ESCRITOS DE LA DIÓCESIS DE TOLEDO

6.- Siervo de Dios: Francisco Sánchez Ruiz

5.- Siervo de Dios José García-Verdugo Menoyo

4.- Siervo de Dios Antonio Obeo López-Delgado

3.- Siervo de Dios Manuel Martín

2.- Siervo de Dios José Rodríguez

1.- Siervo de Dios Isabelo Esteban-Manzanares Gutiérrez

 

 

 

HOMILÍAS DEL SIERVO DE DIOS JOSÉ RODRÍGUEZ

 

CARÁCTER DE LA IGLESIA

I. Necesidad de una Iglesia que enseñe su carácter

1. El hombre es un ser que necesita ser enseñado y aleccionado en las verdades. En busca de la verdad habéis venido a este recinto. Desde la aurora de la vida somos enseñados en los cuatro órdenes que constituyen nuestro ser: en el orden de las sensaciones, de las ideas, en el de la conciencia y en el de la fe.
            Cuando el hombre ha pasado la edad de la primera enseñanza, se coloca en una de las dos clases en que la humanidad se divide: en la de los hombres ilustrados y la de los que no solo son. La clase ilustrada se subdivide en otras dos clases: la de los hombres dueños del tiempo y que pueden dedicarse al estudio y la de los que se ven obligados al trabajo.
            Entre todos estos quedan flotando en la superficie de la humanidad, algunos hombres privilegiados de superior talento, de rara fortuna y de disposiciones innatas para un trabajo sostenido. Pues todos, sin distinción de clase, están sujetos a la enseñanza.
            Después de haber vencido a su nodriza y a sus maestros, le queda al hombre de superior talento otra gran tarea: la de vencer a su nación y a su siglo. Y es que las naciones y los siglos sufren también el yugo de la autoridad, imponiéndola a su vez a sus miembros. ¿Por qué España es católica, protestante Alemania y el Asia musulmana? Cambian los tiranos, pero no cambia la tiranía.

            2. Nosotros, cristianos libertados por la Iglesia, no somos ni del siglo presente, ni del pasado, ni del futuro; somos de la eternidad. No nos podemos someter a la enseñanza de un hombre, de una nación o de un siglo, porque estas enseñanzas son falsas por el mero hecho de ser variables y contradictorias.
            La verdad no es más que un nombre; el hombre no es más que un miserable juguete de opiniones, que se suceden sin fin y, por tanto, debe haber sobre la tierra una autoridad divina que enseñe al hombre. Los paganos ya reconocieron esta necesidad.

            3. Carácter distintivo de la verdadera autoridad divina: la catolicidad. Las autoridades humanas, las filosóficas, las religiones no cristianas, las sectas cristianas no han alcanzado nunca universalidad; están divididas entre sí. Solo la Iglesia romana es católica universal, a pesar de las asombrosas dificultades con que ha tropezado en todos los tiempos: el Imperio Romano, los bárbaros, el cisma griego, el cisma de Occidente, la reforma luterana.
            Descubriéronse nuevos mundos (ver los párrafos de Zorrilla de S. Martín) y allí fue la Iglesia acompañando a los conquistadores; el sol americano reverberó en la cruz que coronaba las carabelas de Colón. Y ese sol no volvió a ponerse en el reino de la verdad.
            El error no hubiera podido vencer estos obstáculos, porque siendo a la vez el orgullo del entendimiento y la contraria, lógicamente no puede unir los entendimientos y las voluntades. La filosofía solo puede unir a los hombres instruidos, las religiones paganas al pueblo. La religión católica a todos.
            Siendo tan necesaria la Iglesia, ¿por qué no se estableció mucho antes? Para que el hombre, sintiendo sobre sí el peso de la caída original, experimentase profundamente la necesidad de la reparación. La Iglesia además existía desde los albores de la humanidad, aunque nunca existió fundada super petram, con la organización y fuerza que le infundió Jesucristo.

            4. El hombre es un ser social; es rey de la creación por la inteligencia, luego ésta también debe vivir en sociedad, como la vida se conserva y robustece por el alimento y el alimento de la inteligencia, la verdad debe serle transmitido socialmente, es decir, por medio del magisterio.
            Si el hombre no hubiese pecado, solo Dios hubiera sido su preceptor y maestro, infundiéndole la intuición de la verdad; pero el hombre prevaricó y echó a peder el depósito de la verdad. De aquí la superstición, vestigios falsos de la verdad; de aquí la filosofía, esfuerzo del hombre hacia la verdad; de aquí, finalmente, la necesidad de una Iglesia magisterial y docente (V. el párrafo final de esta conferencia, donde expone la lucha del mundo antiguo o pagano con el mundo nuevo, que es el fabricado y engendrado por la Iglesia de Cristo, p. 10,11).

II. La constitución de la Iglesia

            1. Toda autoridad se compone, en primer lugar, de una jerarquía, y después de un poder de que es depositaria y del que se sirve a su albedrío. Siendo la verdad el primer bien y aún puede decirse el único bien de los hombres, el primer cuidado de Dios debía ser constituir su Iglesia universal, en forma que pudiera, como la luz del sol, iluminar a cuantos hombres vienen a este mundo.
            Por eso Jesucristo, al contrario de los paganos y de los filósofos, dice a sus apóstoles: “Id y enseñad a todas las gentes”, y esos apóstoles no los escoge entre los filósofos y lo sabios, sino entre los pobres y sencillos. He ahí los primeros libertadores del entendimiento humano.
            Como sin unidad no hay universalidad posible, se necesitaba de un centro para el apostolado, de un jefe único para los apóstoles y para los obispos, sus sucesores, es decir, un solo jefe para todo el universo. Esto era original, atrevido, imposible y sin embargo, esto se ha verificado: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra…” Después Jesucristo para completar su obra, instituye el Presbiterado.
            Así constituida la Iglesia tenía la unidad de una monarquía, la acción expansiva, templadas ambas por una fuerte aristocracia, reuniendo de este modo en su seno todos los elementos del poder, como jamás los ha reunido gobierno alguno. Esta es la jerarquía, pero toda jerarquía de hombres necesita de un poder. Dos clases hay de poderes: el de la fuerza que vence y subyuga al cuerpo, y el de la  persuasión y la verdad, que vence y subyuga al alma.
            En primer lugar Dios por las lenguas del cenáculo comunica a su Iglesia un poder espiritual, pero como este es invisible, le dio otro visible y temporal, no el de la fuerza, sino el de la persuasión. La persuasión se apoya en la razón ante todo; debe, pues, poseer la Iglesia la más alta razón que pueda imaginarse, debe ser el más alto poder metafísico, el más alto poder moral, el más alto poder histórico, el más alto poder social.
            Metafísico porque soluciona todos los problemas y escudriña, y esclarece todos los misterios de que se componen los destinos humanos.
 Moral porque es casta, engendra castidad y santidad, sin la cual no hay costumbres, no hay familias, no hay dinastías reales, no hay genio, no hay pueblos fuertes. La castidad es hermana mayor de la verdad; a cada grado del error corresponde un grado si no de menosprecio, al menos de disminución de esa virtud celestial.
Histórico porque la Iglesia está en posesión de la historia, mejor dicho, es lo pasado de la humanidad, es la historia misma. El carácter de novedad es el de las sectas (…) el fallo que las condena (v. el párrafo p. 17).
Social, no hay sociedad posible si no está fundada sobre el respeto de la autoridad hacia los pueblos, y de los pueblos hacia la autoridad. Y ese respeto lo ha llevado la Iglesia a su más alto punto (Mt. XX, 26).
Esta es la fuerza de persuasión de la iglesia: ya se la considere en el orden de las ideas, de la historia, de las costumbres o de la sociedad, la Iglesia no tiene igual. Sin embargo, esto no era bastante, sino para persuadir a los ilustrados; necesitaba la Iglesia un manantial más universal de persuasión. Dios concedió a su Iglesia la caridad. No hubo ya corazón en que la Iglesia no pudiese penetrar por medio de seta virtud, porque el infortunio es el rey de la tierra y tarde o temprano, no hay corazón en donde no toque su cetro.
Posible es resistir a la gracia, a la razón, pero a la caridad… (Afecto donde expone cómo la caridad es más fuerte que la metafísica y la historia). Armada así la Iglesia con la razón y con el amor, con la más alta razón y con el amor más acendrado, ¿qué poder valdrá ya contra ella?
Fuerza es, o dejarla libre, o protegerla, o perseguirla y de cualquier manera saldrá victoriosa. Vanos intentos de los hombres para aniquilarla…

III. Autoridad moral e infalible

Nadie tiene derecho a enseñar si no está cierto de lo que enseña, y nadie tiene derecho a exigir que se crea lo que enseña si no está dotado de la infalibilidad. La certidumbre es la relación actual de la inteligencia con una verdad y la infalibilidad es la relación perpetua de la inteligencia con la verdad.
Cuando una autoridad es infalible, basta conocer lo que enseña para estar en el derecho y en el deber de prestarla incondicional asentimiento. Si la Iglesia solo fuera infalible, su autoridad descansaría en un círculo vicioso, es decir, invocaría a favor de su infalibilidad, su infalibilidad misma. Pero este círculo vicioso se evita poniendo como fundamento de su infalibilidad, la certidumbre racional y moral de su institución divina; la cual certidumbre se apoya en las ideas, en la historia, en la sociedad y en las costumbres.
La autoridad moral de un cuerpo docente se origina de tres fuentes o elementos, que son para el mismo y para aquellos a quienes enseña, la prueba más irrefragable de que está en relación con la verdad.
Estos elementos son: paciencia, la virtud y el número.
Pues bien, la Iglesia, en primer término, posee la ciencia, está persuadida de lo que enseña.
2. ¿Y cómo no había de ser sabía la Iglesia? Habría nacido en la ciencia, en uno de los siglos más brillantes que recuerda la historia: en el siglo de Augusto.
3. Cuando la invasión de los bárbaros, amago de extinguir la ciencia en Europa, ¿quién la salvó del naufragio? ¿Quién la dio nueva acogida cuando, libertándose ensangrentada de la cuchilla de Mahoma, se había refugiado acosada bajo la púrpura de los Pontífices?
4. La Iglesia ha luchado, lucha y luchará contra la falsa ciencia que, a fuer de hija ingrata y desnaturalizada, se rebela contra la Iglesia que es su madre. La Iglesia, pues, es uno cuerpo sabio, y este carácter no pertenece en tan alto grado a ninguna otra autoridad religiosa, ya entre las religiones anti-cristianas: la judía, Egipto, Grecia, Mahoma, Buda… Si alguna partecita de ciencia poseen, es porque la han mendigado de los pueblos cristianos, homenaje magnífico que Dios les hace rendir a las naciones, nacidas al arrullo de la civilización cristiana.
Lo propio acontece con las sectas o cismas y herejías cristianas; la ráfaga de ciencia que poseen es para ellos, como uno océano borrascoso que asalta, se retira y vuelve, hasta que arrastra los continentes a un vasto y universal naufragio. Es su ruina y destrucción.
Pero el hombre con sus pasiones puede corromper la ciencia, según la frase gráfica de Bacon: por eso necesita una garantía de que llenará su deber, correspondiendo a su destino. El hombre necesita un medio entre el entendimiento y la voluntad, y ese medianero, ya lo habéis adivinado pronunciando inconscientemente, es la virtud.
La Iglesia no solo posee la virtud, sino que es la misma virtud, la cruz, el desprendimiento de si mismo, la penitencia. He ahí el fin del cristianismo y el resultado de su acción perseverante, lo cual equivale a decir que se halla en contradicción con el mundo y con la naturaleza corrompida.
No somos, pues, que elaboran en el silencio del gabinete, descubrimientos útiles a los goces de la humanidad egoísta, llevándolos enseguida al centro de las asambleas públicas, donde los aplausos, las distinciones, les resarcen de sus trabajos y vigilias. No señores, la verdad que nosotros traemos a los hombres, brota de un corazón destrozado, viene del pie de la cruz, y nos dice a voces que el corazón del hombre es un abismo de maldad y que es preciso purificarlo con una austera penitencia. Emana de la sangre y pide sangre, y si estuvieseis tentados a poner en duda su pureza, os respondería: ¿cómo no ha de ser pura, si ha nacido crucificada?
Esta virtud heroica no la tienen las religiones no cristianas, ni las sectas cristianas. Entre todas ellas no han sabido engendrar una hermana de la caridad.
El tercer carácter de la certidumbre moral es el número, no el número considerado materialmente, sino el número agregado a paciencia y a la virtud; considerado así el número, cierra el camino a la debilidad humana y a la sospecha. Pues este carácter es también exclusivo de la Iglesia Católica, docente y dicente.
Las religiones anticristianas y las sectas cristianas no tienen ninguno de los tres caracteres, ¿dónde se encontrará, pues, una autoridad más insigne y por consiguiente, una certidumbre moral más elevada? No admite comparación con la certidumbre y autoridad de las matemáticas, que si nadie las niega, consiste en que nadie tiene interés en negarlas, porque solo tocan al cerebro, sin que hieran de rechazo al corazón.
Pero además de esto, es necesario que la Iglesia sea infalible, porque de lo contrario no tendría derecho a exigir fe; dejaría de ser una autoridad docente, viniendo a parar en lo que son los ministros protestantes, simples lectores de la Biblia. Esta infalibilidad no es propiedad de nuestro entendimiento; sería para esto necesario que la inteligencia no se viera jamás oscurecida por la ignorancia y las pasiones. Luego, debe ser enseñado el género humano y no es juez de la enseñanza que recibe, porque no es capaz de serlo. De donde se desprende que debe ser enseñado pro una autoridad que no pueda engañarlo y que tenga derecho a exigir su fe.
Cualquier otro método de enseñanza es tiranía, pues somete al hombre a una autoridad falible, que puede esclavizar bajo el yugo del error. Solo la Iglesia recibe el espíritu de Dios, ella es sucesora de los derechos primitivos del género humano, que perdimos en Adán; por ella sola podemos restablecer nuestras relaciones originales con Dios, porque a ella se ha dicho: “Yo estoy con vosotros hasta…”
No veáis, pues, en la infalibilidad de la Iglesia un privilegio extraño e incomprensible; la Iglesia no crea la verdad, la verdad existe en Dios, existe en la palabra que Dios ha hablado a los hombres, y todo el privilegio de la Iglesia está en enseñar esa palabra sin poder transformarla en error.
Ninguna de las otras Iglesias se ha atrevido a llamarse infalible y se hubiera llamado sus mismas variaciones perpetuas o lo absurdo de sus dogmas, hubieran destruido su aserción y pretensiones.
Todo hombre que quiere fundar una nueva religión, es decir, corromper una religión antigua y verdadera, porgue nadie más que Dios ha fundado una religión sobre la tierra, todo hombre animado de tal designio, se halla a la vez en la necesidad y en la imposibilidad de proclamarse infalible.
La historia de nuestros dogmas, con su admirable unidad, es una muestra de que la Iglesia ha recibido este don precioso, por el cual se ha restablecido (falta texto), primitiva de los hombres con la verdad. En otra parte no hay sino (falta texto) contradictorias, o las que suceden a otras olas. La Iglesia es el océano.

IV. Del Jefe Supremo de la Iglesia

La Iglesia es una y la base de esa unidad es el papado o la soberanía pontifical, cuyos sillares son: la supremacía espiritual y la independencia temporal, sin la cual la supremacía no es otra cosa que el cautiverio de la verdad circunscrita a un solo hombre, entregado este a merced de un emperador, de una república, o de cualquier otro poder humano.
Manifestación de la soberanía espiritual, establecimiento de su independencia, he aquí dos puntos cardinales que Dios debía proveer sabiamente.
La historia demuestra su realización. La supremacía espiritual fue fundada por Jesús entre memorables circunstancias (Mat. 16, 16-sig; Lc. 22, 31; Jn. 21, 15-sig.). Prerrogativas de Pedro desde entonces. Establecimiento de la sede en Roma, capital del mundo, ante los ojos de los emperadores romanos y en las gradas de su trono (Vol. P. 37). En tres siglos los Pontífices romanos a falta de otra independencia material, tienen la del que no teme morir por la verdad: la independencia del martirio. Esa fue la primera corona del papado.
Para la influencia civil no pudiera nunca reclamar alguna parte en el establecimiento y desarrollo del Pontificado, San Pedro se encamina a Roma con el báculo en la mano, para ser crucificado y abrir el camino a sus sucesores, que habían también de derramar su sangre en defensa de la fe que predicaban.
Aunque hasta Constantino fue menos espléndida la manifestación de la soberanía espiritual, sin embargo, ya Roma ejercía su preeminencia contra las Iglesias de Asia: San Víctor, contra San Cipriano y su Concilio Africano de 60 obispos; San Esteban. Constantino traslada su trono a las orillas del Ponto E, y deja al Papa con el poder de Roma.
Los reyes y emperadores no sientan, ni sentarán su corte en Roma: Teodosio, los Hérulos y los Ostrogodos, los Lombardos… Cuando los bárbaros penetran en Occidente talando y destrozando cuanto les cierra el paso, los papas (León I) detienen a Atila a las puertas de Roma. Concilios.
Este estado de cosas duró desde Constantino hasta León Isáurico por espacio de 400 años. Carlomagno: el Papa ya no fue ni súbdito independiente por el martirio, ni señor por el ascendiente moral, ni por la necesidad  tutor del pueblo; fue lo que debía ser: soberano de un territorio bastante extenso para la libertad, pero harto pequeño para la dominación.
El Feudalismo: ambición de los emperadores de Alemania, que querían ver en el patrimonio apostólico una especie de gran feudo, desmembrado del imperio por la liberalidad de Carlomagno. Hildebrando de Cluny (Gregorio VIII) anula el juramento feudal, apoyado en razones políticas y religiosas. Muere en el destierro, habiendo amado la justicia y aborrecido la iniquidad.
Las Cruzadas: reacción de los ánimos contra la Santa Sede. Siglo XIV: residencia de los Papas en Avignon por espacio de 60 años. XV: Cisma de Occidente. XVI: Protestantismo. XVII: Jansenismo. XVIII: Racionalismo. XIX: Liberalismo.
Nuevos triunfos de la Iglesia: aunque han sido graves las heridas que ha recibido, brillan en su cuerpo las cicatrices que los sucesos y reveses le han inferido, y hacen muy difícil el acceso de la espada. Las almas débiles presas del terror y del espanto, se ven como impulsadas a exclamar: “Señor, sálvanos, que perecemos”. Pero la figura arrogante del gran piloto Jesucristo se yergue majestuosa, conjurando la tormenta y alentando a los desmayados: “Hombres de poca fe, ¿por qué habéis dudado?” 

V. El género humano antes de la constitución de la Iglesia

¿Cómo es que la Iglesia docente, tan necesaria al género humano, se ha establecido tan tarde? La Iglesia tomada en su esencia y en toda su realidad, se remonta hasta la creación, según esta enérgica frase de San Epifanio: “El principio de todas las cosas es la Santa Iglesia católica”. Veamos cuál era la enseñanza de la Iglesia antes de Cristo.
En este mundo el término extremo de la luz y del bien es el cristianismo; el término extremo del mal es el ateísmo. Dios conduce a los hombres a lo primero; el demonio a lo segundo. Los dos han elegido el mismo medio: la enseñanza. Dios eligió dos vías: la tradición y la conciencia, que son dos elementos que se completan mutuamente desde los albores de la humanidad. Dios puso en juego estos dos medios. Brotó de Dios el río de la tradición en la conciencia de la humanidad y en el espacio de 40 siglos, abrió Dios cinco veces sus fuentes y ensanchó sus márgenes en Adán, Noé, Abraham, Moisés y Jesucristo. Y fueron tan solemnes las circunstancias en que se dejó oír la palabra divina, que el género humano no pudo dejar de escucharla.
Como al demonio no le estaba permitido crear una tradición y una  conciencia, solo podía enseñar corrompiendo la tradición y la conciencia divinas: su único recurso consistía en arrastrarse detrás de la verdad para deshonrarla, a imitación de esos animales mezquinos y rastreros, que asaltan a su presa de noche y se arrojan sobre ella traidoramente.
Y es que el crear solo es de Dios, por eso la cuestión entre los hombres buenos y perversos se reduce a saber quiénes edifican y quiénes destruyen; si los verdaderos hombres de edificación son los hijos de la luz o los de las tinieblas.
Así como Dios había abierto cinco fuentes principales de tradición, el enemigo de los hombres envenenó y encenagó esas fuentes por cinco principales conductos, a saber: el politeísmo y el dualismo antes de Jesucristo, el judaísmo, el mahometano y la herejía después de Jesucristo. Pero la enseñanza del error redundó en provecho de la enseñanza de la verdad.
Para vengar y resucitar la conciencia profanada, nació en ella el remordimiento engendrado por la experiencia de la degradación. Los sofismos del raciocinio vinieron con el pérfido intento de arrasar hasta en sus cimientos el templo sagrado de la verdad y del bien; pero Dios había preparado también un remedio contra este terrible enemigo, y este remedio fue la anarquía producida por el raciocino en su propio imperio.
Tres son las condiciones necesarias para la salvación: practicar la verdad y el bien en el grado en que se la conoce; aspirar a conocer y abrazar la verdad y el bien, siempre en mayor escala; morir amando a Dios sobre todas las cosas (Rom. II, 10 ss., San Juan III, 21, 19 y 20). Y la razón de lo primero es porque el que no practica la verdad que conoce, aborrece o menosprecia a Dios, que es la verdad misma. Lo tercero porque este es el fin del cristianismo (Ep. a Timoteo I, 5, San Juan 1ª Epístola IV, 7), que se consigue ya por las vías ordinarias de la providencia, ya por las extraordinarias, si poniendo lo que está de su parte, no le hay asido dado conocer y practicar toda la verdad. 

VI. La Iglesia y el poder temporal

¿Tenía derecho la Iglesia a dividir en dos el trono de los Césares y Emperadores, y a establecer en frente de la sede imperial la sede apostólica? He aquí la cuestión. La naturaleza de un poder se determina por su objeto y el objeto del poder de la Iglesia está señalado claramente en estas palabras:”Id y enseñad a todas las naciones” (Mt. 28, 19).
Enseñad la verdad, derramad la gracia, haced practicar la virtud. La extensión de un poder depende de su acción. Ahora bien, la Iglesia encargada de propagar la verdad, la gracia y la virtud no puede llevar satisfactoriamente su misión moralizadora, sin el auxilio de cinco medios.
La verdad exige la predicación libre de la palabra santa; no es comunicada la gracia por la libre obligación del sacrificio y la libre administración de sacramentos; desarróllase la virtud por el libre ejercicio de sus actos; y por último, nada de esto puede llevarse a cabo sin un sacerdocio que no cese de anunciar la verdad, de invocar la gracia, de excitar a la virtud, y por consiguiente, sin la libre perpetuidad de la jerarquía eclesiástica.
De este modo, la Iglesia se relaciona con el orden interior por medio de la gracia, y con el exterior por la libertad. Así la cuestión entre el César y la Iglesia se reduce a lo siguiente: ¿Con qué derecho se ha establecido la libertad cristiana? Respondo que con el derecho más legítimo y más poderoso: por el derecho divino, no por concesión de los Césares. Por eso, nada pueden todos los poderes de la tierra coaligados contra este derecho, que nos asistirá en todas partes y hasta la consumación de las edades, pero principalmente a los pobres, a los pequeños, a los infortunados. La cruz es el cetro del pobre, aunque también es el último que empuña la mano de los reyes.
La libertad cristiana es patrimonio del género humano y por tanto, de derecho natural; porque como no puede haber derecho contra derecho, así no puede haber derecho contra la verdad, la gracia y la virtud, que no son más que el ejercicio de la libertad humana, ya que el hombre como inteligente tiene derecho de conocer y de practicar la verdad; como ser moral, tiene derecho  de practicar la virtud y de enseñarla a los demás; como ser religioso tiene derecho de comunicar con Dios y de recibir sus inspiraciones y sus dones.
La influencia y preponderancia de la Iglesia en la sociedad sube de punto si se consideran la libertad moral y la dignidad del hombre, que antes del establecimiento de la Iglesia, estaban bajo el despotismo de los césares. No es otra cosa el orden que el conjunto y armonía de elementos diferentes, y cuantas más discordancias parciales constituyan la armonía, más señalado es el triunfo del orden y su poder más manifiesto.
Eso acontece con la Iglesia y la sociedad civil, especialmente en las cosas nuestras. Nunca han vivido los príncipes más largo tiempo, ni han merecido más el amor de los pueblos que gobernaban, que desde el establecimiento de la Iglesia: de ella se puede decir lo que Tácito dijo de Nerva, que ha reconciliado la libertad con el mundo. Concordatos.
Ningún motivo de desconfianza y de odio puede darse contra la Iglesia católica, porque si bien el poder civil tiene probabilidad de abusar de su fuerza contra la Iglesia, esta por carecer de fuerza armada, no puede establecer la injusticia con las armas en la mano; por eso, no opondrá más que dos defensas a las violencias del Estado: el martirio y Dios.  
Dos espíritus, no obstante, persiguen a la Iglesia, y la perseguirán siempre: el espíritu de dominación y el de licencia. Pero el triunfo de la Iglesia es cierto y está pronto, porque estos dos espíritus se destruyen y atacan mutuamente.
En un oasis de la Arabia pacía un cordero; se percibe el rugido de un león, aparece el rey del desierto, va a precipitarse de un salto sobre el corderito indefenso. Mas he aquí que de la otra extremidad del desierto, se lanza otro león acosado por el hambre; se contemplan, se acometen y se destrozan mientras el cordero, sano y salvo, pace tranquilamente contemplando sereno e impávido la furia con que se despedazan aquellos demagogos salvajes. Los dos leones son el mundo; el cordero es la Iglesia, siempre la misma, inmutable, mientras el mundo, dividido entre sí, está cavando su propia sepultura.
La verdad y el error se disputan el mundo; el arma de la verdad es la persuasión; la del error la fuerza. Tiende a la verdad el hombre por su inteligencia, por su cuerpo propende al error que fomenta y halaga sus pasiones. La verdad pues, tiende a prevalecer por la razón, el error por la fuerza corporal.
Si la sociedad civil defiende la verdad, impidiendo a la violencia que la turbe en sus conquistas, cumple con su deber, llena su más apremiante obligación. Cuando hace de la verdad su ley fundamental, usa del derecho que corresponde a toda sociedad, de constituirse libremente bajo el yugo de ciertas leyes.
Y ciertamente, si hay una idea grande, sublime y digna por todos conceptos del hombre, es sin ningún género de duda, la de adoptar por ley fundamental del Estado, la Iglesia, columna y fundamento de la verdad. Y aún cuando esto no fuera más que una utopía, sería una utopía magnífica y sublime. Pero las pasiones humanas, que habían respetado en la antigüedad este estado de cosas, porque entonces la religión era errónea, le han atacado con energía en los tiempos modernos, porque la religión es del todo pura, santa y verdadera.
Han salido victoriosas las pasiones y la sociedad civil completamente dividida, descansa hoy sobre un principio absolutamente contrario: la libertad o tolerancia de cultos. Solo que esa libertad es una palabra vacía de sentido, con la que se ha querido soltar las riendas al error y despojar a la Iglesia del ejercicio pacífico y completo de sus derechos espirituales.

VII. Sublimidad de la doctrina de la Iglesia

Cuando el espíritu de las tinieblas quiso tentar por el orgullo al espíritu del hombre, le dijo: “Seréis como dioses, sabedores del bien y del mal”; ese es el objeto supremo del conocimiento. La inteligencia tiene necesidad de la luz, que es el bien de la inteligencia, pero esa luz es una mezcla de luz y de tinieblas: “Luce in tenebris lucet”.
¿Qué es el éter? ¿Qué es la luz? ¿La sustancia? ¿La vida? Así se precipitan las cuestiones y parece nuestro entendimiento una nave sin mástiles y sin velas, surcando las aguas de un mar ignoto. De aquí proviene que vayamos de continuo entre dos extremos: o no ver en las cosas más que fenómenos ilusorios, o bien presumir que detrás de la realidad de las cosas, se encierran misteriosas realidades.
El ideal de todas las ciencias y doctrinas es establecer verdades y disipar error. ¿Por qué? Si el mal no existiera, todo se presentaría suficientemente claro, y no habría cuestiones; porque toda cuestión es un mal,  por ser una duda. Y si no existiera el bien, todo yacería en las tinieblas, de tal modo que no se pensaría siquiera en la luz, y tampoco habría cuestiones, porque toda cuestión es una esperanza.
Si desde el entendimiento descendemos al corazón del hombre, parece que allí debería residir nuestro reino, un reino sin confusión. En el entendimiento el bien era la luz y el mal las tinieblas; aquí el bien es la virtud, el mal el delito. ¿Negaréis que entre el delito y la virtud existe una enorme diferencia? Os llevaré a la primera escuela de párvulos, que nos salga al paso; abriré uno de esos pequeños libros que se ponen en manos de los niños; lo abriré por el principio o por el fin y os leeré una historia de moral. No necesito otra prueba.
Estoy plenamente convencido de que en la emoción involuntaria de vuestro corazón, distinguiríais el abismo que se abre entre un criminal y un inocente. Si existe esa lucha entre el mal y el bien, la conocemos, pero no podemos poner término a ella. No habrá hombre, por mucha que sea la fuerza de su voluntad, que pueda establecer en su alma el dominio perpetuo de la virtud o el del vicio. ¿Eso durante la vida y después de la muerte?
La muerte es para nosotros cristianos, el triunfo del alma y de la inmortalidad; pero, ¿es el fin de la lucha? No, hasta entonces el combate tiene sus intervalos de reposo, es un campo de batalla en que el sol asoma en el Oriente y desciende a su ocaso; después se echará, como dice Pascal, un poco de polvo sobre vuestra cabeza y allí quedará para siempre una vida eterna o una eterna muerte.
Hablo aquí como filósofo, pues como cristiano sé que todos viviremos eternamente, aunque también en la eternidad hay una vida que es muerte. Esta lucha que reina en el hombre, sube de punto si se considera en la misma sociedad. Asunto es de serias meditaciones que, desde que el cristianismo ha venido al mundo, desde que existe la Iglesia, esa división se ha aumentado entre los hijos de la luz y los de las tinieblas. Derrocado el paganismo, ha comenzado la lucha del imperio con el sacerdocio, para llegar después de largos tiempos, a la anarquía que hoy existe.
La naturaleza de sí tan poderosa yo tan rica, ¡cuán pobre ha sido para nosotros! ¿Tenemos todos bastante luz, aire y calor? Echad pues, una mirada al hombre, a la sociedad, a la naturaleza, donde quiera encontraréis la misma lucha del bien y del mal, del error y de la verdad, de la virtud y del vicio. Ahora os pregunto, ¿poseéis el secreto de coordinar y pacificar esos elementos beligerantes? Si alguno se considera capaz de realizar tamaña empresa, yo le desafío a que se levante y lo diga.
El mundo se encuentra embarazado al mirar de frente tan intrincado problema, porque ignora las causas, la naturaleza y el fin de esa encarnizada lucha. Y si nos contemplamos a nosotros mismos, se nos hará más arcano y oculto el misterio prodigioso de nuestra vida y de nuestros destinos. En nuestro corazón, ¡qué mezcla tan maravillosa de acciones buenas y malas, de afectos odiosos y sublimes, de sacrificios y de egoísmo! ¿Somos ángeles o demonios? Nada sabéis, y sin embargo, me dirijo a criaturas racionales, a los reyes de la creación, a la obra maestra de la naturaleza, a cuya excelencia y sublimidad nada es comparable, más que la ignorancia de sí mismos, y el misterio impenetrable que les rodea. Todo lo saben, excepto lo que son.
Pues bien, esa ciencia que vosotros ignoráis, existe. La Iglesia es su depositaria. Veamos en qué forma expone su doctrina la Iglesia. Ni la ciencia, ni la fe humana bastan a explicarnos el misterio total de la razón. El racionalismo, esfuerzo extremado del raciocinio, cae a tierra herido por el misticismo, esfuerzo extremado del sentimiento.
Sin embargo, si el racionalismo ha perdido a la humanidad por la duda, el misticismo la ha conducido a la superstición. Y es que el racionalismo y el misticismo no eran más que el esfuerzo de lo finito para (falta texto).
… propio de lo infinito; es verdad que empleaba los dos poderes destinados a este efecto: la evidencia y el sentimiento, la ciencia y la fe, pero eran dos potencias admirables, para cooperar con Dios, ineficientes para obrar por si solas.
Se necesitaba que lo infinito diera de sí testimonio a la una y a la otra; esto lo hizo en el día de la creación, en la larga serie de las edades, en la plenitud de los tiempos por Jesucristo: “Yo he venido al mundo, decía a Pilatos, para dar testimonio de la verdad”. Y este testimonio ha hecho cambiar de aspecto todas las cosas. Los medios, pues, de que dispone la Iglesia para avasallar el entendimiento y el corazón humanos, son la ciencia y la fe, pero no es ni una ciencia absoluta, ni una fe pura y sencilla. Es luz y sombra, semejante a la nube milagrosa que alumbraba a los hijos de Israel, a la par que cegaba a sus enemigos.
Para llenar su misión salvadora, presenta principios, hechos, sentimientos, la prescripción y la originalidad, pero siempre quedará sumida en el misterio y no intentéis arrancar el velo que la oculta, porque os hará caer en tierra y os dirá: “Adora y calla”.

En la creación, Dios había dado al hombre la vida sin quitársela a sí mismo; en la revelación, intentó arrancarse en propia vida para dárnosla a nosotros.
La tradición o la historia es el vínculo de lo presente con lo pasado y de lo pasado con el porvenir; es el principio de identidad y de continuidad que forma las personas, las familias, las razas y el género humano. Tres son los grandes ríos por donde ha llegado hasta nosotros: el río cristiano, el hebraico y el patriarcal o primitivo. En los tres es oral y simbólica, y sea simbólica u oral, nos habla de Dios, de la creación, de la caída, de la reparación y del juicio.
La tradición tiene el valor de un hecho o el hecho es la palanca de la ciencia, especialmente cuando está ligado con otro hecho, cuando muchos hechos juntos forman una serie, que es imposible creer obra del acaso.
Un hecho es una cosa que el entendimiento no produce, que se le resiste, que puede ser negado, pero que subsiste a pesar de su negación. Bacon y la ciencia experimental.
La ley reviste dos caracteres: la universalidad de los hechos y en reproducción constante, y una ley divina es una verdad también divina.
El sacrificio no es obra de la razón, ni obra de la locura; es una obra que domina la historia y la vida del género humano, y en la que reconocer el dedo de la divinidad, y el ideal de las obras sobrehumanas, que son a la vez imposibles a nuestra debilidad y a nuestra fuerza.
El sacerdote. El que medite sobre el sacerdote y no se asombre de su existencia y dignidad, es digno de lástima. El sacerdote no es solo un hombre que forja la moral, como decía el siglo XVIII, ni un filósofo, ni un funcionario público. Si todos los soberanos de Europa y del mundo se reuniesen para formar un sacerdote, solo conseguirían sacar un hombre ridículo y envilecido, como aconteció en tiempos de la república francesa.
El sacerdote es el hombre ungido por Dios y por la tradición, para verter la sangre, no como el soldado por valor (falta texto), magistrado por justicia, sino como Jesucristo por amor…
Decía un célebre diplomático: el supremo esfuerzo del arte es inclinar a los hombres a hacer lo que quieren. Yo doy otro giro a esta frase, y digo: el último esfuerzo de la persuasión es hacer creer a los hombres lo que creen.
¿Pensáis que poseería yo el don de haceros creer en Dios, si no existiese en lo recóndito de vuestro corazón el germen de esta creencia, si no existiese en vosotros lo que Tertuliano llama, “testimonio del alma naturalmente cristiana”? eso acontece con los libros sagrados. Todo libro sagrado es un libro tradicional; se le veneraba antes de que fuese y antes de nacer existía. Es una tradición religiosa que ha tenido la fuerza de sellar su nombre.
Seis son los libros sagrados: los Kings en la China, los Vedas en la India, el Zendavesta de los persas, el Alcorán de los Árabes, el Talmud (Torah) de los judíos, y el Evangelio.

Los adelantos y descubrimientos modernos van explorando el camino que ha de recorrer después la luz del evangelio. Bórranse las distancias delante del genio de las naciones cristianas y vosotros, hombres del tiempo, príncipes de la civilización industrial, vosotros sois, sin apercibiros de ello, los operarios de la Providencia en esta obra sublime, esos puentes que suspendéis en los aires, esas montañas que horada el barreno, esos túneles, esos caminos de hierro, esos postes telegráficos, esas máquinas rotativas, los creéis destinados para servir a vuestra ambición y no sabéis que la materia no es más que el canal por donde se abre paso el espíritu.
Así lo hacían también los romanos, vuestros predecesores: siete siglos emplearon en aproximar a los pueblos con el auxilio de sus armas y en surcar con anchas rías militares los tres continentes del mundo antiguo. Creían que por allí habían de pasar eternamente sus águilas imperiales para trasmitir sus órdenes al universo, y nunca sospecharon que estaban erigiendo dos arcos majestuosos por donde había de cruzar, entre vítores y aclamaciones, el triunfador Jesús.
Vosotros y sus herederos, ciegos y locos como ellos, vosotros romanos de la segunda generación, seguid sus pisadas, continuad la obra comenzada, estrechad el espacio, surcad los mares, arrancad a la naturaleza sus últimos secretos, y la verdad no habrá de detenerse un día delante de los río s y de los montes; caminará impávida y majestuosa. Y no habrá rincón, por escondido que sea, donde el aislamiento protegido por la tiranía, pueda privarla del agua y del fuego.
¡Corran venturosos entonces los pies de los que evangelizan la paz! Los apóstoles y panegiristas de la verdad ensalzarán el recuerdo de las generaciones que les precedieron, y dirán al cruzar con el vuelo de un águila. ¡Qué atrevidos y valientes eran nuestros padres! ¡Qué fecundo era su ingenio! ¡Qué consolador es para nosotros, pobres misioneros, vernos conducidos con tanta celeridad al socorro de las almas!

Razón y fe. La discrepancia absoluta entre el bien y el mal, proclamada como un axioma incontestable por la razón humana, trae consigo el reconocimiento de los cinco dogmas fundamentales del cristianismo: la existencia de Dios, la creación, la caída, la revelación y el juicio final. Por eso los sofistas (falta texto) desmoronan el edificio de la moralidad, han empezado por negar esos dogmas del cristianismo, armonizado con la razón humana.
Se dijo: “Era la luz verdadera que iluminó a todo hombre que viene a este mundo”. Por tanto, cuando el cristianismo llama a las pertas de vuestra alma, no creáis que sea un extranjero que pide hospitalidad, no; llega al seno de una familia que es la suya.
El amigo de la infancia sabe el rincón de vuestro corazón, donde él ha dejado su huella. El cristianismo interior se revela a pesar vuestro en vuestros incapaces de hacerla, cada vez que dais un vaso de agua a un pobre, aún cuando fueseis el ateo más empedernido, afirmáis que Dios existe, que es criador y padre del mundo; afirmáis la culpa del hombre y su rehabilitación; afirmáis que Dios no puede ser indiferente al bien, que juzgará, y que en el día de la cuenta pesará más en la balanza de la justicia que todas las coronas de los reyes.
Hay, pues, perfecta armonía entre la razón humana y los dogmas; siendo esto así, ¿por qué están siempre como dos jurados enemigos en abierta lucha? Dos causas: una moral: la locura de la cruz, escándalo para los judíos y necedad para los gentiles; otra lógica: la razón humana no se encuentra en uno o muchos sabios, que tienen oscurecida su razón con la ignorancia y las pasiones; por eso, aunque la razón humana se encuentre en perfecta armonía con la fe, no así la razón individual de cada uno.
La ciencia sin la fe sería el sueño de una sombra, como dijo Píndaro. Algo semejante a aquellos campos elíseos del paganismo, que no tenían ni belleza ni luz que iluminara su extensión, poblados de fantasmas, siendo el primero de ellos la misma felicidad tan suspirada.

La fe es la disipación de toda duda. La duda ha sido siempre la carcoma de los espíritus y el escepticismo ha sido el engendro de toda filosofía. Barthez, el célebre médico, Barther esta moribundo. Un sacerdote fue a visitarle en su lecho de muerte, y encontrándole triste, le preguntó la causa. “Me separo del mundo con tristeza por no haber hallado en él una verdad que se apoye en principios ciertos e incontrastables”.
¿No veis por lo menos algo de cierto en las matemáticas?”, le dijo el sacerdote. “Las matemáticas, respondió Barther, ofrecen en verdad una serie de consecuencias perfectamente encadenadas, pero ignoro cuál sea su base”.
¡Su base! ¿Lo entendéis, señores? Barther no disputaba el fenómeno, buscaba la base, la quería tocar como tocaba el fenómeno; estaba desalentado porque iba a morir sin haberla visto. ¡Infeliz! No acertaba a comprender que la muerte iba a mostrársela, si bien demasiado tarde. Iba a mostrársela porque la base de las matemáticas, como la base de todo, es la presencia divina.
(Falta texto) “El hombre es un animal religioso”.

La fe omnipotente. “Todo es posible al que cree, porque en verdad os digo que si tuvierais fe como de un grano de mostaza, diréis a este monte: pasa de aquí allá, y pasaría” (Mt, 17, 19). Y San Pablo nos dice que la fe traslada las montañas.
Arquímedes solo pedía una palanca y un punto de apoyo para remover el mundo. En su época esa palanca y ese punto de apoyo no habían sido descubiertos; ahora son de todos conocidos: la palanca es la fe, el punto de apoyo el pecho amoroso de Jesús.
Si la fe es omnipotente porque solo ella rasga el velo impenetrable que oculta a nuestros ojos la sustancia de las cosas, mientras todas las ciencias son de un orden externo y fenoménico, la religión es también omnipotente, porque siendo hija de la fe, órgano de la fe, sustentando la fe, tiene pro misión hacer que prevalezca la sustancia sobre el fenómeno, el fondo sobre la superficie, lo infinito sobre lo finito, lo eterno sobre lo efímero y deleznable, la eternidad sobre el tiempo. Dios sobre el hombre.
La ciencia será siempre patrimonio de un corto número, mientras que la fe es patrimonio universal.

Bienaventurados los que lloran. A ningún sabio del mundo se le había ocurrido semejante pensamiento. Es una idea quimérica y hasta insensata al primer golpe de vista, no obstante, es de un brillo y de un esplendor deslumbrador para los prosélitos del crucificado y ha enjugado ella sola más lágrimas que todos los libros de los filósofos juntos.

Id y enseñad. La Iglesia llega al país de los salvajes que nunca han oído la palabra divina, y que cuando más conservan algunos vestigios de la tradición; llega allí la Iglesia representada por un misionero, que ni siquiera sabe el idioma de aquellos indígenas. ¿Qué intenta hacer? ¿Qué intenta?
Planta una cruz y se postra ante ella; los salvajes, estupefactos, se agrupan unidos y humildes en torno de aquel desconocido que ora, y él en un lenguaje tosco que apenas a articular acierta, les explica el misterio del Dios muerto sobre aquel madero, para rescatar al género humano de la tiránica esclavonia del pecado. Y así como en la aurora de la infancia se abrió vuestro oído al acento cariñoso de vuestra madre, que sentada cabe vuestra cuna, iba depositando la luz en vuestro entendimiento y el amor en vuestro corazón, del mismo modo el acento de la Iglesia abre el oído de aquellos salvajes, penetra hasta su entendimiento y encontrando allí el germen de la fe divina, lo excita y desarrolla.
¿Qué hacen aquellos incultos campesinos? Caen de rodillas ante la cruz rústica, creen en Jesucristo por ellos crucificado, le adoran con lágrimas de amor y contrición, y su alma transfigurada aspira a la eternidad, realizándose en ellos aquella expresión de San Pablo: “La fe penetra por el oído y el oído se abre por la palabra de Cristo”.

La fe del carbonero. ¡Paz sobre la tierra a los hombres de buena voluntad! ¡Buena voluntad! Eso es lo que se necesita en estos tiempos de indiferentismo e indolencia. Por aquí se comprende cómo muchos hombres, rudos e ignorantes, pero de un corazón de oro, han alcanzado la fe por el camino del amor. Y como el amor es luz.
Su alma pronto se ha visto pronto iluminada y transfigurada con los esplendores de la fe. No se me oculta que muchos han intentado desacreditar y como eclipsar este milagro de la gracia, llamándola fe del carbonero.
Señores, no hay fe del carbonero, como n hay razón del carbonero. La razón del carbonero vale tanto como la de Newton, y tal vez un aldeano que cortaba leña en el bosque de Versalles, tenía sobre las cosas divinas iluminaciones tan profundas y sublimes, como las de Bossuet cuando asombraba con su elocuencia y su doctrina a la corte de Luis XIV.
No lo dudéis, en el día del juicio muchos carboneros, de esos de chamarreta y alpargata, que habrán tenido más fe y más luz que algunos teólogos, porque el amor ve a mayor distancia que el entendimiento, y cuando se apodera de los corazones, los coge entre sus alas como el águila a sus polluelos y los eleva hasta beber en sublime ardimiento los rayos esplendorosos del sol de justicia.

Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá. Después de haber asesinado Aquiles a Héctor, y de haberle arrollado siete veces en derredor de la ciudad sitiada, por la noche se presentó un anciano desarmado en el umbral de su tienda: era Príamo. Venía a reclamar del implacable vencedor el mutilado cuerpo de su hijo, y habiéndole besado la mano, le dijo: “La grandeza de mi infortunio me obliga a besar la mano que ha muerto a mi hijo”. Aquiles por toda respuesta, rompió a llorar y mandó que le entregaran el cuerpo de su enemigo.
¿Qué resorte conmovió aquel corazón feroz? ¿Qué magia le había rendido? El conjuro poderoso de la oración. Si la fuerza bruta no hubiese encontrado una barrera que la contuviese, si no se diera en el mundo más que la fuerza contra la fuerza, ¿cuál sería la suerte d elos pequeños y de los desgraciados?
Dios debía proteger a la debilidad y al infortunio con un arma que hiciese frente al acero, calmase al cólera, desvaneciese la injuria y la subsanase la desigualdad de la suerte. Y le dio la oración. La oración es la reina del mundo: andrajosa, cubierta de vergüenza y de harapos, tiende la mano con la frente humillada, y se dirige desde el corazón del débil al corazón del fuerte, y cuanto más humilde sea el punto desde donde implora, y más excelso el trono donde penetra, más (falta texto)
La más victoriosa es la dirigida a Dios. Toda doctrina es la ciencia de la vida. La vida es, según la definición del ángel de las escuchas, un movimiento espontáneo. Todo movimiento lleva en su esencia misma, la idea de un punto de partida, de un término y de un esfuerzo para trasladarse del uno al otro.
Por consiguiente, la ciencia de la vida es la ciencia del punto de partida del hombre, de su término y del camino o de los medios por donde debe pasar. De donde se desprende que la doctrina católica es la más elevada y sublime de todas las doctrinas, porque haga lo que quiera el espíritu humano, le es imposible concebir un punto de partida más elevado que Dios, un término más sublime que Dios, un medianero más augusto que un Dios hecho hombre (Ap. I, 8 – 1ª ad Tim. II, 9).

El primer anhelo de toda doctrina es conquistar los espíritus. Ninguna doctrina puede avasallar los espíritus sino con la certeza abrumadora de su verdad. Toda convicción racional es reflexiva, soberana, inmutable. Pues bien, ninguna doctrina reúne estas tres cualidades, tan adecuadamente como la doctrina católica, cuya convicción inspira empresas heroicas, lleva a sus misioneros a las más remotas y escondidas regiones, puebla los hospitales de hermanas de la caridad, engendra anacoretas, cenobitas, las vírgenes y sobre todos estos mártires del sacrificio que no llegan a derramar su sangre, suscita esa pléyade de héroes que mueren arrojando al rostro del verdugo, un valiente desafío envuelto en un puñado de su sangre generosa.
Por último, la verdad congrega a todos en la hora de la muerte, allí es donde conviene juzgar al valor y sinceridad de dos doctrinas antitéticas, del valor del catolicismo y del valor de la incredulidad. ¿Qué católico habéis visto que en la hora de su muerte, abomine y maldiga de su fe sacrosanta? Por el contrario, ¿cuántos incrédulos hay que, traicionando todos sus juramentos y alardes de hombre indiferente, llegan a estampar sus labios amoratados en un crucifijo, adorando lo que habían aborrecido y maldiciendo lo que en vida había idolatrado?

