuvo grande importancia en el período de la Reconquista y en toda la Edad Media. De la parroquia de San Vicente, de arquitectura árabe, sólo quedan las ruinas; del castillo de don Álvaro de Luna (visitado por Santa Teresa, que allí quizá, concibió el plan de sus Moradas o Castillo interior) apenas subsiste más que un inmenso montón de escombros… El clero de la parroquia de San Miguel está compuesto, por: D. Mariano Gómez Cediel y por D. Teógenes Díaz-Corralejo, coadjutor y capellán de las monjas”. |
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La visita de Santa Teresa de Jesús es indudable. Estuvo en Escalona con la marquesa de Villena el 30 de mayo de 1568 y, ciertamente, diez años después escribió Las Moradas o Castillo Interior (1577)… quién sabe, eso sí, si se inspiró en aquel u otro castillo. Y fue el operario diocesano, don Feliciano Villa Rivera el que escribió por primera una reseña biográfica, bastante amplia, del coadjutor de la parroquia de Escalona: |
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“Hay un sacerdote en el abundoso Martirologio Toledano que vivió y murió bajo el signo de la humildad y el escondimiento: el Rvdo. D. Teógenes Díaz-Corralejo Fernández, coadjutor y capellán de Escalona. Voy a traicionar hoy el silencio humilde de este sacerdote ejemplar, colocando sobre su tumba gloriosa la siempreviva de mi recuerdo y de mi devoción. |
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Nació don Teógenes en Lucillos en 1880. Estudió en nuestro seminario de Toledo hasta el año 1903, en que fue ordenado sacerdote. Después de breve estancia como coadjutor sucesivamente en Guadalupe, Los Yébenes y Pueblanueva, la obediencia le llevó a Escalona, donde había de permanecer el resto de su vida fecunda como coadjutor también y capellán de las religiosas concepcionistas franciscanas. La sonrisa vibró siempre en sus labios. Y en su alma sencilla floreció la alegría, iluminando, como cascadas de luz, nuestras calles y plazas. Su vida fue escondida. Escondida con Cristo en Dios. Pero con reverberos de caridad exquisita para con los pobres, los atribulados y los enfermos”. Don Eugenio Pinel Jiménez, coronel retirado de Aviación, fue monaguillo del Siervo de Dios. Esto es lo que escribió sobre lo vivido junto a él. “Era don Teógenes bajo de estatura, de ancha y gran complexión, ligero en el andar, mirada penetrante, rostros sonriente (como ya recordaba la semana pasada don Feliciano Villa), carácter afable y bondadoso…. Buen madrugador, el capellán de las Concepcionistas, daba comienzo a su actividad diaria muy de mañana, pasando a la iglesia del Convento, en cuyo patio disponía de una sencilla residencia, junto con un pequeño huerto cultivado esmeradamente por su propio padre y a quienes, al igual que a su madre, cuidaba su prima Catalina. Ya en la iglesia, tras atender las necesidades espirituales de la Comunidad, se situaba en el confesionario, en donde, entregado a la oración y a la meditación, esperaba la llegada de cuántos precisaban del perdón divino.
Próxima a la hora de la celebración de la Santa Misa, se trasladaba a la sacristía en la que, muy en silencio y con profundo recogimiento, en tanto pronunciaba las preces correspondientes, se revestía con los ornamentos sagrados. Ya en el altar, parecía transformarse. Las oraciones al pie del altar, las lecturas o el acto de profesión de fe, lo pronunciaba todo con tanta precisión y exactitud, como devoción sentida. En el momento de la consagración y hasta la Comunión era tal su fervor y entrega que daba la impresión de estar en éxtasis. Contaba su prima Catalina que, era tal su devoción eucarística, que en las noches de los jueves, pasaba largas horas ante el Sagrario de la iglesia. Tras finalizar la Santa Misa, después de su acción de gracias ante Jesús Sacramentado, don Teógenes se iba a su casa, en cuyo portal, después de un sencillo desayuno, se dedicaba a la enseñanza. Allí -sigue relatando don Eugenio Pinel- acudíamos todos cuántos deseábamos preparar el ingreso en la enseñanza media, y necesitábamos superar el latín o nos proponíamos seguir la carrera sacerdotal”. Por la tarde, tras un breve descanso y rezar el Oficio divino, este sacerdote ejemplar se entregaba a su tarea pastoral”. Continúa relatando don Eugenio Pinel que “no había tarde que no dedicase un tiempo a visitar a los enfermos. Y muy especialmente a aquellos que precisaban de algún consejo espiritual. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que no hubo enfermo alguno en aquella época que no hubiera recibido de sus manos los últimos auxilios espirituales. Muchas veces, a los que consideraba muy necesitados, les proporcionaba alguna modesta ayuda económica para medicinas o lo que les fuera preciso. Su colaboración en la vida parroquial, junto al Siervo de Dios Mariano Cediel, era total: en el confesionario, en las fiestas solemnes, en los oficios de difuntos, viáticos, catequesis… Así era don Teógenes Díaz-Corralejo Fernández: un sacerdote ejemplar. Un excelente maestro y un admirable pastor: hombre de caridad, diligente, bondadoso y rebosante de amor para unos y otros. Un pastor, cuidador de sus “ovejas”. Y un sacerdote, cuyo ideal no era otro que “amar y seguir a Cristo” sirviendo al prójimo con todas las fuerzas de su corazón.
