ESCRITOS DE LA DIÓCESIS DE TOLEDO
| |
HOMILÍAS DEL SIERVO DE DIOS JOSÉ RODRÍGUEZ
|
![]()
|
“Cor suum dabit in consumm operun”.
Los juicios de los hombres son muy diferentes de los de Dios. Dios es el ser altísimo, cuyas perfecciones todas son sin número, sin medida, sin límite alguno. Cuya ciencia no se deriva de las cosas, ni es causada por los objetos exteriores existentes en la diferencia de los tiempos, cuya eternidad se identifica con su esencia purísima, en la cual, como en un espejo limpio y terso, ve reflejarse todos los seres con todos sus actos, sus intenciones, sus finalidades, sus más recónditos arcanos. El hombre, por el contrario, es un ser muy limitado en todas sus cualidades y perfecciones. Su inteligencia soberana ya se remonta como águila caudal a los espacios, queriendo rasgar la densa bruma que oculta los secretos del cielo y de la tierra. Ya se arrastra y revuelca en los lodazales de la materia, como el reptil que surca el polvo con su pecho. Ese es uno de los primeros vicios capitales de nuestro siglo: la frivolidad. Y ésta es también la causa original de todas nuestras miserias y desgracias. El mundo va caminando a la ruina; la sociedad siente vértigos de muerte lo mismo que antes de la venida de Cristo, porque hay muy pocos que se reconcentren en sí mismos y hablen con su corazón a solas: “Quia non est qui recogitet corde”. Hoy solo se aprecia lo que brilla, lo que fascina, lo que nos da realce y esplendor, y gloria terrena entre nuestros contemporáneos. Y el mundo parece que quiere retrogradar a los moldes paganos, de donde le había sacado el Redentor divino a trueque de su sangre infinita. Ya lo sabéis: según el criterio de estos modernos maestros de los espíritus, son virtudes pasivas la fe, la esperanza, la obediencia, la mortificación y la mansedumbre, siendo así que el Divino Maestro las practicó y nos exhortó a practicarlas cuando dijo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. ¿Y cuál es la causa de estas aberraciones del entendimiento y de tantos extravíos del corazón? ¿Acaso no tenemos modelos donde poder copiar las virtudes que han de engalanar el jardín de nuestras almas? Me propongo, pues, haceros ver las relaciones íntimas que corren entre el Corazón de la Virgen y otra obra maestra mucho más excelsa de la Divinidad: la Santísima Eucaristía. I. La Santísima Eucaristía es la obra maestra y portentosa de la omnipotencia del Padre, de la sabiduría del Hijo y de la bondad del Espíritu Santo. Y si de la naturaleza inanimada pasamos a la viviente, sensitiva e intelectual, a esa vegetación y floración exuberante que hermosea nuestro planeta, a esa infinita variedad de animales que pueblan las aguas, la tierra y el aire. Y sobre todo, si ascendemos hasta el rey de la creación, hasta el sacerdote de la naturaleza, hasta el hombre, compendio armónico de la materia y del espíritu, de cielo y tierra, de alma y cuerpo; ¡ah!, entonces el entendimiento más obtuso no dejará de reconocer que este mundo visible, con sus bellezas y grandiosidades, es obra de un poder infinito y de una sabiduría sin límites. Pero donde brillan en todo su esplendor esta bondad y liberalidad divinas, es en la elevación gratuita del hombre al orden sobrenatural, a la participación del ser Divino, al a visión beatífica de su esencia purísima. Si a esto añadimos que a todas las horas del día tiene lugar esta oblación purísima e incruenta, y que todos los hombres pueden participar las incesantes riquezas de este Sacramento, nos veremos precisados a exclamar con el Concilio Tridentino: Verdaderamente aquí se contienen la obra maestra de la omnipotencia, de la sabiduría y de la bondad de Dios, pues ni el Padre pudo hacer algo mayor que este Sacramento, ni el Verbo Divino supo recogitar don más precioso que comunicarnos, ni el Espíritu Consolador encontró en los tesoros de su bondad más rica dádiva. Aquí echaron el resto las tres personas de la Santísima Trinidad. Vosotros, los incrédulos, los que tenéis aherrojados vuestros entendimientos con los vínculos del error y vuestros corazones con las cadenas de todos los vicios, y por no someteros a las verdades de la fe, y por no entrar en la adopción de hijos de Dios, donde está la verdadera libertad que es la