Hay tres razones que gobiernan el mundo y que integran y completan la razón total de la humanidad: a saber, la razón de los hombres de Estado, la razón de los hombres de genio y la razón popular.
La primera es una razón elevada y religiosa; es elevada porque cuanto más elevado se encuentra uno, más ve. El que empuña el timón, tiene revelaciones que desconoce el pasajero dentro de su camarote. Es religiosa porque la primera cosa que siente uno cuando es llamado a gobernar una nación, es la impotencia en que se encuentra de gobernarla. Y es que no se gobierna a los hombres, sino con la fuerza o con las ideas; y la fuerza es un instrumento que fácilmente vacila. Y respecto a las ideas, ¿quién es el atrevido que pretende imponer sus propias ideas a sus semejantes? Nadie puede arrogarse tal derecho.
Entonces el gobernante llama (falta texto) le coloca a su derecha, como Licurgo, Minos y Numa, los más sabios legisladores que registra la historia de la jurisprudencia universal, y habla en nombre de Dios; creyéndose polvo y ceniza y un hombre como los demás, pero que en atención a su elevado puesto, Dios se ha como encarnado en su persona. Y aún cuando no creyera esto como religioso, lo cree sinceramente y no por vil hipocresía.
Todos los hombres de Estado, con raras y lamentables decepciones, creen de todo corazón en la protección que Dios les dispensa, y dicen como Voltaire: “Si Dios no existiera, fuerza sería inventarlo”.
Estas dos cualidades son también características de los hombres de genio. Idea en la razón popular es que el “buen sentido práctico de la vida”, que salva al mundo cuando los hombres de Estado y los hombres de genio faltan a su misión, y hacen traición a la causa de la humanidad, por traicionar a la causa de Dios.
Y sin embargo, estas tres razones, en parte, se han conjurado contra el catolicismo en todos los tiempos, pero especialmente, en esta última etapa; aunque tiene aún muchos adictos en las tres clases.
¿Por qué, pues, hay en la humanidad dos razones en lucha? ¿Somos acaso como Panteo, cuando herido por los dioses, veía dos Tebas en el Grecia y dos soles en el universo? La explicación más racional que han dado los enemigos de nuestra sacrosanta religión, estaba en la lucha que dicen reina entre la fuerza de la razón y de la fe.
Sí, es cierto, hay dos fuerzas en el espíritu humano; yo reconozco estas dos fuerzas, pero la falsedad del sistema consiste en querer que el sapientísimo autor del género humano haya creado dos fuerzas, cuyas tendencias son contradictorias.
No, el género humano y de un modo singular, no ha salido de Dios al estado de maniqueísmo. Hay en nosotros dos principios que se armonizan: la razón y la fe han dado siempre el mismo sonido, aunque con distinta modulación. Son como las dos arpas, eólica y jónica; el arpa eólica suspendida en los frondosos árboles de la selva, sonaba bajo la acción libre de los vientos; el arpa jónica era pulsada por la mano de un hábil artista, pero las vibraciones de la una respondían perfectamente a las vibraciones de la otra.
La razón es como el arpa de Eolia salvaje, vibrando al impulso de las tormentas y huracanes. La fe es el arpa jónica, o sea, el arpa de Eolia, más regularizada, más armónica, más divina; pero la lira de la naturaleza y la del are, la lira de los hombres y la de los hijos de Dios, ambas en el fondo entonan el mismo cántico: hablan de Dios, le rinden un tributo de adoración y vasallaje, arrebatando al hombre a la inmortalidad por su vibración armónica y unánime. Unánime como los miembros del (falta texto) en expresión de Hipócrates.
       

     

EL PURÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

“Cor suum dabit in consumm operun”.
“Su corazón pondrá la última mano a las obras del Señor”
(Enti. XXXVIII)

 

            Los juicios de los hombres son muy diferentes de los de Dios. Dios es el ser altísimo, cuyas perfecciones todas son sin número, sin medida, sin límite alguno. Cuya ciencia no se deriva de las cosas, ni es causada por los objetos exteriores existentes en la diferencia de los tiempos, cuya eternidad se identifica con su esencia purísima, en la cual, como en un espejo limpio y terso, ve reflejarse todos los seres con todos sus actos, sus intenciones, sus finalidades, sus más recónditos arcanos.
            Ya que todo lo que, de alguna suerte, existe en la naturaleza de las cosas, no es sino una participación muy limitada, una pálida e imperfecta imitación de la realidad incomprensible e inefable que llena el universo con su esencia, presencia y potencia.

            El hombre, por el contrario, es un ser muy limitado en todas sus cualidades y perfecciones. Su inteligencia soberana ya se remonta como águila caudal a los espacios, queriendo rasgar la densa bruma que oculta los secretos del cielo y de la tierra. Ya se arrastra y revuelca en los lodazales de la materia, como el reptil que surca el polvo con su pecho.
            Y es que el entendimiento del hombre ha menester en sus operaciones del auxilio de los sentidos, que transmiten las perfecciones sensibles a la imaginación fecunda. Y a la vez, quizás muy a pesar suyo, por esos mismos sentidos dominar se deja, aunque aletee inquieto entre los yerros dorados de esa jaula que de prisión le sirve.
            Y como los sentidos no pasan de la superficie de las cosas y de la corteza de los objetos materiales, los hombres sensuales no penetran la esencia y el espíritu, y solo de la apariencia, del efectismo y del relumbrón se preocupan.

            Ese es uno de los primeros vicios capitales de nuestro siglo: la frivolidad. Y ésta es también la causa original de todas nuestras miserias y desgracias. El mundo va caminando a la ruina; la sociedad siente vértigos de muerte lo mismo que antes de la venida de Cristo, porque hay muy pocos que se reconcentren en sí mismos y hablen con su corazón a solas: “Quia non est qui recogitet corde”.
            El alma y todo lo que con ella se relaciona, se va relegando al olvido y la imagen de Dios esculpida en nuestras mentes el día de nuestra creación en mayor grado y el de nuestra regeneración a la gracia, se va tornando cada vez más pálida y borrosa; al paso que adquieren gigantescas proporciones los ídolos del placer, de los honores, de las riquezas, de la materia en una palabra.

            Hoy solo se aprecia lo que brilla, lo que fascina, lo que nos da realce y esplendor, y gloria terrena entre nuestros contemporáneos. Y el mundo parece que quiere retrogradar a los moldes paganos, de donde le había sacado el Redentor divino a trueque de su sangre infinita.
            El individuo, la familia, el orden social y político, todo está saturado de un paganismo sutil y solapado y, por tanto, más perjudicial que el paganismo antiguo. Y esta atmósfera pagana no se aspira solamente en el mundo y en medio del siglo, sino en el seno de la Iglesia y en los santuarios de la religión.
            La misma virtud se ha falseado y muchas veces no se estima la virtud, sino por la gloria y el aplauso mundano que suele acompañarla. ¡Qué digo!, hasta ha habido teólogos que se han atrevido a distinguir dos clases de virtudes: virtudes pasivas o falsas y entre estas enumeran la obediencia, la mortificación, la penitencia y mansedumbre, las que perfeccionan al individuo que las ejerce; y virtudes activas o verdaderas como el valor, la misericordia, la caridad y todas las demás, que tienden a hacer bien a los semejantes.

            Ya lo sabéis: según el criterio de estos modernos maestros de los espíritus, son virtudes pasivas la fe, la esperanza, la obediencia, la mortificación y la mansedumbre, siendo así que el Divino Maestro las practicó y nos exhortó a practicarlas cuando dijo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. ¿Y cuál es la causa de estas aberraciones del entendimiento y de tantos extravíos del corazón? ¿Acaso no tenemos modelos donde poder copiar las virtudes que han de engalanar el jardín de nuestras almas?
            No digamos eso, hermanos míos, y mucho menos en la presente solemnidad en que venimos a tributar honores y a rendir homenajes de veneración y amor, a una criatura que mereció ser ensalzada a la dignidad de Madre de Dios; no por el falso brillo de sus riquezas y honores, ni por el relumbrón de su efímera hermosura corporal, sino con la belleza imperecedera de su purísimo Corazón.
            “Toda la gloria de la Hija del Rey reside en su interior”: “Omnia gloria ejus filiae Regis al intus”. ¿Quién podrá dignamente cantar la grandeza de ese corazón inmaculado, la hermosura de esa alma privilegiada, en la cual habitó la plenitud de la Divinidad, pues María antes concibió a Jesús en su alma que en sus purísimas entrañas?
            Yo no encuentro conceptos en mi mente, ni imágenes en mi fantasía, ni afectos en mi pecho, ni palabras en mi lengua con que poder ensalzar la gloria de ese Corazón que cautiva vuestras potencia y embelesa nuestros sentidos.
            La naturaleza creada no nos presta símiles que nos ayuden a cantar la belleza del Corazón de María. La Virgen es, en sentir de los SS. Padres, la obra maestra de las obras de Dios.

Me propongo, pues, haceros ver las relaciones íntimas que corren entre el Corazón de la Virgen y otra obra maestra mucho más excelsa de la Divinidad: la Santísima Eucaristía.
Hoy, que la Iglesia Católica celebra una de esas asambleas mundiales y los fieles cristianos del orbe se unen y asocian para encenderse más y más en la fe y en el amor hacia este divinísimo Sacramento, justo es que nosotros también nos asociemos en espíritu y nos pongamos con el alma de rodillas ante Jesús Sacramentado, después de unirnos y cobijarnos todos en el Corazón de nuestra Madre.
Cristalizando en un solo pensamiento las ideas que integrarán mi oración sagrada, he aquí la proposición que trataré de demostraos en esta mañana. Después del sacramento de nuestros amores, el corazón de María es la obra maestra de la omnipotencia del Padre, de la sabiduría del Hijo y de la bondad del Espíritu Santo. Impetremos las luces de lo alto por intercesión de esta Virgen purísima, salutándola con el saludo del cielo: “Ave María”.

I. La Santísima Eucaristía es la obra maestra y portentosa de la omnipotencia del Padre, de la sabiduría del Hijo y de la bondad del Espíritu Santo.
El espíritu observador que fije los ojos de su contemplación en la naturaleza creada en la tierra, con sus ingentes montañas, con sus profundos valles, con sus volcanes inflamados y sus veneros de oro y plata. En los mares tranquilos como espejos del firmamento, ya agitados como escuadrón de leones que erizan en melena y enarcan los lomos, y arrojan espuma por su boca, y se revuelcan furiosos en su lecho de arena. En los cielos con sus constelaciones, con sus planetas y satélites y con su astro rey presidiendo la sucesión de las noches y los días, no podrá menos de reconocer la mano de Dios en estas obras, admirando en ellas sus infinitas perfecciones.

Y si de la naturaleza inanimada pasamos a la viviente, sensitiva e intelectual, a esa vegetación y floración exuberante que hermosea nuestro planeta, a esa infinita variedad de animales que pueblan las aguas, la tierra y el aire. Y sobre todo, si ascendemos hasta el rey de la creación, hasta el sacerdote de la naturaleza, hasta el hombre, compendio armónico de la materia y del espíritu, de cielo y tierra, de alma y cuerpo; ¡ah!, entonces el entendimiento más obtuso no dejará de reconocer que este mundo visible, con sus bellezas y grandiosidades, es obra de un poder infinito y de una sabiduría sin límites.
Y como este ser perfectísimo tiene en sí mismo la plenitud de su gloria y no ha menester de un ser extraño para ser eternamente dichoso, en sus obras no se mueve por interés, sino por amor, con el fin de comunicar sus perfecciones y hacernos partícipes de sus riquezas inagotables.

Pero donde brillan en todo su esplendor esta bondad y liberalidad divinas, es en la elevación gratuita del hombre al orden sobrenatural, a la participación del ser Divino, al a visión beatífica de su esencia purísima.
Y más tarde cuando, desprendida de las sienes del primer hombre la corona de la inocencia original, Dios arrojó del paraíso a los progenitores del humano linaje y colocó en las puertas del Edén un querubín con espada de fuego, defendiera la entrada en aquel lugar de delicias; y el género humano, errante por la tierra, lejos de llorar lágrimas de penitencia por su pecado, se había entregado a las pasiones más vergonzosas y toda carne había corrompido su camino, Dios escogió un pueblo que fuera el custodio de su ley.
Y en la larga serie de Patriarcas, Profetas, Reyes y Sacerdotes fue prefigurando, simbolizando y preparando la venida del Mesías Redentor. Hasta que llegada que fue la plenitud de los tiempos y previo consentimiento de una Virgen nazarena, escogida desde la eternidad en los designios de Dios, profetizada en la antigua alianza y concebida en el seno de su Madre sin mancha de pecado original… el Verbo de Dios tomó carne y habitó entre nosotros por espacio de treinta y tres años.
Y antes de su pasión martirial y de su muerte afrentar, quiso dejarnos el monumento de su amor, donde a todas horas pudiera sacrificarse y morir por el hombre, mediante la separación de las especies sacramentales de pan y vino; en las cuales verdadera, real y sustancialmente se contiene el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo, una vez terminadas de pronunciar las palabras de la consagración.

Si a esto añadimos que a todas las horas del día tiene lugar esta oblación purísima e incruenta, y que todos los hombres pueden participar las incesantes riquezas de este Sacramento, nos veremos precisados a exclamar con el Concilio Tridentino: Verdaderamente aquí se contienen la obra maestra de la omnipotencia, de la sabiduría y de la bondad de Dios, pues ni el Padre pudo hacer algo mayor que este Sacramento, ni el Verbo Divino supo recogitar don más precioso que comunicarnos, ni el Espíritu Consolador encontró en los tesoros de su bondad más rica dádiva. Aquí echaron el resto las tres personas de la Santísima Trinidad.
Toda vez que en este misterio se oculta, no solo lo divino, sino hasta lo humano de nuestro Redentor y se convierte por transustanciación milagrosa en maná escondido, en alimento para nuestras almas, en el verdadero pan vivo que baja del cielo para nutrir nuestros espíritus con la gracia que vivifica y salva, y transforma en Jesucristo, sin despojarnos de nuestra personalidad pero haciendo en frase del apóstol, que Jesucristo viva en nosotros, vea con nuestros ojos, oiga con nuestros oídos, obre con nuestras manos y hable por nuestra lengua palabras de vida eterna.
Y entonces entramos en el consorcio de la naturaleza divina, como el hierro candente queda transformado en fuego, como la levadura no se distingue de la masa donde reintroduce, como de dos bujías unidas resulta una sola bujía. ¡Qué grandeza!
Ya no nos deben sorprender los maravillosos efectos que llevó a cabo la Eucaristía en las vírgenes, confesores y mártires, en los guerreros cristianos que, antes de entrar en batalla, se alimentaban con el pan de los fuertes.
(Oh Sacramento de amor, misterio de la fe, milagro de los milagros, prodigio de los prodigios de Dios)

Vosotros, los incrédulos, los que tenéis aherrojados vuestros entendimientos con los vínculos del error y vuestros corazones con las cadenas de todos los vicios, y por no someteros a las verdades de la fe, y por no entrar en la adopción de hijos de Dios, donde está la verdadera libertad que es la libertad del espíritu, seguir pidiendo continuamente señales del cielo, como los judíos recalcitrantes.
¿Qué mayor milagro, qué prodigio más grande podéis esperar para vencer vuestra ceguera, que este portentoso y estupendo milagro que por no ser tan frecuente, deja de ser estupendo, como no es menos esplendorosa la luz del sol por alumbrarnos a diario con sus fulgores?
Registrar todas las obras de la naturaleza y aún las obras de la gracia, y no hallaréis nada que iguale en grandeza y en sublimidad a este augusto Sacramento de la Santísima Eucaristía.

II. Pero si no hay nada mayor ni mejor que este maná divino, que por ser el mismo Cuerpo de Jesucristo, Dios y hombre, el mismo Cuerpo que fue concebido en las entrañas de una Virgen-Madre, el mismo Cuerpo que fue azotado, escarnecido, triturado, clavado en cruz por nuestro amor, pero glorioso e inmortal como está en los cielos…
Hay, sin embargo, otra maravilla que muy de cerca se le parece, otro milagro de la gracia sobre la naturaleza, del espíritu sobre la carne, de la pureza sobre el sensualismo, tirano perpetuo de la humanidad, un prodigio del amor de Dios, profetizado en el Edén de las delicias a raíz de la culpa paradisíaca, simbolizado en la hermosura de Ester, en el valor de Judith, en la castidad de Susana, en la magnanimidad heroica de la madre de los Macabeos, cantado con voces de esperanza, con ansias perdurables por los hijos de Sión junto a los sauces de Babilonia…
Una mujer milagro que descuella sobre todas las heroínas de la antigüedad, como el airoso ciprés sobre los arbustos que le cortejan, una mujer privilegiada que como el arca bíblica, se yergue majestuosa en lo alto de las aguas cenagosas del diluvio, de la culpa original.
Una mujer ideal, engendrada en la mente de Dios desde toda la eternidad, primogénita entre todas las criaturas, que asistió a la formación de todos los seres cuando el Hacer increado ponía barreras a los mares, cuando establecía los sillares de la tierra y asentaba el planeta sobre sus ejes de diamante.

Esa criatura era la alegría de Dios en la creación del mundo. “Ego era cui adyandebat ipse”. Y tanto se complacía Dios en ella, que todas las obras salían de sus manos como por juego y encanto –“Sudens in orbe terrarum”- ¡Oh, qué hermoso pensamiento, hermanos míos!
Fabricaba el sol y se alegraba porque un día había de formar con su oro finísimo y delicado, el manto real de su escogida. Fabricaba la luna y se alegraba porque uno día había de formar con su bruñida plata, el pedestal de la Reina del cielo. Fabricaban las estrellas y se alegraban porque uno día habían de coronarla como a soberana emperatriz del Universo.
¿Qué extraño es –dice San Bernardo- que coronen las estrellas a la que está vestida del sol y calzada de la luna?” Y cuando adornaba la tierra de plantas, cedros, cipreses, olivas, plátanos y palmeras se alegraba radiante, a júbilo se alegraba porque veía que un día habían de ser símbolo de las gracias y virtudes de María, de la pureza de su cuerpo, de la contemplación sublime de su espíritu, de la bondad y dulzura y mansedumbre y magnanimidad de su hermoso Corazón.

Se alegraba cuando hacía fecundo el seno de las aguas, porque aún más fecunda había de ser la que es llamada “mar de gracias”. Se alegraba cuando enriquecía las vísceras de las montañas, porque aún más rica de virtudes había de ser el alma de la hermosa nazarena, que ha venido recibiendo un aplauso de cada generación que pasa. 
En una palabra, si todas las cosas al salir de las manos de Dios, le complacían y agradaban –“Et vidit Deus omnia quae fererat et cuant valde bona”-, era porque María estaba dando vida y color y realce y esplendores a la creación entera. “Propter home –exclama, arrobado como de costumbre, el melifluo San Bernardo- propter home totus mundus factus est”: Por esta criatura fue creado todo el mundo.

Pasaron los años y las tinieblas espesas del pecado envolvieron la tierra; el sol parecía que había perdido su brillo, las flores su perfume, el ambiente su celestial ambrosia, las criaturas no eran ya las pregoneras de la gloria del Señor. Faltaba el sacerdote y el cantor que recogiese las notas dispersas del himno universal del mundo.
El hombre había prevaricado. Solo los rayos de la Divinidad rasgaban los crespones de aquella noche sin aurora. Un rayo de luz en la mente divina y un rayo de esperanza en el corazón de los hombres; la Virgen, la perpetua, la Inmaculada, la esposa de los cantares, en quien no halló mácula el Ser perfectísimo, que encuentra sombras en el sol y en las inteligencias angélicas. La deseada de los collados eternos, la elegida entre millares, la alegría de Israel, el honor del pueblo escogido, es la única que antes de nacer tributa a Dios el homenaje que las criaturas rebeldes le niegan, y la que forma las ansias perdurables, la melancólicas nostalgias de los hijos de Sión.
¡María! ¡María! qué hermosura, qué perfecta, que sublime te adivinaba la fe de aquellos pobres israelitas, que no tuvieron la dicha inmensa de conocerte, de llamarte madre, de cantar tus glorias, de celebrar la fiesta de tu corazón inmaculado.

Si te hubieran visto y contemplado como nosotros te vemos y contemplamos estática, arrobada, mirándonos con mirada dulce, tierna, compasiva y radiante de amor y de bondades, con la sonrisa dibujada en los labios, hubieran caído mil veces de rodillas a tus plantas, alabando la magnificencia de tu Hacedor y bendiciéndote sin fin, como a la gloria de su raza, como a la Virgen sin mancilla, de corazón más puro que la primera aurora que se dibujó en los cielos; de corazón más limpio que la nieve inmaculada que se posa en la alturas de los Alpes y se derrite más tarde al ser embestida por posprimeros rayos del sol naciente. De corazón más santo que los más santos ángeles y serafines. “Sanctior cherubin, sanctior seraphin, et nulla comparatione coeteris ómnibus superis exeritibus gloriosior » como te llama San Efrén.

Y ¡cómo no te había de hacer pura, limpia y santa el Padre omnipotente que te escogió por Hija predilecta, y te comunicó un rayo de su fecundidad divina, sin menoscabar en lo más mínimo tu integridad virginal!
El Verbo de Dios sapientísimo que te escogió por Madre y no pudiendo ser contenido en los cielos de los cielos, quiso encerrarse en el claustro de tu vientre sin mancilla.
El Espíritu Santo que te escogió por esposa y no se contentó con habitar en tu alma como en las almas justas, sino que te arrebujó en el manto de su santidad, supliendo maravillosamente la falta de varón y haciendo que pasara por ti el Redentor suspirado, como el rayo de sol por el cristal, sin romperlo ni mancharlo.
En verdad tienes razón cuando dices que hizo en ti cosas maravillosas el Omnipotente, y tuvo que hacer violencia a su brazo para criarte. “Fecit, fecit potentia in brachio suo”. Si yo tuviera las lenguas de los ángeles y de los astros, y me mandaran alabarte, o tenía Dios que hacer otro milagro engendrándote en mi mente y en mi lengua o, como dice San Agustín, cuanto de ti dijere, será muy poco para lo que tú mereces, pues ha sido exaltada tu magnificencia sobre los cielos y tu gloria sobre la tierra; como el cedro del Líbano, como el ciprés en el monte de Sión, como la airosa palmera de Cades.
¡Oh, María! una inundación de gozo y de amor, un torrente de placer y de ternura, te envolvió en sus olas y dejó tu corazón embriagado, como quedan embriagados los ángeles y bienaventurados en el cielo con la vista clara de Dios, y sentiste dentro de ti lo que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni jamás subió al corazón de ningún hombre.
Y Dios Padre y Dios Hijo y Dios Espíritu Santo te besaron con el beso de su boca. ¿Qué ojo vio esto? ¿Qué oído lo oyó? ¿En qué corazón cabe semejante cosa?

Probad vosotros, hermanos míos, a ver si podéis imaginar y mucho menos comprender los tesoros que se encierran en el corazón de María. Yo no veo en él sino un desbordamiento de la santidad, un mar sin fondo y sin orillas, donde Dios no ha agotado su poder porque su poder no tiene límites.
Verdaderamente el ímpetu del río ha embellecido la ciudad de Dios, aquella ciudad, hermanos míos, que toda fue de Dios y de nadie sino de Dios; huerto cerrado, fuente sellada, como la llama la Sagrada Escritura. La que era toda de su amado y su amado todo de ella; la única amiga, la sola paloma, la sola inmaculada. Aquella ciudad de quien dice San Juan en el Apocalipsis: “vi una ciudad santa que bajaba del cielo edificada por Dios y adornada como esposa el día de sus desposorios”.
El ímpetu del río ha embellecido la ciudad de Dios. Y del propio modo que un vaso vierte por todos lados el agua de que rebosa, así también el corazón de María derramó en todos sus devotos, las gracias de que rebosaba. Y los fieles, agradecidos, se dieron a  la empresa magnífica de instituir una solemnidad en honor suyo, no solo con la aprobación de los mayores Prelados, sino también con la de la Santa Sede de San Pedro.
Siguió esta devoción las trazas de aquella fuentecilla que vio en sueños Mandoqueo. Al principio era muy pequeña, pero a su vista se fue ensanchando y se transformó en un grande y caudaloso río y por fin, en un sol resplandeciente.

Dióse principio a esta devoción por los años de 1660, en la ciudad de Arlés, en el Real Monasterio de San Cesáreo. Ahí tenéis el pequeño manantial. Comienzan luego a tener parte en los favores de este corazón y en la distribución de sus gracias, los que estaban empeñados en esta devoción incipiente y consiguen que las bendiciones e indulgencias de los Sumos Pontífices y Prelados, desciendan sobre ella.
Clemente IX, Clemente X, Benedicto XIII, gran número de cardenales, arzobispos, obispos y el Concilio provincial de Tarragona se declaran a favor de esta devoción. Abren sus tesoros, la enriquecen con sus gracias, permiten que se funden cofradías y congregaciones con la advocación del Corazón de María. Se edifican templos en todas las naciones en honor de este Corazón Purísimo y el pequeño manantial se transforma en río caudaloso, que riega y fertiliza las almas de los devotos de María.

No tengo necesidad de aducir hechos históricos o testimonios fehacientes para corroborar lo que acabo de exponer. Me basta echar una mirada sobre la escena tiernísima que se está desarrollando a mis ojos y escuchar ese vago murmullo de oraciones. Esa nota vibrante de un amor que adora, ese mudo latir de corazones, ese himno entusiasta que vuestros pechos, palpitando de gozo, entonan al corazón sin mancha de María.
Y no es solo el amor y la gloria de la Madre lo que pulsa las fibras de vuestras almas en la presente solemnidad: es también el amor y la gloria del Hijo que, escondido bajo las especies sacramentales, aunque realmente presente como está en los cielos, va a recibir hoy en la capital de España un homenaje mundial, que le tributarán miles y miles de católicos y la Iglesia entera, asociada en espíritu, cantará el “Hosanna” de veinte siglos, y el “Santo, Santo, Santo” de las alturas.

España ha sido la nación escogida para celebrar en ella el XXII Congreso Eucarístico Internacional. Una vez más se confirma la sentencia de que la Iglesia Católica tiene entre otras prerrogativas, el don de la oportunidad.
En estos días precisamente en que la España de Recaredo, de Fernando el Santo, de Isabel la Católica, de San Ignacio de Loyola, de Santo Domingo de Guzmán, de Santa Teresa de Jesús, parece caminar a pasos de gigante hacia el abismo de su degradación y de su mina, el papa Pío X, amante entusiasta de nuestro pueblo y sus consejeros prudentes han escogido a España como punto estratégico donde se reúnan los fieles de todo el mundo, corporalmente o en espíritu, para realizar a la faz de las naciones todas del orbe, el grandioso espectáculo de la vitalidad del catolicismo, que a despecho de tantas y tantas intrigas y persecuciones, sigue robusto y floreciente como ele terno sol de la naturaleza y del espíritu.
¡Cuánta grandeza y magnificencia reviste un Congreso Eucarístico en España! España es la nación eucarística por excelencia y, aunque son muchos los que persiguen la destrucción, la ruina de España y socavan los cimientos de nuestra fe, no podemos dejar de ser cristianos.
Que españoles son el Beato Juan de Ribera, fundador del colegio del Corpus Christi en Valencia, San Pascual Bailón, patrono de los Congresos Eucarísticos, Fernando el Santo que, en la hora de su muerte, recibió el viático de rodillas y con una soga al cuello como un malhechor. Alfonso X, el de las leyes eucarísticas, Miguel Cervantes, que se firmaba “esclavo del Santísimo Sacramento”. Los grandes hombres cofrades de la “Esclavonia Eucarística” en nuestro Siglo de Oro. Teresa Enríquez, llamada poro Su Santidad Julio II “la loca del Sacramento”, el Duque de Gandía, Francisco de Borja que adivinaba con luz sobrenatural si había o no sacramento en cualquiera iglesia o capilla donde entraba. El valenciano Juan de Juanes, pintor sublime del gran cuadro de “La Cena”, que rivaliza, si es que no supera, al laureado de Leonardo da Vinci. Los tres grandes cantores de la Sagrada Eucaristía, los tres grandes poetas del Santísimo Sacramento: Lope de Vega, José de Valdivieso y Calderón de la Barca. La venerable Vizcondesa de Jorbalán, fundadora de las Adoratrices del Santísimo y, finalmente, el Venerable P. Claret, viva custodia de Jesús Sacramentado, pues en su corazón se conservaba constantemente intacta y sin consumirse, la Sagrada Forma, desde una a otra comunión.

Todos estos héroes de la Eucaristía eran españoles y españoles somos también nosotros. Patenticemos al mundo una vez más que no hemos degenerado de nuestros antepasados, que no es nuestra historia menguada una injuria a la grandeza de la suya, que aún corre por nuestras venas las sangre heroica que, fortalecida con el pan de los fuertes, hizo morder mil veces el polvo de la derrota a los enemigos de la Eucaristía.
Ya que esta tarde no podemos engrosar las filas que formarán la magnífica procesión del Santísimo en Madrid, acudamos todos a la que aquí, en nuestro pueblo, tendrá lugar. Adornad las paredes y los balcones los que vivís en las calles del trayecto que ha de recorrer la procesión eucarística. Animad a todos hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos para que asistan a la procesión y todos unidos, con nuestros pechos como volcanes encendidos en el amor a Jesús Sacramentado, rindamos al Amor de los Amores el homenaje de nuestra adoración ferviente.

Y Tú, oh divinísimo Corazón de Jesús Sacramentado, desde ese trono de gloria y majestad donde estás rodeado de millares y millares de ángeles, querubines y serafines, acepta nuestros humildes homenajes, sin atender a la indignidad y miseria de los que a tus pies se postran.

Vierte a raudales en este día los tesoros de tus gracias, de tus luces, de tus bondades infinitas sobre la Iglesia Católica, sobre España que únicamente de ti espera su salvación, sobre todos los que han concurrido al Congreso Eucarístico, sobre todos nosotros. y haz que nuestros entendimientos, nuestros corazones, nuestros sentidos y potencias, empiecen a saborear algo del banquete que tienes preparado a tus escogidos en la Patria de los Santos

 

JESUCRISTO REY

Sermón predicado en la S. I. Primada a continuación del III Congreso Eucarístico Nacional

Toledo, octubre 1926

 

“Regi saeculorum inmortali… honor et gloria”
(I Timot. I, 17)

            ¡Loado sea Dios, omnipotente y misericordioso, que se ha dignado llevar a feliz término nuestra arriesgada y humanamente inconcebible empresa! ¡Bendito sea el Señor, inspirador, propulsor y consumador de todo elevado pensamiento, que quiso inspirar a nuestro Emmo. Sr. Cardenal, a nuestro amadísimo Prelado, alma y vida de la acción social católica española, la iniciativa bienhadada de celebrar en Toledo, en esta vetusta ciudad de los Concilios, el III Congreso Eucarístico Nacional y ha querido coronarlo con el éxito más lisonjero!
            La fiesta del día de hoy es un imperativo de nuestra fe, de nuestro amor, de nuestra más acendrada gratitud a Jesucristo, rey de las almas. Acabamos de llevar a cabo la gran jornada de la nueva cruzada eucarística. Venimos de dar la gran batalla, incruenta si queréis, sin cadáveres, sin heridos, sin enfermos, si se exceptúa la enfermedad de amor, la calentura divina que a todos nos ha contagiado; sin chocar de aceros, sin estampido de cañones, sin humo de pólvora, sin vapores de sangre caliente; sin piafar, ni relinchar, ni galopar de caballos… pero batalla al fin.

            Que, ¿a quién hemos dado la batalla, que contra quién hemos peleado? Venimos de dar la batalla al tránsfuga de la luz, al príncipe de las tinieblas con todos sus satélites; a los ateos e incrédulos, judíos e infieles, que cierran con pertinacia sus ojos a la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo; a los cismáticos y herejes, prófugos de la casa paterna, que han renegado de su amorosa madre la Iglesia Católica y se resisten a volver a sus brazos, siempre abiertos para recibirlos; a los cristianos tibios e indiferentes, tomados aún del espíritu del mundo o presos en las redes de la cobardía del respeto humano.
            Sí, venimos de dar la batalla al infierno, al mundo, a la carne, a nuestras pasiones más o menos vergonzosas, que cual corceles al tascar el freno, braman y se enfurecen contra todo lo que significa triunfo del espíritu sobre la carne.
            Y a fe que la victoria no ha podido ser más rotunda y definitiva: hemos triunfado en toda la línea. Ya veis si tenemos sobrados motivos para celebrar hoy esta fiesta solemnísima de Cristo-Rey.

            No de otra suerte que los antiguos cruzados del Oriente, después de rescatar de manos infieles los Santos Lugares de Palestina; o como los héroes de nuestra Reconquista, después de arrancar palmo a palmo el suelo d e nuestra patria a la morisma invasora; o como los ejércitos del Gran Capitán, vencedor del Garellano y Ceriñola; y los tercios de Flandes a las órdenes del Duque d e Alba o de Alejandro Farnesio volvían siempre rendidos y extenuados pro las mil refriegas, cubiertos aún con el polvo de los combates, ante el trono de su rey y ante los altares de su Dios, a ofrendarles los trofeos y laureles  de la victoria. No de otra suerte, digo, nosotros, soldados del Rey Celestial, Cristo Jesús, venimos hoy a rendirle todo el honor y la gloria del grandioso e incomparable Congreso Eucarístico Nacional.

            Aún cuando otras razones no justificasen la celebración de esta fiesta, ese solo postulado del reconocimiento sería más que suficiente. Pero además, para nosotros los católicos existen otras poderosísimos motivos: lo manda el Papa, el Vicario de Cristo en la tierra, al instituir esta festividad en todo el orbe cristiano; lo desea nuestro Prelado; y así no es extraño que el Cabildo Catedral, secundando como siempre los deseos de su Prelado, hay dispuesto que se celebre con toda solemnidad.
            En lo que anduvo desacertado el Cabildo fue en la designación de la persona que había de interpretar vuestros pensamientos, afectos e ideales en estos solemnes instantes. Lo que siento en el alma es tener que ser yo el obligado a hablar, viéndome precisado a proyectar sombras en este cuadro magnífico y esplendente, que aún parece cautivar nuestras potencias y sentidos; a dar una nota discordante en ese concierto armónico de voces apostólicas de tan sabios y celosos Prelados, que desde esta misma cátedra o desde la tribuna inmediata han cantado las glorias y preconizado las grandezas de Cristo-Rey, bajo todos los aspectos y con elocuencia insuperable.
            ¿Qué podré yo añadir con mi pobreza? ¿Qué claridad puede añadir la luz de una bujía a los esplendores del sol? Un pensamiento, sin embargo, me alienta y me conforta: saber que van ellos delante de mí por campo terminado de segar, en el que aún pueden recogerse algunas espiguitas, siguiendo sus huellas luminosas hacia el manantial que no se agota, Cristo Jesús, Cristo Rey, a quien venimos a tributar toda la gloria y a rendir el honor que le es debido por el éxito del Congreso Eucarístico.

            Partícipe de este honor y de esta gloria ha de ser también la Reina, la Madre del Verbo, la Madre del Rey, nuestra excelsa Patrona, la Santísima Virgen del Sagrario, recientemente coronada como Reina de Toledo, la celestial Señora, por cuya intercesión nos serán hoy propicios los auxilios de la gracia.
            Ave María.

            Días de gloria para España, los días del III Congreso Eucarístico Nacional, eminentemente nacional, pues siendo la Sagrada Eucaristía devoción tan genuinamente española, que se revela en los más elevados aspectos de la vida de la nación y hace figurar sus emblemas en los escudos de pueblos, ciudades y regiones, que se distinguieron particularmente en la hazañosa epopeya de nuestra Reconquista; habiendo inspirado este augusto misterio a nuestros poetas dramáticos, el único teatro netamente eucarístico, desconocido, insospechado en otras naciones y registrado en la historia de la literatura con el nombre de “Autos Sacramentales”… ha sido por manera singular evocador este Congreso, de los hechos gloriosos de nuestros más excelsos monarcas, desde Recaredo a San Fernando, sin olvidar al conquistador de Toledo; desde Fernando III a los Reyes Católicos, y desde Carlos I de España, cuyo espíritu gigante parece aún presidir el majestuoso alcázar toledano, centinela avanzado de nuestra ciudad, hasta el valiente y magnánimo Alfonso XIII.

            Nacional por excelencia ha sido este Congreso, pues en él se han conmovido con singular estremecimiento las entrañas de la madre patria, al recordar las hazañas más portentosas de nuestros esforzados caudillos y las empresas memorables de nuestros heroicos descubridores y conquistadores, que pasearon en triunfo las banderas de la patria por todos los continentes y ha acelerado el ritmo del corazón de España, al ver aquí fundidos en un solo ideal, en un solo pensamiento y en un solo amor, a gobernantes y gobernados, a los príncipes de la Iglesia y al Episcopado, y al clero; a la nobleza, al ejército, a la magistratura y al pueblo.
            Bien podemos afirmar que en la procesión del Congreso estaba toda España, la España verdadera, la única España, fuera de la cual será posible concebir un remedo de Portugal, un plagio de Francia, o una imitación ridícula de la Rusia soviética, pero es imposible concebir otra España.

            Días de gloria para nuestro católico monarca, que obligado a ausentarse de la Corte en cumplimiento de ineludibles y urgentes deberes, viéndose privado, muy a pesar suyo, de presidir alguno de los acatos del Congreso y de asistir personalmente a estas solemnidades, ha estado, sin embargo, unido a nosotros y muy estrechamente, según él mismo manifiesta en su carta, íntimamente unido a cuantos tributan a Jesús Sacramentado nuevos y espléndidos homenajes, dignos de la acendrada piedad de esta nación católica.
            Y no contento el rey con esta unión espiritual, ha prestado su entusiasta adhesión a la Asamblea Eucarística en la persona del Excmo. Sr. Ministro de Gracia y Justicia, que al repetir aquí las palabras con que S. M. le despidiera en Barcelona, hubo de escuchar los aplausos frenéticos de todos los congresistas y concurrentes a la sesión solemne de clausura, vitoreando al rey católico, que tan paladinamente manifestaba su religión y sus creencias, como lo hiciera en el Cerro de los Ángeles, o en la visita oficial al jerarca supremo de la Iglesia.

            Días de gloria para la Iglesia Católica y singularmente para la Iglesia española, que se ha visto toda congregada en las augustas personas de sus príncipes, los cuatro Cardenales españoles, de casi todo el Episcopado, de más de un millar de sacerdotes, de todas las asociaciones eucarísticas y del pueblo fiel; que a pesar de tantos obstáculos y molestias, arrostrando toda suerte de privaciones y sacrificios, en alas de su fe y de su devoción entusiasta al Amor de los Amores, han acudido diligentes al llamamiento del Cardenal Primado y han venido a Toledo, y se han extasiado en la contemplación de nuestro tesoro histórico-artístico-religioso, y han visto desfilar ante su espíritu, como en cortejo sagrado de Cristo, como Estado Mayor del Rey de los siglos, las venerandas figuras de nuestros santos y pontífices: Eugenio e Ildefonso Ximénez de Rada, fundador de la Catedral, Cisneros, el conquistador de Orán, el gran Cardenal González de Mendoza, hasta llegar sin solución de continuidad en las glorias y grandezas al egregio purpurado que actualmente ocupa la sede primada.

            Días de gloria para el Sumo Pontífice Pío XI, que ha visto con paternal benevolencia y cariño entrañable, la celebración de este Congreso, como palmaria lo demuestra en carta expresiva y afectuosa dirigida a nuestro amadísimo Prelado, otorgando con singular complacencia y entusiasmo, la bendición apostólica a todos los fieles; que tanta predilección siente hacia la católica España, si hubiera podido asistir en persona a los acatos del Congreso y singularmente a la grandiosa procesión del día 24 de octubre.

            Días de gloria para nuestro Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal, que ha visto cumplidos sus votos y ardientes deseos, realizadas su más vivas esperanzas y coronados por el éxito más franco y estupendo, sus afanes y trabajos, sus preocupaciones y desvelos; engastando este nuevo florón a su ya espléndida corona y escribiendo en los anales de la Iglesia Primada y de la España eucarística, esta brillante página de gloria, que juntamente con la de la Coronación de la Virgen del Sagrario en Toledo y la de los Desamparados en Valencia, bastaría para hacer imperecedero su renombre.

            Días de gloria para esta incomparable catedral, que tan preeminente lugar ocupa entre los templos levantados por los hijos de la católica España en la Edad Media, tanto por su amplitud como por la pureza de sus líneas y la magnificencia de su ornamentación –en frase del Sumo Pontífice Pío XI en su carta a nuestro Sr. Cardenal- para esta nuestra hermosa catedral, uno de los maravillosos templos de la cristiandad, tesoro de arte inestimable, evocador de los hechos más gloriosos de nuestra historia –según dice en su carta nuestro rey-.
Días de gloria han sido para esta catedral los del Congreso recientemente celebrado, durante los cuales convertida en radiante custodia de la fe, del amor eucarístico español, ha visto inundadas sus naves, sus capillas, sus altares, sus riquezas artísticas y religiosas con los esplendores de la tierra y del cielo que, filtrándose por las vidrieras policromadas o emergiendo de dentro afuera, se irisaban en piedras, mármoles y bronces, en los brocados y pedrería de los  ornamentos sagrados y hasta en las sedeñas vestiduras de los príncipes de la Iglesia y del Episcopado español, poniendo en todos los actos una nota de color y de visualidad indefinible, como trasunto de los destellos de la gloria.
Verdaderamente ha sido en estos días la casa de Dios y la puerta del cielo, si tan poderoso atractivo ejercen sobre nosotros las majestades de la tierra, si todos anhelamos ponernos en comunicación con los reyes, si cuando tenemos la dicha inmensa de traspasar los umbrales del real palacio y penetrar hasta los salones majestuosos donde mora el Soberano, todas nuestras potencias y sentidos parece que se sobrecogen de estupor y maravilla al propio tiempo que una voz misterios nos dice: “Verdaderamente esta es la casa del Rey”…
Emociones más hondas y legítimas hemos experimentado en este palacio del Rey de la gloria, durante la gran parada de las huestes eucarísticas, el apostolado de la Oración, los Jueves Eucarísticos, las Marías del Sagrario, en la inolvidable Vigilia de la Adoración Nocturna, en todos los acatos, escuchando los encendidos acentos con que oradores evangélicos han sabido llegar al fondo de todos los corazones, aún los más humildes, recogidos en el último y más apartado rincón del templo, iluminando nuestras inteligencias con su celestial doctrina y caldeando nuestras almas con el fuego de su abrasadora caridad.

Días de gloria han sido también para todo Toledo, la ciudad de los pontífices y de los reyes, cuna de Leocadia e Ildefonso, plantel fecundo de héroes y sabios, fuente inexhausta de inspiración eterna para los artistas soñadores, pedestal de nuestra monarquía, centro de nuestra unidad religiosa, y foco de nuestra legislación en aquellas memorables asambleas que se registran en la historia con el nombre de “Concilios Toledanos”.
¿Quién será capaz de calcular y medir los espirituales beneficios y aún el material enaltecimiento, la nombradía y el prestigio, que ha reportado a nuestra ciudad, el III Congreso Eucarístico, la más grande afirmación católica de nuestros tiempos y la más intensa de las manifestaciones verdaderamente ideológicas, pro el número, por la calidad, por el fervor y entusiasmo en ella exteriorizados?
¿No es verdad que si siempre es Toledo la meca del turismo, en estos días se ha trocado en la ciudad santa, en la Jerusalén de la fe, cuyo cenáculo ha sido esta catedral?
Ciertamente podemos denominar a Toledo “cuna de la hidalguía”, por su generosa hospitalidad para los congresistas y “corte del Rey de la gloria”, por los acontecimientos en su recinto desarrollados.

No voy a hablaros de la riquísima Exposición Eucarística Diocesana, que está siendo la admiración de propios y extraños; ni de la valiosa ampliación de nuestro portentoso Museo Catedralicio. No puedo olvidarme del tema de mi oración sagrada, la realeza de Cristo y esta realeza fulgura majestuosa en otra solemnidad sin precedente y sin imitación posible. Reconcentraos en vosotros mismos; haced una proyección refleja de vuestros próximos recuerdos y os parecerá que aún veis desfilar ante vuestros ojos absortos, extáticos, la grandiosa, la ultra magnífica, la indescriptible procesión del pasado domingo, como digno final y coronamiento del siempre memorable Congreso Eucarístico de Toledo, como homenaje entusiasta de fe, de amor, de adoración a Jesús Sacramentado; como tributo de la majestad, de la nobleza, de los poderes públicos, de los príncipes de la Iglesia, del Episcopado, del clero secular y regular, del ejército, de la magistratura, de todo el pueblo español en sus representaciones más altas y en los sencillos aldeanos de Castilla y huertanos de Valencia, con sus típicos trajes medio árabes, medio aragoneses, que en la vanguardia de la procesión iban alfombrando de flores y hierbas olorosas la carrera.
Y todo este cortejo magnífico realzado, santificado pro la presencia real, verdadera, sustancial de Cristo Rey Sacramentado, que bendecía las engalanadas calles y plazas de Toledo desde la maravillosa custodia de Arfe, trono y carroza de triunfo de nuestro Rey, a cuyo paso se repetían sin interrupción los vítores y aclamaciones a Cristo Jesús, honor y gloria al Rey de la gloria, amor por siempre al Dios del amor.

No se ha borrado aún de nuestra retina y mucho menos de nuestra memoria la visión celestial, subyugadora de la explanada de la Vega Baja, regada con sangre de tantos mártires, no muy lejos de la histórica Basílica en que tuvieron lugar muchos de los Concilios toledanos, y en que se apareciera la ínclita virgen y mártir a San Ildefonso… Aún parece que presenciamos la escena: cuando al disminuir y diluirse la escasa claridad del crepúsculo, en el fondo del cuadro sublime iban extendiendo su misterio las sombras de la noche; cuando los árboles y las murallas, y los edificios parecían sumergirse en el infinito, mientras emergían de la oscuridad miríadas de lucecitas, como capo de flores iluminadas festejando al Cordero Inmaculado que entre lirios se apacienta; como cielo de estrellas cortejando al sol de los espíritus; como pupilas oscilantes de nuestros difuntos que, henchidos de alegría, se asomaran al mundo corporal para presenciar tan conmovedora escena.
¿Quién podrá describir aquel silencio elocuente, única alabanza digna de la divinidad –Tibi silentium laus- porque el mejor culto de la justicia y de la realeza es el silencio –Justitias cultus silentium-; aquel momento cumbre, después del Tantum Ergo cantado por la innumera y devota muchedumbre, de la Consagración a Cristo Rey entrecortada pro la emoción de nuestro Cardenal y hecha en nombre de España y del género humano?... La solemnísima bendición dada por el Nuncio de S. S., mientras las numerosas bandas de música llenaban el espacio con los vibrantes acordes marciales del Himno Nacional y se inclinaban ante el grandioso templete los centenares de banderas y estandartes de los ejércitos del Rey del cielo, y ante Él rendían armas los jefes oficiales y alumnos de Infantería, representación de los ejércitos del rey de la tierra…
Y hasta el progreso mecánico, representado en los focos de los numerosos automóviles que proyectaban ráfagas de claridad sobre la escena emocionante, parecían rendirse ante el foco de toda luz e inspirador propulsor y consumador de todo legítimo progreso.

Ciertamente es indescriptible la impresión imborrable de este momento, más para sentirla que para expresarla. Todo, todo parecía decirnos: ¡Dios está aquí, gloria a Cristo Jesús, honor y gloria al Rey de la Gloria! ¿Dónde hallar una demostración más irrebatible y un testimonio más fehaciente de la realeza de Cristo? ¿A quién se debe, pues, toda la gloria y el éxito del Congreso? ¿Quién hizo lucir el sol aquel día, como un topacio prendido en el manto azul del cielo toledano, después de varios días anubarrados, lluviosos, sino el árbitro de la naturaleza? ¿A quién se debe que aquel día no se registrara una sola defunción en Toledo, sino al árbitro de la vida y de la muerte?
Permitidme que siga preguntando: ¿Quién  es el principio vital de la organización social de la Iglesia Católica, que así funda a todos sus miembros por muy distanciados que se hallan, en una intangible unidad y en una vitalidad inagotable? ¿Quién ha hecho circular de oriente a occidente y del septentrión al mediodía de nuestra península, esa corriente misteriosa de electricidad católica, que es el principio de cohesión, de fuerza, de movimiento, de luz, de fecundidad y de belleza? ¿Quién sino Cristo Rey constituye el poder asombroso del catolicismo militante?
Ya sé que en el mundo creyente puede haber otros elementos de fuerza y de poder distintos de Cristo y de su realeza; también el católico puede tener la fuerza de la razón y de la fantasía, la fuerza del genio y de la elocuencia, la fuerza de la voluntad y del carácter… pero no vale forjarse ilusiones.
No reside ahí la fuerza suprema del católico; cuando hay que sortear grandes peligros, sostener grandes luchas, vencer graves tentaciones, acometer arriesgadas empresas, soportar infortunios y sufrimientos, sonreír ante la muerte, ante la inmolación de nuestra vida… entonces la fuerza del católico es la confianza en Jesucristo, es la mirada del rey que triunfa de todo el mundo, de todo lo que en nosotros y fuera de nosotros, conspira con el mundo y parece querer arrebatarnos, juntamente con nuestro tesoro de la tierra que es la fe, nuestras esperanzas del cielo.