Veintisiete años permaneció en Escalona haciendo el bien sin fatiga, ni cansancio alguno. Y más hubiera estado si el Señor, en sus inescrutables designios, no le hubiera escogido entre sus elegidos para que, una vez más, diera testimonio de Él ante nosotros con su sangre y su muerte”. Como ya se dijo, el Siervo de Dios era el capellán de las religiosas Concepcionistas Franciscanas. El Monasterio de la Encarnación había sido erigido en 1510 (se acaba de cumplir el V centenario de dicha fundación) tenía en ese momento 14 religiosas. Dos religiosas tienen incoado su proceso por la Archidiócesis de Madrid. Se trata de las Siervas de Dios Sor María de San José Ytoiz, Abadesa de la Comunidad desde 1911 y su Vicaria, Sor Asunción Pascual Nieto. El Siervo de Dios, como capellán, se encargaba de la atención espiritual de la Hermandad de la Purísima Concepción (creada en 1713 y que tenía 200 hermanos); de la Congregación del Sagrado Corazón (190 asociados) y de la V.O.T. de San Francisco de Asís (20 hermanos), cuya tres instituciones tenían su sede en las Concepcionistas.
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El 18 de julio de 1936 al iniciarse la Guerra Civil, don Teógenes se mantiene en Escalona. Sabía que sus hijos espirituales no le harían daño alguno. Todos lo respetaban y querían. A pesar de ello, uno o dos días después es obligado -igual que las religiosas concepcionistas- a abandonar su residencia, pasando con su prima (sus padres ya habían fallecido) al domicilio de la familia Pinel, cuyos miembros, con la debida discreción, lo acogieron con todo cariño. El Capellán fue a despedirse de su Comunidad, custodiada ya por los milicianos. Las religiosas se encontraban fuertemente impresionadas, alguna incluso asustada y sin poder contener las lágrimas. Y es él quien una vez más, como padre espiritual, levanta sus ánimos al decirles con gran energía: “Nada de llorar. He llegado la hora de demostrar que somos soldados de Cristo”. Ya en la casa de los Pinel, don Teógenes firmemente convencido que ha llegado su final, se entrega a la oración constante, acepta (en algún momento también mostrando su debilidad por la tensión vivida) ofrecer su vida por Dios y por España. Solo un sencillo y frugal alimento y alguna breve conversación con los miembros de la familia, interrumpe su constante comunicación con Dios.
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Colección Luis Alba |
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30 de julio de 1936. Son las cinco de la tarde aproximadamente. A la puerta del domicilio, donde se encuentra refugiado el coadjutor de la Parroquia, llegan unos coches con frentepopulistas armados. Se bajan de los vehículos. En la calle varios de ellos apuntan con sus fusiles hacia los balcones y ventanas. Otro hace sonar fuertemente el picaporte de la puerta principal. En ese momento, sale la señora de la casa, doña Olegaria, que abre la puerta y, después de recriminarles fuertemente, cae al suelo, desvanecida por el susto, viéndose encañonada por las armas. Tras el enfrentamiento de doña Olegaria con los milicianos, y mientras alguien de la familia la estaba atendiendo, su esposo don Eugenio Pinel sale del despacho. Al preguntarle un miliciano “si era él el cura”, don Teógenes, que venía tras él, afirma con voz serena y tranquila: “El cura soy yo. ¿Qué pretendéis?” Al decirle que venían en su busca para que les acompañase a prestar declaración, él se dirige al perchero en busca de su boina. Y al no encontrarla, es urgido por los milicianos para que se diera prisa. Y es entonces cuando pronuncia aquella hermosa frase que quedaría grabada en la mente de los hijos de Escalona: “¡Calma, les dice, calma! Yo las cuentas de los hombres ya las tengo liquidadas. Sólo me queda una con Dios. Y ahora voy a liquidarla”. Don Teógenes, cubierta su cabeza, tras despedirse y agradecer tanta bondad a aquella familia, y mientras su prima pronunciaba jaculatorias a la Virgen y al Sagrado Corazón, penetra en el coche, donde se encuentra con el Siervo de Dios Mariano Gómez Cediel, párroco de Escalona, detenido anteriormente en casa de la familia Rico. Y ya prisioneros de aquellos hombres armados, emprenden el camino hacia el lugar de su ejecución, próximo a Maqueda (Toledo). Comenzaba en aquel momento el vía crucis, mientras rogaba al Padre Eterno “que apartase de él aquel cáliz, si bien se hiciera su voluntad”. A la par, animaba a don Mariano, recordándole que muy pronto estarían ante el Juez Supremo. Llegados a las inmediaciones de Maqueda, después de dirigir a sus captores y asesinos palabras de perdón, caían fulminados por balas asesinas. Antes de caer le restaba dar la última lección. Como viera que los milicianos disparaban sin previo aviso a su párroco en las piernas y por la espalda, nuestro mártir les increpó con valentía: “¡Cobardes; así no se mata a un hombre; antes se le avisa!”. Poco tiempo después presentaba él su cuerpo sin resistencia alguna. Era el 30 de julio de 1936.