libertad del espíritu, seguir pidiendo continuamente señales del cielo, como los judíos recalcitrantes. II. Pero si no hay nada mayor ni mejor que este maná divino, que por ser el mismo Cuerpo de Jesucristo, Dios y hombre, el mismo Cuerpo que fue concebido en las entrañas de una Virgen-Madre, el mismo Cuerpo que fue azotado, escarnecido, triturado, clavado en cruz por nuestro amor, pero glorioso e inmortal como está en los cielos… Esa criatura era la alegría de Dios en la creación del mundo. “Ego era cui adyandebat ipse”. Y tanto se complacía Dios en ella, que todas las obras salían de sus manos como por juego y encanto –“Sudens in orbe terrarum”- ¡Oh, qué hermoso pensamiento, hermanos míos! Se alegraba cuando hacía fecundo el seno de las aguas, porque aún más fecunda había de ser la que es llamada “mar de gracias”. Se alegraba cuando enriquecía las vísceras de las montañas, porque aún más rica de virtudes había de ser el alma de la hermosa nazarena, que ha venido recibiendo un aplauso de cada generación que pasa. Pasaron los años y las tinieblas espesas del pecado envolvieron la tierra; el sol parecía que había perdido su brillo, las flores su perfume, el ambiente su celestial ambrosia, las criaturas no eran ya las pregoneras de la gloria del Señor. Faltaba el sacerdote y el cantor que recogiese las notas dispersas del himno universal del mundo. Si te hubieran visto y contemplado como nosotros te vemos y contemplamos estática, arrobada, mirándonos con mirada dulce, tierna, compasiva y radiante de amor y de bondades, con la sonrisa dibujada en los labios, hubieran caído mil veces de rodillas a tus plantas, alabando la magnificencia de tu Hacedor y bendiciéndote sin fin, como a la gloria de su raza, como a la Virgen sin mancilla, de corazón más puro que la primera aurora que se dibujó en los cielos; de corazón más limpio que la nieve inmaculada que se posa en la alturas de los Alpes y se derrite más tarde al ser embestida por posprimeros rayos del sol naciente. De corazón más santo que los más santos ángeles y serafines. “Sanctior cherubin, sanctior seraphin, et nulla comparatione coeteris ómnibus superis exeritibus gloriosior » como te llama San Efrén. Y ¡cómo no te había de hacer pura, limpia y santa el Padre omnipotente que te escogió por Hija predilecta, y te comunicó un rayo de su fecundidad divina, sin menoscabar en lo más mínimo tu integridad virginal! Probad vosotros, hermanos míos, a ver si podéis imaginar y mucho menos comprender los tesoros que se encierran en el corazón de María. Yo no veo en él sino un desbordamiento de la santidad, un mar sin fondo y sin orillas, donde Dios no ha agotado su poder porque su poder no tiene límites. Dióse principio a esta devoción por los años de 1660, en la ciudad de Arlés, en el Real Monasterio de San Cesáreo. Ahí tenéis el pequeño manantial. Comienzan luego a tener parte en los favores de este corazón y en la distribución de sus gracias, los que estaban empeñados en esta devoción incipiente y consiguen que las bendiciones e indulgencias de los Sumos Pontífices y Prelados, desciendan sobre ella. No tengo necesidad de aducir hechos históricos o testimonios fehacientes para corroborar lo que acabo de exponer. Me basta echar una mirada sobre la escena tiernísima que se está desarrollando a mis ojos y escuchar ese vago murmullo de oraciones. Esa nota vibrante de un amor que adora, ese mudo latir de corazones, ese himno entusiasta que vuestros pechos, palpitando de gozo, entonan al corazón sin mancha de María. España ha sido la nación escogida para celebrar en ella el XXII Congreso Eucarístico Internacional. Una vez más se confirma la sentencia de que la Iglesia Católica tiene entre otras prerrogativas, el don de la oportunidad. Todos estos héroes de la Eucaristía eran españoles y españoles somos también nosotros. Patenticemos al mundo una vez más que no hemos degenerado de nuestros antepasados, que no es nuestra historia menguada una injuria a la grandeza de la suya, que aún corre por nuestras venas las sangre heroica que, fortalecida con el pan de los fuertes, hizo morder mil veces el polvo de la derrota a los enemigos de la Eucaristía. Y Tú, oh divinísimo Corazón de Jesús Sacramentado, desde ese trono de gloria y