Y cuando los tiranos de la tierra, a lo Nerón, o a lo Diocleciano, en los primitivos tiempos de la Iglesia, o a lo general Calles en la moderna y cruel persecución del pueblo católico mejicano, cuando esos monstruos resisten a la verdad, combaten la verdad, arman ejércitos para perseguir la verdad y reducirla a esclavitud; cuando con la espada, con el calabozo o con la muerte a la mansedumbre, a la libertad y a la vida… ¿Quién –decidme-, quién se siente armado de invencible poder contra esos desafueros y brutalidades de la fuerza? ¿Quién sabe entonces dar al cielo y a la tierra, a los ángeles y a los hombres, a los amigos y enemigos de la verdad, el espectáculo de un valor indomable y de una intrépida resistencia? ¿Quién, a la vista de las p risiones que se abren, de las hogueras que se encienden, de las espadas que flamean, se atreve a pronunciar el Non possumus del Obispo Manrique ante los sicarios del presidente mejicano, el Non possumus de las invencibles convicciones y de las certezas inquebrantables? ¿Quién?
Preguntadle a la historia de todos nuestros santos, de todos nuestros apóstoles antiguos y modernos, a todos nuestros mártires de ayer y de hoy.
El divino y supremo valor de la resistencia heroica frente a la tiranía descarada e hipócrita, que amenaza o adula, que hiere o acaricia, no fue mantenido sino por los soldados de Cristo Rey, que exclaman desafiando a la muerte: “Si consistant adversus me castra, non timebit cor meum”, “Aunque vea en frente de mí numeroso ejércitos en orden de batalla, no temerá mi corazón”.
La mirada del Rey les conforta y alienta a seguirle y defenderle hasta derramar la última gota de sangre.

Seamos de este número, militemos con lealtad bajo las banderas de Cristo Rey; no ambicionemos otra gloria que la de pelear a sus órdenes, como los antiguos tercios españoles no anhelaban otro honor que pelear a las órdenes de Alejandro Farnesio.
Rindamos a sus pies todo el honor y la gloria del III Congreso Eucarístico Nacional, y digámosle de lo íntimo de nuestros corazones: “Lejos de nosotros, Señor, el gloriarnos sino en tu cruz, que es la cátedra de nuestro Maestro y el trono de nuestro Rey. Que no sea para nosotros, sino para ti solo la gloria del incomparable Congreso Eucarístico: “Non nobis, Domine, non nobis”.
Si han sido días de gloria para España y para el Rey, para la Iglesia y para el Sumo Pontífice, para esta Catedral Primada y para todo Toledo… que esta gloria no sea sino participación de la tuya y que esos riachuelos desemboquen en el océano de tu gloria. “Adveniat regnum tuum”, “Venga a nos el tu reino”. Esta es y será siempre nuestra suprema aspiración.
Reina sobre Toledo y sobre España, sobre la Iglesia Católica y sobre el mundo entero; ilumina las inteligencias extraviadas y convierte los corazones pervertidos, para que vengan todos a participar de los beneficios de tu reino.
Concédenos a todos la gracia de servirte en este mundo y como servir a Dios es reinar, comenzaremos a reinar contigo en la tierra, para reinar eternamente contigo también en el cielo. Así sea.

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

“Et resplendit facies eus sint sol.
Vestimenta antem eus facta sunt alba sint nive»
«Su rostro se tornó resplandeciente como el sol
y sus vestidos blancos como la nieve »
(San Mateo XVII, 2)

            El hombre por naturaleza siente inclinación irresistible hacia lo misterioso y desconocido. La historia de todos los países y de todas las razas nos lo atestigua con la lógica abrumadora de los hechos.
            El indio salvaje en las dilatadas pampas de América y el magnate más noble y aristócrata habitador de los palacios majestuosos de Europa; el rudo labriego que arrastra su vida consagrado en cuerpo y alma a desmontar el miserable terruño con el sudor de su frente, y el sabio infatuado con su ciencia.
            Todos se sienten impelidos hacia lo ignoto; como el marino genovés, todos surcan con más o menos fortuna, las ondas de ese océano inexplorado que marca el rumbo al descubrimiento de un mundo nuevo.

            Estamos rodeados de misterios por todas partes y, aunque el hombre haya vencido el poder incontrastable del tiempo y del espacio, y haya logrado domeñar los elementos de la naturaleza con sus portentosos inventos de las artes, de las ciencias y de la industria aplicada a los más urgentes menesteres de la vida, no por ello ha conseguido llegar a las columnas de Hércules que cierran las fronteras de los conocimientos humanos.
            Dios ha puesto límites a nuestra inteligencia, como encerró a los mares en su cárcel de arena. Y en vano ensayará el hombre escalar el cielo y enseñorearse del aire, del fuego, del agua y de todos los elementos: siempre tropezarán sus ojos con un más allá impenetrable, con el alcázar majestuoso del misterio.

            Y si esto acontece en el orden de la naturaleza, ¿cómo hemos de extrañar que existan misterios y arcanos incompresibles en la religión católica, águila caudal que se cierne en los espacios diáfanos del espíritu y pirámide grandiosa y magnífica que, teniendo su base aquí en la tierra, toca con su cúspide en el corazón de Dios?
            El fundador divino de la Iglesia católica sabía muy bien todas nuestras inclinaciones y deseos, cuando a su Santísima Esposa circundó con la aureola refulgente de dogmas, de sacramentos y de solemnidades misteriosas.
            Pero lo más distintivo de nuestra santa religión es que todos sus dogmas y misterios están eslabonados entre sí, como los anillos de una cadena, de tal suerte que no puede rechazarse uno sin que vengan todos al suelo.
            Esto es una prueba palmaria de que Jesús era, como los mismos adversarios se ven obligados a confesar, el más sabio de los sabios.

            Por otra parte, los misterios que la Iglesia a nuestra consideración propone, no son doctrinas aéreas o estériles, sino llenas de enseñanzas prácticas para nuestras almas: doctrinas salvadoras que como raudales de gracia, riegan y fertilizan los campos áridos del espíritu.
            Si todos los pasajes de la vida ejemplar de nuestro divino Redentor son admirablemente sublimes y martirialmente fecundos, sin embargo hay algunos que con sus rayos deslumbradores nos desprenden de lo terreno y nos arrebatan a las regiones del inmortal seguro.
            Tal es el grandioso acontecimiento que a nuestra piadosa contemplación propone en este día, festividad del Salvador del mundo, nuestra Santa Madre la Iglesia. La escena se desarrolla en el monte Tabor y el evangelista San Mateo nos la describe y relata, en su capítulo XVII, de esta manera:

            “Seis días después tomó Jesús a Pedro, Santiago y Juan su hermano, y los condujo aparte a un excelso monte y se transfiguró delante de ellos. y su rostro se tornó resplandeciente como el sol y sus vestidos se pusieron blancos como la nieve. De súbito se aparecieron Moisés y Elías hablando con él.
            Entonces Pedro dijo a Jesús: “Señor, bien será que nos estemos aquí. Si quieres, podemos hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Cuando aún estaba hablando Pedro, una nube lúcida y diáfana les circundó, envolvió entre sus pliegues. Y salió una voz de la nube que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias. Escuchadle”.
            Y oyendo la voz, los discípulos se sobrecogieron de espanto y cayeron con sus rostros en tierra. Y acercándose Jesús, les tocó y les dijo: “Levantaos y no queráis temer”. Alzando sus ojos, los discípulos no vieron a nadie sino solo a Jesús. y al bajar del monte, les mandó que no revelaran a nadie esta visión, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos”.

Aquí termina la gloriosa transfiguración del Señor y aquí hace también punto final el santo evangelio del día. Los intérpretes y comentaristas suelen distribuir este pasaje en cuatro periodos:
            El primer versículo nos relata el tiempo, los testigos y el lugar de la transfiguración.
            El segundo periodo nos describe el hecho de la transfiguración y la presencia de Moisés y Elías, y los deseos de Pedro en tres versículos: 2º, 3º y 4º.
            El tercer periodo, que abraza solamente el versículo 5º, relata la aparición de la nube y la voz del Padre que da testimonio de la divinidad de su Hijo, y nos manda que le escuchemos.
            El cuarto periodo comprende cuatro versículos y narra algunas cosas que subsiguieron a este acontecimiento.

            Hacer ligeras y prácticas reflexiones sobre cada escena del relato evangélico, es lo que me propongo esta mañana.
            Para fijar más y más vuestra piadosa atención, os haré ver que la transfiguración del Señor es no solo un argumento de la divinidad de Cristo, sino un ejemplar de nuestras penosas transfiguraciones en esta vida y sobre todo, un presagio de nuestra gloriosa transfiguración en el cielo. Pidamos las luces de lo alto por intercesión de la fuente de las gracias, saludándola como el arcángel de los misterios. Ave María.

            “En aquel tiempo –empieza diciendo el santo evangelio de la presente festividad, es decir, seis días después de haber hablado Jesús a sus discípulos del fin del mundo y de su gloria- tomó Jesús a Pedro, Santiago y Juan, su hermano, y los condujo aparte a un excelso monte”. Los intérpretes unánimemente creen que fuera el monte Tabor por la proximidad a Cesarea de Filipo y unánimemente también se hacen la siguiente pregunta: ¿Por qué tomó solo a estos tres apóstoles y no quiso llevar consigo a los doce? ¿Es que los demás no eran acreedores, por su adhesión incondicional al Maestro divino, a ser testigos presenciales de su gloria y a ser confirmados por el Padre celestial en la fe viva, que tenían de la divinidad del Hijo?
            Varias son las razones que aducen para explicar esta cuidadosa selección de los discípulos. Quería el Señor que presenciaran esta su apoteosis los buenos discípulos posibles, no solo para darnos ejemplo de humildad y de menosprecio de las vanidades del mundo, para que de esta manera guardaran mejor el secreto y quedara oculta su gloria hasta después de de su acerbísima pasión y muerte, no fuera que acreciendo y divulgándose por toda la Palestina la noticia de este acontecimiento maravilloso, se formara en torno suyo un ejército de leales e impidieran a los escribas, fariseos y sacerdotes llevar a cima su deliberado propósito de darle muerte, y se frustrara de esta suerte la consumación de su sacrificio y el rescate del género humano.

            No quería que participaran de esta visión anticipada de la bienaventuranza celeste los que no habían de ser coronados en la gloria. Y para no descubrir antes de tiempo las maquinaciones infernales de judas, que ya meditaba la traición del Maestro, quiso dejar en la falda del monte a nueve de sus apóstoles y subir con tres de ellos hasta la cima. Con los tres que un día habían de ser también testigos de su oración en el huerto de Getsemaní y de su agonía y sudor de sangre; con los tres que habían de ser como los sillares del alcázar ciclópeo de su Iglesia, indefectible reino de Dios en este mundo y ciudad santa erigida sobre los montes más altos.
            Sube con Pedro, denodado confesor de su divinidad, a quien no se lo reveló la carne ni la sangre, sino el Padre que está en los cielos y que momentos más tarde había de proclamar desde la nube, que Cristo es en realidad, de verdad, el Hijo de Dios eterno, en quien tiene sus complacencias.
            Con Santiago, el primero de los apóstoles que había de derramar su sangre por defender entre los gentiles la ignominia del calvario.
            Con Juan, el discípulo amado, virgen de los vírgenes, vidente extático de los arcanos de la gloria y de las catástrofes del fin del mundo, alma pura y sencilla, a quien Dios se comunicó en el mayor grado posible; corazón inflamado en el amor de Cristo, donde el Cordero que pace entre los lirios, reposa la noche de la cena, como el esposo del Cantar de los Cantares.

            No me digáis, pues, que Cristo obró indiscretamente al elegir a esos tres apóstoles. En ellos están simbolizadas las tres virtudes teológicas: la fe en Pedro, la esperanza en Santiago y en Juan la caridad.
            Pedro representa a los confesores, Santiago a los mártires y Juan a los vírgenes. Y con esos tres astros de primera magnitud que inician otras tantas constelaciones en el cielo de la Iglesia, sube Cristo a la cima del monte para ponerse en oración. “Ut oraret –como dice San Lucas- enseñándonos con esto que para la oración, para hablar con Dios, hemos de buscar la soledad y apartamiento, ya sea retirándonos a un lugar solitario fuera del bullicio del mundo y del ajetreo de nuestros intereses materiales; ya reconcentrándonos en el castillo de nuestra alma, cerrando las puertas y ventanas de nuestros sentidos para conversar a solas con nuestro dueño y Señor.

            Nos enseña también que no podremos progresar en el camino de la perfección cristiana, si no nos levantamos sobre las miserias de esta vida con las dos alas de la mortificación y la contemplación, hasta subir al monte de la santidad.
            Y entonces y solo entonces, conseguiremos vernos transfigurados. “Et transfiguratus est ante eos”. Y transfigurado a vista de sus discípulos.
            Notad una circunstancia: para describirnos el hecho de la Encarnación, nos dice el apóstol San Pablo que se anonadó a sí mismo “semetiporum ereinanivit”, tomando la forma de siervo y durante su vida fue obediente hasta la muerte, y la aceptó con su propia voluntad. Y por eso, el evangelista Juan describiéndonos el momento supremo dice: “Tradivit spiritum”, entregó su espíritu. Le entregó, no se lo arrancaron, es decir, que todos los trabajos y sacrificios y humillaciones, los aceptó con deliberación y entera voluntad.
            Y ahora que no de humillaciones y sacrificios, sino de exaltación y gloria se trata, no lo hace él mismo, sino su Padre celestial: “Et transfiguratus est”, y fue transfigurado.
            Sigamos las huellas del maestro divino, abneguémonos a nosotros mismos, impongámonos sacrificios, aceptemos de buen grado todos los trabajos y humillaciones que la mano de Dios nos envía y no perdamos las esperanzas ni la tranquilidad de ánimo. El que se humilla será ensalzado; el rey de la gloria se encargará de glorificarnos como glorificó a su querido Hijo. “Et transfiguratus est ante eos”.

            ¿En qué consistió la transfiguración? “Et resplenduit facies eius sint sol, vestimenta antem eius facta sunt alba sint nive”. « Su rostro se tornó resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la nieve ». Aquí tenéis las señales exteriores: su rostro, su mismo rostro se tornó resplandeciente como el sol, es decir, que no tomó otro rostro, sino que su misma faz divina, de donde toma sus fulgores el sol y copian su belleza los cielos, se tornó resplandeciente y diáfana. Y todo su sacratísimo cuerpo participó de estos resplandores de la gloria, y así como al embestir el astro del día las nubes que le cortejan, éstas se vuelven blancas y encendidas, así también los vestidos de Jesús al ser traspasados por los rayos que desprendía su cuerpo, se tornaron blancos como la nieve.
            ¿Qué trasunto más fiel podía darse de nuestra transfiguración en la patrias de los santos? ¿Quién me diera en estos instantes ser transportado, como el apóstol de las gentes, al tercer cielo o los sublimes éxtasis del vidente desterrado en Patmos, para contemplar aquellas luces inextinguibles, aquellas llamaradas de amor, aquel eterno arrobamiento de los bienaventurados que beben en el torrente del placer divino y se sacian con la abundancia de la casa del Señor?
“Inebiabuntur a ubertate domus tuae et torrente voluptatis tuae potabis eos”.

Jamás he lamentado tanto como ahora no poseer ni entendimiento angélico y un corazón encendido en el amor de Dios, para poder presentaros en manojos de luz yen carbones de fuego, las delicias perpetuas de las almas santas que, sin cesar, contemplan cara a cara la esencia divina y arden en su amor sin consumirse, como la zarza misteriosa del monte Horeb.
No, confieso mi insuficiencia, me es imposible describirlo. Nuestra mente solo puede formarse un concepto imperfecto, pálido y borroso como el que se forma un ciego de nacimiento de las bellezas y maravillas de la creación.
Somos ciegos con respecto a la visión beatífica y a la gloria que de esta se deriva. Los sentidos que son las ventanas del alma, no dan vista a esas tierras inexploradas de la fe. Lo único que sabemos se que esa tierra de promisión, debe ser la maravilla de las maravillas porque de otra suerte no podría colmar las ansias de nuestro espíritu inquieto y los anhelos de nuestro corazón sediento de amores.
Lo que sabemos es que allí los justos resplandecerán como el sol, porque se verán penetrados, rodeados, llenos y empapados de Dios, sol de justicia, como la esponja en medio de los mares. Y conoceremos a Dios como es en sí y nos uniremos indisolublemente con él por el amor, que funde las almas.
Y como el que conoce y el que ama, si el conocimiento y el amor son perfectos se hace una cosa con el objeto conocido y amado, nosotros seremos semejantes a él y sin perder nuestra personalidad, seremos por participación lo que Dios es por naturaleza: como el hierro sin dejar de ser hierro, se convierte en fuego, Dios estará en todos y cada uno de nosotros como nuestra imagen se dibuja en todos y en cada uno de los trozos de un espejo partido en mil pedazos. Como la verdad que os anuncio se repite y reproduce sin dividirse ni alterarse, sino toda entera en todas y en cada una de nuestras inteligencias.

Por eso el Rey Profeta nos describe a Dios como sentado allá en los cielos, en medio de un magnífico y augusto senado de dioses, porque los moradores del cielo, transfigurados por el amor divino, son otros tantos verdaderos hijos del Altísimo, cuya naturaleza se comunica a ellos, haciéndolos también dioses.
Y si el estar separado de Dios es causa de inmensos dolor para los precisos que gimen y blasfeman en el báratro sempiterno de la desgracia, la unión íntima con Dios, la transformación en Dios mismo, hace gustar a los escogidos en la Jerusalén verdadera, un consuelo inefable, una felicidad sin sombras y un deleite sabroso y perdurable, sin hastíos ni pesadumbres.
Estas cosas son mejor para sentirlas que para concebirlas o expresarlas.

            No aspiremos, hermanos míos, a estas elevaciones del espíritu. Si amásemos a Dios con toda nuestra alma y no tuviéramos el corazón divido en las criaturas, entenderíamos algo de esto.
“Da amantem –dice San Agustín- et intelliget quod dico”. “Amad de veras a Dios y entenderéis lo que os estoy diciendo”.
“El Padre de la gloria –decía San Pablo a los efesios- os conceda el espíritu de sabiduría para que barruntéis algo de las riquezas inenarrables de su herencia”.
Algunas almas santas lograron vislumbrar ya en esta vida, con los ojos despiertos de su fe, algunos fulgores de la gloria por hermosos resquicios de cielo, y no sabían si estaban en este mundo o en el otro. “Sive in corpore nescio, sive extra corpus nescio”, decía San Pablo. Y no pudiendo muchas veces soportar el exceso de gozo tan intenso, veíanse obligados a exclamar con San Francisco Javier, Santa Teresa de Jesús o los Cupertinos: “Basta, Señor, basta, que mi débil naturaleza no puede soportar tan excesivo gozo ni alegría tan intensa y honda”.
Y es, hermanos míos, que necesitamos ser fortalecidos con el lumen gloriae, con una gracia superior que de vigor a nuestras pupilas y trueque nuestro corazón de carne por un corazón de cielo, para no desfallecer con tanta luz y tanto amor.
“Tanta es la dulzura de la gloria –dice San Agustín- que si la misericordia divina dejara caer una gota en las llamas del infierno, sería bastante ella sola para endulzar la amargura de los condenados”.

Los que ya no creen en la existencia de la otra vida, tienen necesidad de buscar en esta el paraíso; cruzan como Israel el desierto sin acertar a fijar sus tiendas. No dicen siquiera, como San Pedro: “Señor, bien será que nos estemos aquí. Hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Y es porque el hastío les consume; todos los placeres acaban por fastidiarles y abandonados a sí mismos, sin profeta que les guié, cuando piensan estar cerca de la felicidad, la encuentran defendida por dificultades más terribles que la espada de fuego del querubín, puesto por Dios en las puertas del Edén.
¿Qué sería de la humanidad sin la esperanza del cielo? ¿A qué catástrofes nos conduciría el convencimiento de nuestra desgracia? Si nos comparamos con los animales, son más felices que nosotros: no tienen penas por lo pasado, ni el cuidado del porvenir; el instinto nunca les engaña, ni sus placeres les causan remordimiento; no les atormenta la duda, ni el temor, ni el deseo, y la muerte de sus semejantes no les hace derramar lágrimas.
Una pradera fecunda es para ellos un jardín de delicias: la hierba crece debajo de sus pies, sin que se hayan tomado la molestia de sembrarla; el arroyuelo que serpentea por el valle, les ofrece una bebida deliciosa; nacen amaestrados para luchar por la existencia y la naturaleza les provee de vestido y de defensa. Ellos serían los reyes de la creación, si el hombre no tuviese otro destino que el dolor y el sufrimiento.

Pero cuando Dios nos convida a la Pascua interminable de la gloria, cuando sentimos alentar en nosotros un espíritu inmortal, capaz de conocer a Dios y de amarle, llamado por vocación divina a la posesión de un reino que nunca tendrá fin, entonces el dolor se transfigura, el mundo es pequeño para satisfacer nuestras legítimas ambiciones y los quebrantos del alma son fugaces meteoros que no pueden eclipsar el sol de nuestra dicha. “Et resplenduit facies eius sint sol”.
Y como participando de esta claridad y de estos fulgores, los vestidos de Cristo se tornaron blancos como la nieve, así también en el cielo la gloria del alma se transfundirá a nuestros cuerpos y se tornarán semejantes al cuerpo glorioso de Cristo. “Vestimenta antem eius facta sunt alba sint nive”.
¿Qué valen con estas gloriosas transfiguraciones del cuerpo humano, los pomposos y altisonantes ditirambos de los materialistas? ¿Quién hizo del cuerpo humano mayores elogios que San Pablo?
Había llegado el gran apóstol a aquella hermosa ciudad de Corinto, llamada por Cicerón “el esplendor y la lumbrera de toda la Grecia. Sus habitantes vivían entregados al lujo y a los placeres, a la adoración de la belleza plástica y a tal grado llevaron el refinamiento de su molicie, que era entre los antiguos “vivir a lo corinto”, lo mismo que observar conducta licenciosa y sensual.
            Fidias y Praxíteles adornaron sus templos con las mejores estaturas que labraron sus cinceles y en aquel privilegiado istmo, que junta Grecia al Peloponeso y bañan con sus aguas los mares Jónico y Egeo, no lejos de aquellas deliciosas playas catadas por Homero, y bajo aquel incomparable cielo, proverbio de hermosura, alzábanse las columnas del más renombrado entre los monumentos que la impúdica Venus había consagrado el paganismo.
            Difícil era sembrar en tierra tan mal abonada la semilla del cristianismo, reprimir los excesos de la sensualidad y sustituir las gentílicas abominaciones con las prácticas austeras de la moral evangélica. A todo atendió San Pablo con el ardiente celo que le distinguía en sus apostólicas tareas, y después de dieciocho meses de incesante trabajo, no solo consiguió fundar la Iglesia de Corinto, sino hacer de ella el modelo de las vecinas cristiandades.

            Cuando más tarde escribía desde Efeso a la naciente comunidad de Corinto, fortaleciendo su fe con sus prudentísimos consejos, hizo del cuerpo humano un elogio que en vano le buscaríamos semejante: “Vosotros, decía, habéis vivido en la ignorancia del pecado; contaminados estabais con todas las impurezas de la carne. Pero habéis sido lavados, santificados y regenerados en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, y en el espíritu de nuestro Dios. No regaléis la carne que Dios ha de destruir para levantarla después con su poder. ¿Acaso no sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo y el templo del Espíritu Santo?”
¿Quién entre los modernos panegiristas de la materia ha hecho del cuerpo humano una alabanza tan cumplida como esta de San Pablo? El cuerpo del hombre regenerado es el templo de Dios y la morada del Espíritu Santo. Sus miembros son miembros de Cristo, hueso de sus huesos y carne de su carne, y nada tienen de comparable con este templo vivo y animado, los suntuosos y admirables monumentos levantados en honor de la divinidad; aunque en ellos no sepamos que admirar más: si los primores del arte o la preciosidad de sus materiales.
Los magníficos pórticos del templo de Salomón y su misterioso santuario; las célebres basílicas de Constantinopla y Roma; las soberbias catedrales góticas, dechado de belleza, ¡qué son si se comparan con el cuerpo de Jesucristo y mezcla con su sangre la sangre de sus venas!

Despreciadores de la materia nos llaman los que no se avergonzaron de doblar sus rodillas ante el mármol viviente de la carne pública. Nosotros, los admiradores de la transfiguración sustancial más espantable que han conocido las edades, los adoradores del Cuerpo de Cristo consagrado en la Santísima Eucaristía, que vemos a la humana naturaleza desposada con la divinidad en la Encarnación del Verbo; que llevamos en triunfo los restos del madero en que fue obrada la redención del mundo; que besamos el polvo de los caminos de Galilea y de Judea, porque en él se estamparon las huellas de los pies del Salvador; que recogemos con veneración profunda los despojos de los santos y los guardamos en artísticos relicarios.
Nosotros, que tenemos por sagrada la tierra en donde yacen los cuerpos inanimados de nuestros hermanos, y pensamos que el sepulcro es un crisol en donde el cuerpo dejará sus escorias para ser revestido de inmortalidad y de gloria en el día sin ocaso de las eternales recompensas…
¿Cómo habíamos de ultrajar esa materia, que nos recuerda el barro modelado por las manos de Dios, para infundirle el soplo de la vida y hacer de él el cuerpo del patriarca de la especie humana?
 “Si yo no fuera Alejandro, quisiera ser Diógenes”, decía el rey de Macedonia. Yo, parodiando aquella frase, podría decir: “Si no fuese espíritu, quisiera ser materia porque, aún entonces, sería obra de Dios, fruto de su sabiduría y de su bondad. Dependería de su providencia y unida en la personalidad humana a un alma inmortal, después de haberla servido en su condición presente, la serviría en la transfiguración eterna de la gloria, que también ha de participar el cuerpo”.

En expectación de esta felicidad, queremos que el cuerpo obedezca al alma, no sea que, trocado el señorío irremisiblemente, la perdamos. Labramos los sillares con que se ha de edificar la Jerusalén celestial y no dejamos de la mano el escoplo y la maza hasta conseguir lo que nos proponemos. Afligimos la carne, despreciamos los goces de la materia, porque nos satisfacen más los del espíritu; no queremos que nuestros cuerpos sean arrastrados al spoliarium del vicio, y preferimos a los apestosos estigmas del pecado, las santas cicatrices de la virtud. Porque, como decía uno filósofo pagano, hemos nacido para cosas más altas que para ser esclavos de la carne.

Estas hondas realidades del espíritu cristiano, o no las entendía, o las entendía muy someramente Pedro cuando, después de la aparición de Moisés y Elías, símbolos de la ley y de los profetas, llevado del intenso deleite que sentía a la vista de tanta gloria, y dando oídos a las voces de la naturaleza que siempre apetece las dulzuras del bienestar y del placer, dijo a Jesús: “Señor, bien será que nos estemos aquí. Si quieres, hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.
Por eso, los evangelistas San Marcos y San Lucas dicen que Pedro hablaba sin saber lo que se decía. No lo sabía, pues aquel presagio de la felicidad celeste, lo había tomado por la misma bienaventuranza, y quería ceñir sus sienes con la corona de la gloria antes de pelear las batallas del dolor y de las tribulaciones.
No sabía lo que hablaba porque n o había entendido en su rudeza, que Cristo no había venido a este mundo para ser glorificado en el Tabor, sino para dar testimonio de la verdad, sufriendo todos los insultos e ignominias, paladeando todas las hieles de un martirio continuado y entregándose a la más afrentosa de las muertes, por el rescate de los hombres.
En una palabra, había venido a consumar la redención del género humano y así se explica que Moisés y Elías hablaran con Jesús, no de su gloria, sino de la pasión y muerte.
            Pedro no sabía lo que decía, porque si bien Moisés y Elías se habían aparecido para rendir homenaje a Jesús como supremo legislador y profeta, más aún para atestiguar que no era solo un profeta, sino la realidad de todas las profecías, el Mesías prometido, el Hijo de Dios vivo, como en un arranque de sinceridad, había confesado San Pedro.

            No obstante, no podían hacerse tres tabernáculos, pues ya habían terminado los símbolos de la antigua ley para ceder su puesto a las realidades de la nueva. Ya no había de levantarse sino una tienda y un tabernáculo; la tienda de la Iglesia católica y el tabernáculo de los altares.
            Por eso, cuando aún estaba hablando Pedro, una nube diáfana y lúcida los circundó y envolvió en sus pliegues. La nube ha sido siempre el heraldo de la majestad de Dios, y en este acontecimiento fue también la trompeta de la verdad. “Una voz salió de la nube y dijo: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias: Escuchadle”. Como queriendo decir: los profetas, los patriarcas, los legisladores, los reyes y sacerdotes de la antigua alianza, fueron mis hijos, mis emisarios aquí en la tierra, los que guardando íntegra mi revelación, fueron preparando el camino para la encarnación de mi verbo eterno, de mi Hijo verdadero, consustancial a mí, engendrado en los arcanos de mi esencia, a quien yo mandé al mundo para la salvación de los hombres.

Este es el único salvador y maestro de la humanidad: escuchadle. Escuchadle los rudos e ignorantes, que él es el camino, la verdad y la vida; escuchadle también vosotros, los sabios, que él es el único sabio y os enseñará muchas cosas, os descubrirá misterios y enigmas que vuestra inteligencia limitada, no puede descifrar, ni siquiera entender. Escuchadle vosotros, los pobres, y vosotros los ricos, los sanos y los enfermos, los amos y los criados, los reyes y los vasallos… los pueblos y las naciones, escuchadle todos los individuos.
Las familias, las sociedades, escuchadle como al supremo legislador y maestro. No escuchéis a esos oradores altisonantes y campanudos, que en las tertulias, en los clubes y en las plazas públicas alardean de ciencia, probidad y honradez, y pretenden ser los enviados del cielo para encauzar por rectos senderos las humanas sociedades.
No escuchéis a esos falsos profetas, que llegan a vosotros vestidos con piel de oveja y son lobos rapaces de vuestra honra, de vuestra tranquilidad y hasta de vuestra fortuna.
No escuchéis a esos apóstoles progresistas del libre pensamiento y de la revolución, que aguijoneados por el acicate de sus ambiciones y de sus meros personales, quieren levantar sobre la desdicha de sus semejantes el pedestal de su soberbia.
No escuchéis a esos que se fingen voceros de la opinión y del progreso, de la libertad y de la fraternidad humana, en periódicos, folletos y revistas; no los escuchéis porque os han de engañar. Halagarán nuestras pasiones y bastardos apetitos para cargar sobre vosotros la coyunda de todos los vicios y de todas las esclavitudes.
No escuchéis a esos redentores revestidos de la humanidad, que no tienen ansias de derramar su sangre por la salvación de sus prosélitos, sino de chupar la vuestra hasta dejaros anémicos, sin vida del espíritu y sin vida del cuerpo.
Escudad al único Maestro, verdad que no puede engañarse ni engañarnos, al único que se dejó crucificar para enseñarnos el camino del cielo. No os sobrecojáis de espanto como los discípulos, que es Jesús, el manso y humilde Jesús, quien os habla. Su voz es dulce, su yugo suave y su carga ligera. Y si abrumados por la pesadumbre de trabajos e infortunios, os sentís desfallecer y caéis en tierra, Jesús se acercará a vosotros, os tocará con su virtud omnipotente que sana y vivifica, y salva y amansa las tempestades, y os dirá como a los discípulos amedrentados: “Levantaos y no querías temer”. Y levantando sus ojos, los discípulos no vieron a nadie más que a Jesús.
Eso acontece siempre en el tiempo de la prosperidad, de la dicha y de la gloria; nos veremos rodeados de falsos amigos que quieren tomar parte en el banquete de nuestra felicidad, pero cuando se nubla el sol de nuestra fortuna, no encontramos más que al único amigo verdadero, a Jesucristo, que nos tiende su mano cariñosa, nos ayuda a bajar el monte de la mirra, y nos alienta para que suframos con resignación cristiana los sinsabores del destierro, hasta que tenga lugar la transfiguración de los justos en el cielo.

“Al bajar del monte, concluye diciendo el Santo Evangelio, les mandó Jesús que no revelaran a nadie esta visión hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos”.
He concluido, hermanos míos. El espíritu vivificador haga germinar en vuestras almas estas enseñanzas que, ayudado de su gracia, yo he sembrado en vuestros corazones, para iluminados con sus luces y fortalecidos con su virtud divina, suframos con paciencia y con heroísmo cristiano, las penosas transfiguraciones del dolor, para ser después revestidos de su claridad y hermosura en la gloriosa transfiguración de los cielos.
Así sea.

PERPETUACIÓN DE LA EPIFANÍA EN EL MUNDO

Sermón predicado en la S. I. P.
el día 6 de enero de 1925

“Vidimus stellam ejus, et venimus adorare eum”(Mat. II, 2) 

            Dos pensamientos parecen haber sido la preocupación constante y el principal objeto y punto de vista del Salvador del mundo, durante el decurso de 1su vida terrena entre los hombres. Nacido en el portal de Belén y apareciendo a las miradas de los mortales como hombre pasible y mortal tiene, sin embargo, una misión divina y providencial que cumplir: la de redimir al género humano y reconciliar la tierra con el cielo; misión sobrenatural que no hubiera podido realizar si, al mismo tiempo que hombre pasible y mortal, no fuera también Verbo unigénito y consustancial de Dios.

RESTAURACIÓN CRISTIANA

“Instaurare omnia in Christo”.
“Restaurar todas las cosas en Cristo”
(Eph. I, 10) 

            Estaba muriendo el sol y con sus últimos pálidos reflejos producía sobre las ondas azuladas del mar de Cartago, un incendio sorprendente y encantador de oro y de perlas, y teñía de luz rosácea las arenas de la playa solitaria.
            La campana del ángelus parecía llorar en lontananza, la muerte del día. Un hombre de mirada fulgurante, envuelto en larga y acanalada túnica, se detiene, cruzado de brazos, a contemplar las piedras y ladrillos en desorden y los amontonados escombros, las columnas truncadas, los rotos y yacentes obeliscos allí, donde años ha se vio el sol festonear y vestir de púrpura, soberbios edificios y torreones gigantes, y animar la vida de aquella vasta metrópolis.
            Su alma se torna triste, su corazón es un torbellino de encontrados afectos, que batallan entre sí y se suceden como las ondas del mar que se dilatan a su vista, y el hombre misterioso queda inmóvil y absorto pensando en la gloria que fue.

            Como Mario, delante de las ruinas de Cartago, me paro yo también a meditar sobre las ruinas hoy día acumuladas en las ciencias, en las artes, en las letras, en las costumbres, en las leyes, en las instituciones políticas; como el quejumbroso Jeremías frente a la desolación de Jerusalén, siento derretirse mis ojos con la abundancia de lágrimas, conturbarse mis entrañas y caer a tierra, desfallecido mi corazón. “Deffecerunt oculi mei prae lacrimis, conturbata sunt viscera mea et effusum est in terra jecur meum”.
            Y volviéndome a la sociedad presente, me siento impelido a exclamar: ¿A quién te compararé, o dónde encontraré algo que se parezca a ti? “Cui comparabo te me eui assimilado te?”

            Ciertamente el espectáculo que ofrece a nuestra vista la sociedad contemporánea, no puede ser más triste y sombrío, más lamentable y desolador, y por ende, jamás podría ser más imperiosa la necesidad de restauración. ¿Restauración? ¡Quién lo hubiera dicho!
            El siglo diecinueve surgió soberbio y henchido de esperanzas; se irguió potente y presuntuoso, agitando en sus manos la bandera de la revolución que heredó del siglo dieciocho, y al morir, lanzó un grito que no fue de “consumatum est”, sino el otro opuesto: “In vanum laboravimus”, “Hemos trabajo en balde”. Y después de un siglo de labor asidua, sentimos la necesidad de restauración.
            Dos lustros han pasado ya del siglo veinte y en todotas las esferas de la vida, se oye el mismo grito: ¡Restauración! Es necesaria la restauración, hermanos míos, pero, ¿quién ha de efectuarla?, ¿la ciencia?, ¿el Evangelio y el apostolado moderno?, ¿la fuerza?, ¿la economía? El socialismo, jamás. No. “Ni si dominus edificarent domum…”. “Si el Señor no edificara la casa… en vano trabajan los que la quieren edificar”.
            Solamente Cristo crucificado, solamente nuestro Cristo Santísimo del Prado, que con su muerte ignominiosa nos engendró a la vida de la gracia, que regeneró el mundo pagano en la verdad y en la justicia, y después de haber pulverizado y reducido a cenizas con su divina energía, todo lo que había de corrupción en la marca humana, hizo florecer una nueva exuberante vida en todas las formas o manifestaciones públicas y privadas, en las leyes, en las costumbres, en las ciencias, en las letras y en las artes.
Solo Él, digo, es capaz de rehacer y restaurar la sociedad contemporánea.

            “Nadie, escribe el apóstol San Pablo, puede poner otro fundamento fuera de aquel que ha sido puesto ya por el dedo de Dios, y es Jesucristo”. “Fundamentum aliud nemo potest ponere praeter id quod, positu est et est Ch. Jesus ».
            Y el pontífice Pío X, que pasando por los grados más humildes de la milicia sacerdotal, en contacto continuo e inmediato con todos los órdenes de la sociedad, conoció a fondo y palpó las debilidades y miserias del mundo, apenas subió al trono de San Pedro, en su primera luminosa encíclica, proponía la restauración de todas las cosas en Jesucristo, como único remedio de los males que aquejan y socavan la sociedad. “Si alguno –decía- nos pide una palabra de orden que sea expresión de nuestro ideal y programa, la condensaremos en esta frase: “Instaurare omnia in Cristo”, “Restaurar todas las cosas en Cristo”.
            No es este, en verdad, el programa de un hombre o de un genio, sino el programa del Altísimo sobre la humanidad degenerada y prevaricadora; el programa del mismo Jesús. “Cuando yo fuere exaltado sobre la tierra, traeré todas las cosas a mi mismo”, es decir, desde el trono de mi realeza, desde la cruz donde yo seré enclavado por el rescate de los hombres, todo lo traeré a mí. Es el programa predicado por el apóstol San Pablo: “Instaurare omnia in Cristo”, “Restaurar todas las cosas en Cristo”.

            Amplios horizontes y campo vastísimo y dilatado, se abre a mi vista, y me confieso incapaz de circunscribirlo en los angostos límites de mi sermón. Trataré, pues, de restringir el desarrollo de mi tema y ceñirme al orden moral, social y político, científico y artístico; y en estas esferas elevadas de la vida humana, veremos resplandecer y campear, nimbado con su aureola divina, la adorable figura de Jesús, único camino, única verdad, única vida y esperanza del linaje humano, principio incontrastable de restauración.
            María, llena de gracia y asiento de sabiduría eterna, prestará luz a mi mente, fuego a mi corazón y unción a mi palabra, si la invocamos reverentes como el ángel. Ave María.

            La restauración presupone evidentemente un gasto, un desequilibrio, una descomposición, una rotura. Es absurdo pretender reparar un edificio que no esté destruido, cuarteado o ruinoso, que no ha perdido su antigua forma, o sus primitivas proporciones. No se puede componer un reloj o cualquier otro objeto artístico, si no tiene algún desperfecto.
            En suma, restaurar en los objetos materiales es como restituir en materia de justicia y, por tanto, el propósito de restaurar todas las cosas en Cristo, presupone de necesidad, una ruina o desquiciamiento. ¿Cuál es?
            La apostasía de Cristo, apostasía en el orden político, social, en el orden científico, artístico y moral; apostasía de Jesucristo, suma autoridad, suma verdad, suma belleza y sumo bien.
“¿Quién no advierte –exclama Pío X en su primera encíclica- que la sociedad humana hoy más que nunca, se encuentra corroída por un malestar general y gravísimo, que creciendo cada días más y minándola y socavando sus cimientos, la lleva inevitablemente a la ruina?”

Todos comprendéis, oh venerables hermanos, cual sea esta enfermedad: la apostasía de Dios,  que trae consigo como secuela ineludible, la corrupción y la muerte, según la sentencia del profeta: “Todos los que de ti se alejan, perecerán”. ¡Ah!, no son ya los escribas y fariseos, no es el populacho deicida de Jerusalén que, ávido de sangre inocente, grita delante del pretorio de Pilatos: “Crucifica al Justo”. Son las turbas insensatas y únicas de todas las naciones que se levantan airadas y enérgicas, y repiten delante de todos los pretorios y de todos los Césares: “No queremos que Cristo reine sobre nosotros, no queremos más rey que el César de nuestras ambiciones, de nuestro orgullo, de nuestras riquezas y placeres. Abajo la Iglesia católica. A los leones los cristianos, fuera Cristo del individuo y de la familia. Fuera Cristo de la conciencia pública. Fuera Cristo de las ciencias, de las letras, de las artes. Fuera Cristo de la escuela, de la prensa, de los espectáculos. Fuera Cristo de los tribunales, de los gabinetes, de los parlamentos. Fuera Cristo de las leyes y de las constituciones del Estado.
¡Ah, hermanos míos!, decidme, habladme con sinceridad, ¿no es este el grito profético del paciente Iob, cuando vaticinó el impío y frenético desafío que los malvados arrojan a Dios de su cara: “Dicerunt Deo: recede a nobis scientiam viarum tuarum nolumus”?
Ahora bien, si todos los males que vienen corroyendo y desmoronando la sociedad actual, se pueden compendiar en una sola palabra, “apostasía de Cristo Dios”, es evidente con claridad meridiana, que restaurar todas las cosas en Cristo no es otra cosa sino hacer que todos los hombres y todas las cosas vuelvan a reconocer sobre sí la realeza, el imperio de Jesucristo, Dios y Hombre.

I. La restauración cristiana o el retorno a Jesús ha de empezar por la reforma de las costumbres. La moral evangélica se ha querido sustituir pro una moral independiente, laica y libertina, que pueda aceptarse o rechazarse a capricho, según las estaciones del año. ¿Cuál será la consecuencia de estos principios?
El individuo se ha preguntado: si no existe un Ser Supremo, al cual tener yo obligación de someterme y obedecer, ¿por qué no he de vengarme de mi rival o mi enemigo?, ¿por qué no he de adueñarme de la hacienda de los demás?, ¿por qué no he de poder satisfacer todas mis pasiones, todos mis placeres, siempre que se me ponga en talante?
Y el hombre, incapaz de contenerse dentro de los diques de bronce o de granito de su razón, y de yacer inmóvil sobre el lecho de Procusto, inhábil para reprimir sus instintos malsanos y sus ambiciones desmedidas, ha colocado el placer como el señuelo de sus ideales, como su último fin. Y ha osado afirmar con persuasión inquebrantable: “la esencia de todas las civilizaciones pasadas, presentes y futuras se puede condensar en esta fórmula: gozar y hacer gozar”, como escribió el autor de la “Filosofía del placer”.
El cual tuvo la avilantez de escribir en otro lugar: “El verdadero ideal de la perfección humana es distribuir a todos los nacidos, la mayor copa de placer; lo demás es el sueño de una sombra”.
            Con estas teorías, la familia distanciada de Jesucristo, ha perdido la sonrisa celestial y la aureola de grandeza. Y roto el vínculo sacramental del matrimonio cristiano, ha visto desaparecer y eclipsarse como por encanto, la unión de los corazones, de los pensamientos y afectos más puros y santos, para entronizar el divorcio y el amor libre, en conformidad con el principio darwinístico de la selección natural, preconizando el domino soberano y absoluto de la codicia más desenfrenada y salvaje. En la cual, a juicio del socialista Stern, se contiene el destino y la perfección suma de la humanidad.

            Y como la familia es el fundamento de la sociedad, también ésta ha sentido a la corrupción, con todos sus refinamientos y gracias seductoras, extenderse como un reguero de pólvora en las costumbres, en las letras, en las artes y reproducirse en las vergonzosas desnudeces, hoy, que se ostenta en todas fotografías y grabados.
            Los duelos se justifican como necesarios para lavar las manchas del honor; los crímenes y homicidios son hechos irremediables e impunes, perpetrados en un momento de cólera o arrebato, o predeterminados ya de antemano por la psicología del desgraciado; los suicidios son actos de heroísmo que merecen ser premiados con una estatua levantada al suicida; los hurtos y latrocinios, los saqueos más salvajes se cohonestan mediante la máxima anárquico-socialista: “la propiedad es un robo”; la fraternidad desaparece también.
            No debemos, pues, extrañar que suba al apogeo de la gloria y figure en los más altos cargos, el que debía arrastrarse en el fango del arroyo, y sea recompensado con la cruz de caballero el que debía ostentar en su frente el estigma de la infamia y del vituperio.

            Para regenerar esta sociedad corrompida, no hay antídoto eficaz fuera del que trajo al mundo Jesucristo. Él que es vida, es también resurrección de los muertos. El corazón de la sociedad está gangrenado y cuando un enfermo tiene la sangre pobre o viciada, los médicos tratan de infiltrarle en las venas sangre mora, sangre pura, que vivifique y rejuvenezca el organismo.
            Si queremos, pues, que la sociedad resurja y se levante de esa postración y abatimiento en que la tienen sumida sus crímenes y maldades, es preciso que la infundamos sangre divina, o lo que es igual, el espíritu de Cristo crucificado, que es espíritu de santidad, de virtud y de perfección.
            Jesucristo mucho mejor que Sócrates, Platón o Séneca, injustamente celebrados como ejemplares de austera moralidad, nos levanta al cielo y nos señala el modelo que hemos de imitar: “Sed perfectos, como lo es vuestro Padre celestial”.
            Nos da su gracia omnipotente como estímulo y auxilio para mantenernos buenos y virtuosos, y va delante de nosotros con el ejemplo de sus virtudes, diciéndonos: “Aprended de mí la caridad, la obediencia, la humildad, la castidad, la paciencia y la magnanimidad cristiana”.
            ¡Ah, si esta sociedad degenerada volviera los ojos a Jesucristo! la moral divina tornaría a santificar el individuo y la familia, y los pueblos entonarían el hosanna de su libertad, de la verdadera libertad, que intentan arrancarnos los gobernantes sin Dios, al intentar despojarnos de nuestras creencias, del sentimiento religioso.

            II. Si la restauración cristiana se hace necesaria en el orden moral, no se deja sentir menos esta necesidad en el orden científico. La ciencia moderna divorciada de Jesucristo, suma verdad, se ha visto empujada por los vientos de todos los errores, sin rumbo cierto. Y ora negando este o aquel dogma se hizo hereje, ora enalteciendo la razón por cima de la fe y negando lo sobrenatural, se hizo racionalista; ora no atinando a explicar el origen de las cosas, sino merced a una continua evolución de la divinidad, se hizo panteísta.
            Y como confundir a Dios con el universo es lo mismo que negar su existencia, la ciencia atea por consecuencia ineludible ha tenido que negar el mundo de los espíritus y, proclamando un solo orden –la materia-, se hizo materialista.
            Ahora bien, si todo es materia, no hay ningún orden trascendental, y hemos aquí en la extraña teoría del positivismo, que reduce todas las verdades a los datos que arroja la experiencia.

            ¡Pobre ciencia! Se apartó de Jesucristo crucificado, abandonó la ciudadela fuerte e inexpugnable de la fe y, cayendo en la tenebrosa y espantable sima del error, anda incierta y vagabunda evocando en nuestra mente la fábula del judío errante.
            Varios son los nombres que dan a este judío: quien le llama Catófilo, quien Ahversus, quien Buttadoens… pero todos convienen en la esencia del relato:
            Habiendo sido lanzado Jesús del pretorio de Pilatos por este judío, Jesús le dirigió estas palabras: “Yo me marcho, pero tú andarás siempre hasta el día de mi venida”. Y el judío se echó a caminar y sigue caminando por el mundo sin hallar la tranquilidad y la paz. Ver, si no al pueblo de Israel, su patria, promoviendo las revoluciones, la mejor prueba del cristianismo.
            Tal me parece la condición de la ciencia inerudita y atea; arrojó de sí a Jesucristo y Él la condenó a caminar por la selva oscura del error. Y después de un siglo de investigaciones y de sutiles argumentos metafísicos, acerca del espiritualismo de Fichte, de Schelling o de Hegel, de la filosofía sensista de Locke, de la metafísica del Abate Condillac, de la fisiología de Cabanís, de la ideología de Destat de Traey y del racionalismo de Comte, Büchner y Bayle, se han visto obligados a proclamar la bancarrota de la ciencia y la necesidad de volver a la fe de Cristo.