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| MARIANO GÓMEZ CEDIEL |
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Terminábamos el relato martirial del Siervo de Dios Teógenes Dáz-Corralejo hablando de las últimas horas vividas junto a su párroco. En la foto, que conserva la Postulación, y que acompaña nuestro artículo, no aparece el Siervo de Dios Teógenes Díaz-Corralejo (tal vez asomándose por el margen derecho) y sí otro sacerdote, a la izquierda de la foto, don Juan Martín Palacios, natural de Escalona. Pero ahora nos interesamos por el sacerdote que aparece a la izquierda del Cardenal: el siervo de Dios Mariano Gómez Cediel, que había nacido en 1879 en Perales de Tajuña (Madrid), y que era el párroco de Escalona (Toledo). Allí vivía primero con doña Flora, que le atendía y que murió antes de estallar la guerra. Después vivió con él un sobrino que cuando comenzaron las complicaciones lo regresó con sus padres.
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”La histórica villa de Escalona hace una brillantísima ostentación de su fe religiosa. El Eminentísimo Cardenal Primado entroniza el Sagrado Corazón en el Ayuntamiento”. Con estos titulares “El Castellano” del 19 de abril de 1928, nos cuenta la visita pastoral del Cardenal Pedro Segura a la citada Villa, explicándonos que “alfombradas las calles con plantas aromáticas, embellecidos los balcones con vistosas colgaduras, repletas de público que acamaban sin cesar a su Prelado y llevando a éste bajo palio, de las varas del cual eran portadores don Felipe Sánchez Cabezudo, don Miguel Capitán, don Esteban Hidalgo y don Alejandro Rodriguez, de los más distinguidos caballeros de la localidad”.
Ahí los tenemos, todos mirando al retratista, para que 83 años después contemplemos nosotros esa escena: el celoso protagonista sería expulsado por el Gobierno de la República y el párroco sería asesinado por odio a la fe. La notica del 19 de abril de 1928, narrando la presencia del Cardenal Segura en Escalona, empezaba así: “Hace días preparaba la noble villa de Escalona el acto importantísimo de entronizar en la Casa del Ayuntamiento el Sagrado Corazón de Jesús. Para dar al acto la mayor solemnidad posible visitó a nuestro Prelado una comisión del pueblo, presidida por el párroco… expuesto al señor Cardenal el objeto de la visita, prometió el Prelado la asistencia, como así lo hizo ayer. Un redactor especial de “El Castellano” se desplazó a Escalona para narrarnos cómo se realizaban las visitas pastorales de los prelados… “Un emisario anuncia la llegada del Prelado al próximo caserío de Villarta, e inmediatamente salieron en auto el párroco, el alcalde y algunos más a recibirle, llegando para ello hasta el mentando lugar de Villarta, cinco kilómetros… Unidos al Prelado continuaron en comitiva. Al llegar a la “casilla del Peón”, mucho antes del poblado, se había levantado el primer arco, vistosamente adornado con ricas telas, en honor del Cardenal Segura… A la entrada de la gran plaza había otro arco con esta inscripción: “Escalona a su Prelado”. A la salida de la misma, en otro, se leía: “Viva el eminentísimo Prelado” y ya cerca de la iglesia se ostentaba uno más: “Viva Cristo Rey”. Al llegar al templo, el párroco don Mariano Gómez Cediel, vestido de pluvial, ofreció al egregio visitante el agua bendita… el cual se dirigió al altar mayor. El templo estaba profusamente iluminado. Luego de orar el Prelado ante el Santísimo, dirigió su autorizadísima palabra… para manifestar la complacencia que siente al presenciar tan importante acto de religiosidad… “Realmente tenéis derecho a la presencia del Prelado en este acto de entronización en vuestro Ayuntamiento del Corazón de Jesús, que será el primero de la brillante serie, el primer eslabón de oro de la hermosa cadena que con la ayuda de Dios dedicaremos al deífico corazón”. Terminadas las palabras del Cardenal Primado… se expuso a su Divina Majestad, se rezó la estación y se dio la bendición solemne, cantándose con ferviente entusiasmo el himno