majestad donde estás rodeado de millares y millares de ángeles, querubines y serafines, acepta nuestros humildes homenajes, sin atender a la indignidad y miseria de los que a tus pies se postran. Vierte a raudales en este día los tesoros de tus gracias, de tus luces, de tus bondades infinitas sobre la Iglesia Católica, sobre España que únicamente de ti espera su salvación, sobre todos los que han concurrido al Congreso Eucarístico, sobre todos nosotros. y haz que nuestros entendimientos, nuestros corazones, nuestros sentidos y potencias, empiecen a saborear algo del banquete que tienes preparado a tus escogidos en la Patria de los Santos
|
|
Sermón predicado en la S. I. Primada a continuación del III Congreso Eucarístico Nacional Toledo, octubre 1926
“Regi saeculorum inmortali… honor et gloria” ¡Loado sea Dios, omnipotente y misericordioso, que se ha dignado llevar a feliz término nuestra arriesgada y humanamente inconcebible empresa! ¡Bendito sea el Señor, inspirador, propulsor y consumador de todo elevado pensamiento, que quiso inspirar a nuestro Emmo. Sr. Cardenal, a nuestro amadísimo Prelado, alma y vida de la acción social católica española, la iniciativa bienhadada de celebrar en Toledo, en esta vetusta ciudad de los Concilios, el III Congreso Eucarístico Nacional y ha querido coronarlo con el éxito más lisonjero! Que, ¿a quién hemos dado la batalla, que contra quién hemos peleado? Venimos de dar la batalla al tránsfuga de la luz, al príncipe de las tinieblas con todos sus satélites; a los ateos e incrédulos, judíos e infieles, que cierran con pertinacia sus ojos a la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo; a los cismáticos y herejes, prófugos de la casa paterna, que han renegado de su amorosa madre la Iglesia Católica y se resisten a volver a sus brazos, siempre abiertos para recibirlos; a los cristianos tibios e indiferentes, tomados aún del espíritu del mundo o presos en las redes de la cobardía del respeto humano. No de otra suerte que los antiguos cruzados del Oriente, después de rescatar de manos infieles los Santos Lugares de Palestina; o como los héroes de nuestra Reconquista, después de arrancar palmo a palmo el suelo d e nuestra patria a la morisma invasora; o como los ejércitos del Gran Capitán, vencedor del Garellano y Ceriñola; y los tercios de Flandes a las órdenes del Duque d e Alba o de Alejandro Farnesio volvían siempre rendidos y extenuados pro las mil refriegas, cubiertos aún con el polvo de los combates, ante el trono de su rey y ante los altares de su Dios, a ofrendarles los trofeos y laureles de la victoria. No de otra suerte, digo, nosotros, soldados del Rey Celestial, Cristo Jesús, venimos hoy a rendirle todo el honor y la gloria del grandioso e incomparable Congreso Eucarístico Nacional. Aún cuando otras razones no justificasen la celebración de esta fiesta, ese solo postulado del reconocimiento sería más que suficiente. Pero además, para nosotros los católicos existen otras poderosísimos motivos: lo manda el Papa, el Vicario de Cristo en la tierra, al instituir esta festividad en todo el orbe cristiano; lo desea nuestro Prelado; y así no es extraño que el Cabildo Catedral, secundando como siempre los deseos de su Prelado, hay dispuesto que se celebre con toda solemnidad. Partícipe de este honor y de esta gloria ha de ser también la Reina, la Madre del Verbo, la Madre del Rey, nuestra excelsa Patrona, la Santísima Virgen del Sagrario, recientemente coronada como Reina de Toledo, la celestial Señora, por cuya intercesión nos serán hoy propicios los auxilios de la gracia. Días de gloria para España, los días del III Congreso Eucarístico Nacional, eminentemente nacional, pues siendo la Sagrada Eucaristía devoción tan genuinamente española, que se revela en los más elevados aspectos de la vida de la nación y hace figurar sus emblemas en los escudos de pueblos, ciudades y regiones, que se distinguieron particularmente en la hazañosa epopeya de nuestra Reconquista; habiendo inspirado este augusto misterio a nuestros poetas dramáticos, el único teatro netamente eucarístico, desconocido, insospechado en otras naciones y registrado en la historia de la literatura con el nombre de “Autos Sacramentales”… ha sido por manera singular