            Él solo puede restaurar la ciencia, porque siendo la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, señala el rumbo a las inteligencias y disipa las tinieblas calimosas del error. Cristo es la Verdad absoluta: “Ego sum veritas”, la verdad que irradia en la mente del hombre y hace surgir allí las varias semblanzas de lo verdadero. Esto es, directamente la verdad metafísica y moral, e indirectamente la verdad lógica, la verdad de enunciación y la verdad histórica, como la luz al descomponerse en un prisma de cristal, reproduce en sus facetas los diversos colores del iris.
            Jesucristo habla, no para revelarnos, como Laplace, los arcanos de la naturaleza ola maravillosa constitución del universo, sino para proponer un dogma que es en sí la irradiación de todas las verdades y la condenación de todos los errores. ¡La vida eterna! ¡Cuánta luz!
            En esta palabra se contiene todo, porque abrazar el cielo y la tierra, y así como en la semilla se contiene todo un árbol, que después gigantea en la floresta o en la montaña, como en el foco de una lente se reconcentra un mundo de luz, como la unidad de un punto matemático puede encerrar mundos grandiosos, así también en estas breves palabras, “la vida eterna”, se oculta todo un universo científico.
            Ella es la clave de los destinos humanos. Es el fin último del hombre. ¿Quién la da? Dios. ¿Dónde? En el cielo.

            Instituida, por tanto, la existencia de Dios y de un orden ultraterreno, se ha de establecer también la inmortalidad del alma y el libre albedrío del hombre para merecer esta eterna recompensa, y veremos caer desmoronada la ciudadela del error. Veremos huir espantados todos los falsos sistemas de la filosofía moderna: el ateismo y el deismo que niegan la existencia o la providencia de Dios; el determinismo fatalista, el atavismo y la nueva escuela antropológica italiana que quisieron quitar a los retos humanos su espontaneidad y responsabilidad para destruir toda razón de mérito o de cuerpo; el materialismo que, negando a Dios y al alma humana, reduce todo a materia; el naturalismo que nada admite fuera de la naturaleza; el empirismo o positivismo que reduce todo al solo orden experimental y todos los renuevos filosóficos que, de estos troncos brotan.
            Jesucristo es además, principio y fin de todo, e influye evidentemente en la ciencia de las cosas que, con relación a él no son sino participaciones e imitaciones pálidas de su esencia infinita.
            A esto aludía el apóstol San Pablo cuando decía: “En Cristo están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia”.
            Las ciencias naturales que tienen por objeto el conocimiento e investigación de los serse y de los fenómenos del cosmos, según las leyes que los regulan, los distinguen y los unen en la creación, encuentran su razón suprema de ser en Jesucristo, imagen de la sustancia del Padre, esplendor de su gloria, verbo fecundo por quien todas las cosas fueron hechas, y sin el cual nada se hizo.

            Jesucristo, hermanos míos, es la clave y el centro de la historia antigua y moderna, porque Él, como ha dicho y demostrado hasta la evidencia el genio luminoso de Bossuet, es la razón suprema de todos los acontecimientos humanos.
            Es, asimismo, la clave de la jurisprudencia, la cual debe estribar y radicar necesariamente en aquella ley primitiva de que habla Cicerón y en el Evangelio del Verbo eterno que, siendo verdad absoluta, había de hacer de su palabra la ley de las leyes, para que influyera después en el derecho público y privado.
            Y si Cristo es el llamado a restaurar las ciencias todas, también ha de reinar en las regiones de la estética, del arte que, debiendo tomar del cielo sus inspiraciones, no sabe levantar el vuelo y se arrastra en el fango de un torpe verismo, o mejor dicho, de un materialismo grosero que nos presenta a la naturaleza tal como es, gastada, corrompida, envenenada, mendigando el aplauso de un público que gusta del escándalo y bate las manos a todas las escenas orgiásticas, bacanales y vergonzosas.
            Si, hermanos míos, el arte moderno siente necesidad de restauración en el concepto de la belleza, definida por Platón “esplendor de la verdad”. El arte moderno ha de volver a la contemplación de una belleza increada, que renueve y perpetúe en el mundo la inspiración de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, Calderón y Lope de Vega, el pincel de Murillo, de Rafael y Juan de Juanes, el buril de Montañés y Miguel Ángel, las melodías de Palestina y de Eslava.

            Ahora bien, Jesucristo es suma belleza porque es hijo del Padre, que es suma Verdad, Splendor Patris. El Verbo Eterno, Belleza infinita, aunque esté humanamente desfigurado por los clavos y las espinas en la cruz de su martirio. Es el manantial inagotable de toda belleza creada, natural o artística, y la poesía y el arte no son otra cosa que Dios entre nosotros, visto, sentido, viviente en el universo o en nuestra conciencia, para ser interpretado y reflejado en nuestras luminosas creaciones.
            “La belleza esencia –ha dicho un genio infortunado-, la belleza esencial en cuanto objeto del arte, es Cristo, el Verbo hecho carne, el hombre-Dios, el ser en quien el amor sustancial ha coronado la unión del infinito con lo finito. Bajo esta forma sensible, expresión de la naturaleza humana, resplandeció su forma increada, inaccesible a los sentidos, en la cual se contempla a sí mismo.
            El Creador y la criatura están aquí, en este hombre crucificad; unidos y distintos al mismo tiempo: el creador humanizado, encarnado en su obra; la creación espiritualizada y divinizada en su eterno ejemplar. Esta es la belleza completa, la belleza en sus relaciones con la verdad y con el bien”. (Lamennais).

            Vuelve, pues, oh Cristo, tus ojos a la ciencia metafísica, experimental y estética. Fórmalos a la literatura, la música, la pintura y las artes todas liberales. Que tu cruz bendita campee en lo alto de los gimnasios de los liceos y las universidades, que tu nombre santísimo se lea en la portada de todo libro; que tu doctrina sea el preámbulo y la introducción de todo sistema de filosofía y de toda obra de arte. Y ya que eres camino, vida fecunda, verdad absoluta, centro de luz, solución de todas las dificultades, inspiración de los artistas, principio y fin, alfa y omega de todas las cosas, realiza la restauración científica y artística, y la humanidad regenerada cantará suspirando aquella endecha arrobadora del genial Agustín: “¡Oh belleza, oh Verdad, siempre antigua y siempre nueva! ¡Qué tarde te hemos conocido, qué tarde te hemos amado!”

            III. La sociedad moderna, hermanos míos, no solamente ha apostatado de Cristo, sumo Bien, suma Verdad y suma Belleza, sino hasta de Cristo autoridad infinita. Y desde entonces falta la paz, la tranquilidad y el orden en las esferas políticas.
            La sociedad, observa un elocuente y docto apologista, es un gran edificio que consta de la cúspide, de los cimientos y del centro. Por tanto, para poder conservar el orden que necesita, tiene necesidad de una acción en lo alto que la gobierne, de una acción que la induzca a ser gobernada y de una acción, finalmente, que una y armonice los dos puntos extremos.
            En lo alto el poder, en lo bajo la sumisión y vasallaje, en el centro la cívica convivencia. Tres relaciones que hoy, por la apostasía de la sociedad, han recibido una terrible sacudida. Los poderes públicos, sustrayéndose a la saludable influencia de la doctrina de Jesucristo crucificado, se han convertido en despotismo, absolutismo o Cesarismo; y los reyes o príncipes, bajo la púrpura que les cubre, esconden corazones de crueles tiranos, no obstante la cacareada libertad que viene siendo un insulto continuo a la conciencia pública e individual de los pueblos.
            Y a pesar de las formas constitucionales que en todas las naciones donde han sido adoptadas, no han logrado engendrar sino la farsa grotesca del sufragio universal.
¿Cuándo, en qué país, entre qué gentes se ha visto la tiranía erigida en forma de gobierno? Y no puede calificarse de tiránica esa legislación que rige en muchas naciones de la culta Europa, extraña amalgama de inconcebibles absurdos y cínicas parcialidades a favor de los poderosos; no merecerá el sobrenombre de tiránica la conducta de esos gobiernos que, injustamente y como por antífrasis, llamados magnánimos y liberales cuando en puridad deberían llamarse libertarios, intentan arrancarnos la libertad del sentimiento religioso y la fe que hemos heredado de nuestros abuelos, y el libre no de nuestras haciendas y facultades, para ofrendarlo todo en aras del altar, erigido al Dios-Estado.

¿Quién le ha cultivado, hermanos míos? ¿Quién puede imponernos la obligación de ofrecerle incienso? ¿Su autoridad? Esa autoridad, no santificada y ennoblecida por Jesucristo es una ficción ridícula. La autoridad nace del solo concepto de creación y solo tiene autoridad el que crea y a quien él la comunica. Por eso, relegado Dios al ostracismo, cualquier autoridad viene a ser más que un derecho, una usurpación, pues no puede haber título legítimo que imponga respeto, sumisión y obediencia.
Ahí tenéis por qué hoy los hombres reflexivos se preguntan a sí mismos: ¿por qué debo yo obedecer a las órdenes y prescripciones del Estado? ¿Acaso porque así lo exige el orden público? Está bien, pero muéstrese de dónde viene esta autoridad, quién ha concedido a mi semejante esta patente de orden público y este derecho sobre mí; y entonces, y solo entonces, inclinaré mi frente y hasta doblaré mi rodilla como si oyera la voz de Dios.
Oh vosotros, que habéis proclamado la soberanía del pueblo, ¿me responderéis que esta autoridad reside en el mismo pueblo soberano? No olvidéis jamás que la soberanía popular es una fábula insensata, urdida por hombres astutos e intrigantes en provecho propio, para adular a la plebe que les encumbró y halagar las pasiones de los ignorantes.

Mirad alrededor vuestro y veréis cómo este pueblo, desengañado de esa ilusoria soberanía, despierta de su marasmo, ruge como el huracán y con los ojos chispeantes de cólera, con los labios amoratados de rabia, agita en alto sus puños como nuevo Prometeo; y al paso que entona la Marsellesa o el Himno de Riego, corre a apagar su sed de venganza en el robo, en el incendio, en la destrucción y  en el crimen, abatiendo y destrozando en su vertiginosa carrera, cetros y tiranos, tornos y altares, templos y palacios.
Dejadla pasar: es la Revolución. Es el Dios que merece un pueblo, apóstata del dulce Dios de Nazaret, del humilde Dios del Calvario.
Terribles, pero lógicas y necesarias consecuencias, en una sociedad que se ha apartado de Cristo, suma autoridad. La fraternidad sin Jesucristo desaparece también como por encanto; toda vez que rechazado Dios Padre común de los hombres, el individualismo más despiadado, el egoísmo más brutal, adquieren carta de naturaleza hasta legitimar en las relaciones domésticas, la antigua máxima romana: “Homo homini lupus”; y escribir en los pendones victoriales: “Vae victis”, “ay de los vencidos”.
Los hombres vivirán unidos de cuerpo, pero no de afecto, privados de aquella mágica armonía, que Pitágoras observara no solo en los montes y las hondonadas, en la amenidad de los prados y en las abrasadas arenas del desierto, sino hasta en los truenos espantables y en los rayos que rompen y esclarecen la nube, en las plantas y en las aves, y en todas la creación; pero de ninguna manera, en la sociedad que se ha separado del Dios de la paz.

He aquí la razón de esa lucha y antagonismo de clases, en que los poderosos son déspotas y los pobres dejan de ser humildes y resignados, ambicionan desfogar sus odios reconcentrados contra los ricos, y tomar  parte en el festín de la vida, a despecho de toda la fuerza armada y socavando, si es preciso, los sillares del edificio social.
Es la tempestad horrísona que se avecina; el cielo se presenta cerrado y envuelto en densos nubarrones, y llegará el momento terrible y los hermanos derramarán la sangre de sus hermanos, y entonces lloraremos lágrimas de sangre sobre las ruinas de la sociedad desmoronada.

Lo anteriormente dicho, habla para demostrar que el orden político-social ha de ser restaurado por Jesucristo. Él es el único que puede conjurara los peligros que amenazan a la sociedad actual. Él quien establece el origen divino del poder: “omnes potestas a Deo”, contra los cesaristas y los publicanos que no admiten sino la fuerza o potestad colectiva de las multitudes.
No, hermanos míos, Dios es la fuente y origen de toda autoridad, y Dios no es tirano o déspota, sino padre tierno y afectuoso que concede y conserva la vida a sus criaturas y les prepara en el cielo los éxtasis sublimes del amor.
Fortaleza y suavidad forman los dos caracteres distintivos del reinado social de Jesucristo, de la conducta de Dios en el gobierno del mundo. “…Disponeus omnia suaviter et fortiter”, fortaleza y suavidad son la norma propuesta a los gobernantes en el ejercicio del supremo poder. Esto quiere decir que Jesucristo restaura el poder público, convirtiéndole en paternidad afectuosa y humilde, diciendo: “Ya sabéis que los príncipes de las naciones son orgullosos y tratan a sus vasallos con imperio. Entre vosotros no debe ser así: el que quiera ser el mayor y el primero, sea el último y aprenda de mí, que no vine a ser servido sino a servir, y dar mi vida por el rescate del mundo”.

Y esta restauración del poder público irradia y se refleja también en el poder doméstico, pues desde que Jesucristo entregó su espíritu entre los brazos de esa cruz bendita, que hoy nosotros adoramos, el esposo considera en su mujer, no la esclava de sus pasiones o un alma vil como en Roma, Atenas o Esparta, sino la compañera afectuosa y confidente de su vida; el padre une a sus hijos en el dulce vínculo del amor y la madre, deponiendo la antigua fiereza de las espartanas en vez de gritar al hijo que parte para la guerra: “O vencedor o muerto”, repetirá con Dª Blanca, madre de San Luís, rey de Francia: “Quisiera verte muerto antes que manchado con un solo pecado mortal”.
Esto es heroísmo cristiano, esto es amor de madare. Ennoblecido y santificado de esta manera el poder público y doméstico, Jesucristo, rey de los siglos, restaura la obediencia de los súbditos: “Estad sujetos a toda humana autoridad”, “Subjecti estate omni humanae potestati”.”Honrad y respetad al rey”, “Regem honorificate”. “Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. “Ya no sois siervos sino hijos y, por tanto, no debéis obedecer por temor sino por conciencia”, “Subjecti estate non propter iram sed propter conscientia”.
Sublime lenguaje que cambia la sociedad en una familia de hermanos; lenguaje muy distinto de las doctrinas seductoras y subversivas de los apóstoles ácratas y libertarios que, ando al traste con los deberes del hombre, excitan los ánimos y halagan las pasiones desordenadas, recordándoles solamente sus derechos, compendiados en la nueva fórmula del evangelio progresista moderno, que promete una libertad e igualdad fantástica, radicalmente opuesta y antitética a la libertad de los hijos de Dios, brotada en las almas al calor del espíritu divino vivificante. “Non sumus ancillae filii, sed liberae, qua libertate Christus nos liberavit” (Gal. IV, 31).

Restaurada la sociedad en la cima, esto es, en el poder público y en los fundamentos, esto es, en los súbditos, ha de ser restaurada en el centro, o sea, en la cívica convivencia. Jesucristo realiza esta prodigiosa transformación, trocando la convivencia en fraternidad, anunciada a los hombres en aquella frase sublime y divina: “Omnes vos fratres estis”, “todos vosotros sois hermanos”. Vuestros hermanos mayores son los apóstoles y el hermano primogénito, Jesucristo mismo: “Primogenitus in multis fratribus” (Rom. VIII, 29).
De esta suerte, los hombres se aman como hermanos y en vez de pelear entre sí, se amonestan y se corrigen unos a otros formando aquella admirable unidad, por la cual Jesús elevaba fervorosas preces a su Eterno Padre: “Ut unum sunt et nos”. La fraternidad, hermanos míos, no es otra cosa que la caridad perfeccionada: “Charitate fraternitatis invicem diligentes” (Rom. XII, 10), y la caridad se exterioriza en obras heroicas, en pro de la humanidad doliente.
Por eso vemos a cada paso nacer y propagarase esas instituciones benéficas que, sin más armas que el crucifijo y el rosario, son ejércitos aguerridos del Rey, que arrostran todos los peligros y desafían a la misma muerte en los hospitales, en las plazas y en los campos de batalla, buscando siempre dolencias que curar, huérfanos que recoger y pordioseros que alimentar y guarecer. En una palabra, almas que salvar, llevando a la práctica la máxima sublime de los héroes de la santidad: “Dadme, Dios mío, almas y quitadme lo demás”.
En estos días aciagos, hermanos míos, en que absurdas y utópicas doctrinas han falseado la idea del poder, de la sumisión y de la cívica convivencia vuelva la cruz de Cristo a tremolar victoriosa y refulgente en las familias, en las asociaciones, en los parlamentos, en todas las esferas sociales, convirtiendo el poder en protección paternal, haciendo de los vasallos hijos y de todos los hombres, hermanos.

Recuerdo que al principio de mi oración sagrada, me detuve a contemplar el mundo y a meditar sobre la catástrofe que se avecina y amenaza reducir a pavesas la sociedad contemporánea,  herida de muerte, y sentí muy hondo, como Jeremías a la vista de Jerusalén, todo el peso de la tristeza y de la desolación. Mis ojos se arrasaron de lágrimas, mis entrañas se conmovieron y el corazón desfallecido parecía que iba a dar su postrimero palpitar. “Deffecerunt oculi mei prae lacrimis, conturbata sunt viscera mea et effusum est in terra jecur meum”.
Ahora, hermanos míos, después de contemplar la obra llevada a cabo por Jesucristo y las promesas que su palabra omnipotente nos hizo, y que no pueden faltar, entono el cántico de exultación y de gloria como Isaías: “Vistámonos con vestiduras de gloria, levantémonos del polvo, rompamos las cadenas de nuestro cuello”, porque la salvación está más cerca de lo que creemos: “Propior est nostra salus quam cum credidimus”.
Y es Jesucristo, suma verdad, suma belleza, sumo bien y suma autoridad, quien viene a regenerar de nuevo al mundo otra vez paganizado. Es Jesucristo viviente en su santa Iglesia, el que viene a infundirnos esperanza, salud, resurrección y vida, realizando aquella gran restauración que vino a traer al mundo, predicada por San Pablo y anunciada por Pío X en el programa de su pontificado, a fin de que en todos y en todas las cosas, vuelva a florecer pujante el reinado social de Jesucristo, y resuene el grito de bendición y de victoria: “Jesucristo es nuestro Rey”.

Sí, este grito que vibró por primera vez en los labios de millares de neófitos en las plazas de Jerusalén y más tarde en torno de la enseña de Constantino, junto a las gradas del Capitolio, que repercutió en los ejércitos cruzados de Pedro el Ermitaño y Godofredo de Bonillón, en las orillas del Salado , en las Navas de Tolosa y en las hirvientes ondas del Golfo de Lepanto, sobre los campos de Leñán y en las murallas de Viena, vuelva a resonar hoy, también entre nosotros, en este pueblo católico, y señale el principio de esa gloriosa restauración en Cristo y por Cristo, que tendrá su corona y complemento en la patria venturosa de los vencedores.

SANTÍSIMA VIRGEN DE LA ESPERANZA

“Spes nostra salve”.
“Dios te salve, esperanza nuestra” 

            Si todos los títulos e invocaciones conque la santa e inmaculada Iglesia católica, nuestra madre, honra y venera a la Reina de cielos y tierra, María Santísima, son música regalada al oído y sabroso néctar al paladar cristiano, como panal de miel en sentir de los Santos Padres, hay una advocación que al pronunciarla, siempre hace latir con ritmo inusitado las fibras de las almas enamoradas de la Virgen, porque este título es un raudal inagotable de consuelos y bendiciones, de elevaciones místicas para los entendimientos iluminados con los fulgores de la fe, y un bálsamo suave que cicatriza las heridas con que desgarran el corazón cristiano, los zarzales punzadores de este mundo.
            Este título celestial y maravilloso es el de Virgen Santísima de la Esperanza. Durante nuestra peregrinación por este valle de amarguras, estamos bajo el poder fatal de dos fuerzas misteriosas que dominan al mundo y le tienen aherrojado con cadenas de hierro. Su yugo, dice el Espíritu  Santo, pesa ominoso sobre todos los hombres, desde el instante mismo de nuestro despertar a la vida, empiezan a ejercer su imperio y no cesa su acción hasta que exhalamos el último suspiro.
            Para esos dos poderes, todos los rangos son iguales: visitan sin distinción de jerarquía a los grandes y a los pequeños. ¿Quién no conoce estas fuerzas misteriosa? ¿Quién no ha tenido a su lado estos huéspedes terribles? ¿Quién no les ha sentido llamar a su puerta, quién no les ha visto aparecer en medio de nuestro camino como un fantasma espantable y siniestro?
¿Qué cuál es ese poder arcano y progresivo? Todos los sabéis, es el dolor, son los males; es el infortunio. ¡Extraño e incomprensible es el destino del hombre en este mundo! Va en persecución de un bien efímero, que se desvanece a su vista y encuentra el mal que no quisiera.
Se fatiga y afana incesantemente para alcanzar un rayo de luz, una ráfaga de felicidad y se encuentra a cada instante, cara a cara, con el dolor.

Es necesaria, pues, una fuerza que venga a terminar con este antagonismo entre el corazón, que busca la felicidad, y el mundo sembrado de dolores. O por mejor decir, se requiere una fuerza misteriosa que sepa hallar en el dolor la felicidad. ¿Y dónde encontramos esta fuerza? ¿La pediremos a nuestros hermanos de desdicha y de infortunio? ¿Qué podrán hacer ellos por nosotros? Podrán, a lo sumo, llorar con nosotros, mas también ellos mismos tienen necesidad de ser consolados.
¿Tornaremos nuestros ojos suplicantes a la filosofía y a las ciencias? ¡Ah!, la filosofía y las ciencias son frías frente al dolor. Tendrán, si queréis, el progreso infinito, frases galanas, discursos primorosos y grandilocuentes, pero todo esto deja el corazón vacío y enfermo. ¿Dónde, pues, se encontrará esta fuerza divina que encierre el secreto de calmar y endulzar nuestros padecimientos y sinsabores?
En la religión que, después de descifrarnos el problema del dolor, no señala su fin y nos hace mirar al cielo, inoculando en nuestros pensamientos y en nuestros corazones, la esperanza cristiana. Ahí tenéis el verdadero bálsamo de nuestras llagas, la estrella del mar que guía a los mortales en su navegación peligrosa por este mar alborotado, por este océano tempestuoso del mundo.

¿Y quién defenderá nuestra esperanza contra todos los enemigos que nos asaltan e intentan arrancarla de nuestro corazón? ¿Dónde fijaremos esa áncora de salvación para que no se vea agitada a cualquier viento? ¿Quién es la estrella del mar, quién es la brújula orientadora de nuestros pensamientos y el timón de nuestros afectos e ideales, sino la emperatriz de cielos y tierra, la consoladora de afligidos y abogada de pecadores, María Santísima?
Esta bendita y singular Señora por doble título: por se Madre de Dios y Madre de los hombres, es digna de que en ella pongamos la base de nuestra esperanza. Os lo voy a demostrar contando de antemano con los auxilios del cielo, que nos será propicio si invocamos la intercesión de la Virgen Santísima, diciéndole: Ave María.

Esperanza humana

I. La historia de la esperanza es la historia de la humanidad.  Desde los albores del mundo hasta nuestros días, no registran los anales de los pueblos una sociedad, una nación, una familia, in individuo que se pueda considerar como uno caso exceptuado de la ley general. Y no queremos decir con esto que los hombres todos esperen alguna vez en su vida.
Es algo más: es que, desde la cuna hasta el sepulcro, la vida del hombre es una esperanza sin interrupción. No formulará en palabras continuamente actos externos de esperanza, pero siempre espera.
El labrador que arroja en los surcos la semilla, amasando la tierra con el sudor nobilísimo de su frente; el soldado que desampara su casa, su familia y hacienda, da un adiós patético a los seres más queridos de su alma y vuela en alas de su fe y patriotismo al campo de la guerra y lucha bizarramente, y siente silbar las balas a su lado o desgarrar su cuerpo, y se mantiene firme en su juramento de aceptar mil veces la muerte, antes que hacer traición a su bandera.
El hombre sabio que ha jurado fidelidad y amor a la dama de sus pensamientos, que es la ciencia, y no descansa un instante y abismado en los libros, pasa las vigilias de la noche, y ha visto encanecerse sus cabellos, y ha sentido desfallecer su cuerpo, y todo lo ha sacrificado con gusto a trueque de ser provechoso a la humanidad, y dejar huellas de su vida a las generaciones venideras.
El marinero que, empujado por las ondas y por el vendaval, surca en noche cerrada y tormentosa las aguas embravecidas del océano. El artista que, sintiendo llamear en su mente una concepción maravillosa, la traslada al papel, al lienzo o a la piedra, en sublimes estrofas, en sorprendentes cuadros, en composiciones geniales o esculturas deslumbradoras.
El potentado en sus palacios majestuosos, y el pordiosero en su buhardilla miserable; el comerciante y el industrial; el rico y el pobre; el hombre de letras y el ignorante; el niño, el joven y el viejo…
Todos, absolutamente todos, esperan; todos sienten a menudo el batir de alas de esa benéfica gaviota, que viene a arrancar, una a una, las espinas que circundan en esta vida nuestro lacerado corazón. Todos viven de la esperanza. Como que ella es la única luz que raya las densas tinieblas de nuestro horizonte.

Lo pasado fue para nosotros doloroso, lleno de angustias y sinsabores, y saturado de amarguras. Lo presente, como toda realidad, es triste y deja en nuestra alma soñadora un vacío inmenso y un ansia cada vez más grande e insaciable.
La esperanza del provenir es la que alegra nuestro corazón. En harta justicia han podido decir que el mundo es una ilusión, pues todos nosotros vivimos de ilusiones, es decir, de esperanzas. Por eso, la ilusión me ha parecido siempre privilegio de las almas llamadas a celestiales destinos. ¡Infelices de aquellos que no tienen esperanzas e ilusiones! Vivirán una vida pobre y desmedrada, sus cuerpos parecerán sepulcros blanqueados, porque si la esperanza es la vida, la desilusión, por el contrario, es el crepúsculo de la muerte.

Esperanza sobrenatural

II. Todo esto nos lo dicta la razón, con respecto a la esperanza humana y natural. Pero, ¿es esta la única esperanza de los mortales? Cuando un alma se ve presa del dolor, del infortunio, de las injusticias de los hombres, ¿será suficiente decirle que espere en el porvenir, que tenga confianza en los amigos y allegados? Y cuando el mismo porvenir que esperábamos se realiza y un nuevo desencanto viene a cubrir de tinieblas otra vez nuestro entendimiento y de agonías de muerte nuestro corazón; cuando nos vemos cada día más débiles para luchar contra los obstáculos y escollos de la vida; cuando nos vamos percatando de las ingratitudes de los hombres, observando que aquellos mismos que se declaraban nuestros amigos, nos hacen traición y nos vuelven la espalda; cuando vemos que los listísimos yo perversos ríen, gozan, prosperan y triunfan, y ante ellos doblan su rodilla los pobres, los infelices, los indigentes que suelen ser los más virtuosos; cuando vemos de esta suerte todo trastornado yo confundido, ¿es posible que no levantemos la vista más allá de ese firmamento azul que nos cobija, y no vislumbremos una vida futura, asiento de la paz, del orden y de la justicia, manantial perenne e inagotable de bienes, de consuelos, de grandeza y felicidad para los buenos, para los humildes, para los pobres de espíritu, para los limpios de corazón, para todo el que pasa por este mundo haciendo bien?

La esperanza cristiana viene a llenar pródigamente estas nuestras aspiraciones. Estaba reservado a nuestra religión divina, hacer de la esperanza una virtud sobrenatural. La virtud cristiana de la esperanza, nodriza de los desvalidos, colocada al lado del hombre, como una madre junto a su hijo enfermo, lo mece en sus brazos, lo aplica a sus pechos ubérrimos, inagotables, y le alimenta con su jugo dulce que mitiga sus dolores. Vela en su cabecera solitaria y le aduerme con sus cantos melodiosos.
La esperanza es la cadena de oro que une la tierra con el cielo, con la serenidad en la frente, con la dulzura en la mirada, con la sonrisa en los labios. Viene a sentarse como un ángel de paz junto al pobre atribulado o enfermo y, a semejanza de aquella madre heroica de los Macabeos que, animaba al más pequeño de sus hijos, la esperanza exhorta al hombre a que alce sus ojos bañados de lágrimas allá arriba; le infunde valor con la memoria de las promesas divinas y le dice: “Ánimo, hijo mío, tus hermanos ya han conquistado la gloria. Te están mirando, te llaman y aguardan que subas tú también. Pronto irás a unirte con ellos y a reinar en su compañía. Bien es verdad, aún te conviene caminar entre las espinas de este valle de lágrimas, mas pronto llegarás al término, a la patria y la patria es el cielo.
¡Es cierto! Es preciso que luches contra enemigos crueles, mas el fruto será dulce, será la gloria imperecedera del cielo. Bien es verdad que has de pasar la vida en medio de padecimientos y bajo el hierro helado de la muerte; mas el cielo será el premio de tus amarguras y la muerte te abrirá las puertas de la gloria”.
Y con estas palabras sublimes, conforta y anima nuestra flojedad y decaimiento, despierta en nosotros el sentimiento de nuestros destinos, excita los deseos, enciende el alma y llega a ser el carro de fuego que nos arrebata como a Elías, y nos tiene suspendidos entre el cielo y la tierra, entre el tiempo y la eternidad.

Ya sé, hermanos míos, que en estos tiempos se protesta airadamente contra estas grandiosas elevaciones, que la religión católica engendra con sus divinas esperanzas. Hoy se quisiera que el hombre no mirase más que a la tierra, y no pensase más que en las cosas de aquí abajo.
¡Es una estulticia, es una insensatez! Se va gritando a los cuatro vientos; es una locura querer levantar el pensamiento del hombre para llevarlo al cielo, querer arrancarle de la vida presente para hacerle pensar en la vida incierta del porvenir.
Su lenguaje sí que es insensato y cínico, hermanos míos; lenguaje digno de aquellos que no creen sino en lo que se ve, se toca, se pesa y se mide. Lenguaje digno de aquellos que se han prostituido, rebajándose al nivel de los brutos y ofrendando sacrificios al becerro de oro…
¿Qué es lo que pretenden con sus atrabiliarias y deletéreas doctrinas? ¿Es que ellos no saben lo que es sufrir, lo que es llorar, es que no han visto morir alguna persona querida? ¿Y acaso no han experimentado la insuficiencia de los motivos terrenos para calmar el dolor, para enjugar las lágrimas y restañar las heridas?
Nosotros, mientras vivimos en este destierro, estamos encarcelados y no le será permitido al prisionero levantarse un poco de la postración y abatimiento en que yace; sacudir el yugo que le oprime y asomarse a la reja de su prisión para ver el cielo, para respirar aires de sierra, aire oxigenado que refresque su espíritu y preste vida a sus pulmones.

¡Dios mío! ¡Virgen Santísima de la Esperanza! ¿Qué será de nosotros sin esta hermosa virtud? ¿Quién nos daría fuerzas para resistir los embates de la calumnia, del odio y de la soberbia humana, si la esperanza no nos mostrase al otro lado de la tumba una justicia vengadora de la virtud oprimida y pisoteada? ¿Qué cosa es capaz de sostener la debilidad humana cuando la miseria y los padecimientos se desencadenan para hacer jirones una pobre existencia, si la esperanza no hiciese columbrar días mejores?

Miren esos desventurados, si quieren, con desdén la esperanza del cielo. Duérmanse y se revuelquen en el fango de la tierra. Me dan compasión y lástima. Más, ¿con qué derecho pretenden ellos sembrar en los corazones sus doctrinas antihumanitarias y crueles? ¿Con qué derecho vienen a insultar al pueblo que trabaja, al pueblo que vive solo de privaciones, arrancándole su único consuelo, la esperanza en la vida futura?
Hermanos míos, quitar a los hombres lo que puede calmar un dolor, arrebatarles lo que puede enjugar una lágrima, aunque fuese una ilusión, entendedlo bien, aunque fuese una ilusión sería una bárbara crueldad. Arrebatar al pueblo que sufre la esperanza del cielo, es quitar al famélico el último pedazo de pan, es arrancar al náufrago la última tabla salvadora, es empujarle al abismo de sus desesperación, como se empujaría al que próximo a ser arrollado pro la sondas de un río impetuoso, se aferrase a un manojo de juncos que vio junto a la orilla.
Pero, hermanos míos, por fortuna no es este nuestro destino, no es el destino de los cristianos. Nuestra suerte es la de pobres desterrados de su patria. Posarán pronto, no lo dudéis, estos días de destierro, y se romperán estas cadenas que tienen aherrojad y prisionero nuestro espíritu. ¿Lanzáis, acaso, gemidos desgarradores bajo el peso cruel de esta vida ilusoria y mentirosa, o estáis cansados de esta farsa que se llama felicidad humana?
Alzad los ojos al cielo, allí está vuestra patria, allí está el descanso, allí el puerto venturoso después de la tempestad borrascosa.
¿Lloráis porque sois desgraciados? Muy en breve navegaréis en un océano de delicias. Los días de nuestra redención se acercan y vuestros miserables andrajos se mudarán en vestiduras de gloria; vuestras casuchas ruinosas, en radiantes y majestuosos alcázares y cada una de vuestras lágrimas conservada religiosamente por los ángeles, será una piedra preciosa para entretejer vuestra corona inmarcesible.

Allá arriba no hay miserias, no hay privaciones; allí los amigos no nos abandonan, no nos engañan ni nos venden. Dios nuestro Señor nos recibirá radiante de júbilo en sus brazos y nos veremos embriagados con los bienes de la casa de nuestro Padre. ¡Oh alegría incomprensible e inefable! ¡Oh verdad!, ¡qué dulcísimo éxtasis encenderá en su pobre alma, tan ávida de ciencia y sabiduría! ¡Oh belleza siempre antigua y siempre nueva!, ¡cómo saltará de gozo, cómo se enardecerá mi pobre corazón cuando se una a ti en un eterno e indisoluble abrazo! ¡Oh día luminoso!, ¿cuándo seremos bañados de tu claridad sin manchas ni celajes? ¿Quién nos librará de este cuerpo de muerte, quién apartará de nuestra vista esta densa nube que nos impide ver a Dios? Muéstranos, oh Dios mío, tu rostro y seremos felices.

III. Descendamos, hermanos míos, de las alturas. Aún nos encontramos, muy a pesar nuestro, en esta tierra de quebrantos y amarguras; aún no ha llegado la hora feliz de ver realizados nuestros deseos y esperanzas.
Pero no hemos de abrigar la menor duda de que tendrán perfecto cumplimiento, si somos fieles a nuestros destinos. Mirad que se apoya y estriba nuestra esperanza sobre un pedestal que no vacila, sobre una roca que no se conmueve, sobre la palabra infalible y eterna de Jesucristo; de la verdad encarnada que en el sermón de la montaña, inició la revolución moral más honda que registra la historia de la psicología humana, proclamando a la faz de las generaciones absortas, que son bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los limpios de corazón, los que padecen persecución por causa de la justicia.
¿Por qué? No porque serán agasajados y honrados de los hombres, desconocedores de la verdadera dignidad y grandeza, sino porque de ellos es el reino de los cielos.
¿Queréis todavía otro fundamento más inquebrantable de nuestra esperanza cristiana? Venid conmigo en espíritu a la riscosa cúspide del monte de la muerte. Nuestro divino Redentor, tras una vida de sacrificios continuos, de humillaciones sin cuento desde Belén a Egipto, desde Getsemaní al Calvario, se ha entregado libérrimamente en manos de sus enemigos, porque era preciso que el hijo del hombre padeciera muerte y muerte de cruz; que fuera vendido, ultrajado, escupido y escarnecido como loco agitador de los pueblos, antes de recibir la corona de rey inmortal de los siglos, con que su Padre celestial quiso premiar sus sacrificios.

Mirad al hijo de Dios agonizante: al pie de la cruz, fuera de sus verdugos, tropiezan nuestros ojos con algunas mujeres, con Juan el discípulo amado y con María, Madre de Jesús, la pasionaria heroica que ha sentido clavarse en su corazón desgarrado, tantas espadas cuantas fueron las bofetadas, los insultos, las caídas de Cristo con la cruz y los golpes penetrantes del martillo al enclavarle en ella.
Jesús moribundo nos está dejando su testamento, y cuando nos había dado todo, hasta su sangre, cuando ya no tenía más que darnos, dirige una mirada triste a su Santísima Madre, que estaba en pie, impávida como una roca en medio del Atlántico, resistiendo los embates del agitado mar de la amargura, y le dice señalando a Juan: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después, mira al discípulo, en quien estaba representada la humanidad entera, y le dice: “Ahí tienes a tu madre”. Ahí tienes tu apoyo, ahí tienes tu refugio, ahí tienes la guardiana de mis promesas, ahí tienes la que ha de ser tu consuelo en la larga peregrinación por estas calcinadas arenas del desierto, ahí tienes el sostén de tus esperanzas.

Cuando estés triste y abatido, cuando sufras, cuando te sientas desvanecido y desanimado, porque ves por todas partes escollos, cuando el furor de las olas y peligros sin cuento, acude a esta estrella polar. Llama a María, y ella te señalará el camino del cielo.
Cuando te veas aherrojado en la cárcel de la culpa, cuando sean tantas tus maldades que se amontonen en tropel sobre tu cabeza y te parezca que hasta el cielo se ha vuelto indiferente y no escucha tus ruegos, y te veas arrastrado hacia el abismo de la desesperación, no desconfíes, no pierdas nunca la esperanza, que es la única luz que puede iluminar las tinieblas de tu alma.
Llama a María, invoca su protección valiosa. La oración es el medio de que se ha de valer nuestra esperanza, para no desfallecer en sus arrestos. Invoquemos a María que es la omnipotencia suplicante y veremos abrirse a nuestro espíritu arrobado, las puertas del cielo.
¿Quién podrá ser vencido del desaliento y desconfianza, sabiendo que tiene en su apoyo de su esperanza la omnipotente protección de María Santísima? Si la esperanza de una falaz y efímera ganancia, de un lucro incierto, sostiene en medio del mar, al pobre pescador; si la esperanza de una recolección dudosa, hace suaves y llevaderas las fatigas del labrador que sufre con resignación, las lluvias y ventiscas y la intemperie rigurosa del invierno, a trueque del placer y consuelo que le causará ver en el verano, el fruto de sus sudores y trabajos; si el primer capitán del siglo XIX, aquel genio de la guerra que en todo el mundo dejó huellas de su paso, pudo reanimar a sus soldados medio muertos de cansancio, de hambre y de frío, fatigados y deshechos pro las interminables marchas e incesantes refriegas en el campo de batalla, con solo mostrarles cuatro siglos asomados a las pirámides de Egipto, para contemplar su valor, ¿qué no podrá hacer en nosotros una esperanza eterna, fundada no sobre la palabra de los hombres, sino sobre la palabra de Dios; no sobre un pedestal movedizo, sino sobre la casa inconmovible de la Reina de los mártires, sobre la omnipotencia suplicante de la Madre de los hombres?

Eficacia poderosa

IV. La esperanza cristiana apoyada en María Santísima, lo puede todo, lo vence todo, aunque para ello haya de ver desgarrado su corazón con los dardos de todos los sacrificios.
La historia de la esperanza es la historia del heroísmo humano, y se remonta al Calvario: el buen ladrón empieza blasfemando de Cristo y concluye esperando de su omnipotencia la entrada en el paraíso. Y en las diecinueve centurias que lleva de combates y victorias la inmaculada esposa del Nazareno, son innumerables los mártires, las vírgenes, los confesores y santos de toda clase, que se han abrazado con la cruz de todos los sacrificios, sostenidos en la lucha titánica pro la esperanza en el apoyo de María, por la esperanza de la corona de gloria.
Y, ¡ay de aquellos que no tengan esperanza! Su vida será un tejido de sinsabores, de infortunios, de infelicidad sin límite y su muerte la desesperación que les arrastrará a las gradas de un patíbulo o al cañón de un revólver, con que pondrán fin a una vida de cerrazón y de miseria.
No seamos del número de esos desgraciados. Cultivad, alimentad incesantemente en nuestra alma, esa planta de la santa esperanza; pedid a la divina jardinera que la cuide con esmero, porque es lo único que puede consolarnos y hacernos felices en este mundo.

Cuando todo lo hayamos perdido: la fortuna, la salud, la reputación, nuestros padres y hermanos, nuestros amigos; cuando todo lo que nos era querido haya desaparecido a nuestra vista; cuando no tengamos una mano protectora, una mirada dulce y benigna, un corazón que palpite cuando el nuestro; cuando todo parezca que se ha conjurado contra nosotros y nos veamos solos como un desterrado en tierra extranjera, no estamos solos. El cielo está siempre abierto sobre nuestras cabezas y está Dios nuestro Señor, está María Santísima de la esperanza, que escucha nuestra voz, nuestros suspiros, nuestras fervientes plegarias.
Ella rogará a Dios que nos mande, si es preciso, un ángel consolador, como le mandó al agonizante de Getsemaní, para confortarnos en nuestra agonía. Y este ángel nos pondrá al pie de la cruz y nos consolará con estas hermosas palabras: “Sabed que el discípulo no puede ser de mejor condición que el Maestro. Y si este ha sufrido indecibles tormentos, también sus discípulos han de sufrir. Recordad que Jesús ha dicho: “Bienaventurados los que sufre, bienaventurados los que lloran, bienaventurados los perseguidos, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.
Ánimo y valor, hermanos míos, esta vida no es más que una breve peregrinación, un breve destierro y después del destierro, tendremos la patria. ¡Oh, qué lisonjera es esta promesa!

“Laetatus sum in his quae dista sunt mihi in domum Domini ibimus”. Sí, nosotros arribaremos un día a la Casa de Dios, que es nuestro Padre Celestial. Ánimo y valor, hermanos míos. Vosotros lloráis, pero no estáis solos en nuestros duelos. Dios cuenta vuestras lágrimas y un día no muy lejano, las enjugará él mismo. “Absterget Deus omnes lacrymas ab sentis corum”. Ánimo y valor, hermanos míos, vosotros holláis un camino erizado de espinas, mas alegraos porque este fue el camino hollado por Jesucristo.
¡Ah! No maldigáis vuestra suerte. Ya sé que encontráis pesadas estas cadenas que hace tanto tiempo os aprisionan. Ya lo sé y os compadezco, mas pensad que todo esto es fugitivo, es pasajero, dura un instante. Pensad que la vida se desliza como la vida de una flor entre una mañana y una tarde; pensad que después del destierro está la patria.
Levantad al cielo los ojos, no digáis como Lutero, “hermoso es el cielo, pero no es para mí”. No, vosotros debéis exclamar: “El cielo es hermoso y será para mí, si yo quiero”. Sí, para nosotros es. Y si tenemos allá arriba un padre, una madre, un hermano, un amigo, ellos nos están mirando, nos esperan y ruegan pro nosotros.
Un momento más y estaremos en su compañía; un esfuerzo más y habremos vencido; un poco de ánimo y habremos triunfado; un instante más de lucha y entraremos en el Reino de los Cielos.

Así sea. Virgen Santísima de la esperanza, consoladora de los afligidos, compañía de los desterrados, amiga de los desgraciados, abogada de los pecadores, fuerza de los débiles, alivio de los agonizantes, guardiana de las promesas divinas; Madre, hija y esposa de Dios, no te alejes de nosotros. Sé siempre la luz de nuestros corazones, la guía de nuestros errantes pasos, la norma de nuestras acciones, para que después de haber sobrellevado con paz y resignación cristiana las penas y tribulaciones de esta vida, podamos merecer la corona de la inmortalidad en las mansiones de la gloria.
Amén.

DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

“Vitam satan per Virgine,
Gentes redemptas plandite”.
“Aceptad pueblos redimidos,
La vida que os ha dado la Virgen”.
(Himno del Oficio Divino de la Sagrada Virgen)

 

            Ánimos vibrantes y entusiastas de fe, de amor y gratitud fervorosa a la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios y de los hombres, debieran bastar espontáneos y sacudir las fibras de todos los corazones bien nacidos, en este año de gracia de 1931, en que se celebra el XV centenario del Concilio de Efeso y la fiesta conmemorativa de la definición dogmática de la Maternidad Divina de la Santísima Virgen María.
            Y a buen seguro que los católicos españoles, inmensa mayoría de este país tan privilegiado por la predilección de la Reina del cielo, hubieran celebrado transportados de júbilo, este acontecimiento trascendental en los fastos de la Iglesia de Jesucristo. Y Toledo, la ciudad de la Virgen del Sagrario, que continúa venerándola y amándola por Madre y Patrona, pese a los resquemores de ciertos hijos desnaturalizados, que quisieran ver extinguida en los demás la devoción que ellos no sienten para su confusión y desgracia.
Toledo no hubiera sido una nota discordante en este comienzo armónico de loores a la Madre de Dios. Ni nuestra arraigada fe, ni nuestra inquebrantable religiosidad, ni nuestra honda ternura y devoción entusiasta y filial a la Virgen de nuestros amores, ni mucho menos el celo apostólico de nuestro amadísimo Prelado, tan violentamente separado de nosotros, lo hubiera consentido.

Mas, ¡ay!, circunstancias adversas y sucesos lamentables harto conocidos de todos vosotros, ha venido a desbaratar en parte nuestros planes, que enturbian el esplendor de nuestras fiestas y a poner una nota de tristeza y amargura en la alegría espiritual de nuestras almas. No habéis querido, sin embargo, católicos toledanos, que los enemigos de nuestra fe se jactaran de su triunfo y reaccionando del abatimiento que os produjo la inesperada imputación, habéis dado un mérito solemne y enérgico a esa diatriba, cooperado con vuestra generosidad y protestado enérgicamente de semejante falsedad, proverbial hidalguía a la mayor solemnidad y esplendor de estos cultos, porque abrigáis la convicción profunda y estáis dispuestos a demostrar a esos detractores sistemáticos de nuestra fe, que la devoción a la Santísima Virgen, tan consustancial a nosotros que no puede estar y sufre por unos cínicos alardes de la impiedad sectaria, es la restauración moral del mundo.
Ahí tenéis brevemente delineado el pensamiento capital de mi humilde oración sagrada. En torno suyo, como centro y eje, van a girar las sencillas consideraciones que pienso haceros esta tarde, contando de antemano con los auxilios del cielo y la intercesión valiosísima de la Santísima Virgen del Sagrario. Ave María.

I. No es de maravillar que el presidente del Congreso de los Diputados y de las Cortes Constituyentes, convocadas y reunidas para dar a la nación española una nueva Constitución fundamental del Estado, normas legislativas y básicas de la vida pública en todos los órdenes y manifestaciones de la sociabilidad humana, se atreviera a decir en su primer discurso a la Cámara, que todos los problemas habían de discutirse y resolverse bajo el aspecto económico.
Para él y para algunos sectores de la opinión española, todos los problemas no tienen sino ese aspecto económico y material. Pero ¿acaso ignoran que toda cuestión económica lleva envuelta una cuestión moral, si se ha de sentenciar y resolver, no según los intentos bastardos de la pasión, del odio, del interés o del egoísmo, sino según los postulados de la razón, de la justicia y de la conciencia?

A quien no tenga muy arraigado el hábito sobrenatural de la fe, ha de parecerle una extravagancia, una ilusión mística o una aberración imperativa, que la influencia de una mujer, por muy privilegiada y enriquecida que haya sido de dones sobrenaturales, puede ser el instrumento principal de la restauración del mundo moral y de la sociedad cristiana.
Lo comprendo perfectamente. Y al hacer esta aseveración, no me apoyo en la fuerza de las deducciones de una lógica puramente humana, sino en el poder de la intervención divina; no en la eficacia de una ley natural, sino en la virtud poderosa de una ley de gracia, consignada en el divino código del Evangelio. ¿No habéis leído en este libro inmortal, no habéis oído de los labios inspirados de la Santísima Virgen que los ímpetus de la soberbia, de la concupiscencia, de la avaricia y el interés, del odio y ambición de los hombres, las emulaciones de la envidia, origen y raíz de todos los antagonismos y de todas las luchas sociales, han de ser vencidos y contrarrestados pro la humildad, pro el amor, origen y semilla de la verdadera grandeza y precisamente porque Dios se dispuso mirar complacido la humildad de su sierva, la celestial María, esta había de ejercer poderoso influjo en todas las humanas generaciones?