eucarístico. Y después de otra breve exhortación sobre los beneficios espirituales que reporta la consagración de los pueblos al Corazón de Jesús, el siervo de Dios Mariano Gómez, párroco de Escalona, le presenta la sagrada imagen que será entronizada en el Ayuntamiento para que el Prelado la bendiga. Dos años y medio después, una vez más en “El Castellano”, esta vez con fecha del 16 de octubre de 1930, el cronista vuelve a explicarnos como son los trabajos espirituales desarrollados por el párroco de Escalona. El 12 de octubre, coincidiendo con la fiesta de Nuestra Señora del Pilar y el día de la Raza ha tenido lugar en las escuelas la entronización del Sagrado Corazón de Jesús. Las escuelas, de reciente y hermosa construcción, admiración de propios y extraños, se inauguraron hace aproximadamente un año y sólo faltaba el broche de oro de la entronización del Deífico Corazón, como ya lo está en la Casa Consistorial de esta católica villa, que puede, con justa razón, vanagloriarse, de haber sido la primera en que nuestro eminentísimo y reverendísimo doctor Segura nos honró con su presencia para entronizarlo el 18 de abril de 1928, o sea recién posesionado de la Diócesis…” El cronista sigue relatando como se han terminado de completar las cuatro clases de que consta el Grupo Escolar y de como se ha preparado todo para el día de la entronización. Después de miles de detalles con los que adorna su descripción, señala: “Hecha la entronización en las respectivas clases… el señor cura párroco dirigió la palabra a todos los presentes, explicándoles la significación del acto realizado y exhortando a los niños que el Corazón de Jesús debía ser para ellos el único y verdadero maestro, el centro de sus miradas, el espejo de su conducta, la regla segura de sus adelantos y progresos, y ya que el Corazón de Jesús tenía a gala tener en las escuelas su trono, su corte y sus servidores, que ellos también tuvieran el santo orgullo de ser sus leales hijos, sus fervorosos devotos e incansables propagadores”. Tras dar la enhorabuena a los profesores, alumnos, autoridades y dándoles la bendición, “terminó con un viva al Sagrado Corazón que fue contestado con entusiasmo por todos los presentes”. Cuando aún no se han cumplido ni dos semanas del estallido de la Guerra Civil los dos sacerdotes destinados a la parroquia de San Miguel Arcángel de Escalona serán martirizados. Son aproximadamente las cinco de la tarde del 30 de julio de 1936. En la puerta del domicilio del Sr. Pinel, donde se encuentra refugiado don Teógenes Díaz-Corralejo, hay varios coches con frentepopulistas armados. Dentro de uno de los coches está el Sr. Cura párroco, que acaba de ser detenido en casa de la familia Rico. Desde el interior del vehículo don Mariano ve salir a su coadjutor, que se despide de aquellos que le han acogido, mientras de fondo, entre grandes sollozos, se escucha a la prima de don Teógenes exclamar: “Corazón agonizante de Jesús, tened misericordia de los agonizantes”. Al coadjutor le introducen en un coche distinto… pero al comprobar ambos que han sido detenidos ya se imaginan, de sobra, que los conducen hacia el lugar de su ejecución. Los coches toman el camino hacia Maqueda (Toledo). Como ya recordamos el mes pasado al narrar el martirio de don Teógenes, llegados a las inmediaciones de Maqueda, tras elegir el sitio, los dos sacerdotes caen fulminados por las balas asesinas. Mientras fusilan al Siervo de Dios Mariano Gómez Cediel y como viera don Teógenes que los milicianos le disparaban sin previo aviso en las piernas y por la espalda, les increpó con valentía: “¡Cobardes; así no se mata a un hombre; antes se le avisa!”. No hay más palabras, inmediatamente el cuerpo del segundo sacerdote cae inerte al suelo. En Maqueda recibieron sepultura los dos sacerdotes, hasta que, pasados algunos años, fueron exhumados y trasladados los restos de don Mariano Gómez a su pueblo natural y los de don Teógenes a la iglesia conventual de Escalona.
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