La historia de la civilización cristiana que es la historia de la civilización del mundo, pues si hay algo indiscutible es que los límites de la verdadera y sana cultura integral están marcados en el mundo por la difusión del Evangelio, viene a ser una demostración palmaria de la perfecta realización y exacto cumplimiento del vaticinio de María, la transformación del mundo pagano, la civilización de los bárbaros. Esa epopeya de ocho siglos con el formidable poder de la Media Luna, que se denomina la reconquista española, es una empresa guerrera y espiritual al mismo tiempo, que comienza, se desarrolla y llega a su apogeo bajo los auspicios y protección de María Santísima, la Virgen poderosa, temible para los enemigos del nombre cristiano, como un ejército en orden de batalla.
Y cuando, consumada y llevada a feliz término, la victoria de la fe contra el fatalismo musulmán, haciendo fulgurar la cruz en los minaretes de la Alambra granadina, el peligro de la superstición mahometana renace y amenaza de nuevo a Europa, la Virgen del Rosario y el Santo y Dulcísimo Nombre de María aseguran y consolidan la superioridad cristiana en el mundo civilizado y nuestras fiestas litúrgicas, que algunos sectarios inconscientes de nuestra época quisieran ver relegadas al olvido, recuerdan al mundo las grandiosas hazañas de la sociedad cristiana realizadas con el auxilio de María.

II. Así ha acontecido siempre y el pasado es la mejor garantía del presente y del porvenir. ¿Por qué no ha de salir la Santísima Virgen triunfadora en el conflicto social moderno? Si ella, la clementísima, la piadosa, la dulce siempre Virgen María, auxilio de los cristianos, hizo triunfar la paz, el orden, la civilización y la libertad en las luchas de otras edades, ¿cómo no ha de traernos la paz social, perturbada por falsas predicaciones, por ideas subversivas y demoledoras, por pasiones ciegas y violentas, pro la cruel ambición de unos y la ciega envidia de los otros?
Ni la política, ni la sociología, ni mucho menos el anarco-sindicalismo o el comunismo ateo y nihilista, tienen poder para reanimar abatido, para infundirle el aliento que le falta, para curar sus dolencias, restañar sus heridas y darle nuevas energías vitales. Aún cuando llegara a ser floreciente y exuberante la vida económica y financiera, que rápidamente se empobrece y desangra, aunque se manifestara más esplendorosa que en los pasados siglos, el mundo moral nada habría progresado con ello, porque la vida humana no puede ser una exhibición de la materia, sino que exige espíritu y donde no hay espíritu, no hay vida y la carne abandonada del espíritu se corrompe, y la corrupción es señal inequívoca de muerte.

Ahora bien: la primera vez que el espíritu de Dios vino al mundo para restaurar la sociedad extraviada y corrompida, para dar principio al nuevo orden de cosas, o sea, a la ley de gracia, a la civilización porque se rige la humanidad, vino, sí, en virtud de su libérrima misericordia y bondad, pero también por una admirable atracción que ejerció la Virgen María en el espíritu de Dios; que la tomó por esposa, según el piadoso lenguaje de nuestra Santa Madre la Iglesia.
Pues si la venida del Espíritu de Dios al mundo, se hizo por mediación de María; si ella fue la que restableció la comunicación entre Dios y los hombres en el misterio de la Encarnación, harto se advierte que elevada a la dignidad de Madre de Dios y acrecentadas sus gracias, ella será perpetuamente y mientras el mundo dure, el lazo de unión entre el Creador y la criatura en el orden de la espiritualidad; y la que conserve encendido el fuego sagrado del amor, de la fraternidad entre los hombres, hermanos entre sí porque son hijos del mismo Padre que está en los cielos. Y esta fraternidad está en decadencia.

III. El espíritu del mal ha encendido hoy el fuego de la discordia y del odio entre los hombres, que han recibido de su Redentor Jesucristo, del único Maestro de las conciencias, el precepto fundamental de amarse los unos a los otros como hermanos. Y es indudable que, sin excluir los medios de carácter económico para restablecer la armonía entre las diversas clases sociales, hace falta oponer al odio, al antagonismo, al lucha, el amor mutuo, amor eficaz y sincero, de obras y no de solas palabras, sirviéndose, ayudándose, consolándose y amparándose como hijos de un mismo Padre, y destinados igualmente, según los méritos y virtudes de cada uno, a la eterna posesión de la gloria.
Y la devoción a la Santísima Virgen en el orden espiritual, dentro del cristianismo representa una relación de afecto, de ternura, de cordialidad y esta corriente es, entre todas, la de mayor eficacia sobre los hombres. El afecto mueve e ilumina el entendimiento, estimula la voluntad, aviva la memoria, activa el trabajo y es consuelo, es fortaleza, es paz.
La lucha social de nuestros días, con ser lucha de ideas, es sobre todo lucha de afectos. Las naciones occidentales se diferencian de los pueblos de Oriente en que aquí la lucha ha tenido siempre un sentido práctico, acomodado a nuestro carácter, menos caviloso e imaginativo que el oriental; pero más activo, más preocupado de las necesidades de la vida.
Por eso, los conflictos sociales, aunque se funden en ideas falsas, viven y se sostienen principalmente de las concupiscencias, intereses y pasiones que, una vez roto el freno de la fe sobrenatural y divina, se desbocan.

La fe no solo es necesaria a todos para la vida eterna, sino también en gran manera par ala vida temporal, sobre todo de las clases populares que no conocen otra filosofía y cuyas pasiones son naturalmente más violentas, porque sienten con mayor fuerza las tumultuosas excitaciones de los instintos de nuestra naturaleza animal, estimulados por la indigencia y penuria de su condición humilde.
Siendo, pues, la devoción a la Santísima Virgen una concatenación de afectos dentro de la vida cristiana, ha de ser indudablemente un medio sedativo, un gran calmante de las pasiones humanas. La lucha de clases es odio y soberbia, la devoción a la Virgen es humildad y amor, y consiguientemente el medio más poderoso y el auxilio más eficaz para devolver la restauración del mundo social, devolviendo la paz a las conciencias, a las familias y a las naciones conturbadas pro la revolución social.

Mientras esta devoción salvadora y providencial no recobre su perdido imperio en las almas, mientras el laicismo o el ateismo oficial domine sin reboso en todas las esferas de acción de los poderes públicos, mientras sus actos no se vean autorizados con el santo nombre de Dios, mientras el materialismo, acariciado en las altas regiones y oficialmente sancionado, penetre en nuestras leyes, se refleje en nuestras costumbres, se enseñoree de nuestros hogares y llegue por fin a tener en sus manos todos los resortes de la vida social… la paz huirá de nuestros hogares, la alarma será el estado normal de los pueblos y reemplazada la civilización por la barbarie y el salvajismo, la sociedad se agitará entre ansias y convulsiones de muerte.
No permitirá la Santísima Virgen el que suceda así en nuestra patria. Refugiémonos en el sagrado del arca salvadora, de la devoción creciente y fervorosa a la Santísima Virgen, de la única que puede librarnos de los furores de la tempestad que nos amenaza, y del diluvio devastador que trata de anegar al mundo. Así sea.

Procuremos sacar bien del mal y trocar en beneficios las circunstancias adversas de la vida. Todo coopera al bien de los que aman a Dios y con harta frecuencia la salud espiritual procede de nuestros enemigos. Que esos vientos de hostilidad y persecución contra la Iglesia de Cristo y la devoción a la Santísima Virgen agiten nuestras conciencias dormidas y sacudan el marasmo de nuestros corazones apegados a la tierra, levantando nuestros pensamientos y afectos hacia la esfera luminosa de la paz, de la gloria, de la bienandanza sempiternas.
Haz que sea así, Santísima Virgen del Sagrario, excelsa patrona y madre celestial de Toledo, de este pedazo escogido de tierra española que en ti tiene depositada su confianza y de tu omnipotencia suplicante espera su salvación y la salvación de España.
Muestra que eres nuestra Madre. Si corazones ingratos te abandonan y reniegan de su sangre al apostatar de su fe, nosotros no queremos ser así; queremos ser siempre tus hijos fieles y amantísimos hijos tuyos, así como tú has querido ser siempre Madre nuestra.
Vuelve a Toledo y a España esos tus ojos misericordiosos. Mira con ojos de compasión a todos los españoles. Esperánzanos, da acierto a los gobernantes para que dirijan con caridad y elevación de miras, los destinos de España, docilidad y sumisión a los de abajo, para que todos unidos bajo tu amparo y protección cooperen a la grandeza de la patria y de la tierra.

OTRO EXORDIO PARA EL MISMO SERMÓN

“Pietas ad omnia utilis est, promissione (…) vitae quae unum est et futurae ». « La virtud sirve para todo, como que trae consigo la promesa de la vida presente y de la futura » (1 Tim. IV, 8).
Cuando los ministros de la religión católica deploramos los efectos destructores y estragos perniciosos que causan las perversas doctrinas en las almas, cuando levantamos nuestra voz para detener a los entendimientos en el camino de la individualidad y a los corazones extraviados en su carrera vertiginosa de los vicios, haciéndoles conocer el peligro que corren la paz, el bienestar y la felicidad de las familias y de los pueblos, suelen conceptuarse nuestros avisos y reproches como indirectos y se nos moteja de retrógrados que intentan hacer un retroceso o marcha atrás a la generación presente, cuando lo que importa y se impone es no invocar y conservar las tradiciones, sino caminar con nuestro siglo, mirando siempre hacia delante, máquina vaga y socorrida que a fuerza de aplicarse sin discernimiento, puede llegar a ser funesta y precipitarnos en el abismo.

Existe en nuestra época un gran número de seres humanos que menosprecian los dogmas, los misterios, los preceptos y los cultos de nuestra sacrosanta religión, y miran como cosa baladí la devoción a la Santísima Virgen porque solo guardan relación con el pasado que ha desaparecido para no volver, o con la vida incierta de ultratumba; pero ningún beneficio reporta a la vida presente.
Y es preciso decirlos que sin devoción a la Santísima  Virgen, que ellos menosprecian, no podrán conseguir lo que tan afanosamente buscan: la paz, la justicia social, el amor mutuo y la felicidad relativa de la tierra; que, mientras ellos no cesan de zaherirla e insultarla, ella más y más los defiende con su poderosa protección. En suma, que si este mundo social  al que tienen la desgracia de limitar todos sus pensamientos, afanes y desvelos, no estuviese amparado yo sostenido pro la Santísima Virgen, vendría a disolverse en la anarquía, o a embrutecerse en la esclavitud; que la devoción a la Santísima Virgen del Sagrario, como la piedad de que habla el apóstol San Pablo, no es útil, solamente para la vida del cielo, sino que trae consigo la promesa de la vida presente y de la vida futura.
A. M.

 

EL SANTO ESCAPULARIO

(Parte de una conferencia sobre la Virgen del Carmen y el Escapulario) 

            (…) La Virgen del Carmen y en especial al Santo escapulario por empeño especial de la Santísima Virgen, se extendió rápidamente a todo el orbe católico y atrae sobre nosotros una lluvia de gracias celestiales, ya que toda vez que este santo escapulario del Carmen es no solo un escudo invulnerable contra los asaltos e intrigas del demonio, sino áncora fija de salvación, con la cual nos veremos libres del fuego del infierno.

            Yo quisiera que en este pueblo de Camuñas todos fuerais devotos de la Santísima Virgen del Carmen y vistierais con devoción el santo hábito, y entonces os garantizo que viviríais como en un paraíso de delicias, porque la Virgen del Carmen no se encuentra sin su hijo divino y donde está Dios está el cielo, cuyas leyes todas son justicia, caridad y paz inalterable y sempiterna.

            Haceos imponer este santo escapulario. Las obligaciones que se exigen no pueden ser más llevaderas: casi se resumen a las obligaciones comunes del cristiano: llevar puesto el santo escapulario, guardar los ayunos y abstinencias de la Santa Iglesia y la castidad propia del estado que cada uno tiene, ayunar los miércoles en honor de la Santísima Virgen; rezar el oficio de María o siete padrenuestros y avemarías.

            Nada más. El que exacta y devotamente cumpla con estas pequeñas cargas, puede tener por seguro que la Santísima Virgen hará, si es preciso, un milagro para que su devoto no muera en pecado mortal. Al contrario, si a pesar de llevar puesto el santo escapulario no cumple bien con estas obligaciones y va cayendo de abismo en abismo, hará si es precioso otro milagro, y le arrancará el escapulario, dejándole caer en los infiernos.
            La historia nos refiere muchos casos de una y otra clase. María tiene empeñada su palabra. Y el que da su palabra se expondrá a los mayores afanes, sorteará todos los peligros, todo le parecerá fácil hasta salir con lo que intenta.

            Así vemos en el Génesis que Eliécer, en virtud de la palabra que dio a su señor Abraham de no omitir diligencia hasta encontrar mujer digna de Isaac, sufrió los calores del estío a la orilla de una fuente, donde habían de concurrir las hijas de Caná, hasta que puso sus ojos en Rebeca, niña que hasta entonces no había conocido varón.
            El que da su palabra a favor de alguna persona, agota sus fuerzas y recursos para que se cumpla su voluntad, etc.

LA MATERNIDAD DE MARÍA

“Deinde dicit discipulo: Ecce Mater tua”.
“Después dijo al discípulo: Ahí tienes a tu Madre”
(Jn. XIX, 27) 

Quien haya observado atentamente la historia de los acontecimientos humanos en la larga serie de los siglos, por muy extraviado que tenga su juicio y por enroquecido que esté su corazón, no podrá menos de confesar que existe un poder altísimo y una sabiduría suprema, que rige y preside la marcha de los individuos, de las familias y de las sociedades humanas, haciendo que todos los seres creados cooperen de grado o por fuerza a la gloria extrínseca de su Hacedor increado, y al provecho espiritual de sus escogidos. “Diligentibus Deu omnia cooperantur in onum”.

Esta dirección sapientísima de las cosas humanas se llama Providencia, cuya acción continua no deja de sentirse en todos los acontecimientos, ya prósperos, ya adversos.
No tengo necesidad de aducir ejemplos que os patenticen lo que acabo de deciros. Me basta con pasear mi vista a mi ardedor y contemplar despacio el cuadro que tenemos delante de los ojos. Al frente, paredes y maderas calcinadas, vestigios de un incendio causado por la acción destructora de un rayo. Todas las señales me dicen que en un mismo sitio había un altar y vosotros mismos me habéis dicho que en el altar se erigía una imagen a vuestra devoción a la Virgen de vuestros ensueños, en donde teníais puesto vuestro más acendrado cariño, toda vez que esa Virgen era vuestra madre amantísima, vuestro amparo y consuelo en vuestros infortunios y vuestras aflicciones; el ángel tutelar de este pueblo de Camuñas, que hubiera preferido mil veces ver devastados sus campos y haciendas, antes que ver abrasada por el fuego la imagen de su Virgen.
Y por eso, aquel incendio fue para vosotros más sensible pérdida que el doble incendio de la Biblioteca alejandrina, o hubiera sido el incendio del Real Monasterio del Escorial, porque al quemarse la Virgen del Carmen era como si os hubieran quemado las niñas de los ojos.

¿Y sabéis por qué permitió la Providencia divina semejante desgracia? Por la misma razón que permite todos los males e infortunios físicos o morales en el mundo: para probar a sus elegidos. Para probar si era sólida, intensa y honda vuestra devoción a la Virgen.
Que no en tiempo de paz, ni en las prosperidades, sino en la guerra y adversidad suele probarse el temple a las almas heroicas.
Pues si esto es así, hijos ilustres de Camuñas, vosotros habéis dado una prueba palmaria de que amabais de veras a la Virgen del Carmen. La suscripción profunda a la que la inmensa mayoría han contribuido, como lo atestigua esta lista que, para vuestra satisfacción, ha colocado el Sr. Cura en la entrada de la iglesia, está diciendo que no habéis perdonado sacrificios hasta ver en los altares otra imagen, que supliera con creces la que se destruyó cuando el fatal suceso.
Y Dios ha querido premiar vuestra abnegación y magnanimidad, trayéndos una Virgen del Carmen más hermosa, más divina, si cabe, que la que perdisteis. “Digitus Dei est hic”. Aquí se siente la mano de Dios, el dedo de su providencia infinita.

La Virgen del Carmen siempre ha tenido para mi dulces y emocionantes atractivos. No es una Virgen sola, extática y arrobada, como las inmaculadas de Murillo, ni una Virgen sola también, triste y doliente como la Virgen de las Angustias o de la Soledad o de los Dolores, sino una Virgen-Madre con su niño en brazos, ofreciéndole a la humanidad como el niño Rehabilitador de nuestra naturaleza.
Esto es magnífico, esto es sublime, esto es divino. Esta es una Virgen verdad, como la sorprendiera en sueños el pincel inspirado de Rafael de Urbina.
Cuéntase que un día le encomendaron un cuadro, donde se reflejasen a un tiempo el amor y la pureza. Y el artista trasladó al lienzo la imagen de una mujer que llevaba en los brazos al hijo de sus entrañas. Aquel pintor era uno sabio.
Ya lo sabéis, la Virgen del Carmen es el verdadero trasunto de la Madre de los hombres, de nuestra propia madre y como a tal debemos profesarla amor intenso y devoción sólida.

Esto es lo que me propongo por breves instantes. Pidamos los auxilios de la gracia divina por intercesión de esta estatua privilegiada, a la que el nuncio de los cielos saludó un día con el saludo más hermoso que han escuchado los hombres, diciéndole: Ave María.

El hombre todo lo averigua, todo lo penetra, todo lo descifra. Sabe que dos líneas oblicuas que se juntan en un punto, forman un triángulo; sabe que el carbón cristalizado se transforma en un diamante; sabe que el sol tiene manchas y que hay un planeta que está circundado en un anillo.
Ha sorprendido las revoluciones de los globos en el firmamento y la formación de la vida en las entrañas de la tierra; ha medido y clasificado las capas terrestres; sabe lo que pesa nuestro planeta; ha vencido el incontrastable poder del tiempo y del espacio; conoce todos los idiomas y explica todos los misterios; forma en un instante las revueltas y alzamientos de los pueblos y levanta tronos e instituciones sobre los escombros y astillas de tronos derrocados.
En una palabra, ha logrado empuñar en sus manos el cetro real sobre la naturaleza. No podemos negar nuestro asombro y dejar de aplaudir este cúmulo de maravillas.

Pero hay un abismo inexplorado que el hombre no medirá jamás, y es el amor de una madre. El amor de la madre es una inmensidad. ¿Sabéis vosotros lo que es una madre? ¿Sabéis lo que es ser niño pobre, niño débil, desnudo, miserable, muerto de hambre, solo en el mundo, y saber que tenéis siempre a vuestro lado, a vuestro alrededor, rondando cuando andáis, parándose cuando os paráis, sonriendo cuando os ve reír y apenada cuando os ve llorar, una madre, una mujer de Dios?
No. Es imposible que sepáis del todo lo que es una madre. Un ángel que está aquí, allí, en todas partes; que os mira, que os enseña a hablar, que os enseña a rezar, que os enseña a reír, que os enseña a amar; que calienta vuestros dedos entre sus manos, vuestro cuerpo en su regazo, vuestra alma en su corazón. Que os da su leche cuando sois pequeñitos y pan cuando sois ya mayores. Su vida, siempre.

Una cosa que el niño ama y que el hombre olvida. Un amor hecho a prueba de toda clase de dolores y de todo género de ingratitudes. Un corazón que no se cansa nunca de sufrir. Un alma que no deja ni un momento de querer.
Así como Dios ha puesto en el alma del hombre una chispa de su inteligencia, de la misma manera ha puesto en el corazón de la madre un relámpago de su amor. Y el amor dicen que es heroico. Pero no le pidáis a ninguna madre el bárbaro sacrificio de Guzmán el Bueno.
Para ellas no hay más patria que sus hijos. Las mujeres de Esparta serán eternamente el horror del universo. Que un hijo sacrifique a su madre, dejándose matar por su patria, es un heroísmo que está dentro de la naturaleza; pero que una madre arrastre a su hijo a la muerte, es la barbaridad del heroísmo.

En los primeros años de la vida, la madre viene a ser para nosotros, una segunda Providencia. Cuando dice un niño: “yo no tengo abrigo, yo no tengo casa, yo no tengo pan, yo no tengo caricias”, ¿sabéis lo que quiere decir? Que no tiene madre. ¿Queréis comprender la profunda soledad de un huérfano? Eso no se puede conseguir más que siendo huérfano.
Mirad do niños jugar alegres a la puerta de una casa: los dos tropiezan a un tiempo y ambos ruedan por el suelo. Uno de ellos siente al instante, alrededor de su cuerpo, unos brazos cariñosos que lo levantan, una mano suave que le limpia el vestido, una boca impaciente que besa sus mejillas. Ese tiene madre.
El otro, espera en vano: se levanta poco a poco, él mismo sacude con tristeza el polvo de su vestido y va a confiar a la pared más cercana sus ahogados sollozos. Ese no tiene madre.
El que no sienta humedecerse sus ojos ante ese cuadro, es aún más infeliz que el niño desamparado, porque es señal de que no tiene lágrimas.

En los años de la niñez, la madre es nuestra primera maestra: ella nos enseña diariamente a alzar las manos al cielo y a bendecir al Dios de las mercedes. Pro ella aprendemos a coordinar las palabras mismas de nuestras primeras oraciones, de esos primeros himnos que el alma eleva a la Reina de los ángeles.
En los años de la adolescencia, ella nos señala los senderos de la virtud, nos avisa de los precipicios y quizás enjuga una lágrima de fuego, que hace asomar a nuestros párpados un amor que no es el suyo. ¡Oh, el amor materno no arranca lágrimas de fuego!, produce llanto apacible, que refresca el alma, como el rocío a la tierra, como el céfiro a las flores.
En los años de la juventud, consuela nuestras amarguras, perdona nuestros extravíos y es la amiga que nunca nos engaña, la amante inalterable y fiel que nos ama sin cálculo y sin interés, sin falsedad y sin celos.
Ella es la sola mujer que, sin avergonzarse y sin avergonzarnos, puede besar nuestra frente y estrecharnos en su seno. Ella es la que comparte con nosotros los infortunios y los males; la que vela nuestro sueño; la que cuenta por segundos las horas de nuestro padecer; la que cierra nuestros párpados en el instante supremo. El único ser, en fin, después de nuestro padre, que no admite consuelos por nuestra pérdida, porque se anega su alma en el mar sin bordes del egoísmo intenso del dolor.

Si es indudable que los padres ocupan en la tierra el lugar de la Divinidad, concluyamos por declarar absurdo e inconcebible el ateismo. No puede existir un ser racional que niegue a su madre. Si existiere, debe considerarse como una excepción, y las excepciones, tratándose del linaje humano, se llaman por otro nombre: monstruos.
Su número es corto por fortuna. (Si consultamos la historia de la humanidad, hallaremos millares de páginas entre cada dos Nerones). Por cada monstruo, esto es, por cada hombre en cuyo pecho no se abrigue el amor maternal, hay generaciones sin cuenta que rinden homenaje a la santa ley esculpida por la mano de Dios, en el corazón de los mortales y por la misma mano d e Dios en el código inmortal del Sinaí. En esa doble ley natural y positiva está inscrito el amor materno.

Pueblos, que rebajasteis la dignidad de la mujer, que la considerasteis como un alma inferior, como un ser casi despreciable, venid, la razón os llama a juicio. El ser que vilipendiasteis, ha dado vida a vuestros héroes y a vuestros sabios. Cuando vuestros sabios y vuestros héroes, cuando los Homeros y Alejandros, los Césares y los Virgilios cruzaban los azarosos días de la infancia, una mujer los alimentaba con el jugo de su pecho; una mujer los adormecía con el arrullo de su amor.
Cuando sus labios empezaron a articular sonidos, una mujer les enseñó a pronunciar los nombres para vosotros venerados, y les imbuyó vuestras creencias, y les dijo que había una patria que debían idolatrar, una patria que ellos ilustraron luego con el brillo de sus conquistas, o con el magno resplandor de su talento.
¡Detractores sistemáticos del que llamáis sexo débil, recordad que habéis tenido madre, o que la tenéis todavía! ¡Los que negáis absolutamente la virtud de la mujer, acordaos de vuestra madre! ¡Los que al nombre y a la memoria de madre no sintáis latir de entusiasmo el corazón, apartad, alejaos!

Pero no vayáis a los campos, que allí las tiernas avecillas besan a sus madres en el nido; allí el manso recental brinca de gozo junto a la oveja. No vayáis a los bosques, que allí podéis ver a la pantera lamer a sus cachorros y a la leona acariciar a sus hijuelos. Y no es bien que la leona y la pantera de los bosques, y la oveja y el ave de los prados enseñen al hombre las leyes inmutables de la naturaleza; al hombre que es rey de la naturaleza y primera figura en el gran panorama de la creación.
Huid a donde el sol no alumbre, a donde halléis un espacio virgen, jamás hendido por respiración viviente; porque donde quiera que lleguen los rayos del sol, donde exista un ser organizado y sensible, allí reinará majestuosamente la idea de la maternidad.

Pero si el sentimiento de la maternidad es de todos los tiempos y de todos los países, y de todas las razas, sin embargo, el cristianismo lo ha embellecido y sublimado. Entre la Andrómana de Homero, o la de Eurípides, o la de Virgilio, y la Andrómana de Racine, existe diferencia muy notable.
En la Andrómana de los primeros se descubre una madre, pero una madre, como dice Chateaubriand, al gusto griego y romano. La Andrómana de Racine es también una madre, pero madre más sensible, más interesante, más tierna; en ella se ve, añade el sabio poeta, la naturaleza corregida, la naturaleza más hermosa, la naturaleza evangélica.
Y si de las copias pasamos al original, si de las madres cristianas nos remontamos a la Virgen-Madre, a la Madre Inmaculada del Verbo de Dios hecho carne, nuestro asombro subirá de punto y caeremos de rodillas, adorando las maravillas de Dios, que quiso comunicar a una virgen un rayo de su fecundidad divina, haciendo que el resplandor eterno de la gloria del Padre, su hijo predilecto, sin dejar el cielo tomase cuerpo en las entrañas virginales de María.
Y que esta criatura singular, así como tuvo de dar su fiat más prodigioso que el fiat creador del mundo, para que se verificara la Encarnación, así también cooperó a la Redención del género humano, y fue corredentora con su hijo divino, a quien (…) (termina aquí el texto)

PANEGÍRICO SANTO TOMÁS

“Illuminans tu, Mirabilis, a montibus sanctus
turbati sunt omnes insipientes corde”.
“Cuando tú iluminas desde los montes de la santidad,
se ven confundidos todos los necios del corazón”.
Salmo 75, 5-6 

            Ilustrísimo Señor, Ilustres Profesores, amados seminaristas:
            ¡Cuán grande es Dios, nuestro Señor, en todas sus obras! No es preciso descorrer los velos misteriosos que encubren el alcázar de su realeza; no hace falta remontarse, como San Pablo, al tercer cielo y contemplar facialmente sus maravillas inenarrables, para percatarse de lo grandes, de lo sublimes que son las manifestaciones de su poderío.
            Basta observar con vista clara y mente serena, el magnífico y regio alcázar de la creación, y ver este hermoso planeta que nos sostiene y alimenta con ternuras y solicitudes de madre, y ese disco de fuego que nos alumbra y preside las invariables revoluciones del firmamento, para sentirse sobrecogido de admiración y de respeto, con el cuerpo y el alma, y caer de rodillas bendiciendo y alabando la mano omnipotente que supo arrancar del caos, esta grandiosa máquina del universo.

            Asimismo, al contemplar con ánimo tranquilo y desligado de prejuicios, el firmamento rutilante de la Iglesia católica, que su divino fundador hizo brotar del seno de la humanidad prevaricadora, digo mal, que su divino fundador hizo bajar del cielo para que iluminara al mundo sumido en las tinieblas del pecado y en las sombras de la muerte, es forzoso, o haber perdido el último átomo de entendimiento y buen sentido, o rendir al Maestro y Redentor de los hombres el homenaje sincero de nuestro amor y gratitud.
            Y si en el firmamento de la naturaleza no todos los astros son igualmente acreedores a nuestra admiración, ni pueden los satélites, planetas o asteroides ser comparados con el astro diamantino, centro y eje del sistema sideral, mucho menos cabe punto de comparación entre las estrellas errantes de la ciencia humana y el astro rey de la sabiduría divina.

            ¡Cuántas veces, embebidos en al calma plácida de una noche de estío, habremos dejado vagar nuestra mente errabunda tras la estela de los cometas, o nos habremos extasiado ante la faz melancólica de la argentada luna! ¡Cuántas veces también nos habrán alucinado con sus encantadores sofismas y sus primorosos discreteos esas cañas agitadas por el viento, esos fuegos fatuos del saber, esas indecisas estrellas de la humana ciencia, y habremos corrido en su seguimiento, si es que no las hemos adorado como bajadas del cielo!
            No hay que forjarse ilusiones; no hay que dejarse alucinar de esos mentidos soles. El sol de la naturaleza no es más que uno y uno solo es también el sol de la sabiduría y de la santidad, hermanadas en inefable consorcio. ¿Sabéis quién es? Después de Jesucristo, Dios y hombre, sol indeficiente de verdad y de justicia, el sol del firmamento católico es Tomás de Aquino. Este es el prisma bajo el que vengo hoy a considerar (…) (falta texto)

            (…) Los sollozos desgarradores del Santo Obispo, Alberto Magno, que al presenciar en espíritu desde Maguncia, la muerte de Tomás de Aquino, se desató en lágrimas torrenciales como una madre que perdiera a su hijo único, e interrogado sobre el móvil de su dolor, exclamaba: “¡Ah!, dejadme, dejadme, Tomás mi hijo predilecto acaba de morir; se ha extinguido el astro-rey, el lucero matutino de la Iglesia”.
            Aún seguía tributando La Sorbona su homenaje de admiración al genio del humilde dominico, llamándole “sol esplendoroso de la Universidad parisiense, antorcha resplandeciente de la Iglesia, espejo sin macha de la sabiduría, candelabro misterioso y faro esplendente del mundo sabio”.
            No se habían extinguido los ayes de dolor con que las águilas de la inteligencia recibieran la noticia del fallecimiento de Tomás de Aquino, y el papa Juan XXII, respondiendo a las reiteradas peticiones de todos los católicos, iba a proporcionar momentos de consuelo y alegría al cielo y a la tierra, con la canonización solemne del Doctor angélico.
            No faltaron, sin embargo, espíritus frívolos y recalcitrantes que opusieron mil obstáculos a la celebración de este acto, queriendo demostrar que Tomás de Aquino no merecía ser inscrito en el catálogo de los santos, por no haber en su vida ni virtudes heroicas, ni milagros estupendos.
            Si no hubiera hablado en ellos la pasión y la ruin perfidia, no llegaríamos a comprender con qué ojos habrían observado la vida extraordinaria del insigne dominico, para desvirtuar de modo tan cínico e ignominioso, su grandeza. ¿Qué no hay virtudes heroicas ni milagros en la vida de quien sí vivió 49 años, a los 21 era uno fenómeno de ciencia y un dechado de santidad y el ídolo de todos los que le trataban de cerca?

            De aquel que, según refieren sus biógrafos, sabía de memoria no solamente toda la Sagrada Escritura y sus más autorizados intérpretes, sino todos los Santos Padres griegos y latinos, los escritores eclesiásticos y todos los filósofos de la antigüedad, que dictaba al mismo tiempo y sobre los asuntos más variados y difíciles, a cuatro amanuenses que le seguían por doquier para no dejar perder ninguna expresión del águila majestuosa de la ciencia.
            De quien arrebata el cetro en las más célebres universidades, al maestro de las sentencias y al filósofo de Estagira, y que no alcanzado su ciencia en las escuelas ni en los libros de los hombres, sino en la escuela de Cristo, al pie del altar; pasando las noches estático y contemplativo, abrazado a su santo crucifijo, que más de una vez se anima y con palabras saturadas de consuelo y satisfacción, aplaude y corrobora la doctrina de Tomás, en aquella frase que ha pasado a ser lapidaria: “Bene scripsti de me, Thoma”, “Satisfecho estoy de tu proceder, oh Tomás, porque has escrito muy bien de mí”.
            ¿Qué es el milagro sino un fenómeno extraordinario e insólito, fuera o sobre las leyes de l naturaleza? ¿Y de dónde arranca la fuerza privativa del milagro en pro de una persona o de una doctrina, sino de que la inmutación de la naturaleza siente a Dios, obedece solo a la voz omnipotente de su criador y Señor?
            Pues si no ya la naturaleza, sino el mismo autor de la naturaleza en la persona sagrada del Hijo, ve con satisfacción y alaba complacido los escritos de Fr. Tomás de Aquino, porque la curiosidad indiscreta ha de solicitar nuevos milagros, que tampoco llegarían a convencerla.
            “No busquéis milagros en la vida de Fr. Tomás, decía Juan XXII a los impugnadores del santo; leed atentamente su obra maestra, la colosal Suma Teológica, y en ella encontraréis tantos prodigios cuantos artículos contiene.
Aunque otras razones no abarcaran su santidad, esta obra de gigantes bastaría para canonizarle”.

            La Suma Teológica, hermanos míos, es en efecto un torrente de inspiración divina, un libro milagroso, el más perfecto, el más sorprendente, el más divino que ha brotado de la mente del hombre. Ningún genio se ha elevado más alto que el autor de esta enciclopedia del saber. Misterios, dogmas, leyes, arcanos indescifrables del universo… todo está magistralmente desarrollado. El teólogo muestra al filósofo las verdades de la revelación, y el filósofo pone a contribución las luces irisadas del entendimiento humano.  
            Vosotros los cultivadores de esa ciencia admirable, una y toda, práctica y especulativa a la vez, ciencia de las ciencias y de las cosas, de lo abstracto y lo universal, verdadera ciencia ordenadora de todo, y que mereció por lo mismo el nombre sobre todo nombre, de sabiduría y que se levanta como una reina en su solio, circundada de todas las demás ciencias como de sus damas de honor; conocéis los prodigiosos sillares, gloriosamente labrados pro los inmortales esfuerzos de los sabios y de los santos en cada época de la historia, y que no ignoráis que todos ellos, ordenados y sobrepuestos con acierto verdaderamente genial, forman como las piedras cíclopes de una construcción granítica, inexpugnable “alcázar de la verdad” y “monumental palacio de la ciencia”, que se llama la Suma de Santo Tomás de Aquino, y que debería más bien llamarse el “templo sereno de la sabiduría de Dios”, “Sapientia aedificavit sibi domum”.

            No es mi propósito aquilatar la grandeza de la Suma Teológica, ni poneros de relieve la obra gigantesca llevada a cabo por el genio de Tomás de Aquino. Antes acabaría de medir la inmensidad del espacio yo sondear los abismos de las grandes aguas. La noche cerrada y tormentosa de los siglos medios iba desvaneciéndose y replegando los negros crespones de ignorancia que habían extendido sobre las hermosas regiones de Europa, el elemento bárbaro por medio de las hordas del Septentrión, el elemento pagano por medio de las supersticiones orientales; y el elemento corruptor por la política funesta y corrosiva del Imperio Bizantino.
            El día venturoso de la ciencia alboreaba la Iglesia del crucificado, que ha visto rota en mil pedazos su túnica inconsútil por luchas fratricidas, por escisiones teológicas, por cismas y persecuciones sin cuento y no ha podido, por tanto, desarrollar sus energías y virtualidad divina. Pasaba de la infancia a la virilidad, iba a ostentarse como el edificio ciclópeo y secular que no podrán desmoronar todas las potestades del mundo y los vientos huracanados del infierno.
            El siglo XIII es la aurora feliz de las nuevas generaciones: Sumos Pontífices, como Inocencio III; aventajados descubridores, como Roger Bacón; reyes como S. Luis y Alfonso el Sabio; compiladores como Raimundo de Peñafort; escolásticos, como Alejandro de Halés y Alberto Magno, de quien se ha dicho por elocuente manera que era el “Atlas que llevó sobre su frente el mundo entero de la ciencia y no se doblegó bajo su peso”. Tal siglo necesitaba un puente de plata que uniera la civilización antigua, griega y romana, con la Europa de las cruzadas, con la Europa redentora de Pedro el Ermitaño y Godofredo de Buillón; un genio cristiano que bautizara la filosofía de Platón y Aristóteles en el Jordán de la revelación y de la gracia.

            Y Dios, que sus cita los grandes reyes para empuñar las riendas de un estado vacilante y los grandes caudillos para conducir los pueblos a la victoria, y los grandes santos para que sean la sal de la tierra y la abrasen con el fuego del amor divino, había de modelar un genio maravilloso, que en la edad de la ciencia errante y disipada, fuera el alcázar de la sabiduría: “Sapientia aedicavit sibi domum”, que robusteciera la verdad enflaquecida y debilitada con las fuertes columnas de su grandiosa inteligencia: “Excidit columnas sepotem”; que inmolara por su filosofía la torcida razón natural en el holocausto glorioso que exige la verdad y la justicia: “Inmolavit victimas suas”; que mezclara en su teología el vino de la revelación divina con las aguas de la razón: “Miscuit vinum”; y dispusiera un pródigo banquete al sentimiento, ofreciéndole los manjares sabrosos y exquisitos del amor: “Et proponuit mensam sua”; que enviara sus heraldos, que son sus obras inmortales, para que llamasen en el alcázar del filosofismo árabe y en los adarves de la herejía desgreñada, y les dijesen: “El que es párvulo, venga a mí; venid vosotros los incipientes, comed el pan y bebed el vino que os he mezclado. Abandonad la infancia y vivid y andad por los caminos de la prudencia”.
            Esta encarnación sublime de la sabiduría divina, fue un vástago de los condes de Aquino, que viste en la primavera de su vida el hábito blanco y negro de Santo Domingo de Guzmán, y que asombra más tarde al mundo con  las obras maestras e inmortales, la Suma Teológica, intermurales robustos, baluartes graníticos, ciudadelas inexpugnables de la fe católica.

            Si a los Santos Padres y Doctores precedentes cupo la gloria de haber probado que el cristianismo es creíble y digno de nuestro más profundo asentimiento, a Santo Tomás le cabe el alto honor de patentizar la racionalidad de la religión católica.
            Si la especialidad de San Agustín es haber sido el teólogo pro excelencia, la de Santo Tomás es haber sido y ser aún, el filósofo de la Teología. San Pablo dejó zanjados los cimientos del dogma cristiano; San Agustín completó el edificio; Santo Tomás lo circundó con verja de hierro, llegando con su lógica inflexible hasta donde humanamente puede llegarse.
            El apóstol de las agentes, bajo el influjo de la inspiración divina, nos dejó en herencia los primeros principios de la fe; y el hijo de Santa Mónica desarrolló la dogmática cristiana; el humilde dominico, a quien sus condiscípulos apellidaban en son de mofa “el buey mundo”, rubricó con la péñola de su escolástica el testamento divino de la revelación, cerrando el protocolo con siete sellos que no podrán romper todos los sofistas y herejes conjurados contra Jesucristo y su Iglesia.

            Y no os deben, pues, admirar las frases encomiásticas de Juan XXII, al afirmar que “solo Santo Tomás ha iluminado más a la Iglesia, que todos los demás doctores juntos; que se aprende más estudiando a conciencia un año en sus libros, que estudiando muchos años todos los demás escritores sagrados y profanos”.
            Ya no os debe extrañar que el Concilio de Florencia siguiere religiosamente la doctrina de Santo Tomás, en todos sus cánones y decretos y que el Cardenal Besarión, uno de los Padres de aquel Concilio y la más ilustre gloria de la Iglesia griega de entonces, llamara a Santo Tomás “el más santo de los sabios y el más sabio de los santos”.
            Y si queréis llegar a comprender la estima en que tiene la Iglesia católica a Tomás de Aquino, trasladaos en espíritu a aquella asamblea, la más ilustre, la más augusta, la más santa que jamás se ha congregado en el mundo y que ha pasado a la historia con el nombre de Concilio Tridentino, y veréis sobre la mesa junto al sagrado libro de los Evangelios, la Suma Teológica de Santo Tomás; como el eco más fiel, el comentario más genuino yo cabal de la revelación de Cristo.

            Por último, hermanos míos, para que nada falte a la apoteosis de Santo Tomás, se presenta a nuestros ojos, nimbadas sus sienes, con la aureola del odio sectario. Y si San Jerónimo pudo con justicia decir del Doctor Africano: “Todos los católicos le aman y lo que es más honroso para él, todos los herejes le aborrecen de muerte”, con idéntico derecho podemos hacer extensiva esta gloria al ángel de las escuelas. “Tolle Homani et Eclesiam dissipabo”.
            “Quitadme a Santo Tomás y destruiré la Iglesia de Dios”, decía el padre de la Reforma protestante. Esta frase arrogante y audaz, lo reconozco, es tan impía como absurda; toda vez que la Iglesia católica no está fundada sobre Santo Tomás, sino sobre San Pedro, vicario de Jesús en la tierra.
            Y si Santo Tomás no hubiera vivido, el alcázar católico no hubiera perdido un átomo de su estabilidad y firmeza. Sin embargo, no puedo dejar de ver en esta cínica e impotente rabia de Lutero, la trascendencia suma que la misma herejía atribuye a Santo Tomás, y cuán grande se revela a sus ojos la autoridad de este Doctor.
            ¿Y sabéis cuál es la razón última del odio encarnizado que los herejes y librepensadores de todos los tiempos profesan a la escolástica, y en singular a Santo Tomás de Aquino? El único móvil, irracional por cierto, que les impulsa es ver en la escolástica la filosofía de la fe, el fortín de de nuestras convicciones católicas y algo más, la malla irrompible donde quedan deshechos y pulverizados sus especiosos sofismas.
            Y es que si, gracias a Descartes, podemos todos ser protestantes en filosofía, como gracias a Lutero podemos todos ser independientes en religión, gracias a Tomás de Aquino podemos ser todos católicos y filósofos a la vez; más aún, sabios y santos.
            Voy a demostraros esta última aserción y así entraremos de lleno en la parte de mi oración sagrada.

            II. La ciencia de Santo Tomás no es una ciencia humana, no es una ciencia de cálculo o experimental que se adquiere a fuerza de trabajo en la mesa de estudio, a trueque de investigaciones contamos en los gabinetes de física o tutorías naturales y en los observatorios astronómicos; que desempolvando antiguos pergaminos en las bibliotecas, es una ciencia más elevada, es una ciencia que se aprende de rodillas, como Santo Tomás, abrazados al crucifijo, que no se alimenta y desarrolla con al soberbia del entendimiento, sino con la humildad del corazón.
            Dios es el autor, el objeto primordial y la fuente de la ciencia, y como es sabido, Dios resiste a los soberbios y a los humildes da su gracia. Los ríos de la ciencia, como los ríos naturales, no llevan sus aguas pro las cumbres riscosas y quebradas de los montes soberbios, sino por las hondonadas y llanuras de los valles; con ellos los campos embellecen los lirios humildes y pagar la sed de los mansos recentales que pacen en los campos de la virtud.
            La ciencia de Tomás de Aquino es asimismo, patrimonio de las almas limpias, de las almas puras, desligadas de toda afección terrena y empapadas por entero en el amor divino.
            Preguntadle sino a Santo Tomás cómo aprendió su ciencia estupenda y prodigiosa y él os dirá que tuvo muy poco tiempo libre para el estudio, que desde los 21 años tuvo varias horas diarias de clase, y por encargo de los Pontífices y superiores de la Orden, hubo de emprender muchos viajes para ventilar algunos asuntos o predicar en muchas ciudades de Italia y Francia; y en cambio, os dirán unánimemente sus hermanos en religión y sus biógrafos que se pasaba las noches en contemplación y durante el día, los ratos de solaz y esparcimiento, le veían arrodillado ante el Sagrario.

            Ah, queridos seminaristas, ahí está la clave de todo: la clave de la virtud, la clave de la santidad, la clave de la ciencia; en el amor ferviente al Santísimo Sacramento del altar. Dadme un seminarista devoto y fiel amante de Jesús en el Sacramento de nuestros amores, y yo os daré un seminarista modelo, un seminarista virtuoso y hasta en lo posible, un seminarista sabio. Pues más de una vez la Eucaristía, que es el milagro de los milagros de Dios, ha hecho verdaderos prodigios en las inteligencias.
            ¿Queréis compulsar el amor grande de Santo Tomás hacia la Santísima Eucaristía? Yo no os voy a decir que leáis todas las cuestiones que en la Suma Teológica tratan de la Santísima Eucaristía, aunque si esto hicierais, veríais en el centro de aquel sereno templo de la ciencia, sobre las santas mesas de aquel altar donde la sabiduría de Dios inmoló sus víctimas, mezcló su vino y dispuso su banquete, ostentarse luminoso, transparente, radiante, el gran misterio de la fe y el gran prodigio del amor.
            La hostia santa de la divina Eucaristía, como centro celeste de toda la ciencia teológica, como nudo apretado de todos los dogmas de la religión, como broche de oro de todos los lazos que unen al hombre con Dios, a las almas con Cristo, a la tierra con el cielo, a la humanidad con la gloria y a todas las criaturas del universo con el Ser Creador, omnipotente, realísimo, oculto y presente a la vez.
            No os voy a exigir que estudiéis todas estas cuestiones; leed atentamente el Oficio y la Misa del Santísimo Sacramento que el ángel de las Europas compuso por orden del papa Urbano IV, y después decidme si hay algo más grande, más bello, más solido que esta creación genial del angélico maestro.             

            Jamás un misterio católico ha sido cantado en estilo más sublime, ni expuesto con más precisión y ternura. Toda la filosofía teológica del gran misterio se presenta lujosamente ataviada con todas las gracias y galanuras de la poesía. Los himnos, los responsorios, las antífonas y en especial las lecciones del 2º Nocturno y el cántico “Lauda Sión”, son otras tantas reverberaciones del genio y una frase cualquiera, tomada al azar, revela a un tiempo mismo en su autor al gran teólogo, al gran poeta, al filósofo contundente de la Eucaristía.
            En cuatro versos lapidarios, que la cristiandad ha declarado inmortales, dejó cifrada toda la economía del cristianismo; escuchadlos vertidos al rotundo romance castellano:
            “Naciendo se nos da por compañero,
            Por alimento se nos da en la cena,
            Muriendo nos rescata con su precio
            Y se nos da por premio cuando reina”.

Efectivamente, hermanos míos, a poco que hayáis meditado sobre el misterio de los misterios, habréis observado que en la Hostia consagrada de la Eucaristía, está nacido Jesucristo como compañero fiel y constante en el espíritu y en el cuerpo del que comulga; que está también como verdadero alimento del alma que le recibe; que está muriendo y sacrificándose a cada instante pro la conmemoración y perpetuación de su pasión y muerte; que nos redime y santifica; y que el que deposita la Sagrada Forma en su pecho, tiene y posee lo mismo que poseen y adoran los bienaventurados y los ángeles en la gloria.
            Qué magnífico y sublime es todo esto, ¿no es verdad? Así exclamaba también San Buenaventura delante de Urbano IV, rompiendo su trabajo ocultamente y lleno de humildad, pero alabando a Dios al escuchar la obra hermosa de Santo Tomás: “Santísimo Padre, le decía al Papa, contento debéis estar con lo que acabáis de oír. Esto es grandioso, es sublime, Fr. Tomás ha escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo. Un ángel del cielo no hubiera hablado mejor del misterio de los amores”.
            ¿Qué iba a hablar mejor que un ángel, si Santo Tomás era un querubín en carne humana por la sublimidad de su doctrina, pro su castidad heroica, por su humildad profunda, pro su obediencia incondicional a sus superiores, por sus éxtasis y arrobamientos, por su indisoluble unión con Dios? Seamos, pues, nosotros humildes como Santo Tomás, obedientes a nuestros superiores como Santo Tomás, castos de pensamiento y de corazón como Santo Tomás; consagrados por entero a Dios, amantes de la oración, entusiastas devotos de la Santísima Eucaristía, verdadero pan de los fuertes, que sacia el hambre de las inteligencias y apaga la sed de amores que devora nuestro corazón, y el ángel de la santidad y de la ciencia será nuestro fiel guía y compañero: “Ángelus Domini sit in itinere vestro”.

            Ah, sí, Tomás de Aquino es el ángel salvador de la ciencia. Recorred, pues, los senderos brillantes de vuestro entendimiento y que este ángel del Señor sea con vosotros; en vuestras empresas marchad influidos e informados por su santa doctrina; que ella os ilumine al entrar en esos senderos: “Ingressum instruat”; que ella os dirija al progresar en esos caminos: “Progressum dirigat”; que ella complete nuestra ilustración y vuestra dicha, ayudándoos a terminar aquí abajo las hermosas cuanto difíciles vías de la gracia y a obtener allá arriba los dulces premios de la gloria.
            “Egressum complent”. Así sea.

POESÍA Y ORATORIA 

            Tres son las cualidades de la elocuencia: genio que da la naturaleza; juicio que da la experiencia y fuego que viene del corazón.
Tres son los fundamentos de la doctrina: ver mucho, estudiar mucho y sufrir mucho.
            Tres son las fuentes de la ciencia: imaginación, experiencia y meditación.
            Tres cosas se requieren para el trabajo: ánimo osado, fuerza y constancia.
            Tres son las cualidades de un buen pensamiento: claridad, justicia y originalidad.
Tres son los fines del canto poético: enriquecer el entendimiento, purificar el corazón y elevar el alma.
Tres son las bellezas del canto: objeto digno y elevado, ingeniosa invención y armoniosa composición.
Tres son sus dotes: alabanza sin adulación, censura sin malicia, amor puro y honesto.
Tres sus bellezas y ornatos: lengua sonora, pensamiento luminoso e ingeniosa combinación de ideas.
Tres las cualidades indispensables de la lengua: pureza, abundancia y facilidad.4tres los modos de hacer flexible y copioso el lenguaje: diversidad de sinónimos, propiedad de epítetos y riqueza de frases.
Tres las perfecciones de toda lengua: armonía del estilo, términos escogidos, pronunciación correcta.
Tres los honores del orador: fuerza de imaginación, profundidad de doctrina y pureza de moral.

El Cristianismo y la sociedad. Diecinueve siglos han transcurrido desde que la Verdad divina fue escrita con sangre en la primera página de la Historia moderna; y en esos diecinueve siglos han pasado por el espacio innumerables razas, por la conciencia infinitas ideas; han caído imperios antiquísimos y se han levantado nuevos pueblos; han sufrido las sociedades transformaciones sin número y aquella Verdad desde ignominioso patíbulo permanece fija, inmutable en el centro de la civilización, como el eterno sol de la naturaleza y del espíritu.
Los filósofos antiguos, la ciencia antigua, habían presentido la verdad cristiana. Platón hablaba del dios único, en que los arquetipos de la verdad, de la bondad y de la hermosura tenían su realidad absoluta. Los estoicos habían llegado por un supremo esfuerzo de su razón a comprender la libertad moral del hombre. Cicerón recordaba la inmortalidad del alma y el despertar en otro mundo mejor, después del fugaz sueño de la vida. Alejandro y César (falta texto) con sus espadas centelleantes de gloria (falta texto) para prepararles a la unidad como si hubieran reconocido que sobre la vida de los individuos y de las sociedades, se alza la vida de la humanidad.
Pero todas estas ideas que estaban en la naturaleza del hombre como fraccionadas y rotas, no fueron bendecías, ni fueron iluminadas, no fueron universales y divinas sino cuando del seno de la Judea se levantó

 

SANTA CRUZ

“Mihi autem absit gloriari, nisi in cruce Domini nostri Iesu Christi”.
“No hemos de gloriarnos sino en la cruz de Jesucristo, Señor nuestro”.
(Gálatas, VI, 14)

 

            Todas las sociedades humanas se han formado al calor y bajo el modelo de una religión. No fue la sociedad civil o el gobierno de una nación cualquiera la que sacó al hombre de su estado semisalvaje. Fue la religión la que encendió en su alma racional, la antorcha bendita que, a imitación de su divina inteligencia, Dios al crear al primer hombre, le infundiera.
Y si bien es verdad que el hombre es un ser sociable por naturaleza, no es menos cierto que, en sentir de los pensadores de todos los matices, es un ser esencialmente religioso.
            Si por un imposible pudiera registrase en la historia de los pueblos uno sin religión, yo os mostraría en él, un pueblo salvaje, un pueblo sin leyes, sin ideales, sin derechos, ni deberes, un pueblo sin gobierno; en una palabra, un pueblo sin sociedad.
            Si en nuestra España podemos notar más que en otra nación alguna, la influencia bienhechora de la religión y ver que nuestras cortes se formaron a imitación de aquellos inmortales concilios toledanos, fuente de nuestra nacionalidad, base de nuestra legislación y pedestal de nuestra tradicional grandeza, de igual suerte podemos razonar de las demás naciones de Europa y aún del mundo entero, con relación a sus diversas religiones, ya verdaderas, ya falsas, que son una imitación ridícula de la única religión verdadera: la católica, apostólica, romana.
Y el mismo derecho de gentes no es sino una copia, algo borrosa, de las leyes que rigen a la Iglesia Católica, que es la institución, la sociedad internacional más vasta que se ha conocido.

            Ahora bien, de estos principios, a poco que reflexionemos, se desprende que si las sociedades todas tienen sus leyes, sus gobierno, su jerarquía para velar por el orden social y tranquilidad de las conciencias, necesariamente y con mayor razón, la religión cualquiera que sea, tendrá sus dogmas, su código, su jerarquía, su culto.
            Si toda sociedad tiene necesidad de ejércitos que defiendan sus intereses, también toda religión tiene leales aguerridos, prontos a derramar la última gota de sangre antes de ceder un ápice de sus creencias. Y finalmente, si toda sociedad y toda nación tiene sus pendones, su bandera nacional, símbolo de la patria, para que hiera continuamente los sentidos, las fibras, el alma del soldado que bajo su nombre milita, también las religiones todas tienen su enseña, su lábaro, su bandera sagrada.
            Los griegos, los romanos, los persas, los egipcios, los árabes, todos guardan como un tesoro el emblema de su religión, falsa si queréis, pero para ellos verdadera. No es esta ocasión oportuna de describiros el ardor bélico y el entusiasmo religioso que ostentaron en mil combates los griegos para defender las imágenes de sus dioses inmortales, bajo el amparo de Marte y Palas, dioses de la guerra.
Los romanos para salvar las águilas del imperio; los japoneses para que no se eclipsara el sol esculpido en sus banderas, y en especial, el salvaje fanático heroísmo que despliegan continuamente los árabes, los mahometanos para sacar triunfantes su ridícula Media-Luna. No esta ocasión propicia.
           
Vengo a hablaros de otra bandera más augusta, de otro lábaro más glorioso. ¿Acaso nosotros los cristianos, los católicos no tenemos una enseña bendita que nos cobije con su sombra, que nos aliente en los combates, que nos abra las puertas del cielo? ¿Por qué brilla la cruz en las armas de nuestros guerreros, en la cima de nuestras banderas, en las cúspides de nuestras iglesias y altares, en las paredes de nuestras moradas, en el pecho de nuestras madres y hermanas, y hasta sobre la tumba de nuestros padres y abuelos? ¿Pro qué hacemos con devoción sincera la señal de la cruz al levantarnos y acostarnos, al dar principio a una buena obra, y cuando el rayo devastador rasga las entrañas de la nube?
Vosotros mismos os habéis dado la respuesta: porque la cruz es el símbolo de nuestra religión bendita, de nuestra santa Madre la Iglesia.

Pero, ¿es posible que el patíbulo de un ajusticiado, la cruz estigma de deshonra, de vituperio e ignominia en la antigüedad, se haya trocado en símbolo de gloria para nosotros? Sí, hermanos míos, desde que el Verbo divino fue enclavado en la cruz pro el rescate del género humano, borró toda su maldad e ignominia, y la convirtió en símbolo y enseña de nuestra redención y libertad, en fuente de nuestra vida, en trofeo de nuestra victoria temporal y eterna. Vamos a verlo, con la protección de nuestra corredentora, la Virgen Santísima, Madre de Dios y de los hombres, a quien saludaremos con las palabras del ángel: Ave María.

 

Cuando traspasamos por vez primera los umbrales de uno de esos alcázares majestuosos, donde la realeza tiene su trono, y contemplamos los variados y ricos mármoles que cubren sus muros, los tapices y alfombras finísimas y elegantes que adornan las galerías, las antesalas y las cámaras reales, los artesonados de oro y plata; los uniformes vistosos de los guardias que defienden la entrada y custodian todas las dependencias del palacio; en suma, cuando nuestra vista atónita contempla todo el fausto y esplendor de esa regias moradas, nuestro espíritu se sobrecoge y sin percatarnos de ello, prorrumpimos en esta exclamación de asombro: “Verdaderamente aquí debe de tener su asiento la majestad y la realeza”.
Y eso que los palacios más opulentos son imperfectos como todas las obras de los hombres, y a pesar de todo, nos extasían y arrebatan. Qué sería, hermanos míos, si nos cupiera la dicha inmensa de ver y considerar atentamente un palacio vastísimo, rodeado de jardines y floridos huertos, con fuentes y ríos en abundancia, enriquecido con toda suerte de plantas, flores y frutos, recorrido en todas direcciones por los animales más hermosos, por las aves más galanas… donde la naturaleza parece que se hizo violencia para desarrollar el admirable contraste de todas las estaciones, o por mejor decir, para recrearnos con una eterna primavera.
Si nos fuera dado contemplar este palacio grandioso, diríamos: esto no es obra artificial de los hombres; esto es obra de la mano omnipotente del artífice soberano. Y no nos engañaríamos.

Dios, en efecto, hermanos míos, fabricó el palacio inmenso de la creación para morada de un rey, y ese rey fue nuestro primer Padre que, en conformidad con las riquezas y esplendores del palacio, salió de las manos de Dios perfecto, acabado, sabio, con sabiduría celestial; pues su mente se hallaba iluminada con los fulgores desprendidos de la gloria, a cuya visión y fruición beatífica había sido llamado.
Mas, cuando cediendo a las instigaciones y ardides de la serpiente engañadora y de la mujer engañada, comió la fruta prohibida y traspasó las órdenes de su Hacedor increado, el cielo de la gracia, del bienestar y de la gloria se nubló para nosotros, infortunada progenie de aquel padre rebelde que, con su prevaricación, se arrancó la diadema imperial que sus sienes circundaba, y nos despojó de nuestra celestial herencia.
La naturaleza humana sintió en su seno, una lucha formidable que sostenían los sentidos contra la razón, rebelde a su vez contra los preceptos del Altísimo.
Las pasiones más desenfrenadas se enseñorearon del universo, hasta el punto de decir Dios mismo por boca de los escritores inspirados, que toda carne había corrompido su camino. El diluvio vino a purificar un tanto la atmósfera, mas al poco tiempo, la idolatría y el politeísmo se habían entronizado de nuevo, y como consecuencia ineludible, los vicios más asquerosos habían adquirido carta de naturaleza entre los hombres.

Y esta es la primera fase de la esclavitud a que había sido sometida la naturaleza humana, después del pecado. La esclavitud de las almas a sus mayores enemigos: a la ignorancia, a los errores, a las concupiscencias de la carne, a las concupiscencias de los ojos y soberbia de la vida.
Esta esclavitud espiritual tuvo muy pronto sus manifestaciones exteriores en la sociedad. El mundo estaba divido en dos grupos o facciones, cuya característica era la tiranía y crueldad en los poderosos, y la esclavitud o la rebelión por consiguiente, en los pobres y humildes.
Angustioso era el estado de la clase baja de la sociedad: los señores no estaban satisfechos, si no tenían a sus órdenes un número sin número de esclavos, sobre los cuales se arrogaban derecho de vida y muerte; los destinaban a trabajos forzados, eran tenidos como bestias de carga, y bastaba que el amo tuviese algún pequeño disgusto para mandar azotar y martirizar a sus esclavos.
La mujer era considerada como un ser de naturaleza muy inferior a la del hombre, y como juguete de sus caprichos y pasiones, estaba despojada de todo derecho y acción en la sociedad, y únicamente se tributaban honores a las diosas y a las mujeres más descocadas y prostitutas.
Y no vayáis a creer que estos vicios eran reprendidos por los sabios y por los hombres sensatos. En muchas obras de Sócrates, de Séneca y hasta del severo Catón, se hace la apología de la esclavitud y hasta se aplaude la matanza de los infelices y desgraciados que no pueden reportar algún provecho material al mundo.
No quiero detenerme más en describiros el estado alarmante de la sociedad antes de la venida de Cristo. Estos solos rasgos bastan para que os forméis una idea de las miserias y calamidades porque atravesaba la humanidad, y para que vislumbréis las angustias y las ansias con que no solamente el pueblo judío esperaba a su libertador, sino los pueblos todos evocaban al deseado de las naciones.

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, la benignidad y la misericordia de Dios se ostentaron visiblemente en la humanidad de Cristo, Dios y hombre, que se encarnó para rescatar de la esclavitud espiritual y temporal al género humano. Y este rescate había de realizarse en la forma más sorprendente y maravillosa.
Antiguamente era un aforismo vulgar: “Maledictus homo que pendes in ligno”, “Maldito sea el hombre que pende de un madero”. Antiguamente la cruz era símbolo de vituperio, de vergüenza e ignominia. La muerte de cruz era la más afrentosa que podía darse a uno hombre.
Pero como todo el mundo estaba trastornado, el Verbo de Dios quiso volverlo al revés, que era la única forma de ponerlo derecho. Vino a armar lo que se llama una revolución moral y social, y escogió por instrumento de su pasión y muerte la maldecida cruz; y quiso que la cruz, despreciada en la antigüedad, fuera en lo sucesivo señal de libertad y enseña de redención para el mundo.
Y cargó con la cruz de nuestros vicios y pecados, y subió con ella hasta la cumbre del calvario para ser enclavado en ella, y morir infamemente crucificado. Con él fue también crucificada la esclavitud del linaje humano: la ignorancia a que fue sometida la inteligencia de los hombres, la soberbia que es la concupiscencia de la mente, la avaricia que es la concupiscencia de los ojos y la lujuria que es la concupiscencia de la carne.
Todas las aberraciones del entendimiento y todos los extravíos del corazón fueron enclavados en la cruz donde padeció y murió el Verbo de Dios hecho carne que, siendo el esplendor de la sabiduría y de la santidad del Padre, trajo al mundo una nueva luz que irradiara en las inteligencias, y una nueva fortaleza que alentara a las almas en los combates de la virtud.
Arrancó al infierno su presa y la humanidad prevaricadora vio de nuevo nimbada su frente con la diadema imperial, que un día arrojara de sus sienes el primer hombre y cayera hecha pedazos sobre las frondas del Edén.

La cruz bendita nos trajo del cielo las ejecutorias de nuestra grandeza, y consagró a los hombres como los antiguos reyes de la creación; y a nosotros los cristianos como los reyes de la humanidad, puesto que doblar la rodilla ante la ignominia del calvario, lejos de ser una deshonra, es un símbolo de realeza y servir a Cristo crucificado es reinar en la tierra y en el cielo.
Así dio Jesucristo el golpe de gracia a la esclavitud de las almas y de rechazo también a la esclavitud de los cuerpos, o sea, al antagonismo que reinaba en las clases de la sociedad, enseñándonos con su vida pobre y humilde, y con su muerte en el patíbulo de la cruz, que murió por todos los hombres, porque todos los hombres son humanos e hijos de un mismo Padre, que está en los cielos.
Alegraos pues, vosotros los humildes, porque la cruz es símbolo de vuestra exaltación y grandeza. Alegraos vosotros pobres, porgue la cruz es para vosotros uno tesoro mayor que todas las riquezas de la tierra. Alegraos vosotros los desgraciados, los ciegos, los mancos, los cojos, todos los que tenéis  defectos físicos, porgue si el mundo antiguo, materialista y escéptico, os rechazaba de su seno, Cristo muerto por vosotros en la cruz, está patentizando al mundo escéptico y materialista que tenéis un alma hecha a imagen y semejanza de Dios, criada para el cielo; un alma que vale más, mucho más que toda la hermosura corporal y que todo el fausto y pompa de los ricos, poderosos y soberbios de la tierra.
Alegraos también vosotras, mujeres degradadas y envilecidas en el mundo antiguo, porque la cruz es la enseña de vuestra grandeza, de vuestra divinidad, de vuestro señorío. Cristo, naciendo de mujer y encomendándonos a todos a su madre, que estaba al pie de la cruz, quiso mostrar a los hombres que vosotras tenéis derechos inalienables e imprescriptibles en la sociedad civil y religiosa; y que sois las reinas, las sacerdotisas del hogar doméstico.
Alegrémonos todos y bendigamos, y adoremos una y mil veces esa cruz bendita, porque ella nos arrancó de las garras del infierno, y nos libertó de nuestra ignorancia y de nuestras pasiones tiranas, cuya crueldad es mayor que la de los mayores déspotas de la tierra; porque si Cristo no hubiera muerto en la cruz, quizás y sin quizás, estuviéramos esclavizados por los poderosos antojadizos de la tierra (tachado en el original).
Alegrémonos porque sonó en el reloj de la eternidad la hora de nuestra libertad, porgue Cristo, que fue tenido por rey de burla, nos hizo reyes del mundo, que antes era nuestro tirano.

La esclavitud ha terminado para siempre. No importa que los cristianos se vean atormentados y perseguidos por espacio de tres siglos, y la cruz se oculte en el fondo de las catacumbas. No importa que los sarracenos esclavicen en las mazmorras a los fieles, hijos del crucificado. No importa que haya salvajes que viven en las tinieblas del error y del pecado, porque a ellos no ha llegado la luz del cristianismo.
No importa, hermanos míos. A principios del siglo IV la cruz brillará junto a las águilas del imperio en las cimas del capitolio, y la Roma, centro del universo, se convertirá en la cristinizadora y evangelista del mundo. Las naciones todas se mostrarán como un solo hombre contra los musulmanes invasores y llevarán esas magníficas epopeyas religiosas, que han pasado a la historia con el nombre de cruzadas.
Dios inspirará a Juan de Mata, Félix de Valoire y Pedro Armengol la idea de fundar una orden para la redención de los cautivos. Los misioneros dejarán su patria, arrostrarán todos los peligros y la muerte misma para evangelizar y civilizar al salvaje; le rociarán con las aguas del Bautismo y estamparán en su frente y en su pecho la cruz salvadora, que seguirá siendo la enseña de nuestra redención.

 

II. La santa cruz es además fuente de nuestra vida. La vida, y ¿qué es la vida?, ¿cuáles son las causas del fenómeno de la vida?, ¿por qué unos seres viven y otros permanecen inmóviles e inertes?, ¿qué es lo que determina la cesación de la vida?
He aquí, hermanos míos, otros tantos problemas que agitan y dividen los talentos y dictámenes de los sabios, sin que se haya llegado a una solución satisfactoria para todos.
Santo Tomás y los escolásticos nos dirán que la vida es un movimiento que procede de lo íntimo del ser viviente, que el origen de la vida no son las fuerzas físicas y mecánicas, como piensan los materialistas, sino que hay que buscarlo más alto, en un principio vital distinto y superior y más excelente que estas fuerzas. En suma, muchos son los juicios de los sabios sobre el particular, pero todos se declaran insuficientes e incapaces para definir claramente el concepto de la vida. Y todos también unánimemente, reconocen que la vida es lo más noble y excelente de la creación; que un insecto, por insignificante que sea, un infusorio es más admirable para el que penetra la esencia de las cosas, que esas luminosas constelaciones de astros que giran invariablemente alrededor del sol, y sin desviarse de sus órbitas, llenando el gran papel, la misión providencial que la mano de Dios les trazara en la escala de los seres.

El nacimiento, desarrollo y propagación de las plantas es un fenómeno maravilloso y sorprendente, aunque n o tanto como la vida sensitiva que percibe por los sentidos las cualidades de los objetos exteriores, y de ellos se sirve para su existencia; ni mucho menos de la vida intelectiva y racional, que es participación e invitación directa de la mente de Dios.
El hombre, colocado como centro armónico del mundo visible e invisible, participa a la vez las tres especies de vida, siendo superior a las plantas y a los brutos, por la elevación de su inteligencia; y al mismo tiempo, inferior a los ángeles, que son puros o espíritus y no tienen necesidad de los sentidos para elaboración de las especies inteligibles.
Esto, hermanos míos, es grandiosamente sublime. Pero por encima de estos tres aspectos de la vida natural, hay otra vida más excelente, más sublime, más divina: la vida de la gracia.
¿Sabéis vosotros lo que es la gracia? ¿Sabéis lo que es ser un hombre elevado al orden sobrenatural y participar en su alma limitada y finita, algo de la misma esencia divina, y barruntar ya en esta vida de miserias e infortunios, las inefables delicias, el gozo inenarrable que llena y diviniza las almas de los bienaventurados en el cielo?
Porque la gracia es en esta vida la incoación de la gloria. La gracia es la presencia, rica y fecunda, de las tres personas de la Santísima Trinidad en un alma. Por eso, yo delante de un hombre grande, de un sabio, por ejemplo, descubro mi frente; mas, delante de un santo, me siento impelido a arrodillarme como en presencia del mismo Dios.
Y si el estar con Dios es la suma felicidad, porque la gloria es el mismo Dios participado, el estar en pecado, o sea, el estar privado de la gracia, es la mayor desventura, el mayor infortunio que puede sobrevenir a un alma.
Pues bien, los pueblos, las razas, las generaciones que caen al otro lado de la cruz, estaban privadas de esta gracia, pro ser todos descendientes de Adán, que contraviniendo a lo preceptuado por Dios respecto al árbol de la ciencia del bien y del mal, desheredó a su linaje de los tesoros de la gloria, y por ende de la gracia santificante, que es una participación incoada, aunque imperfecta, de la misma gloria.

Desde el sitial altísimo en que había sido colocado como vidente de los arcanos de la divinidad, descendió al nivel de las cosas de la tierra, sin alas para volar al cielo, que desde aquel día fatídico del pecado, se presentó lóbrego, cerrado y nebuloso, cubierto de amenazadoras tormentas. Mas, no solo privó a su descendencia de la vida de la gracia y de la gloria, sino hasta de la misma vida inmortal, que antes gozaba o por lo menos le estaba prometida.
En medio del paraíso había enclavado un árbol prodigioso, que con su fruto alimentaba la vida de nuestros primeros padres, y estaba llamado a conservarla por los siglos de los siglos. Era llamado “el árbol de la vida” porque, si bien el hombre en cuanto al cuerpo era naturalmente mortal, comiendo de este árbol podía asegurar su inmortalidad, y no tendría que pasar por el trance terrible de la muerte, sino que Dios le trasportaría sin dolores y sin fatigas de la tierra al cielo.
De todas estas prerrogativas fue privado el hombre por el pecado, y como consecuencia le fueron cerradas las puertas del paraíso, a cuya entrada puso Dios un arcángel con flamígera espada en la mano.

Ya no hemos de admirar que la humanidad errante por el mundo, arrastrando una vida desmedrada y pobre, una vida llena de miserias y calamidades, suspirara continuamente por el Redentor prometido y que los hijos de Sión, conservadores y guardianes de la revelación divina, evocaran junto a los sauces de Babilonia a su libertador, y rogasen a Dios para que las nubes llovieran al Justo y la tierra germinara al salvador.
¡No lloréis más, desconsolados hijos de Israel, ni vosotros pueblos todos del mundo! ha llegado la plenitud de los tiempos. Si una serpiente enroscada al trono del árbol paradisíaco fue causa original de vuestra ruina y vuestra muerte, un hombre nuevo, mucho más excelso que el primer hombre, viene a daros desde el árbol santo de la cruz la resurrección y la vida.
¿Os acordáis de aquella serpiente de bronce que levantó Moisés en el desierto para librar a los israelitas de la muerte ocasionada por la mordedura de las serpientes venenosas? Pues no fue sino un bosquejo pálido, una sombra, una figura borrosa de Cristo crucificado. Aquella serpiente de bronce daba una vida efímera, mientras que Cristo desde el madero santo de la cruz, le mantuvo en la cúspide del monte Calvario, nos mereció la vida del alma, que es la gracia, y nos abrió las puertas de la gloria, venciendo y aniquilando a la misma muerte; que si hasta entonces se había enseñoreado del mundo, en lo sucesivo se ve obligada a morder el polvo de la derrota, y a pedir licencia para hacer su presa en la humanidad.
La cruz bendita nos enseñó que la muerte no es el fin de la vida, sino el principio de una vida más noble y excelsa; que el sepulcro no es la morada de los gusanos, del silencio, de la corrupción y de la nada, sino el dintel de la inmortalidad. ¡Somos inmortales, hermanos! Nuestros cuerpos podrán descomponerse y ser pasto de los gusanos por breve tiempo, hasta la resurrección de la carne, pero llevamos con nosotros un alma que no muere, un alma hecha a imagen y semejanza de Dios, criada para servir y honrar a Dios en este mundo y cumpliendo sus preceptos y atesorar méritos para poseerle y gozarle y ser feliz por toda una eternidad.
Esto debe alentaros y llenaros de confianza, almas débiles y apocadas, que os sentís desfallecer cuando arrecian las tribulaciones y las pruebas terribles en este valle de desolación y miserias. No os turbéis, hombres de poca fe. Mirad con ojos de esperanza al Santísimo Cristo y su corona de espinas, y su cruz, y sus clavos, y sus ojos moribundos, y sus labios cárdenos, y sus llagas que manan sangre, os dirán que esta vida es muy corta, que subamos en él al monte de la mirra para resucitar después con él y reinar eternamente en las alturas.

 

III. Finalmente, hermanos míos, la cruz es el trono de nuestro Rey y trofeo de nuestras victorias. El inspirado y sublime profeta Isaías, con aquella clarividencia que le distingue, nos describe y nos hace ver luminosamente los acontecimientos más culminantes de la vida, pasión y muerte afrentiva del Redentor del mundo; y después de presentarnos a Dios por espacio de cuarenta centurias, extendiendo sus manos suplicantes al pueblo judío, mil veces rebelde y recalcitrante, no por interés ni por su gloria y exaltación, que todo esto en él era infinito, sino por amor, para erigirse un trono y un altar en el corazón de aquel pueblo, objeto de todos sus desvelos, de todas sus delicias, nos hace ver como Dios, por medio de sacrificios, humillaciones y dolores sin cuento, llega a conquistar un trono en el corazón, no ya del pueblo judío, sino del mundo todo, de la humanidad.
Cristo descendió del cielo a la tierra para ser rey, o mejor dicho, descendió trayendo sus sienes nimbadas con la diadema de Rey inmortal de los siglos. ¿No habéis oído muchas veces que aún humanamente, desciende de la estirpe real de David, que todo sus antepasados fueron reyes? ¿No os acordáis que a raíz de su humilde nacimiento, todos preguntan por el que ha nacido rey de los judíos? ¿No visteis a los reyes orientales ofrendándole sus presentes en la cueva de Belén, como a Dios, como a rey y como a hombre? ¿No habéis leído en la historia evangélica que varias veces después de sus estupendos milagros, el pueblo en masa le vitoreó y quiso proclamarle rey? ¿No oísteis la respuesta que dio su boca divina al presidente de aquel tribunal irrisorio, que entendía en el procesamiento de Jesús, cuando al preguntarle que si era rey, con impávida serenidad, contestó el salvador del mundo: “Tú lo has dicho, que yo soy rey”?
¿No estáis leyendo en el frontis de esa cruz divina, la sentencia, el INRI, que su misma conciencia le arrancó al pretor romano de Judea: “Iesus Nazarenus Re Iudeoruom”, “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”; inscripción que fue redactada y escrita en griego, en latín y en hebreo para que el mundo todo pudiera leer que aquel hombre condenado a muerte era rey, y rey no solo de los judíos, como en son de burla escribió Pilatos, sino rey del universo mundo, rey inmortal de los siglos y de las naciones?

¿Qué quiere decir esto? O yo no sé interpretar los acontecimientos de la vida de Cristo, o aquí en el árbol santo de la cruz, después de morir Jesucristo, se verifica y tiene realidad el oráculo de Isaías cuando dijo: “Regnabit a mano Deus”, “Dios reinará desde un madero”; y la profecía del mismo Redentor, que dice así: “Cuando yo fuere levantado de la tierra, traeré todas las cosas hacia mí”, “Erim exaltatus fuer a terra, omnia traham ad meipsum”.
Entonces, en la cumbre riscosa del Calvario, en medio del cataclismo universal de la naturaleza, cuando se enfurezcan los elementos y el sol llore lágrimas de sangre, y las piedras se resquebrajen, y los sepulcros se abran, y la muerte suelte su presa, y resuciten los muertos, y el velo del santa sanctorum se rasgue… el pueblo rebelde y recalcitrante, quizás no reconozca a su rey, pero la creación entera lo ha reconocido. El centurión romano ha confesado paladinamente que Cristo es el Hijo de  Dios.
Y es, hermanos míos, que Cristo ha extendido sus brazos en la cruz para dar a la humanidad el abrazo de rey. Es que Cristo atrae hacia sí todas las cosas, todas las naciones, todos los siglos, todas las ciencias, todas las artes e industrias. Es que los vaticinios de la antigua alianza tienen su realización más perfecta y los sacrificios antiguos se acaban cediendo el puesto al único sacrifico consumativo y perfectísimo que el Hijo de Dios, con libérrima voluntad, ha aceptado por el rescate del linaje humano.

Es que si antes, por la esquivez y perfidia de los hombres, no ha reinado Cristo en el mundo de los espíritus, ahora vence a todos sus enemigos, triunfa de todas las aberraciones de los hombres el león de la tribu de Judá.
La cruz es el arco de triunfo que Dios erigió en el centro de los siglos para que por él pasara el campeador victorioso de las almas. Este es el colosal triunfo que Dios tenía reservado para coronar las humillaciones y sacrificios de su divino Verbo, que se anonadó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte de Cruz; por lo cual Dios lo exaltó y le concedió un nombre que está sobre todo nombre, para que en su presencia todos se arrodillen: los cielos, la tierra y los abismos.
Ahí tenéis, hermanos míos, el trono de nuestro rey. Ahí tenéis la roca inconmovible que resiste impávida los embates desencadenados del tempestuoso océano del mundo. Ahí tenéis nuestro lábaro, nuestra bandera inmaculada que ha salido triunfante de todas las persecuciones, de todos los cismas, de todas las herejías que han intentado desgarrar la túnica inconsútil de la Iglesia, esposa de Jesucristo.
¿No la visteis salir del fondo de la tierra, cubierta con el polvo de las catacumbas, teñida con la sangre de sus mártires invencibles, ondear en el lábaro de Constantino, sacándola triunfante de las puertas de Majencio y junto a las águilas imperiales, y cerrar el paso a las hordas bárbaras del Norte que levantándose el témpano de hielo, no dormían, irrumpieron en el mediodía y el Sur de Europa, devastando y asolando los últimos baluartes del carcomido Imperio Romano? ¿Y reverberar en las armas y en los estandartes de Clodoveo y Carlomagno frente las fronteras de la dominación bizantina, y replegarse hacia los riscos de Covadonga cuando los árabes salvaron el estrecho para salir más pujante y victoriosa y ensanchar nuestros dominios otra vez, desde el Devo hasta el mar, desde el mar Cantábrico hasta el Duero, desde el Duero hasta el Tajo, desde el Tajo al Guadiana, desde el Guadiana al Betis, del Betis al Guadiavo, cerrando siempre con el exterminio de una raza agarena en Caltañajor con el Bruniada, en Toledo y Calatrava con el Almorávide, en las Navas de Tolosa con el Almohade, con el Benimerín en las orillas del Salado?

¿No la visteis ondear más tarde, en el último reducto de los fanáticos musulmanes, en las sierras bermejas de Granada, para volar con Cristóbal Colón al descubrimiento de un mundo nuevo y sellar la frente del indio bautizado, y fulgurar en las crestas de los Andes como el eterno sol de la naturaleza y del espíritu? ¿No era ella la que remataba el pendón morado de Castilla y las cadenas de Navarra, y las barras de Cataluña cuando el sol no se ponía en nuestros dominios, y dondequiera que intentaba el mar revolver sus ondas, siempre encontraba costas españolas? ¿No triunfó ella con Juan de Austria en las hirvientes olas del mar Jónico y con Sobieski junto a los muros de Viena?
Y en nuestra misma edad contemporánea, ¿podéis señalar alguna victoria en el campo de batalla, o en el campo de las ciencias, de las letras y de las artes, que no esté tarde o temprano, coronada por la cruz? Si me decís que sí, que hay muchas naciones separadas de la cruz, que marchan a la cabeza del progreso, yo os contestaré que ese progreso material y mecánico, no siempre va acompañado de la verdadera civilización; que es patrimonio del alma más que del cuerpo, y que las almas verdaderamente heroicas y valientes en cualquier esfera social, han bebido ardimiento y energía vital junto a la cruz de Cristo, y los más profundos y los genios más inspirados de todas las edades, han abierto las puertas del alcázar de la inmortalidad con el asta de la cruz.

La santa cruz es el arma invencible que debemos blandir en los combates de esta vida, porque ella fue la señal que se apareció a Constantino desde el cielo y le dio la victoria en el puente Silvio, y la que volverá a aparecer en los cielos cuando el Señor venga a juzgar a los vivos y a los muertos.
Este será también el trofeo de nuestra final victoria. En aquellos críticos momentos, cuando el ángel vaya anunciando con la trompeta fatídica, que es llegada la hora de la justicia de Dios y que acabó para siempre la hora del poder del mundo y del espíritu de las tinieblas. Solamente se libertaron los que estén teñidos con la sangre del cordero divino, los que hayan subido con la cruz a cuestas pro las ásperas y quebradizas cumbres del calvario de esta vida, muriendo como Cristo abrazado a ella hasta exhalar el último suspiro.
Entonces cada uno de los escogidos se podrá aplicar aquellas hermosas palabras con que San Pablo describe la victoria de Jesucristo en la cruz: “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz, por cuya razón Dios le exaltó y le dio un nombre nuevo, un nombre que está sobre todo nombre”.
Salve, Cristo Santísimo del Padre, rey inmortal de los siglos, redentor y libertador del mundo, fuente inexhausta de vida, manantial inagotable de fe, de esperanza y amor fecundo en obras de salud.
Míranos desde ese patíbulo de ignominia que tú trocaste en trono de reyes y en insignia de gloria, rendidos con alma y vida para tributarte los homenajes de nuestra adoración y gratitud.
Vierte a raudales sobre esta familia cristiana y sobre todos los que aquí nos hemos hoy congregado, para ofrendarte los frutos de nuestra veneración y amor, vierte a raudales tus bendiciones y tus gracias.
Bendice a este pueblo que te profesa entrañable amor y devoción sincera, mirándote como su tesoro y su gloria. Bendice a la Iglesia, bendice a la España católica y barre de nuestro suelo esos gérmenes de revolución y de discordia. Que tu cruz bendita ilumine los entendimientos para que no se extravíen por el camino del error, ni sigan las máximas de los improvisados redentores de la sociedad, que no están dispuestos a dar su sangre pro el mundo como tú la diste.
Que tu cruz bendita se grave con caracteres de fuego en todos los corazones, para que batallando incansablemente por tu soberanía social en este mundo, merezcamos el reino inmortal que tienes prometido a los que con tu cruz se abrazan.
Así sea.

 

RECORTE DE UN PERIÓDICO

 

MANUEL MARTÍN
 Guardameta del equipo
“club Deportivo” 

            Manolo Martín es, como varias veces hemos dicho, lo mejor que en Talavera tenemos para defender la meta de nuestro equipo titular.
            Hoy por hoy, no es fácil su sustitución dentro de los elementos con que contamos, sin que esto quiera decir que no haya individuos capacitados y que pueden prepararse para en su día.
            Manolo Martín une a su entusiasmo por el deporte, un envidiable conocimiento futbolístico, del que da patentes pruebas como cronista de “El Observador”, donde firma sus trabajos con el seudónimo “Team”.
            Muchacho culto y laborioso, comparte sus estudios con las tareas de “goalkeper”; pero algunas veces se vende muy caro y nos deja con las ganas de ver sus estiradas, estilo Zamora; y eso no, Manolo…

 

Nota: publicado en un periódico de Talavera de la Reina. Sin fecha.

CONFERENCIAS Y ESCRITOS VARIOS
  • La Eucaristía

CUENTOS

POESÍAS

 

CONFERENCIA SOBRE LA ACCIÓN CATÓLICA

A los jóvenes de San Bartolomé de las Abiertas (Toledo)

(Sin fecha)

 

            Jóvenes católicos, señoras, señores:

            Permitid que mis primeras palabras sean de satisfacción por este acto y de felicitación para vosotros.
            Cuando en una de las entrevistas que celebré con los compañeros de A. C. estudiamos el modo de entender las obras de las J. J. por esta comarca, no vacilé en señalar cómo uno de los primeros puntos donde se fundaría el Centro a San Bartolomé de las Abiertas, y cuando se me habló por algún compañero, de las dificultades que podrían surgir a causa de circunstancias felizmente pasadas, contraje el compromiso de honor, recabé para mi Centro de Talavera la satisfacción de apadrinaros en vuestra constitución.

Contaba para este compromiso con vosotros, contaba con vuestra fe, con vuestra religiosidad tradicional; sabía que el espíritu cristiano arraigaba en lo hondo de vuestro pueblo; sabía que sin vacilar, responderíais a nuestro llamamiento.
Hoy me cabe la satisfacción de decir, y con ello os felicito, que por vuestra ayuda, por la de vuestro dignísimo párroco y, sobre todo, con la ayuda de Dios, el Centro de J. C. de San Bartolomé de las Abiertas ha quedado constituido.
Os emplazo, jóvenes católicos, para que este Centro que con la ayuda de Dios se ha podido formar, no lo dejéis desaparecer, no lo dejéis morir. Contraed vosotros ahora el compromiso de honor de que el Centro viva con espíritu de fe, con espíritu de Cristo. Que no muera y si ha de morir, que sea por Cristo.

Os han hablado ya de los tres pilares firmísimos de nuestra obra: piedad, estudio, acción. Os han hablado del espíritu de las J. J., de su organización. Quiero yo hablaros de la necesidad de que la institución arraigue y se extienda.
Hablo a los jóvenes, a los que libres de prejuicios de la vida tienen abierto el pecho a los ideales generosos. Y os pregunto: ¿Qué veis en la sociedad en que vivimos? ¿Qué ansias encontráis en cuantos os rodean? ¿Qué ideales se ofrecen a las inquietudes juveniles? Y en la tranquilidad de la meditación, en la serenidad de vuestras reflexiones reconoceréis que no hay en la sociedad más que materialismo; que solo se ansía la diversión y el placer, que no hay unos ideales que vivir y gozar, como si un día no tuviésemos que morir; que se va perdiendo la idea del trabajo como recreo espiritual; que se va perdiendo en la sociedad el espíritu cristiano y a medida que ese espíritu cristiano desaparece y ese ansia de gozar domina a las generaciones, vais viendo cómo se camina a la ruina, cómo poco a poco van derrumbándose los ideales más queridos, cómo se hace más inmenso el vacío del corazón humano cuando la reflexión domina el vértigo de las pasiones insatisfechas.

Vivir. Gozar. Pero, ¿es que acaso llenan estos ideales las inquietudes del hombre? Pero, ¿es que acaso solo somos materia? ¿Por qué olvidamos que somos compuesto de cuerpo y alma, de materia y espíritu, hechos a imagen y semejanza de Dios?
Dejad que se viva, dejad que se goce, porque las armas se volverán contra el que las maneja. Pasa el tiempo, poco o mucho, y lo que un día fue la ilusión plena, ya no colma las ansias del corazón del hombre; ya el hastío sucede a lo que se creyó felicidad suprema, que no en balde Dios puso junto a la fuente del placer el remanso del dolor.
Viene el cansancio, la desilusión, la enfermedad, la inquietud del espíritu; la conciencia roe los momentos de soledad, se empieza a comprender que se equivocó el camino, que no todo está en la tierra, que hay alas en el espíritu que hace pesadas el fango y dándose cuenta el hombre de su pequeñez, de su miseria, se acuerda que tiene un alma y ansía salvarla.
Quiere volver a lo que no es solo fuente de vida, sino también resurrección. Y reconoceréis conmigo que hay hombres en la sociedad que retornan a Dios del que no debieron apartarse; que lloran sus almas, que traen rotas las alas, pero que así y todo, lograron encontrar el buen camino a diferencia de aquellos que, ebrios de materialismo y sensualidad, pasean por el mundo los jirones de su fracaso y los retazos de su felicidad desecha.

Tal es el panorama de nuestra sociedad. Mas, frente a él, la Iglesia nos presenta la senda que trazara Jesús de Nazaret. Senda que podrá ser difícil, pesada, pero que no es imposible, porque un Dios la trazo y una Santa Mujer conforta nuestras fuerzas. Y para hacer más fácil el camino, para impedir que aumente ese desolador aspecto social que antes describía, nace la A. C., surge la A. C., como inmensa cooperativa de virtud, como sublime sociedad de socorros mutuos espirituales, como ideal divino que hace a los hombres salvar su alma, ayudando a salvar la de los demás, siendo Cirineos unos de otros por la ruta de la humana amargura.
Y, señores, entre los dos ideales que en parangón he expuesto, entre esas dos doctrinas que sugestivas cantan al corazón, entre ese ansia de vivir y gozar solo lo terreno y esa ilusión de alcanzar a Dios, el Bien Supremo, a través del amor y del sacrificio, la J. C. ha elegido este último camino.
Quiere llegar a Dios, quiere buscar a Dios y por hallarle, no dudó en estampar en los pliegues de su bandera esa Cruz, que hablará de sacrificios, de renunciaciones, pero que también nos habla de un Dios que, por amor, se hizo hombre y por amor murió en su madero clavado.

Por estar firmísimamente convencidos de la elevación y la grandeza de sus ideales, la A. C. se lanza a los caminos enarbolando la Cruz. Llevar almas de joven a Cristo, inyectar en los pechos la fe. Así canta nuestro himno triunfal. Llevar almas, conquistad almas, y ganarlas para Cristo. Llevar la luz de la fe a tantos espíritus oscurecidos por las luchas humanas, a tantas inteligencias nubladas por el vapor de las pasiones y los egoísmos terrenos; recoged a tantos jóvenes que huyeron de Cristo y ponerlos a los pies del crucifijo, cual cautivos redimidos.
¿Os dais cuenta, jóvenes católicos, de la grandeza y sublimidad de nuestra empresa? Un día dijo Jesús a sus discípulos: “Como mi Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros. Id y predicad el Evangelio a todas las gentes”. Y surgió el apostolado divino, la misión gigantesca de salvar a las almas, que debe constituir para vosotros la principal preocupación. Ser apóstoles, tomar parte de ese apostolado a que la Iglesia nos llama.

¿Habéis medido toda la hondura de esa labor de ayudar a los demás a salvarse? Fijaos que a nuestro lado se libra la gran batalla de la vida, que hermanos nuestros están en trance de caer, que muchos han caído ya, que nosotros mismos estamos en igual peligro.
Y en esos momentos decisivos, angustiosos, somos nosotros con la ayuda de Dios, quienes debemos salvarles y salvarnos; somos nosotros quienes debemos orientarles en las encrucijadas de la vida, somos nosotros quienes en muchas ocasiones, con un consejo, con un ejemplo, podemos decidir el rumbo de una conciencia.
Y qué satisfacción al ver que los compañeros son buenos, qué íntima alegría cuando los amigos se encauzan por el buen sendero. Pero, jóvenes católicos, qué inmensa responsabilidad si por nuestro egoísmo, si por nuestra indiferencia, los compañeros sucumben en la lucha y nos arrastran a nosotros mismos.
¡Elevada misión, sublime misión, cuajada de triunfos y responsabilidades! Tan sublime que, muchas veces, me pregunto por qué Dios nos ha llamado a esta empresa generosa; por qué a los humanos nos llama a esa misión sublime; por qué nos llama a seguir las huellas de sus santos apóstoles, de esos varones de Dios que cifraron sus ansias en la salvación de las almas.
¿Qué podemos hacer nosotros? ¿Con qué medios contamos nosotros?  Y cuando las fuerzas flaquean ante la inmensidad y grandeza de nuestra tarea, surge la voz del apóstol de los caminos y encrucijadas, del apóstol de las plazas y academias, de San Pablo, que erguido sobre la columna inmensa de su fe profunda, nos dice: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”. Y cuando nuestro espíritu comienza a animarse, llega el suavísimo y bello pensamiento: “Ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento”.

Fuera vacilaciones, fuera dudas, jóvenes católicos. Vamos a continuar nuestra empresa como aquellos santos varones que nos precedieron en el camino. Vamos a plantar y a regar porque, aún cuando sabemos que en nuestra pequeñez y miseria no somos nada, será Dios el que nos de el crecimiento.
No creo se os presente, católicos de San Bartolomé, la duda que algunas veces se ha presentado en otros pueblos que hemos conocido en nuestras propagandas, y que hubo de atajar rápidamente. La duda consiste en creer que la A. C., que la J. C. es un partido político, que es una filial de un partido político, que es una asociación que solo acoge en su seno a ciertas clases sociales desdeñando a las demás.
No. Quien afirme o suponga tal cosa, es que ignora completamente lo que es la A. C. y cuáles son sus fundamentos. No puede ser política la A. C. porque llevaría a confundir dos cosas, que si están en relación, no son las mismas.
Preguntad a los partidos políticos qué es lo que buscan, qué es lo que quieren; y todos ellos, a través del espejuelo de sus programas y de sus proyectos, todos ellos os contestarán que el bienestar terreno, la felicidad terrena.
Preguntad a la A. C. qué es lo que pretende y ésta os dirá que pretende algo tan poco material como la salvación de las almas. Preguntad a los partidos políticos con qué medios cuentan para alcanzar el poder y con él realizará esa pretendida felicidad; y a través de concentraciones, de saludos, de marchas, de himnos, de estandartes, de gritos de entusiasmos y de ansias de pelea, esos partidos os dirán que cuentan con la convicción, con la educación de sus masas, con la violencia, con la revolución.
Mientras que la A. C., en especial sus J. J., tienen solo tres medios, tres pilares, que si lográsemos implantarlos en absoluto, el mundo sería nuestro: una piedad profunda, un estudio concienzudo, una acción infatigable cuajada de caridad.

Y si atendéis a sus efectos, la política desune, separa, crea antagonismos y rivalidades que no solo quedan en los programas, sino que se llevan a los más ínfimos detalles de la vida ordinaria. Surge la lucha política, pocas veces elevada y muchas llena de zancadillas, maniobras y bajezas. Viene la pugna, la rivalidad, se olvidan los méritos, las amistades, los lazos de familia, las relaciones de largos años. Y vemos en sitios y lugares donde los hombres tienen que vivir juntos y en relación unos con otros, donde la vida social es reducida; cómo por un ideal político, que a veces no es político ni es ideal, se vive en franco desacuerdo, en sorda lucha, en hondo antagonismo, que a veces estalla en estruendo de revueltas, cuando no de asesinatos.

Fácilmente comprenderéis, católicos, que esto no puede ser la A. C., que estos no pueden ser los efectos de una institución que busca la salvación de las almas. La J. C. siguiendo las huellas de su Divino Maestro, quiere instaurar en la sociedad el espíritu de Cristo, quiere que todos los hombres sean hermanos y se amen como hermanos; que desaparezcan esos odios y rivalidades que perturban la paz social, que las relaciones entre el capital y el trabajo se resuelvan con un cristiano espíritu de justicia, sin que aspire una clase social a hundir a la otra, porque todas se complementan.
La J. C. aspira a que los hombres diriman sus contiendas como lo que son, como hombres, como seres inteligentes, no dejándose arrastrar de sus instintos y pasiones, que lo convierten en fiera.

Pero es que, me preguntaréis, ¿no puede llevarse a la lucha política ese principio de amor, de hermandad cristiana? ¿Es que no deben los católicos intervenir en política? Señores, es la lucha política tan compleja, tan variada, juegan en ellas intereses tan encontrados y trascendentales, se pone tanta pasión en la pelea que el hombre, si no quiere perder la serenidad y el espíritu de justicia, necesita antes haberse preparado. Necesita haber dotado antes a su espíritu y a su inteligencia de las fuerzas necesarias para afrontar todos los encuentros.
¿Es que los graves problemas de la gobernación de los pueblos pueden entregarse a unos indocumentados? ¿Es que puede aceptarse que nos dirijan hombres sin espíritu formado, sin criterio fijo, sin ciertos principios de moralidad que sean la garantía de los demás ciudadanos? ¿Acaso entregaríais vosotros vuestra labor al primer labrador que se prestase a ello, sin antes exigirle que demostrase su competencia y sus conocimientos en las faenas agrícolas?

Pues bien, señores, una de las finalidades que pretende la J. C. es formar la conciencia de los miembros de la sociedad; es ir creando ese espíritu que a través de las conductas individuales cuaje en un inmenso sentido católico de la colectividad; es ir haciendo esas generaciones futuras, que llenas del sentido de Cristo, lo apliquen a todos sus actos. Esas generaciones de recia preparación religiosa, de hondo espíritu católico, que estén dispuestas a implantar sus creencias a donde Dios les llame; a esos hombres que si Dios los llama a gobernar, a ser padres de familia, a ser propietarios de empresas o negocios, a ser obreros manuales, a ser hombres el día de mañana, se porten siempre como católicos; que hagan siempre honor a sus ideas, que no sean como tantos católicos de ahora. Y así nos luce, que después de darse golpes de pecho y llevar un cirio en las procesiones, no vacilan en olvidar sus ideas en cuanto cruza por medio un puñado de pesetas.

Los católicos deben intervenir en política, ¿por qué no? ¿Es que no son ciudadanos como los de los campos contrarios? Juegan en la vida pública cosas muy queridas para los católicos y estos no pueden permanecer indiferentes. Pero fijaos bien, procurad obrar de manera que no se confundan las ideas religiosas y las ideas políticas.
Se puede estar de acuerdo en los principios religiosos y en desacuerdo en cuanto a la táctica de su aplicación. Podéis tener vuestro ideario católico, debéis tenerlo y debe presidir vuestros actos internos y externos, pero esto no quiere decir que por ser todos católicos, todos debéis pertenecer a un partido político.
No. Admitir tal principio sería identificar al catolicismo con ese partido. Y el catolicismo está por encima de todos ellos. Podéis ser todos católicos, pero en la gobernación de las cosas públicas y terrenas, podéis afiliaros al partido que queráis, si éste acepta en su programa la doctrina de la Iglesia. Para la Iglesia todos los partidos son iguales. Podéis pertenecer al que queráis sin dejar por eso de ser católicos.

Por esta razón, os decía antes que la A. C., la J. C. no es política, no es un partido político, como no lo es que a los directivos se nos prohíbe figurar en política y a la institución mezclarse con esas contiendas. La J. C. aspira a formar católicos, buenos católicos, hombres que ante todo, aspiran a salvar su alma y salvar la de sus semejantes. Si después de formados esos jóvenes, si ya hombres, quieren ir al campo político, allá ellos. La Iglesia los deja en libertad, como deja también en libertad a los que quieren vivir una existencia plácida y privada.
Y como la J. C. no es ningún partido político, todos los partidos pueden estar tranquilos. En las filas de la J. C. pueden enrolarse todos los jóvenes, cualquiera que sea su ideario; nadie puede temer nada. Ni la J. C. es un grupo que, al servicio de los ricos, quiera dominar a los pobres, ni tampoco al servicio de los pobres aplastar a los ricos.
No olvidéis que seguimos y queremos implantar la doctrina de Cristo. Y esta doctrina se dio para todos: para altos, para bajos, para los poderosos, para los humildes, para los sabios, para los ignorantes. Por todos los hombres murió Jesucristo y todos deben aspirar a salvarse, todos caben en la J. C., para todos la Iglesia abre sus brazos como los abrió Jesús en la cruz.

Estoy convencido de que no tendréis ninguna duda ni recelo sobre esto, que todos ingresaréis en la J. C. Pero si alguno tuviere esa duda, debe desecharla inmediatamente. En nuestras J. C. hay de todas las clases sociales. Así, practicamos la verdadera fraternidad humana. Somos hermanos y como tales debemos convivir y educarnos juntos.
Que la J. C. sea en San Bartolomé un nuevo lazo de unión a los ya existentes, entre ricos y pobres; que todos se compenetren, que todos se conozcan, que todos trabajen juntos y se amen.
De esa compenetración saldrá el conocerse mejor, el darse cuenta cada cual de las necesidades materiales y espirituales del prójimo. Y con hondo y sincero espíritu de caridad, acudid a remediarlos en lo posible. Tendréis hondas satisfacciones, tendréis días de ventura y de paz, tendréis sobre todo, la conciencia de haberos educado como católicos, y como católicos habéis vivido.

 

EL NOMBRE DE TALAVERA

(Sin fecha)

 

            En una de las últimas sesiones del Ayuntamiento se ha propuesto que el nombre de nuestra ciudad, sea sólo el de Talavera, suprimiendo su específico, “de la Reina”.
            Impresión desagradable nos ha causado, así como a gran número de talaveranos cualquiera que sea su ideario. Hemos creído que nuestros munícipes, atraídos por asuntos de más trascendencia que esperan su resolución en la casona municipal, no se dejarían llevar de esa fiebre que sigue a todo cambio político y se detendría, sobre todo, ante el nombre de la patria chica.

            Desgraciadamente no ha sido así. Llevados por un deseo puramente político, pues otra razón no se nos alcanza, se pretenden borrar unas palabras que si nada influyen en la ideología del pueblo, sí actúan en su sentimiento, y éste se ha forjado de tal manera en el yunque de los siglos y de los acontecimientos, que saben muy bien quienes proponen tal cambio, que una disposición gubernativa podrá suprimir del nomenclátor nacional un nombre, pero que en la conciencia del pueblo perdura lo que su pasado le deja, como perduran y se conservan en la ciudad mil nombres antiguos, ajenos a las luchas políticas.

            El nombre de Talavera de la Reina no es nuestro. No es patrimonio de esta generación. No puede, por tanto, disponer de él porque pertenece a algo más imperecedero que nosotros; a algo más sereno que los momentos de lucha. Pertenece a la Historia: en ella se forjó y en ella se ha perpetuado, penetrando en la conciencia popular, a diferencia de tantas cosas que a ésta se han querido imponer y que rechazó con su indiferencia, cuando no con sus sátiras.

            La misma antigüedad de su origen, la Edad Media, la eleva sobre las actuales contiendas de régimen. No es el nombre de Talavera de la Reina la expresión de un sentimiento, la condensación de un ideal. Es el nombre de un pueblo que tuvo importancia sobrada para honrar a una reina, contando en su patrimonio que, cuando la organización social de aquella época dio ante otros idearios y no tenía fundamento la existencia de su específico, lo conservó como un lujo, como un blasón, como algo que ya no era sino un recuerdo de su brillante historia.

            Con clara visión de la inmutabilidad de ciertos conceptos, el alcalde de Madrid, Sr. Rico, comentando la destrucción de determinadas estatuas, decía: “Estas no representan el régimen caído. Por tanto, hay que conservarlas porque pertenecen a todos, pertenecen al arte”.
Y el nombre de la ciudad pertenece a la Historia, debiendo quedar por encima de rencillas y banderías actuales, porque nada representan.
¿Qué se busca con tal propuesta? ¿Un golpe de efecto? No, la galería lo pide ni están los momentos para ello. ¿Resolver un problema municipal? No radica ahí la solución de estos. ¿La supresión de una representación monárquica? Que se suprima entonces de nuestro escudo la leyenda: “Muy noble y muy leal”, porque si el nombre nos le dio la Monarquía y a ella representaba, también nos dejó una leyenda que se forjó a su servicio. Y que se suprima también, si pueden, nuestra Historia porque a ella va unida también la idea del régimen caído.
La misma razón hay para lo uno que para lo otro. ¿Se busca entonces, una profesión de fe republicana? ¿Se quiere llevar este ideal a la conciencia del pueblo? Desengáñense todos. Eso no es cuestión de nombre, más o menos.

Talavera será grande cuando sus vitales problemas se resuelvan, cuando la potencia de su agricultura y su industria la hagan ocupar un puesto preferente en el mercado nacional, cuando las vías de comunicación la abran mercados desconocidos, cuando se saneen las covachas de sus innumerables viviendas. Cuando la crisis del trabajo se resuelva cristiana y felizmente, cuando tantos aspectos de su vida hallen acertada solución. Y entonces Talavera será republicana, aunque se llame de la Reina y los republicanos tendrán motivos sobradísimos de orgullo y los contrarios reconoceremos y aplaudiremos lo acertado de su gestión.

Expresión del sentir de sus hijos que, conscientes de su valor solamente histórico, no vacilaron en tener a su frente otros Ayuntamientos republicanos, como tampoco dudó en elegir al actual porque representaba su presente ideología.

 

EN LEJANAS TIERRAS

(Sin fecha)

 

            En un libro antiguo lo leí, historia triste era y que produjo en mí tal sensación, que no pude menos de impresionarme, y decidí trasladarlo al papel.
            Era en Méjico, en donde un error político del emperador Napoleón III había entronizado una dinastía que, si era simpática a Europa por las personalidades del emperador Maximiliano y de la emperatriz Carlota, no podía serlo a los mejicanos, acostumbrados a las prácticas republicanas.
            Aquel gallardo archiduque austriaco, aquella hermosa figura militar, pensó que con la prudencia en el mando y la concesión de determinadas garantías democráticas, podría llegar a restablecer la paz pública y cimentar un grandioso imperio que contrarrestase la ya predominante influencia norteamericana. Error funesto fue el de aquellos dos desgraciados monarcas.

            Lanzóse el pueblo a la revolución y descalabro tras descalabro, llegó el fatal momento en que juaristas e imperiales se hallaron frente a frente en los campos de Querétaro y se aprestaron a reñir la batalla decisiva.
            Tremendo fue el choque. Los revolucionarios, alentados por el espíritu de independencia que los había lanzado al campo, combatían con furor y decisión; los monárquicos, animados por la bravura del emperador que peleaba en primera fila, defendían con tesón digno de la lira de Homero, Leonor de sus banderas. Un sol de fuego reflejaba sus rayos en las armas con siniestro brillo y una nube de polvo envolvía a los combatientes, dejando ver a ratos y entere sus desgarrones, el fieltro de anchas alas de los mejicanos, a los pintorescos uniformes de sus enemigos.
            Revolaba indecisa la victoria de uno a otro bando; tronaban las armas de fuego y clarines, trompetas y tambores llenaban el espacio de bélicos sonidos. Un regimiento de caballería republicana cargó con furioso ímpetu sobre el ala izquierda del ejército imperial, e introdujo tal pánico en sus filas, que a la carga subsiguió la derrota. Acudió Maximiliano a sostener  a su gente, pero su heroico esfuerzo resultó inútil y se vio envuelto por el enemigo en unión de los generales Miramón y Mejía, mientras su Estados Mayor huía y la defección de los generales era la nota dominante del combate.

            Con un puñado de bravos resistió mientras tuvo fuerzas para ello; pero no queriendo sacrificar estérilmente más vidas de sus leales, rindió su espada y esperó sereno el fin que la suerte le deparaba. Dirigióse, pues, al jefe que tenía más próximo, y entregándole el arma dijo: “Tome usted esa espada que no ha manchado la ----- (no se puede leer en el original). Me he equivocado, buscaba la felicidad de mi pueblo”. “No era bueno el camino”, respondió secamente el jefe. “Espero que sabréis mostraros dignos de la victoria y perdonaréis a mis desgraciados compañeros”. “Nada puedo responder, eso toca al presidente de la República y al gobierno legítimo”, contestó el republicano. “Está bien. Esperamos”. Momentos después, Maximiliano, Miramón y Mejía eran entregados al general Corona, el cual mandó constituirlos en prisión.
Así terminó la batalla del Cerro de las Campanas y comenzó la terrible tragedia que se desarrolló veinticuatro horas después. El gobierno triunfante fue inexorable con aquellos tres desgraciados y el consejo de guerra los condenó a ser pasados por las armas.
Constituidos en capilla, fue llamado para auxiliarlos el abate Fischer, el cual rogó que intercediese con Juárez  para que perdonase la vida a sus compañeros de desgracia. Mas, a pesar de que se presentaron al presidente 60 señoras de San Luis vestidas de riguroso luto para solicitar el indulto, éste fue negado así como la petición del emperador de ser fusilado antes que Miramón y Mejía.
A las once de la mañana salieron de la prisión y fueron conducidos a un cercado próximo, donde había de verificarse la ejecución. Entonces Maximiliano dijo a los generales: “Compañeros, ¡vamos a la libertad!”. Y añadió dirigiéndose al confesor: “Decid a López que le perdono su traición (pues le había abandonado en el momento crítico) y a Méjico su crimen”. Arrodillóse en el sitio que se le había designado entre Mejía y Miramón, rogó que no se le vendaran los ojos y una descarga cerrada de la escolta acabó con la vida del infortunado archiduque, a los 34 años de edad.

 

LA EDUCACIÓN DE LA JUVENTUD

(Sin fecha)

 

Señoras, señores: Me toca cerrar este acto de confirmación católica que el celo y la religiosidad de los jóvenes católicos de Sevilleja de la Jara han organizado, y cuyo desarrollo se nos ha hecho el honor de encomendarnos.

            Preocupado andaba en la elección del tema para mis palabras, porque es la doctrina católica tan rica en doctrina y todas de tan destacada actualidad, que todas me parecían debían desarrollarse. Pero me atrajo una de tal trascendencia e importancia que sin ella serán baldíos todos los esfuerzos para la cristianización de la juventud y de la sociedad española. Serán nulos todos los trabajos porque ni la juventud, ni la sociedad pueden subsistir sin su más firme cimiento que es la familia.

            Que la familia es el más firme cimiento de la sociedad nos lo dice la batalla que, acerca de ella, se está riñendo en todos los campos. Se defiende a la familia por unos; se ataca a la familia por otros; lo que nadie puede hacer es permanecer indiferente ante lo que a la familia se refiere.
            Y digo que nadie debe permanecer indiferente porque, por desgracia, han sido muchos los años que los padres han ido dejándose apoderar por la indolencia, con olvido de sus más elementales deberes. Han sido muchos los derechos que, en el transcurso de esos años, han ido arrebatando a los padres los enemigos de la familia y, en especial, de la familia cristiana.
            Y hay que reconocer, aunque sea triste reconocerlo, que los padres católicos no han hecho nada por defenderse. Dejándose llevar del materialismo que inundó toda la sociedad, con olvido de aquellos principios espirituales, que son el consuelo y la esperanza de los hombres, los padres de familia, vamos a decirlo aunque la frase parezca cruda, los padres de familia creyendo que su misión era traer los hijos al mundo y ponerlos en condiciones para ganarse la vida, olvidando todo lo que se refiere a su educación religiosa y moral. Como si todo acabara en este mundo, como si toda la felicidad consistiera en los placeres terrenos, como si esos hijos no tuvieran un alma que salvar y por la que vertió su preciosísima sangre nadie menos que un Dios.

            Esta ha sido la fisonomía de la educación de la juventud en los años anteriores. Un abandono casi absoluto de los padres, una indiferencia de la sociedad y una intensa labor de los enemigos de la religión para apoderarse del espíritu de los jóvenes. Quizá vosotros, por fortuna, no conozcáis ese mal; pero si camináis por la vida de la ciudad y aún de los pueblos, el paisaje es aterrador. La juventud campa por sus respetos, libre de toda fiscalización, sabiendo que si no falta a las reglas sociales nadie se molestará en dirigirla y dominar sus caprichos, nadie sabrá oponerse al avance impetuoso de las pasiones en la edad más peligrosa de la vida.
            Para perder a los jóvenes no se ha perdonado medio: el periódico, la revista pornográfica, la película licenciosa, la conversación descarada, el ridículo sobre el que pensaba en católico, la exaltación del materialismo grosero. Y con estos medios no se ha dejado libre ningún lugar, ni se ha respetado la conciencia del hombre. Todo lo contrario.
Conscientes los ateos del problema, acudieron a educar a la juventud desde sus primeras edades. Se lanzó la idea de la escuela laica; se desterró la enseñanza de la religión de las escuelas e institutos; se quitó de los planes escolares cuanto pudiera inculcar la idea de Dios; se fue infiltrando en las masas la creencia de que todo el placer estaba en la tierra y de que cuanto en ella se gozase, era todo el premio que el hombre tenía.

            Las consecuencias de esta educación, señores, no se hicieron esperar. La juventud se ha transformado por completo. Ya los niños no sueñan con las dulces quimeras de la infancia; ya los chicos no juegan a sus juegos infantiles; ya los jóvenes no ansían el mañana placentero porque lo tienen conocido; ya los hombres no viven esperanzados y alegres porque la vida no les ofrece alicientes, agotadas todas las sensaciones, y porque la visión de un mundo ultraterreno no se alcanza a sus inteligencias alejadas de Dios.
            La tristeza es la hija de este siglo. Tristeza en la juventud, tristeza en la madurez. Y si entráis en el fondo de todas esas diversiones que el mundo nos brinda, no encontraréis sino un ansia de desterrar esa tristeza; de ahogar, entre el ruido y el escándalo, el inmenso vacío de un alma en quien cortaron las alas y no puede volar.
            ¿Y aún hay quien se asombre al abrir el periódico y  encontrarse con ese serial de muertes, de atracos, de asaltos, que van perdiendo importancia a fuerza de ser repetidos? No, señores. Todos esos hechos son simple consecuencia de las ideas que han ido infiltrándose en la sociedad.
            Fijaos que ninguno de esos desgraciados cree en Dios. Fijaos en que son pocos los que se arrepienten, antes al contrario, hacen gala de sus ideas. Fijaos que la mayoría son mozalbetes, son jóvenes, apenas hombres, y después de fijaros en todo esto, reconoceréis conmigo en que estos frutos no son sino la consecuencia de esa semilla que desde hace años se viene sembrando entre nosotros. Y si esto es el presente, ¿qué será el porvenir?
Lo que será el mañana si los padres no se cuidan de cumplir sus deberes, lo leí el otro día en “El Debate”.
            Era un largo artículo dedicado a los juguetes que se han vendido estos días de Reyes y de Pascua. Allí se mencionaban una infinidad de juguetes que podrían colmar las ilusiones de cualquier rapaz. ¿Y sabéis cuál ha sido el regalo preferido entre tantos regalos de ensueño, hasta el punto de agotar las existencias? No ha sido la rubia muñeca que se acuna en los brazos al son de dulces canciones; no ha sido el capote que en sus caireles encierra la música y la luz; tampoco lo ha sido el caballo de cartón que hace soñar al muchacho con fantásticos galopes. Han sido unas pistolas detonadoras, que se agotaron apenas puestas en venta.
Y contaba el cronista que a la puerta de unos almacenes se sorprendió a un grupo de muchachos que se repartían unas de esas pistolas que habían logrado coger de la tienda, para después jugar por las calles y plazuelas a los pistoleros.

            Ese es el fruto de la educación de la juventud: que los chicos jueguen a matarse, que los chicos jueguen a robar, y a veces roban, como en el caso que os he citado.
            Pero todo esto no solo es la consecuencia de la labor de los enemigos de la Iglesia de Cristo. Es también el castigo de ese abandono de los padres, de ese relajamiento de los vínculos familiares, de esa idea del matrimonio en que el marido marcha por un lado, la mujer por otro y los hijos quedan a merced del primero que a ellos se acerca.
            En lugar de levantar el hogar sobre el amor, se levanta sobre la conveniencia, sobre la riqueza, sobre la hermosura, sobre la posición social. En lugar de afirmar la familia por la unión de sus miembros, estos se dispersan; en lugar de crear el cariño por el trabajo y el sacrificio, se abandona a los hijos porque su educación proporciona disgusto y sinsabores. Es más cómodo no molestarse, no preocuparse por nada con tal que a mí me dejen tranquilo; dicen muchos padres: yo dejo tranquilos a mis hijos, ya se abrirán camino con sus estudios y sus trabajos.
            Y lo triste, lo verdaderamente triste es que muchos de esos padres se dicen católicos. Pero en lugar de obrar como católicos, obran como los que no lo son. No me cabe en la cabeza que un padre católico abandone a sus hijos a los peligros del mundo; como no me cabe que la alondra alegre prive a sus crías de su calor y cuidados.  Y aún en esta comparación salimos perjudicados.
            El ave vuela enseguida, los recentales pronto andan sueltos, todos ellos adquieren su independencia. Solo el hombre, el ser superior de la creación necesita mucho tiempo antes de valerse por sí mismo. Necesita entonces el cuidado de sus padres, la dirección de sus maestros, la ayuda de la sociedad. Pero no hay que olvidar que el hombre es un compuesto de cuerpo y alma, y que no debe descuidarse esa alma en la preparación del joven para la lucha por la vida.
            Y cuando son necesarios tales cuidados y dirección, ¿se abandona al hijo por los padres? Así ha sido, pero no debe ser. Todo padre ha de responder ante Dios de sus hijos. Al padre se le reconocen derechos, pero también se le imponen obligaciones; obligaciones muy severas, muy duras, porque de él depende la salvación de ese hijo que Dios puso a su cuidado.
Y si no cumple tal padre con esas obligaciones, que no se llame padre, que no se llame católico, porque para ser padre y para ser católico hay que saber apreciar y querer lo que es un retoño del amor, y hay que mirar y cuidar lo que se criatura de Dios.

            Mas, felizmente, el mundo católico se va despertando. Vamos dándonos cuenta de cuál es la responsabilidad de cada uno. La triste experiencia de los años pasados y la dura realidad de hoy nos hacen meditar sobre las causas de ese desquiciamiento social.
            Y como de esa meditación se deduce que la causa principal es el olvido que hacemos de Dios, comienza a surgir en todos los hogares, en todos los pechos, un ansia de rectificar conductas anteriores. Comienza la sociedad a darse cuenta de que no es posible la salvación fuera de la religión.
            Tal resurgir lo estáis viendo continuamente, hasta la paz y la tranquilidad de nuestros hogares llega. Un día es la juventud la que se levanta decidida a buscar nuevos horizontes a su espíritu inquieto; otra vez son las mujeres las que se aprestan a defender la santidad de un hogar y el sagrario de su conciencia; otras son las masas obreras las que levantan su agobiada frente para elevarla a la altura, buscando el consuelo y el amor en Él, que es la fuente del amor y el consuelo. 
            De todas las capas sociales surge un impulso de espiritualidad, que rechaza la organización materialista de la sociedad. Nada de luchas entre hermanos, nada de adoración al becerro de oro, nada de anteponer a todo nuestro egoísmo, nada de cifrar el ideal de la vida en el placer y la sensualidad, nada de todo esto. La vida es amor, es sacrificio, es continuo trabajo; es también la esperanza de que ese amor, de que ese sacrifico, de que ese trabajo nos irán trazando el camino para llegar a aquel Supremo Ideal, que si en su infancia fue la representación del trabajo, en su vida lo fue del sacrificio. Y en su muerte, con su calvario, fue la encarnación del Amor, de un amor que borró todas las diferencias, que igualó todas las desigualdades, que nos fundió a todos en aquel inmenso abrazo que se dibujó en el madero de la Cruz para aparecer en el firmamento como el símbolo del Amor infinito.

            En este continuo despertar religioso de todos los grupos sociales, no puede faltar el despertar del grupo social por excelencia, del grupo familiar. Es preciso que los padres de familia se alejen de esa indiferencia por la educación religiosa de sus hijos. Y hemos visto sus consecuencias.
            Por eso se impone la necesidad de que entre todos salvemos a la sociedad y nos salvemos a nosotros mismos. Los jóvenes siendo la aurora de la sociedad cristiana, preparándose por su piedad, por su estudio y por su acción para ser los nuevos apóstoles del cristianismo a su paso por el mundo, y cuando funden nuevos hogares. A vosotros, padres de familia, os corresponde defender a vuestros hijos del peligro de los enemigos de la religión y proporcionarles medios de que un día sean lo que vosotros, verdaderos hombres y padres cristianos.
            Mirad que de vosotros depende lo que ha de ser la sociedad. Mirad que cuando un padre quiere, los hijos son lo que él es. Mirad que Dios os pedirá un día cuenta estrechísima de esas almas que confió a vuestro cuidado y vosotros las habéis dejado perder.

            Me he enterado esta mañana que está casi organizada en este pueblo la Asociación de Padres de Familia. Os felicito por anticipado y os pido que la acabéis de organizar y permanezcáis fieles a ella.
            La atacan a la familia de múltiples formas; se la quiere destruir. Cierto es que vosotros salgáis a su defensa. Tenéis que trabajar con esa Asociación para que se os reconozca en las leyes todos los derechos que os corresponden. Los hijos son vuestros, no son del Estado. Vosotros los engendrasteis, vosotros los habéis cuidado; sois los que gozáis con sus alegrías y sufrís con sus amarguras; sois los que pasáis largas horas de insomnio soñando con el porvenir de ellos; sois los que en la dureza del trabajo sabéis poner el consuelo del recuerdo de los hijos.
            Por eso, debéis ser los que decidáis sobre la educación que deba dárseles. Que no se dé el caso triste de que hijos de católicos, se eduquen en escuelas laicas; que no se dé el caso de que esas escuelas laicas estén costeadas por los católicos.
            No se me diga que la escuela laica es neutral, que respeta todas las creencias. Es mentira, os digo. Nadie puede permanecer indiferente a un sentimiento tan hondo en la naturaleza humana como es el religioso. “El que no está conmigo, está contra mí”, nos decía el Divino Maestro. Y si no se educa a la juventud en los principios de Cristo, esa juventud buscará para llenar el vacío de su corazón, otros principios sean los que sean.

            ¿Queréis unas muestras de lo que es el laicismo en la enseñanza? En Francia, país laicista por excelencia, la mayoría de los maestros son ateos en lo moral y comunistas en lo social. Vosotros veréis qué enseñanza darán esos maestros a sus alumnos.
            Y en nuestra patria os contaré un caso, caso tristísimo que apena el alma cuando se conoce. Fue el protagonista el maestro y quiero hacer antes la salvedad de que hay maestros dignísimos que repudiarán el hecho, pero quiero contároslo porque es una muestra de lo fácil que degenera el laicismo cuando hay sectarismo y mala fe.
            Un pueblo en la provincia de Cuenca. Un maestro que invita a un amigo suyo, vecino de Talavera y que me merece confianza plena, a visitar la escuela. Ya en ella, llama el maestro a un chico y le dice: “Pinta en la pizarra la cara de Jesucristo”. Y el muchacho, alma inocente, víctima de la incultura y la barbarie de ese maestro, pintó la cabeza de un asno. ¡Hasta eso llega el laicismo! ¡Hasta educar de esa forma a los niños! Hasta oscurecer la inteligencia de ese pobre maestro que se creerá sabio, pero que confunde la cabeza sacratísima de Cristo con suya propia.

            Otro de los fines de la Asociación de Padres de Familia es la de trabajar por la libertad de la enseñanza. Que ésta no sea única, que haya diversidad de escuelas donde el padre católico eduque a su hijo en católico; el padre protestante que lo haga en protestante y el judío en judío, pero que nunca los padres católicos sostengan con su dinero escuelas donde se les enseñe a odiar a su religión.
            También lucha esa Asociación contra la pública inmoralidad. Uno de los males que acecha a los jóvenes es la abundancia de libros y revistas que emponzoñan el alma y degeneran los cuerpos abundancia de espectáculos. Contra todo eso hay que luchar, hay que desterrarlo de la vía pública, hay que impedir penetre en el santuario de la familia, hay que dignificar las costumbres para que la sociedad sea un reflejo de los espíritus cristianos.
            A ese y otros fines, que no expongo por no extenderme, tenéis que colaborar vosotros. Es necesaria la ayuda de todos, el esfuerzo común. Acabad de organizar la Asociación, dad vuestro apoyo moral a esos hombres que están trabajando por la familia cristiana, prestad vuestro aliento a todos los que se sacrifican por este ideal.
            Pero sobre todo, sed buenos padres de familia, sed buenos padres católicos. Educad a vuestros hijos en la doctrina de Cristo, dadles esas creencias que les ayudarán a sobrellevar la dureza de la vida. No permanezcáis indiferentes ante el porvenir espiritual de vuestro corazón. Prestad apoyo a esa florida juventud católica que permite augurar prósperos tiempos; rodeadla de vuestro cariño y cuidado, traed a ella a vuestros hijos, que reciban las sabias enseñanzas de su consiliario; y si así lo hacéis, la paz será con vosotros.

            Tendréis días de sosiego espiritual y material porque si es cierto que quien siembra recoge, vosotros habéis sembrado cariño y no podéis recoger sino gratitud. Arrojasteis simiente divina y el Señor os devuelve ciento por uno de lo que sembrasteis.
            Yo tengo la esperanza, mejor dicho, la ilusión de que alborearán días mejores. De que a esta sociedad egoísta sucederá otra más cristiana y más justa. Los primeros resplandores de ese día que amanece, se perciben en el horizonte. ¿Que para traer esos días venturosos hay que sufrir trabajos? No importa, no se recoge la cosecha en un día. Laboremos, trabajemos sin cesar. Cada cual desde su esfera: el que estudia, con su inteligencia; el que trabaja, con su esfuerzo; el padre de familia educando a sus hijos; la madre haciéndose reina de un hogar cristiano; los jóvenes con su preparación y sus entusiasmos. Somos jóvenes y nuestras energías debemos emplearlas en el triunfo de la religión; en vosotros confía la ilusión de la Iglesia. Sois los hombres del mañana, sois los futuros padres de familia, sois lo mejor de la sociedad porque a vosotros no ha llegado el aliento de la ciudad, con sus vicios y corrupciones.
            Del campo vienen aires nuevos que devuelven la salud y la firma; que del campo, que de vosotros llegue a la ciudad ese aire de renovación cristiana que nos devuelva a los de la ciudad la fe y la confianza, para entre todos levantar esa España en que sus grandezas vayan aureoladas con el espíritu de su religiosidad.

 

LA VIRGEN MARÍA Y LAS CIENCIAS

(Sin fecha)

“Ranimiro, el audaz”

 

No porque una cosa influya sobre otras de un modo indirecto, deja por eso de influir, y esto a veces en gran manera… Decir que la Virgen ha influido en el progreso de las Ciencias, parecerá a primera vista, tal vez a muchos, sino una afirmación falsa, por lo menos una cosa extraña, porque María Santísima ni se dedicó a la ciencia, ni su misión y alta dignidad de Madre de Dios se relacionaron de una manera directa e inmediata con el desarrollo de las ciencias.
Pero, ¿podemos negar que hubo, siquiera fuese indirectamente, influencia por parte de María en las ciencias? De ningún modo, y esto me propongo demostrarlo en el desarrollo de este breve y modesto discurso.

Como devoto de María Auxiliadora y estudiante por profesión, nada mejor que esta verdad me ha parecido del caso para hacerla objeto de estas pobres líneas.
María Auxiliadora me sostuvo y sostiene siempre en mis decaimientos. A Ella acudo en mis dificultades y de Ella consigo la luz que pretendo. Ella es el faro que me ilumina a través del mar tempestuoso de la vida, Ella neutraliza con su cariñoso poder el ambiente malsano y corruptor que rodea la juventud de nuestros días; y a Ella, por tanto, quiero mostrarme agradecido dedicándole este, mi pobre trabajo, cantando a mi manera sus grandezas.

Tres cosas, señores, han formado siempre el asunto de las investigaciones de los sabios y de las eternas disputas de los filósofos: Dios, el mundo y el hombre. Leed los libros de los antiguos representantes del saber humano y encontraréis el error formando el fondo de las más inconcusas afirmaciones de la ciencia aquella.
Veréis luego aquellos principios como al concretarse en instituciones, produjeron la tiranía y la barbarie; cada cual resuelve a su modo, estos magnos e imprescindibles problemas y cada una de estas diferentes resoluciones deja, cual siniestro cometa, un rastro de tinieblas y de muerte.
Los indios recurrirán a la Gran Unidad para explicar el origen de los seres; y al Dualismo los persas; expondrán otros como las conquistas más grandes de la ciencia, los sueños de Brama, principio de los seres; representarán en Roma los dioses griegos las mayores extravagancias y simbolizarán los mayores crímenes. En una palabra, veremos el caos en el orden moral, como el caos aquel que precedió a los días del Génesis.

La República romana que se engrandeció con las guerras extranjeras y se fortaleció con aquellas austeras virtudes que la hicieron tan famosa entre todas las naciones, murió a manos de los sofistas griegos y de las guerras civiles. Contemporáneas fueron en Roma, la filosofía de Epicuro y las tremendas proscripciones de Mario y Sila.
La “Señora” del mundo, cansad de su virtud y enloquecida con sus triunfos, para divertir sus ocios se entregó a los más torpes deleites y se rasgó sus propias entrañas. El mundo no podía existir ya de esa manera: la exageración de la idea de la autoridad había producido el despotismo, el olvido de la idea de libertad, la servidumbre, el culto rendido a todas las divinidades extranjeras, la indiferencia religiosa. Los sofismas de los filósofos griegos habían acabado con la razón y con la ciencia; como los vicios habían acabado con las austeras costumbres del pueblo romano, era, pues, necesario levantar los espíritus y fortalecer los cuerpos, era preciso restaurar la verdad política, la verdad moral y la verdad religiosa.

Entonces fue cuando apareció en el mundo una mujer, al parecer débil y oscura, pero que luego sería mirada como el tipo más acabado de la mujer fuerte de la Biblia, que trazara el pincel oriental de Salomón, que sería justamente llamada el “asunto de los siglos”. Porque ella es y su parto divino el que señala la intersección de los tiempos antiguos y de los tiempos nuevos.
Un vago y hondo rumor dilatándose por las naciones, anunció la venida del Hijo de María, y con ella la venida de la libertad, hija de la verdad. María presenta al mundo a Jesucristo, y Jesucristo muda el semblante a todas las cosas. Al revés de los revolucionarios que comienzan por escribir las tablas de los derechos, ha escrito para todos el código de sus deberes. De su divina boca fluyen esos apotemas evangélicos, que serán como las alas más poderosas de la filosofía, y cuando salga de sus labios el sublime sermón de la Montaña, dará su fundamento a las ciencias morales y políticas, promulgando un código que, en expresión de un sabio, “no tiene precedente, ni tendrá quien le iguale”.

Él proclamará con sus palabras y sus ejemplos el reinado de la caridad y formará la base y el espíritu de las ciencias sociales. Esto y mucho más que, aún vosotros, queridos compañeros, sabéis mejor que yo, trajo consigo la venida de J. C. y la venida de María. Porque como dice Augusto Nicolás: “Cuanto hizo el Verbo encarnado compete en cierto modo a María, y a ella se refiere como agente divino de su manifestación”.
Si queréis ver más directamente el influjo de María en el desarrollo de la ciencia, parad vuestra consideración en el cambio saludable que en el mundo produjeron el ejemplo y virtudes de María; para no extenderme demasiado, me fijaré solo en la virtud de la pureza.

Sabido es el poder que ejerce el corazón humano sobre la cabeza, sobre la inteligencia. La corrupción del corazón, la depravación de las costumbres, el vicio, fue y ha sido siempre la causa de que se hayan perdido clarísimas inteligencias, oscurecidas por el inmundo vapor de las pasiones.
Al contrario, los tiempos en que la virtud de la pureza ha sido más respetada y practicada, han sido los más fecundos en grandes sabios y sanas doctrinas, y estos tiempos, la Historia lo dice, todos lo sabéis, han sido aquellos en que más influjo y ascendiente ha tenido la pureza de María Inmaculada.
Sí, señores, María purificando el ambiente social y formando la inteligencia de innumerables sabios que fueron fervientes devotos suyos, ha dado un gran impulso al desarrollo de todas las ciencias.
No se habían reunido al pie de la Cruz en Alejandría los primeros fieles, cuando ya al lado de la filosofía del paganismo surgía la filosofía cristiana, que bien pronto había de combatirla. La misma escuela defendía en Atenas la verdad cristianizada y en los bancos de los estoicos y del pórtico se veía sentados a los Basilios y Naciancenos. Fortalecidos por las afirmaciones cristianas e iluminados por la gracia, se levantó una pléyade innumerable de sabios que, ávidos de penetrar el secreto de nuestros dogmas y los secretos de la naturaleza, pudieron conocer sus relaciones y armonías.
Encontrando a María donde quiera que encontraban a Cristo, se inspiraron en esta proximidad y crearon páginas inmortales, apologías entusiastas y tratados llenos de amor y de ciencia. Pasaron unos siglos y les sucederán otros, unas generaciones surgirán de la ruina de otras generaciones, pero nunca dejarán de resonar los nombres de San Cirilo, San Ambrosio, San Anselmo y San Bernardo, luminares de la ciencia teológica; de Alberto Magno que llevaba de frente todas las ciencias.

Nunca dejarán de ser admiradas esas inteligencias, que formó el amor y pureza de María. Porque María haciendo amables la pureza y el amor, formó la inteligencia de Santo Tomás de Aquino que, purificando y cristianizando las obras del filósofo de Estagira, Aristóteles, deshizo mil preocupaciones infundadas y trazó nuevos derroteros a la ciencia. Formó la inteligencia del doctor sutil, de aquel que defendiendo la Concepción Inmaculada de María fue el pasmo de la Sorbona de París. Y la inteligencia del gran Copérnico y la de Kepler, a quien las armonías de las esferas producían éxtasis religiosos, y la Ximeno, que con el estudio de la naturaleza se inflamaba tanto algunas veces, que sus palabras fluían de sus labios en forma de salmos cantados a la divina omnipotencia.
Alejandro Volta, el inmortal autor de la pila y Faraday, el ilustre químico, y otros innumerables sabios; a nadie debieron su ciencia y sus progresos, sino al amor y protección de María. a María por tanto, se deben en gran parte los progresos de las ciencias todas. Así las naturales se inclinaron ante ella, en quien el Verbo “por quien todas las cosas fueron hechas” según su divinidad, ha sido echo Él mismo en su humanidad para ser en tan maravillosa operación, el fin de todas las obras, cuyo principio es y cuyo nudo lo constituye María.
La Historia también saludará a María, a quien se la ha llamado como antes dije, “asunto de los siglos”. El Derecho le rendirá su homenaje por ser el “espejo de la justicia”. Las ciencias, en fin, todas ellas, rendirán vasallaje a la que la Iglesia llama “asiento de la sabiduría”.

María, pues, para terminar, por ser la Madre del Verbo encarnado, por el influjo de sus virtudes en el ambiente social, y por haber protegido e ilustrado la inteligencia de muchos sabios devotos suyos, influyó en gran manera en el progreso de las ciencias.
Por el contrario, cuando los pueblos y las naciones (como sucede ahora) se han olvidado de María, cuando han despreciado sus virtudes en vez de imitarlas y se han hecho indignos de su protección especial, ¡ah!, entonces vemos alzarse el sofisma sobre el trono de la verdad y al vicio matar las razas más vigorosas y las más nobles y generosas iniciativas.
Las ciencias apenas progresan y si progresan algo, será para contribuir a la dislocación social. Porque se abusará de la filosofía y de la historia para atacar a la religión y calumniar a sus ministros; del derecho para oprimir al inocente y comerciar con la justicia, y…
Señores, también se abusará de posprogresos de las ciencias físicas para construir bombas con que asesinar a los reyes, y para perturbar el orden internacional con acorazados y cañones.

He dicho.

 

“RELIGIÓN, MORAL Y CULTURA”

 5.2.1927

 

            Conocida es de todos la necesidad del hombre de vivir en sociedad y la imposibilidad con que se encontraría para subsistir por sí solo. Múltiples teorías han tratado de explicar el origen de la sociedad, buscándole en los más opuestos campos. Ha habido quien con la idea del pacto, ha buscado ese origen en el íntimo acuerdo de los hombres en estado antisocial, como Locke, o extra social como Montesquieu.
            No ha faltado quien, dejándose llevar de su ateísmo, admite como principio de la sociedad la evolución natural con el innato deseo del hombre de vivir en la misma. Pero de todas esas teorías absurdas, cuyo estudio no es de este lugar, prescindimos en absoluto y admitimos como verdadera la de la naturaleza social del hombre, que en la creación del mismo por Dios llevando innata la idea de sociabilidad, nace el origen de la sociedad.   

            No vamos a estudiar los fundamentos de la teoría, ni a demostrar uno por uno sus principios básicos. Solo sí vamos a escoger uno de ellos y que por su evidencia tan manifiesta y lógica y su conocimiento, hacen que huelgue su fundamentación.
            Supuesto el origen de la sociedad y la tendencia natural del hombre a vivir en ella, lógico es que esa inclinación se condense en alguna forma que la sirva de expresión. El primer grupo fundamental de sociedad que se encuentra constituida en la Historia es la familia, que podríamos definir diciendo que es “el conjunto de personas unidas por los lazos de la sangre”.
            El origen histórico de la familia radica en Dios que, al crear al primer hombre, Adán, le dio también su compañera, Eva, formando de esa manera la primera familia, de cuyo tronco arrancan todas las demás y que desde los primeros tiempos de su constitución, como resultado de las relaciones de sus elementos, se compone de otras tres sociedades que aparecen en distintos momentos de su desarrollo: la sociedad conyugal, la sociedad materna y la sociedad heril.
            La primera, relaciones entre los esposos, y la segunda, entre padres e hijos, tienen su origen en el mandato de Dios a la primera pareja: “Creced y multiplicaos”. La tercera, relaciones entre señores y siervos, aparece después como consecuencia del incremento de la población y de la diferencia de riqueza.
            El estudio puede hacerse de dos maneras: las tres juntas como partes de un todo, y las dos primeras haciendo caso omiso de la heril. En el primer caso tendremos la familia desde el punto de vista sociológico; en el segundo, la familia propiamente dicha, la que en su seno tienen lugar esas relaciones íntimas que forman el hogar. Esta última es la que estudiaremos en su evolución histórica hasta el hogar contemporáneo, donde procuraremos estudiar los puntos de vista a que el tema hace referencia.

            El estado de la familia en los primeros tiempos y su organización es materia que pertenece al campo de la Ética, que trata de desenmarañar la oscuridad de aquellos tiempos y la confusión que producen los escasos datos que nos quedan.
            Según se deduce de las diversas opiniones de los dedicados a estos estudios, la primitiva forma de la familia y de matrimonio es la monogamia, concepción que concuerda con la idea de la creación por Dios de la primera pareja. A su vez y a través de la sucesión del tiempo, parece ser que la forma monogámica se va debilitando y como consecuencia del estado de lucha por la vida a que estaban sujetos aquellos hombres, nacen dos nuevas formas: la poligamia y la poliandria.
            La primera, unión de un hombre con varias mujeres, se conoce como causa el abuso del triunfo en la guerra, apoderándose de las mujeres del pueblo vencido. Y la segunda, la más interesante de estudio, pues da origen a la teoría del matriarcado, es una secuela de la anterior. El pueblo vencido queda apenas sin mujeres y entonces se verifica la unión de una mujer con varios hombres; otras veces es la necesidad y la escasez de medios de subsistencia la que los obliga a dar muerte a parte de las mujeres, inservibles para la guerra, dejando solo las necesarias para la procreación. Pero, sea cual quiere la causa, el efecto es el nacimiento de la familia poliándrica.

            Formado el matrimonio de esa manera, a causa de la incertidumbre paterna, va creciendo la influencia de la madre hasta ejercer la supremacía en la familia. Tal es el contenido de la teoría del matriarcado. Después vuelve la evolución familiar, a consecuencia del incremento de población y de los medios de subsistencia, a retroceder a las formas primitivas y ya la Historia nos da ejemplos de esa evolución hasta volver a adoptar la monogamia.
            En esas distintas fases porque ha atravesado la familia, la situación de sus integrantes ha corrido pareja con el desenvolvimiento de la misma. En la monogamia, la supremacía correspondía al hombre; la mujer quedaba relegada a su labor reproductora, a los quehaceres domésticos y al cultivo de los campos. Los hijos, como consecuencia del medio en que se desenvolvían, eran destinados a las prácticas guerreras o a las domésticas según el sexo.
            En la poliandria, el hombre continúa en su papel de defensor común, pero pierde sus prerrogativas como gobernante; funciones que desempeña la mujer a causa de su preponderancia. La educación de los hijos es la misma que en la monogámica.
            En una sola idea puede condensarse la vida primitiva: carente de ideales, sin tiempo para otra empresa fija, con un culto rudimentario y supersticioso, su único objeto es la lucha por la vida. Otra cosa no sería admisible, pues aquellos tiempos no se prestaban para más.

            Corramos el curso de la Historia y veremos desfilar pueblo tras pueblo, caracterizados todos con las mismas cualidades: el caldeo, el indio, el asirio, el chino, el fenicio, etc. Nos ofrecen una absoluta identidad de mentalidades tan pobres todas que, bajo el punto de vista que los examinamos, el familiar, nos presentan sus familias constituidas bajo la autoridad paterna, cuya misión solo se reducía a proporcionar hijos para la defensa de la patria y mujeres e infantes para ser inmolados a dioses como víctimas propiciatorias.
            No faltan, sin embargo, pueblos como el egipcio, especialmente bajo el Imperio Tinita, que reconoce la supremacía de la mujer y educa a los hijos bajo la influencia de su religión, no tan cruel e inhumana, abriendo a su inteligencia capos más elevados que el guerrero.
Son otros, como el hebreo que, adelantándose a todos los demás y regido por la ley natural contenida en el Decálogo, suaviza el trato en la familia y reprueba el celibato, admitiendo como parte de la misma, al esclavo que es objeto de trato más suave y que puede ser libre en los años sabatinos.
            Grecia misma nos ofrece las mismas modalidades con la única particularidad de quedar reflejada la mujer legítima a la casa y ejercer un papel preponderante en la vida pública, la hetaira. Únicamente Esparta se presenta con una fisonomía propia, a consecuencia de su organización militarista que hace de la familia un eslabón más de la cadena estatal y convierte a la mujer en una máquina reproductora, quitándola la educación de los hijos que el Estado enseña bajo el ideal férreo de la supremacía patria, o arroja por la roca Carpeya cuando no está en condiciones de cooperar al logro de esa supremacía.

            Y llegando a Roma, en ella la sociedad toda nos presenta un grandioso desarrollo con relación a los pueblos estudiados. Bajo todos los puntos de vista, el pueblo romano se presenta como un innovador y aunque toma sus materiales de otros pueblos, especialmente del griego, es tanto el poderío de su personalidad, que deja impreso su peculiar sello en todo cuanto estuvo al alcance de su mano.
            Bajo su acción se presenta la familia con una modalidad particularísima, que la distingue de todas las demás: la exagerada subordinación al pater familias, que queda convertido en el factotum, en el dueño y señor de todo lo a ella perteneciente. La mujer desaparece de la vida pública y despojada de todas las cualidades que el derecho público pudiera concederla, queda relegada en un segundo lugar como bestia de placer para saciar los bestiales apetitos de su señor.
Los hijos, descuidados de los padres y entregados a merced de esclavos y preceptores, daban rienda suelta a sus instintos conforme la edad les iba invistiendo de los privilegios que la ley les concedía, y carentes de toda idea moral, sin freno religioso que los contuviera, no tenían más Dios que su propio deseo, ni más ley que su voluntad.
            Solo hubo un momento en que esos fatales abandonos de la mujer y de los hijos no existieron, y ese fue el de los comienzos del pueblo romano y el de sus grandes conquistas. Después, cuando endiosados con sus victorias fueron perdiendo las virtudes cívicas que a ellas les condujeron, cuando orgullosos de su poderío paseaban su mirada por el mundo conocido y no encontraban rincón en que no brillase el bruñido casco de un legionario; cuando no existía pueblo que no acatase las órdenes de Roma; como consecuencia de ese poderío, de ese orgullo, de ese dominio vino el apoltronamiento de los romanos: la pereza se apoderó de sus activos cuerpos; la malicie destruyó aquellas férreas humanidades; el placer secó las fuentes de aquellas inteligencias y el sopor de la muerte fue apoderándose de aquel pueblo.
            Se perdió toda idea de religión, desapareció el temor a los dioses al reconocer entre ellos a sus más bestiales gobernantes, huyó de sus corazones toda idea de cariño y la mujer fue hundida en el rincón del hogar como otra cosa cualquiera, y los hijos fueron lanzados al campo de contratación del Faro en los tiempos de la decadencia.

            En esas condiciones, el pueblo romano no podía subsistir. El enfriamiento del hogar llevó el frío hasta el corazón de sus integrantes; la ausencia de cariño embotó el sentimiento; perdida la autoridad paterna fundada en el amor y solo apoyada en las leyes, trajo consigo la pérdida de la autoridad gubernamental y vinieron las sediciones, los asesinatos, las proclamas, la pública subasta de un Impero y con ello la debilidad, la postración, la ruina y después los pueblos bárbaros, vírgenes como las esclavas que los engendraron, dieron el golpe de gracia al pueblo que se hundía bajo el peso de sus glorias como dice un escritor; aunque mejor estaría que se hundió bajo el peso de sus vicios, como dice otro.

            Pero hay en la Historia del pueblo romano un acontecimiento que por sí solo llena todo el reinado de Augusto y es el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Su misión es de redención, es de paz, de reconocimiento de derechos, de amor, en una sola palabra.
            Comienza por declarar la igualdad de todos los hombres ante Dios: derrocó a la esclavitud proclamando que todos los hombres son libres y estableció el principio de la confraternidad; eleva a la mujer de la condición de sierva a la de consejera, de compañera inseparable del hombre; de partícipe de sus penas y alegrías y de ayudante en la misión de la educación de los hijos como complemento del augusto acto de la procreación.
Enseña a la mujer el respeto que debe tener a su marido, la tierna sumisión a que siempre ha de estar sujeta; el amor con que le ha de cuidar y atender sus deseos.
            Muestra a ambos la obligación en que se encuentran de velar por los hijos, de inculcarles la ideas de religión y los principios de moral y rectitud; de guiar su mente por el camino de la enseñanza, de saber despertar sus aficiones, de cultivar sus facultades, de prepararles; en una palabra, para la realización de su alto fin en la tierra, siempre bajo la idea directriz de que hay un Dios justo y misericordioso que ve y juzga todos los actos del hombre.
            Al mismo tiempo que vela por la educación de los hijos, presentando a los padres la tabla de sus deberes, preséntasela igualmente a aquellos, condensada en el cuarto mandamiento del Decálogo: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. En ese precepto queda indicada la obligación de los hijos: velar por sus padres, honrarles siempre, obedecerles ciegamente, ser su esperanza, su consuelo, su apoyo en los momentos adversos de la existencia, su báculo en la vejez y ser quien recoja su último suspiro y cierre sus vidriados ojos cuando termine su misión en la tierra.

            Pero no se reduce a eso solo la labor del cristianismo con respecto a la familia; no solo se conforma con dictar principios justos que le sirvan de norte y base, sino que formula otros varios que garanticen su estabilidad. Comienza por elevar el matrimonio a la dignidad de sacramento, sentando los dos inconmovibles principios de unidad e indisolubilidad, condenando con ello y haciendo imposible la poligamia y el divorcio.
            Establece asimismo el mandato de fidelidad para ambos cónyuges y no solo se conforma con esto, sino que extendiendo sus formidables tentáculos de justicia y caridad, bucea en las entrañas del Derecho hasta dejar asegurada por completo la integridad de la familia, con preceptos que no son del caso estudiar y que prolongarían enormemente este trabajo.

            En medio de la corrupción de aquellos siglos y de la desigualdad tan manifiesta entre los hombres, por fuerza la doctrina cristiana había de chocar con innumerables escollos; pero al mismo tiempo la santidad y pureza de su contenido habían de triunfar de todos esos obstáculos y apoderarse del mundo. Había invadido el imperio romano, estableciéndose en sus doradas ruinas, aquel inmenso tropel de entes y pueblos, que griegos y romanos llamaron bárbaros, y que llevaban en su seno con sus ideales individualistas, el germen de las nacionalidades.
            Aquel conglomerado de pueblos semejantes entre sí tenía una organización familiar que para sí hubiesen querido los vencidos. La mujer no es para ellos la esclava que puede vender como cosa, ni la bestia de placer a la que puede prostituir; es aquella de la que dice Tácito refiriéndose a los germanos, que entra por compañera de los trabajos y fatigas del marido y que ha de padecer y atreverse a lo mismo que él en paz o en guerra. Es la que no es adúltera, ni se avergüenza de tener hijos, a los que educa esmeradamente bajo los ideales de tierra y patria; es, en una palabra, aquella mujer en la cual habían de converger los ideales vírgenes de la selva y el espíritu regenerador de Cristo.
            Y efectivamente, apenas se ponen en contacto los bárbaros con el cristianismo, cuando se produce aquella unión de la que han de surgir los distintos pueblos independientes, que salvarán los residuos de la civilización romana, y que alzarán sobre el esplendoroso pavés de sus creencias, la gloria y espíritu de la Edad Media; que incubará las nacionalidades mientras resiste al grito de “Dios lo quiere”, el empuje bárbaro y destructor de los eslavos y turcos.
            Sobre aquellas civilizaciones medievales rige el espíritu cristiano los actos de los hombres y las sociedades se asientan sobre la piedra fundamental de la familia bárbara, purificada y regenerada por ese mismo espíritu. Mucho podríamos decir de la organización de la familia, pero no podemos extendernos. Solo sentaremos sus características: el  padre es el jefe de ella con potestad absoluta sobre los bienes de la misma; la mujer y los hijos permanecen bajo su patria potestad, pero sin el dominio absoluto que le confirieran los romanos.
La mujer ocupa su debido lugar como consejera y compañera del marido y como educadora de los hijos; estos bajo la dependencia de los padres, se educan en los principios cristianos que garantizan, con todos los cuidados a que anteriormente hicimos referencia, la estabilidad de la familia.

            Vamos a prescindir por innecesario y prolongado, de estudiar la Edad Moderna casi en su totalidad, bajo el aspecto que nos ocupa y fijarémonos solamente un poco en un acontecimiento de esa Edad que origina otro suceso histórico que, a su vez, marca el paso a la Edad Contemporánea y que ejerce una gran influencia en la sociedad actual: La Enciclopedia.
            Como consecuencia de múltiples causas que no examinaremos, aparece por los siglos XVII y XVIII un conjunto de teorías que, tratando de revisar y estudiar a la sociedad, socavan  sus cimientos: las opiniones de Voltaire, Rousseau, Hobbes, Diderot, Montesquieu y otros filósofos, condensadas en sus escritos, echan por tierra el edificio social entonces existente, incubando la tragedia que estallaría posteriormente.
            La doctrina del pacto deshace el concepto de la familia y la sociedad, reivindicando la soberanía para el pueblo. La familia ya no es el conjunto de personas unidas por los lazos de la sangre, ni la sociedad es la resultante del incremento de la familia, unidas por razones naturales y modificadas por causas físicas. No, la familia y la sociedad son las consecuencias del pacto voluntario de los hombres y por lo tanto, sujetas a sus inconsecuencias.
            Y ¿podrían ignorarse acaso los efectos de esas teorías? La respuesta más contundente la tenemos en la Revolución Francesa, que destruye toda la sociedad antigua para formar otra en armonía a sus ideales, para después, con el transcurso del tiempo, venir a reconstruirse con los mismos principios que anteriormente desechó por falsos e inservibles.
            El hombre es libre, la mujer también, ¿cuál es, por tanto, el papel de la familia? ¿Cuándo se crea el matrimonio civil y se admite el divorcio? No le queda otro que la procreación en promiscuidad. ¿Y los hijos? La sociedad velará por ellos mientras alimentan sus almas. Son pan de pasiones desenfrenadas y de odios exacerbados en medio del sangriento tumulto alrededor de la guillotina.
Esa es la primera triste consecuencia de la Enciclopedia: la desorganización de la familia, la destrucción del hogar antes caldeado con las ideas de amor y respeto, y después frío; y esto por los hielos de incredulidad y las nieves de la indiferencia.

            El tiempo transcurre y los principios de la Revolución van cayendo uno a uno. La teoría del pacto batida en todas sus fases, no se mantiene apenas hoy, y la sociedad ha ido renaciendo poco a poco, a impulsos de los mismos principios que antes se desecharon. Pero de las cenizas de la Revolución se alzan otras muchas teorías que aún hoy figuran en los campos de la ciencia y de la política.
            El liberalismo, el socialismo, el anarquismo y el comunismo hacen su aparición, servidos por otros auxiliares, como el libre pensamiento, el evolucionismo y demás escuelas racionalistas y materialistas dispuestos a disputar el campo al cristianismo y a cambiar las bases de la sociedad; y a tal efecto dirigen sus ataques sobre la piedra fundamental del edificio social.
            Bajo ese ideal de lucha, se aleja al hombre de la familia so pretexto del progreso del siglo; se quiere sacar a la mujer del hogar, abriéndola nuevos horizontes en la política y en la ciencia, descuidando sus más elementales deberes. Se mantiene el matrimonio civil que deja paso al abuso del mismo; se consiente el divorcio que desorganiza hogares y divide familias, arrojando a sus miembros por caminos tal vez opuestos; se educa a los hijos con solo deseos materiales, mientras se les aleja de toda idea de Dios y corre ante sus ojos un río de pornografía.
Se quiere formar con esos elementos dispersos, incrédulos y fuera de su esfera una nueva familia y con ella una nueva sociedad. Y esa familia no puede fundarse porque falta la fuerza amadora de esos elementos, que no puede unirse por altruismo porque dominan el egoísmo y la ambición; por sacrificio tampoco porque no reconocen más que su propio medio; por igualdad de ideales menos, porque no admiten más Dios que ellos mismos; por amor lo desconocen; por fe, la han perdido. Luego entonces, la familia quedará sin construir. Y como el hombre no puede vivir fuera de la familia, para formar esta ha de retornar a los antiguos principios.

Tal es la situación actual de la familia. Ahora bien, ¿qué causas son las que influyen sobre la misma? A primera vista, siendo la familia el núcleo donde el hombre nace, vive y muere y estando regida toda la vida de ese hombre por el Derecho, justo es que esa regencia y cuidado alcancen a la familia también. Pero la familia no es solo ese núcleo donde, jurídicamente considerado, se desarrolla el hombre. No, es también un centro donde se dan una serie de fenómenos íntimos que escapan a la influencia del exterior y que no pueden ser amparados por el Derecho. Se concentra en su seno un conjunto de fuerzas que intervienen activamente en su vida, y verifícanse en ella una sucesión de relaciones espirituales que constituyen su misma esencia, y que forman ese núcleo tan sagrado llamado hogar.
Ahora bien, ¿cuáles son esas fuerzas que influencian el hogar independientemente del Derecho? Muchos son los diversos factores que le integran y que son sus más sólidos apoyos, pero los más importantes que podríamos citar, son tres: la religión, la moral y la cultura, factores que procuraremos estudiar como elementos del hogar español.
Es la religión base fundamental de la familia porque sin ella los vínculos que unen a los padres e hijos entre sí, se debilitarían al faltarles su mayor fuerza de enlace. La religión, conocimiento de Dios, es el común denominador que une a los hombres en una estrecha dependencia con relación a su Creador; dependencia que se lleva en el fondo del alma amalgamada y sujeta con el lazo bendito del amor.
La religión, por tanto, es amor que liga los corazones y les ama bajo la sola idea de reconocimiento y acatamiento. Sin ella el mundo sería un caos donde cada cual se regiría por su capricho, sin que freno alguno pudiera impedir su marcha. La sociedad constituiría un conglomerado de individualidades que sin relación alguna, chocarían entre sí a impulsos de sus desatados egoísmos y sería imposible la existencia en un campo donde batallasen las pasiones, reguladas únicamente por la ley del más fuerte que, implacable, caería sobre la justicia y el derecho en alas de la ambición.
Sin religión no puede subsistir el mundo, ni puede mantenerse la sociedad, ni se podría conservar la existencia tranquila.

            Luego si es imposible la vida sin religión, ¿dónde es necesario que se incube y produzca para lograr regularizar la marcha de la sociedad española? En el mismo germen donde ésta tiene origen y en la misma unidad que la integra: en la familia y en el individuo.
El hogar es el primer santuario donde nace el amor y con él la religión; en la feliz unión bendecida por el sacerdote y aprobada por Dios tiene su origen el hogar. En él se desarrolla la nueva vida de los esposos entre alegrías y esperanzas; en él y al calor del amor se desliza la existencia, mientras el nuevo ser que ha de perpetuar la raza, se engendra.
Y cuando Dios bendice ese hogar dándole la suprema dicha de la maternidad, esos padres se postran ante Dios y dan gracias por el placer que les ha proporcionado. Y entonces es cuando el niño crece y vive entre besos y plegarias; su cuerpo se desarrolla y nutre mientas su alma va recogiendo esas escenas de religión que ante sus ojos desfilan y las va guardando en su corazón virgen, donde se agrupan para luego resurgir cuando parecen olvidadas y llevar al alma unos recuerdos que han de constituir la guía de sus actos y el freno de sus pasiones en la juventud.
Entonces es cuando los padres van depositando paulatinamente en la mente del niño la idea de Dios y dejan caer los primeros gérmenes de adoración y amor hacia su Creador. Y después vierten sobre su alma los primeros principios de la religión y le hacen gustar y paladear las dulcedumbres del bien y de la virtud.
            Entonces, en esos momentos críticos en que el niño se transforma en joven y luego en hombre, es cuando se incuba el provenir de la sociedad y la prosperidad de España. Allí es donde fructifican y nacen aquellas semillas de amor que estaban guardadas en los corazones; en ese momento en que la venda de la inocencia cae de los ojos y estos se abren admirados ante el mundo, es cuando hacen su aparición los principios de virtud y justicia, que aleteaban en su inteligencia y que le sirven para conducir su existencia al rítmico palpitar de sus ideas religiosas. Entonces es cuando está creado un hombre, que refrena sus impulsos y solo busca el triunfo de la justicia y el bien.

            La sociedad española no puede tener nada de ese individuo porque en su corazón no se depositaron odios y rencores, sino que se encerraron los ideales de Dios y de amor. Ese individuo que lleva en su sangre el cariño que le dio la existencia y que transcurrió su infancia entre besos y vivas, que ha sido testigo del querer de sus padres y que con los bracitos enlazó sus cabezas, uniéndose estrechamente; que ha crecido entre cuidados y desvelos; que ha guardado en su pecho la idea de un Dios todo justo y misericordioso, y que ha paladeado las mieles del bien obrar, ese hombre que se educó en la religión, es todo amor, es todo cariño a cuanto le rodea. Y quiere al hogar en que nació, al lugar donde creció, al colegio donde se hizo hombre, a su España que le transmitió los divinos ideales y enseñanzas e hizo vibrar su ser a impulsos de sus glorias, y llorar de rabia en sus momentos de decadencia. Ese hombre solo sueña con laborar por el bienestar de su pueblo y por la felicidad de sus conciudadanos.
            El hombre educado en religión no odia, no guarda sus agravios, no busca en la venganza la torpe alegría de sus pasiones; ese hombre perdona, ese hombre olvida y consecuente con sus principios, ama como hermano a sus semejantes y les atiende en sus necesidades; les consuela en sus penas; es partícipe en sus alegrías y borrando odios y rencores, labra por la felicidad de España, haciendo reinar el amor. ¡Solo es capaz de tanto el educado en la ley de Jesucristo!

            Pero volvamos el reverso de la medalla. Supongamos a un hombre engendrado por el pecado, el interés o la indiferencia. En el hogar, si es que se formó, está ausente el amor; el niño transcurre su infancia entre lágrimas y sollozos, en esa casa no se habla apenas de Dios porque se creó a espaldas de él. Como falta el amor entre los padres, faltan los besos comunes a los hijos y las pobres criaturas no tienen cariños que les cobijen ni cantares que les arrullen.
Supongamos que es un caso frecuente y el más favorable que en esa familia formada por el interés, el pecado o la casualidad, solo uno de los cónyuges, la madre, es religiosa; el padre, superhombre y despreciador de la religión, o por lo menos indiferente, no se preocupa de los hijos, ya que realizó su medro o su deseo.
            La pobre madre, conteniendo sus lágrimas pero dando de mamar al hijo las amarguras que en su ser se encierran, procura educar a la prole en la religión. Mas el tiempo transcurre y los hijos se van dando cuenta de lo que sucede en la familia: ven al padre mofarse de la religión e injuriar a su esposa, escuchan las palabras con que se ríe de la religión. La madre se queja del mal ejemplo que da a sus hijos y sus quejas se contestan con risas, cuando no con golpes; y esos hijos que ella educó con tantos cuidados, primero la ven con lástima, después con indiferencia y concluyen por reírse igualmente, realizando la tragedia del hogar.
            ¿Y puede España confiar segura en quien pasó su juventud entre la indiferencia del padre, las lágrimas de la madre y sin pensar apenas en los que le dieron el ser? Cuando sea mayor ese joven no tendrá más imperio que su voluntad, ni más freno que el temor de la pena a que pueda someterle la sociedad cuando delinque, y eso si no salta por encima de ese temor.

            Hemos visto cómo la religión es la guardadora del hogar y cómo es quien determina el porvenir del mismo; pero la religión no puede ir separada de la moral, como ésta no puede existir sin aquella. Donde quiera que haya creencias, habrá preceptos que cumplir. Si la religión nos ofrece la idea de un Dios todopoderoso, la moral nos obliga a reconocer su autoridad. Si quitamos de la idea del hombre el futuro destino suyo que la religión le muestra, difícilmente puede no realizar los actos que la moral le prohíbe para alcanzar su destino. La religión y la moral por fuerza han de compenetrarse.
            Vimos cómo la religión nos mostraba la existencia de Dios y cómo nos inculcaba los principios de verdad, de bien, de justicia, de amor; pero es necesario que esos principios se amolden a la vida, en una palabra, que sepamos qué acto es justo, qué acción es de bien, qué punto es verdad, y esta es la labor de la moral.
            La moral es el principio que rige nuestros actos y mediante la cual sabemos cuándo éstos son lícitos e ilícitos. De aquí se desprende la importancia que tiene para la vida del hombre, ya que ha de ser la reguladora de su existencia y el árbitro de su felicidad. La moral, de la misma manera que la religión, la cual se enseña en el hogar doméstico.
            El hombre ama por propia inclinación al bien, pero es necesario que sepa en qué ocasiones se da. Es indispensable que el hombre rija sus actos con arreglo a las creencias que se le dieron y cuando ese hombre sabe discernir lo bueno de lo malo, completa con su inteligencia sus ideas morales.
            Sin moral la familia española no puede subsistir. El hombre debe tener un freno que le impida aquellas acciones que van contra la integridad de la misma. Según la idea que se tenga formada de la moralidad e inmoralidad de los actos, así han de ser nuestras acciones y nuestras costumbres.
            Cuando esas costumbres se rigen por un recto proceder y nos guiamos por los sanos principios que la religión nos dicta, es indudable el sano influjo que sobre nosotros mismos ejercemos con nuestras acciones. Vamos verificando en nosotros una especie de filtración a través de la moral que nos purifica y nos libra de los detritus malignos, que depositaron otros con el ejemplo o la enseñanza.
La moral es un prisma cristalino que solo deja pasar los rayos puros y es opaco para los impuros; es la que nos guía en todos los momentos y nos hace gustar las mieles de la práctica del bien, y conocer la tranquilidad de conciencia. Porque ¿cómo podríamos subsistir si todos los actos fuesen de la misma naturaleza? ¿Podría darse el peregrino caso de realizar dos acciones opuestas y que al mismo tiempo no se contrarrestasen? Imposible, es necesaria la existencia de una balanza de los actos humanos que permita comprobar su naturaleza, y esa balanza es la moral.

Vemos, pues, cómo es necesaria la moral y la acción que ejerce en nosotros. Luego, de aquí se desprende racionalmente el influjo que, entre otras muchas cosas, ejerce en la familia. Ella es siempre el freno que sujeta las paciones de los cónyuges y les impide atentar contra la integridad del matrimonio, rechazando de plano el adulterio y el divorcio que llevan la destrucción al mismo. Ella es la que se opone a los dispendios familiares en razón a la existencia de los hijos, a cuyo cuidado ha de proveer; ella rechaza la educación en la escuela neutra, cuando se trata de formar una moralidad universal de medias tintas porque el hombre racionalmente no puede permanecer indiferente a la idea de Dios y menos negarle; ella guarda el honor de la familia haciendo honesta y casta a la mujer española e impidiendo que con la ligereza de sus actos, caiga una mancha sobre el nombre del esposo y de los hijos.
Sin su existencia, el padre no se privaría de ofrecer el espectáculo asqueroso del desprecio al hogar y del amancebamiento incestuoso. Con la ausencia de toda moralidad vendría la desaparición de toda honestidad y con ella los respetos familiares, perdiéndose la autoridad porque difícilmente podría conservarla quien no da ejemplo de sus doctrinas. A la pérdida de la moralidad sucedería la del amor y desligados entre sí los hombres y despreciando los vínculos religiosos que los une porque no los reconocen, vendría la separación de los cónyuges, el abandono de los hijos, la disolución, en fin, de la familia. Y ¿qué sería entonces de nuestra patria, constituida en su base por una familia sin lazo alguno de unión?
He ahí el papel de la moral como elemento básico del hogar. Ella muestra sus deberes a los padres y a los hijos; marca el camino de conducta a seguir por toda la familia; se impone cuando alguien quiere apartarse de ese camino, pero también les recompensa abundantemente con los placeres íntimos del cariño cuando permanecen fieles a su deber; robustece los vínculos matrimoniales y eleva sobre ellos el edificio de la felicidad. Es la fiel guardadora de ese edificio y es quien impide su brusco desmoronamiento.
Si la religión es la base fundamental de la familia, la moral, unida a ella, es el ligamen de la misma y quien impide su destrucción. Las dos son necesarias, las dos indispensables; sin ellas no existiría el hogar.

Pero no son solo la religión y la moral los elementos básicos del hogar. Existen otros varios que sirven para mantenerlo, y entre ellos se encuentra la cultura. Podría parecer a primera vista que no existe ninguna conexión entre estos tres elementos, pero nada más equivocados.
La religión nos ordena el cumplimiento de ciertos preceptos; la moral amolda nuestras acciones con esas órdenes; la cultura no solo facilita el minucioso conocimiento de nuestros actos, sino que facilita su compenetración con la religión.
            Todos los actos del hombre sabemos que se encuentran presididos por la ley natural y la ley divina. La natural la cumplen todos los hombres; la divina solo aquellos que la conocen. Pero existen aún entre los conocedores de la ley divina, diversos grados de conocimiento que influyen, según su intensidad, en los actos de los hombres. Cuanto más se conozca una ley, cuanto menos se ignore el contenido de la misma, mejor se cumplen sus preceptos. He aquí, pues, el papel de la cultura en el cumplimiento de las leyes.
            El hogar se encuentra regido entre otras por las leyes religiosas y morales. Vimos cómo es imprescindible la existencia de esas leyes para el sostenimiento de la familia. Ahora bien, como consecuencia de lo anteriormente dicho, el hogar español estará más unido, el hogar estará más enlazado cuanto más se conozcan las leyes religiosas y morales.
            Si ponemos a un hombre ignorante como cabeza de familia y observamos sus actos, estos veremos que están dirigidos por los principios en que se tocan la ley natural y la divina. El amor que tenga a la mujer es únicamente el instinto genésico y el que profese a los hijos, el consiguiente de la paternidad. Sus enseñanzas se reducirán únicamente a los empíricos razonamientos que él mismo se dicte y la esposa y la prole estarán unidas a él por lazos idénticos de obediencia y respeto.
            Pero pongamos a un hombre culto, a un hombre conocedor de las leyes divinas al frente de un hogar y, aunque en el fondo los actos de éste sean idénticos a los de aquel, pues no debemos olvidar que presiden a ambos los mismos principios divinos, existirá, sin embargo, una gran diferencia entre ambos procederes.
            El hombre culto, si bien consciente de que es sumisión procrear, buscará el matrimonio no solo como medio de realizar esa misión, sino de procurarse al mismo tiempo la felicidad en la tierra y prepararla en lo futuro. Sus amores no serán los del deseo de la paternidad, serán los del consciente de la múltiple finalidad del matrimonio. El amor que profese a su esposa, será el debido a la compañera, a la santa mujer que con él comparte sus penas y dichas; y el cariño en que envuelva a sus hijos será el del padre que no se conforma con darles la existencia, sino que procura facilitarles los medios de hacérsela feliz. Sus enseñanzas serán las sublimes de la religión, valoradas con los conocimientos y luces que cerebros superiores hicieron sobre ellas; sus acciones serán el ejemplo manifiesto de quien los realiza en conformidad con sus ideales y los frutos de esas enseñanzas y esos ejemplos serán la expresión viva de la germinación de las semillas que depositaron.

            Los lazos del hogar serán más estrechos aún, porque la comunidad de ideas y de cultura une más a los hombres entre sí y les relaciona íntimamente con Dios. El hogar será más estable porque quien no desconoce la desgraciada consecuencia del divorcio y la disipación, huirá de intentarlo siquiera. El amor será garantía de la solidez de las relaciones familiares, pues no puede desaparecer cuando hay personas que gozan y que sufren juntas; y la espiritualidad del matrimonio será eterna, pues quien no olvida los respetos y cariños que deben existir, difícilmente se saldrá del lugar que le corresponda y que su conciencia le dicte.
            La cultura es uno de los elementos más eficaces del hogar porque quien penetra en lo interior de las leyes divinas, queda saturado de su contenido y es imposible que intente otro acto que vaya en contra de ellas. El hombre culto no ignora el puesto de cada persona en el hogar y difícil es que usurpe el ajeno. En una palabra, el hombre culto como conocedor de sus obligaciones matrimoniales, es el primer guardián de ellas y al mismo tiempo de la familia.

            Pero aún hay más. La cultura no solo estriba en conocer las leyes divinas, sino en no ignorar también las humanas. Estas son en muchos casos las implantadoras de aquellas y su ignorancia llevaría consigo la de ambos. Las leyes humanas protegen muchas veces la familia y extienden sobre ella el manto protector de sus fuerzas, y entonces es conveniente su conocimiento para saber el lugar que nos corresponde en la vida, para conocer el género de relaciones a que se nos abre camino.
            Pero otras veces esas mismas leyes atacan lo más íntimo del hogar, como cuando promulgan y favorecen el divorcio y en ese caso, no solo es conveniente su estudio, sino que es obligatorio su conocimiento para poder luchar contra ese enemigo del hogar y aspirar a su destrucción.
Se impone en ese caso el conocer letra a letra el espíritu de la ley para poder atacarla y destruirla en sus bases; y esa misión ¿puede intentarse por alguien que carezca de cultura?

            Creemos haber estudiado, siquiera no muy extensamente, pues el espacio es poco y la tesis amplia, a la cultura como uno de los elementos básicos del hogar. Hemos visto cómo facilita el conocimiento de las leyes religiosas y morales y cómo se amolda a las circunstancias, procurando velar siempre por la integridad del hogar. Y al hacer esto, creemos haber cumplido con la totalidad del tema al considerar a la religión, la moral y cultura como elementos básicos del hogar.
            Todo cuanto hemos dicho es relativo al hogar en general y como tal, aplicarse a cualquiera en particular, por ejemplo, al español. Y así concluiríamos el trabajo. Pero conceptuamos hacerlo más completo si consideramos la Historia, la influencia de la religión, la moral y la cultura en la historia de nuestra patria, ya que es sabido que cuanto sucede en la sociedad en general es un reflejo y una consecuencia del estado del hogar.

            Si dirigimos una mirada retrospectiva a la Historia de nuestra España, veremos cómo ella nos marca cada punto y cada variación del estado de la sociedad en relación con la religiosidad, moralidad y cultura de la familia española. Lo mismo si consideramos la situación de España antes y después del cristianismo, veremos cómo los pueblos hispanos son más poderosos y fuertes cuanto más puros conservan esos tres elementos, pero siempre más fuertes y poderosos cuando se ven iluminados con la fe de Cristo. Siempre el pueblo español se presentó hermanado con esos tres ideales.
            Bajo ese impulso encontramos ejemplos de acatamiento o insubordinación conforme, primero los pueblos dominadores y después los gobernantes, se aparten o no del recto camino. ¿Qué otra fuerza sino esa hace a Viriato sublevarse al ver hollado el suelo y hogar ibérico por las inmoralidades del pretor Galba? ¿Qué influencia sujetó al sujeto y a los poderosos ejércitos romanos ante la heroica Numancia, sino el estado de desenfreno de las pasiones de los mismos ejércitos? Y ¿qué ocasionó una violenta represión ordenada por S. Emiliano? ¿De dónde sino de la pureza de sus costumbres y del amor a su religión y hogar, sacaron fuerzas aquellos cántabros que lucharon tenazmente contra las águilas romanas y amedrentaron a Augusto hasta el punto de obligarle a dirigir personalmente la campaña, después de mandar abrir en Roma las inquietantes puertas del templo de Jano?
           
            Si seguimos hoja a hoja nuestra historia, hallaremos continuos ejemplos de esa subordinación. Veremos la caída del impero romano, debilitado por los vicios y desconocedor de sus dioses, por un inmenso número a manos de los bárbaros respetuosos con sus religiones y costumbres, sin que sirviera a sostenerle la sangre de los mártires caídos en alas de su religiosidad; ni sus cadáveres descuartizados expuestos al pueblo y que constituirían la más ardiente protesta contra la corrupción del Imperio.
            Contemplemos la pujanza del pueblo visigodo desde que Recaredo abjura el arrianismo en aquel glorioso Concilio de Toledo, y desde que esos mismos Concilios gobiernan al reino con la santidad, moralidad y extensísima cultura de aquellos Isidoros, Leandros, Braulios y demás insignes hombres que, con su asombrosa creencia, iluminaban la Edad Media aún no repuesta del empuje de los bárbaros.
Y seremos testigos de la misma estrepitosa caída del pueblo godo, debilitado por la pérdida de la fe y la corrupción de las costumbres.

            Pero aún hay más. Si nos adentramos en los tiempos de la Reconquista, ¿qué impulso guía a Pelayo y a los suyos a oponerse a los muslines? La religión encarnada en la Virgen de Covadonga. ¿Qué fuerza mantiene durante ocho siglos en titánica lucha a los hispanos, destruyendo al pueblo árabe carcomido por los placeres y la indolencia? La religión nuevamente condensada en aquel caballeresco grito de “Por mi Dios y por mi Patria”. ¿De qué fuente oculta brota aquel espíritu que abole la servidumbre y opone el derecho de los pueblos, condensando en sus municipios y behetrías a las demoras y abusos de los señores?
¿De qué misterioso influjo surge aquel genio inspirador que plasma en la piedra y en los lienzos aquellas obras tan soberbias, que parecen hechas por mano humana? ¿Qué estro divino guía la pluma de Berceo, primer cantor lírico, y del Rey Sabio con sus dulcísimos Cantigas? ¿Qué celestial soplo anima las preclaras inteligencias de un Granada, una Teresa de Jesús, un Juan de Ávila, un Fray Luis y otros grandes místicos y hace sumergirse en aquellos coloquios tan sublimes al cantor del Carmelo?
            La respuesta es siempre la misma: esos hombres insignes, esos preclaros entendimientos, esos aguerridos campeones se crearon al calor del hogar cristiano; se templaron en las luchas de la Cruz; se purificaron en el crisol de la fe y bebieron en la fuente del amor aquellas ideas que hicieron levantar su cultura al nivel de las más florecientes.

            Y seguimos penetrando en la Historia y vemos que los misioneros se lanzan a la conversión de las Américas, y sobre los hogares cristianos elevan la pujanza y poderío de un nuevo mundo. Contemplamos cómo Carlos V lucha con la Reforma que atenta contra la familia, admitiendo el divorcio. Surge la voz potente de Francisco de Vitoria que, en nombre de la religión, reivindica el derecho de los indios contra los atropellos de los dominadores, dando origen al Derecho Internacional que señala un avance importantísimo en la cultura. Y vemos al espíritu cristiano levantar un Escorial y sostener a los valerosos tercios de Flandes guerreando por la Cruz.
            Doquier extendemos la vista, encontramos ejemplos parecidos y que no citamos por no extendernos, hasta llegar a aquel sublime levantamiento de la Independencia para defender la integridad de la patria y vengar el hogar hollado por la barbarie del corrompido ejército francés; para después caer aletargados por el mismo espíritu que combatieron, y dormir en la indiferencia mientras se originaban aquellos sucesos que postergaban a España y la hacían perder los últimos restos del imperio colonial, colocándonos en los últimos peldaños de la escala de las nacionalidades.

            Hemos visto siquiera sea muy a la ligera, la influencia que la religión, la moral y la cultura han ejercido sobre la familia; influencia que se ha reflejado sobre la sociedad. Y hemos visto a ésta aparecer esplendorosa y grande cuando esos tres elementos eran respetados; la hemos contemplado pujante y poderosa cuando en sus venas corría el vigor de las naturalezas conservadas por las buenas costumbres; y la hemos encontrado sabia cuando el hogar era considerado como la fuente de la inspiración del siglo.
            Pero no es eso solo. Si recorremos otra vez la Historia, veremos que esos gloriosos espacios de tiempo y esas empresas gigantescas desaparecen cuando las costumbres se corrompen y el espíritu religioso se pierde. Hallaremos la cultura en un plano bastante inferior cuando el hogar se deshace a impulso de las pasiones desatadas y de las concupiscencias sin freno.
            La Historia misma nos muestra esos fenómenos y otros muchos que no hemos de considerar por no extendernos aún más, y de todos ellos deducimos del inmenso influjo que han ejercido la religión, la moral y la cultura como base de los pueblos.

            Con todo esto consideramos terminado de considerar muy ligeramente el amplio tema que nos ocupa. Hemos considerado a la religión, a la moral y a la cultura como elementos básicos del hogar español desde los puntos de vista filosófico e histórico, y de ellos deducimos la necesidad grande e imprescindible en que se encuentra la sociedad, de velar por su conservación, ya que los tres puntos considerados son los ejes de la misma.
            Que esa conservación de su pureza se verifique en la actual sociedad, es todo a cuanto puede aspirar un católico y un español.

 

EL FIN JURÍDICO DEL ESTADO Y SU MANIFESTACIÓN HISTÓRICA,
MÁS ESPECIALMENTE EN RELACIÓN CON LOS CONCEPTOS DE PENA Y DELITO

 LEMA: “NULLA POENA SINE CRIMINE”

9.2.1927

 

            Conocida es, y sin necesidad de demostración, la necesidad en que se encuentra el hombre de vivir en sociedad. No vamos a explicar aquí las razones de esa necesidad ni las muchas teorías que se han creado para ello. Solo vamos a partir del hecho empírico de las constitución de la sociedad que es, según un escritor moderno, “la reunión de varios seres inteligentes y libres, que juntos cooperan a la consecución de un bien común”.
            En esa reunión de serse se dan dos clases de relaciones: una, entre ellos mismos como consecuencia de su propia personalidad, que se realiza en lo que pudiéramos llamar vida privada; y la otra, que nace de esos mismos seres pero como partes de ese todo que es la sociedad y que da origen a la vida pública.
            De esta segunda clase de relaciones nacen aquellos principios que regulan la vida entre los componentes de la sociedad y que se encaminan a procurar el bien de los mismos por medio de los preceptos de equidad y justicia.
            Las relaciones necesitan una encarnación, una representación, una esfera que recoja las palpitaciones de la sociedad y procure satisfacerlas con arreglo a sus principios. Y esa esfera, esa representación es el Estado. Ahora bien, si por Derecho comprendemos los principios que regulan las relaciones entre los ciudadanos justa y equitativamente, podemos definir al Estado diciendo que es “la sociedad organizada para establecer el Derecho, cumplirlo y hacerlo cumplir facilitando a la sociedad civil el cumplimiento de su fin”.
            De la anterior definición se desprende fácilmente cuál es el fin jurídico del Estado: el cumplimiento, la realización de ese mismo Derecho que él establece, cumple y hace cumplir.

            Pero ahora se nos presenta la primera cuestión del tema: ¿cómo se ha realizado el fin del Estado en los distintos momentos históricos? Difícil es contestar categóricamente a esa pregunta, ya que su misma amplitud parece hacer poco menos que imposible este trabajo en unas cuantas cuartillas. El Estado ha realizado su fin con arreglo a su Derecho y su Derecho ha variado notablemente en los tiempos históricos. En las primeras sociedades dedicadas a la guerra, el Estado cuidaba de la protección de las mismas y su Derecho se encaminaba a velar por la realización de esa protección. Conforme avanza el tiempo y la vida de la sociedad se hace más compleja, vemos al Estado proteger con el Derecho. (Notas tachadas en el original)

            Y para realizarle se vale de tres poderes, que son: el legislativo, el judicial y ejecutivo. El primero promulga la ley, la prevé, la estudia y la publica, y fija su castigo. El segundo juzga de las transgresiones de la ley, los distintos factores que han intervenido en esa trasgresión, las causas que han podido influirla, bien favorable o desfavorablemente, y por último señal el grado de penalidad que corresponde. Y el tercero relaciona las dos funciones anteriores, estudia sus bases, sus puntos de contacto y de oposición, y ejecuta la pena que recayó sobre el trasgresor.
            Pero de estos tres poderes, únicamente vamos a considerar el segundo, es decir, el judicial, pues es el que se refiere al tema.
            Hemos dicho que la función del poder judicial se refiere a estudiar la trasgresión de la ley y estimar el grado de culpabilidad que exista en dicha trasgresión. Dos elementos, mejor dicho, dos requisitos se requieren pues para que el poder judicial funcione: 1º que la ley, la norma jurídica, el derecho en una palabra, sea infringido; y 2º que a esa infracción corresponda una sanción como castigo a la falta.
            Del hecho primero nace el delito; del segundo la pena. Ahora bien, prescindiendo por ahora de las teorías que estudian intrínsecamente al delito y a la pena, ¿qué conocimiento se ha tenido históricamente de esos dos conceptos? No es tan fácil contestar a esa pregunta, ya que intervienen múltiples causas en la creación de esos conocimientos.

            Innato es en el hombre el sentimiento de justicia que le lleva a condenar todo acto que considera como malo. El hombre tiene consigo un conjunto de deberes y correspondientemente de derechos, cuya trasgresión le lleva a aplicar una sanción. De aquí que deduzcamos que el concepto de delito es tan antiguo como el hombre, con él nace y en él se desenvuelve y vive.
            Si la razón nos demuestra que ese sentimiento de justicia está en nosotros, la historia de las legislaciones nos presenta más pruebas fehacientes. Sin necesidad de otras, el Código de Hammurabi, el más antiguo que ha llegado a nosotros, nos dice cuál es la misión del príncipe de ese nombre en la tierra, y nos ofrece algunos casos de delito contra las personas, la familia, la religión, etc. Y dejando otros códigos a un lado, encontramos en la India el Código de Manu, que en su libro 9º nos habla de las funciones de los jueces y de las leyes civiles y criminales. Y como estos, otros muchos, lo que nos demuestra que existen una serie de derechos primordiales al hombre y a la sociedad, que han sido garantizados desde los primeros tiempos sin interrupción, a los modernos que continúan garantizándolos.
           
            Pero si en todos los pueblos se ha tenido idea del delito, no todos le han reconocido la misma naturaleza, pues ya dijimos anteriormente, que influyen gran número de causas, tanto internas como externas, y ese concepto ha venido evolucionando juntamente con las características del pueblo.
            En los primeros tiempos, cuando el hombre estaba unido únicamente por los lazos de la sangre y los vínculos religiosos, el delito constituía para ellos una ofensa a la divinidad, un ataque que se dirigía contra el Ser Supremo, principio del bien y de la justicia, que podría, quizás irritado por ese desacato, tomar venganza, no solo en el delincuente, sino en todo el pueblo a que pertenecía; y estimaban como castigos del mismo todas las calamidades que sobre él cayesen.
            En esos momentos el delito únicamente se reducía a una relación de dependencia, de subordinación entre el individuo y su Dios; una relación que tenía tanto de adoración como de temor, y que llevaba al pueblo a ejecutar toda clase de sacrificios a fin de aplacar la cólera divina.
            Ese concepto del delito se encontraba extendido en todos los pueblos primitivos, como anteriormente dijimos, y en los orientales, cuyas religiones sembradas de principios de venganzas y luchas entre los espíritus del bien y del mal, llevaban a la mente de los creyentes la idea de una venganza del Dios.
            Con ligeras variantes de la teoría ligeramente expuesta, continuaron rigiéndose varios pueblos posteriores, en algunos de los cuales se van diferenciando los caracteres del nuevo tipo del delito. Los lazos que unen a los hombres entre sí no son ya solo los de parentesco y religión. Existen otros varios, resultantes de la fijación del pueblo a la tierra y de la organización de la sociedad.
            Cuando ésta ya ha progresado y se tiene de ella un concepto que la supone para un fin más elevado que el simple de reproducción y relación, cuando ha alcanzado un grado superior de civilización, todo acto que tienda a impedir o modificar la libre realización de ese fin, todo impulso que parezca desnivelar el equilibrio social, es considerado como un delito contra la sociedad.

            Este concepto del delito que se da en aquellos pueblos de organización superior, como Grecia y Roma, tiende a proteger a la sociedad contra todo ataque que se le dirija y defender su integridad. Concepto que está basado en las opiniones de Platón, Aristóteles, Séneca y otros filósofos, así como de algunos ilustres jurisconsultos y que si en sus gérmenes parecía llevar un principio de verdad, derivó después en un abuso de poder del gobernante que, confundiendo y englobando la idea de finalidad jurídica con la de defensa social, le llevó a los mayores atropellos de la justicia, so pretexto de la necesidad de la sociedad.
            Pero ese concepto del delito estaba llamado por entonces a desaparecer. Efectivamente, vienen los bárbaros y es derrocada por completo la civilización romana, quedando únicamente subsistente su derecho. Mas los pueblos invasores traían consigo su organización y con ella un concepto del delito distinto del romano.
            Los bárbaros, como pueblo casi primitivo por lo menos por costumbres, consideran en parte al delito nuevamente como ataque a la divinidad. Pero no es esa su principal característica: ésta nace de las ideas de honor y propiedad. Siendo como eran pueblos conquistadores, y verificado, después de ocuparlos, el reparto de los territorios y considerándose el honor una cosa primitiva de la sociedad, surge entre ellos un nuevo concepto del delito. Y ese es el daño que se causa al particular ofendido.
Mas, como ese individuo no tiene bienes absolutamente propios, sino que son en común de una familia o tribu o pueblo y su honra va ligada la sociedad, toda ofensa que se haga a un miembro de la misma es, por consiguiente, considerada como ultraje a la sociedad toda.

            Y es aquí, en este momento, cuando aparecen dos modalidades de delito, dos nuevas formas que se habían de apoderar del campo de la penalidad de la Edad Media, fomentada por el feudalismo y que tardaría en ser derrocada por las mismas enseñanzas y doctrinas del cristianismo. Y son: la venganza personal y la venganza familiar.
            Por la primera, el ofendido se revuelve contra el ofensor y pausadamente va preparando su venganza que, realizada, tiene todos los aspectos de justicia privada y que carece de los dos elementos primordiales: justicia y bienestar social. Ya consumada la venganza, la cuestión parecería terminada, más no es así.
La familia del primitivo ofensor considera la venganza como una nueva ofensa que se la infiere, y se apresta así mismo a tomársela por su cuenta.
Y en ese continuo encadenamiento de agravios y venganzas, en esa lucha de elementos espirituales y materiales en pugna que destruye las familias, consume energías y debilita a la sociedad amenazando su conservación, es cuando nace el concepto calificativo en los tiempos medievales: la perturbación de la paz como consecuencia de esas luchas.
Los escritores contemporáneos concuerdan en reconocer esa cualidad y sus escritos están impregnados de ese principio. “Los crímenes, dice Domingo de Soto, no se han de castigar en la república, según que sean más o menos graves ante Dios, sino según que sean más o menos opuestos a la paz”.

La teoría anteriormente expuesta dijimos que es la reinante en la Edad Media. Efectivamente, como consecuencia del principio de venganza familiar, el agravio que se infiere a la misma, toma un carácter más general y se transmite a la sociedad que se apresta a satisfacerla con muy distintos nombres corre en dicha Edad. Y tiene su condensación más abusiva, el apogeo de su aplicación, en las premisas que Maquiavelo sentó en su “Príncipe” y que fueron aplicadas en la práctica, basadas en el siguiente silogismo:
“El delito va contra la paz de la sociedad. La paz de la sociedad y su bienestar deben mantenerse por cualquier medio. Es así que el Príncipe dirige la sociedad que considera como propia. Luego el Príncipe puede recurrir a cualquier medio para conservar la paz”.
Ese principio que se deduce de Maquiavelo es conocido también con el nombre de “razón de Estado”, y su invocación en los instantes supremos sirvió para querer justificar ciertos actos que, bajo pretexto de castigar un delito que se dirigía contra la paz, ocultó los ideales más ambiciosos y permitió la entrada de la política en el campo penalista.

A continuación se impone el criterio escolástico, que ya existía al compás de la teoría anterior, que considera al delito como la infracción de la norma jurídica y que, partiendo del principio del libre albedrío, considera al delincuente como autor voluntario de la infracción del derecho y por tanto, obligado a repararle.
A esta teoría que domina durante los siglos XV al XVIII, como consecuencia de las ideas contractuales de la Revolución Francesa y de otras posteriores como la evolucionista, naturalista, racionalista, etc. y al desarrollo de algunos estudios como los medicinales y biológicos, se oponen otras varias que, partiendo de las obras de Beccaria, no consideran al hombre en posesión del libre albedrío, sino que le estiman como una consecuencia de sus antepasados o influenciado y modificado por el medio o ambiente social en que vive y en ambos casos irresponsable.
Esas teorías son la del antropologismo y la sociología criminal. La primera, es decir, la antropológica, considera al delincuente desde el punto de vista de la herencia biológica y le supone comprendido en un tipo determinado de persona con caracteres fijos y precisos y que, impulsado por los instintos que le han sido transmitidos, realiza el delito.
Enfocada la cuestión bajo ese punto de vista, el delincuente que comete el delito en virtud de fuerzas ajenas a él mismo, es un irresponsable, un anormal que ha recibido en su ser todas las lacras de sus antepasados que le dirigen. A un hombre en esas condiciones no puede exigírsele que ejecute un acto por iniciativa propia, porque sus antecedentes biológicos no se lo permitirán y él solo no podría vencer esa opresión, ya que no tiene libre albedrío.

Y es ahí donde precisamente radica el error fundamental de la teoría antropológica: en negar el libre albedrío al hombre, convirtiéndole simplemente en un autómata sin idea ni iniciativa propia. Pero aún hay más, ese tipo criminal de cuya existencia nos hablan los antropólogos, no aparece ni sus propios defensores le señalan. Cierto que se han hecho, principalmente por Lambroso, gran número de estudios en los criminales, pero no menos cierto que ha sido imposible encontrar un solo rasgo característico de cada clase de criminal. Y se daba el peregrino caso de que, después de efectuadas todas las experiencias y fijado un tipo, había persona honrada que tenía los mismos rasgos fisonómicos o coincidía en otros detalles. Y en cambio, existían criminales convictos y confesos que no tenían ningún rasgo coincidente. Hoy la teoría antropológica está desechada en la ciencia.

En cuanto a la teoría sociológica, estudia al delincuente como componente, como miembro de la sociedad y le considera influenciado por la misma. Esa teoría estudia al hombre, sujeto desde niño a todos los peligros que la sociedad tiene y a los cuales no puede sustraerse; desde su infancia está expuesto al ejemplo que le muestran los demás hombres y a los que está predispuesto por virtud de la herencia.
El alcoholismo, la disminución del sentimiento religioso, la falta de cultura intelectual, el estado económico, la carencia de trabajo, etc. son entre otros muchos, los que influyen sobre el individuo y le pervierten hasta ser una persona peligrosa para la sociedad.
Tampoco, según esta teoría, es responsable el delincuente de sus actos, ya que no pudo oponerse a ellos por carecer del libre albedrío. El culpable no es él, es la sociedad que puso en su camino peligros que pudieran hacerle caer y perderse. Es la sociedad que no le guió o apartó esos peligros de su paso. Luego si la sociedad es la culpable, aténgase a los actos de los delincuentes por su causa.
Esta teoría, de igual modo que la anterior, se basa en la negación del libre albedrío, pero como la existencia de este está en el hombre por naturaleza, ya que está dotado de inteligencia y libertad para conducir sus actos, de aquí que le falten sus bases y sea desechada en sus principios.

Ciertos son los peligros que señala en el transcurso de la vida y la influencia que pueden ejercer sobre el ánimo del hombre, pero no hemos de perder de vista que éste es libre para, conocido ya un camino y sus ventajas y oposiciones, decidir en consecuencia.
Esa es la tendencia tradicional de la Iglesia y es la hoy imperante en la ciencia penalista. El hombre es libre para realizar sus actos, verificar un delito, luego solo él es el responsable. Que puedan existir otras causas que influyan o hayan influido y en qué grado lo han hecho, eso ya no es de este lugar. Aquí solo estudiamos lo que se respecta al carácter propiamente del delito, y este es, según las teorías modernas, considerado como “la infracción voluntaria del principio jurídico”.
Hemos, pues, examinado el desenvolvimiento histórico, el primer requisito necesario para que el poder judicial funcione defendiendo el fin jurídico del Estado. Ahora según vemos el mismo procedimiento con el segundo requisito: que a la infracción de la ley siga su castigo, es decir, que exista una pena. Principio que se encuentra condensado en el aforismo latino “nulla poena sine crimine”.
Todo delito supone la trasgresión de una ley, la conculcación del Derecho, y es necesario que ese Derecho sea restablecido imponiendo al trasgresor un mal, el de la pena, que borra otro mal, el del delito.
Principio ha sido el anterior admitido por todas las legislaciones, ya que en la naturaleza humana va impreso el ideal de justicia, que tiende a castigar todo hecho delictivo.

Las primeras legislaciones nos hablan ya de la pena: Código de Hammurabi nos ofrece varios preceptos penando algunos delitos, y el mismo Código de Manu, por solo citar los hechos anteriormente, en los libros 8 y 9, nos muestra igualmente la existencia de la idea de pena.
Asociadas van siempre las ideas de delito y de pena, hasta el punto de presuponer la una cuando se menciona a la otra. Y por eso doquiera que encontremos una teoría, un concepto del delito, encontraremos igualmente pareja la teoría o el concepto de pena.
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