evocador este Congreso, de los hechos gloriosos de nuestros más excelsos monarcas, desde Recaredo a San Fernando, sin olvidar al conquistador de Toledo; desde Fernando III a los Reyes Católicos, y desde Carlos I de España, cuyo espíritu gigante parece aún presidir el majestuoso alcázar toledano, centinela avanzado de nuestra ciudad, hasta el valiente y magnánimo Alfonso XIII. Nacional por excelencia ha sido este Congreso, pues en él se han conmovido con singular estremecimiento las entrañas de la madre patria, al recordar las hazañas más portentosas de nuestros esforzados caudillos y las empresas memorables de nuestros heroicos descubridores y conquistadores, que pasearon en triunfo las banderas de la patria por todos los continentes y ha acelerado el ritmo del corazón de España, al ver aquí fundidos en un solo ideal, en un solo pensamiento y en un solo amor, a gobernantes y gobernados, a los príncipes de la Iglesia y al Episcopado, y al clero; a la nobleza, al ejército, a la magistratura y al pueblo. Días de gloria para nuestro católico monarca, que obligado a ausentarse de la Corte en cumplimiento de ineludibles y urgentes deberes, viéndose privado, muy a pesar suyo, de presidir alguno de los acatos del Congreso y de asistir personalmente a estas solemnidades, ha estado, sin embargo, unido a nosotros y muy estrechamente, según él mismo manifiesta en su carta, íntimamente unido a cuantos tributan a Jesús Sacramentado nuevos y espléndidos homenajes, dignos de la acendrada piedad de esta nación católica. Días de gloria para la Iglesia Católica y singularmente para la Iglesia española, que se ha visto toda congregada en las augustas personas de sus príncipes, los cuatro Cardenales españoles, de casi todo el Episcopado, de más de un millar de sacerdotes, de todas las asociaciones eucarísticas y del pueblo fiel; que a pesar de tantos obstáculos y molestias, arrostrando toda suerte de privaciones y sacrificios, en alas de su fe y de su devoción entusiasta al Amor de los Amores, han acudido diligentes al llamamiento del Cardenal Primado y han venido a Toledo, y se han extasiado en la contemplación de nuestro tesoro histórico-artístico-religioso, y han visto desfilar ante su espíritu, como en cortejo sagrado de Cristo, como Estado Mayor del Rey de los siglos, las venerandas figuras de nuestros santos y pontífices: Eugenio e Ildefonso Ximénez de Rada, fundador de la Catedral, Cisneros, el conquistador de Orán, el gran Cardenal González de Mendoza, hasta llegar sin solución de continuidad en las glorias y grandezas al egregio purpurado que actualmente ocupa la sede primada. Días de gloria para el Sumo Pontífice Pío XI, que ha visto con paternal benevolencia y cariño entrañable, la celebración de este Congreso, como palmaria lo demuestra en carta expresiva y afectuosa dirigida a nuestro amadísimo Prelado, otorgando con singular complacencia y entusiasmo, la bendición apostólica a todos los fieles; que tanta predilección siente hacia la católica España, si hubiera podido asistir en persona a los acatos del Congreso y singularmente a la grandiosa procesión del día 24 de octubre. Días de gloria para nuestro Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal, que ha visto cumplidos sus votos y ardientes deseos, realizadas su más vivas esperanzas y coronados por el éxito más franco y estupendo, sus afanes y trabajos, sus preocupaciones y desvelos; engastando este nuevo florón a su ya espléndida corona y escribiendo en los anales de la Iglesia Primada y de la España eucarística, esta brillante página de gloria, que juntamente con la de la Coronación de la Virgen del Sagrario en Toledo y la de los Desamparados en Valencia, bastaría para hacer imperecedero su renombre. Días de gloria para esta incomparable catedral, que tan preeminente lugar ocupa entre los templos levantados por los hijos de la católica España en la Edad Media, tanto por su amplitud como por la pureza de sus líneas y la magnificencia de su ornamentación –en frase del Sumo Pontífice Pío XI en su carta a nuestro Sr. Cardenal- para esta nuestra hermosa catedral, uno de los maravillosos templos de la cristiandad, tesoro de arte inestimable, evocador de los hechos más gloriosos de nuestra historia –según dice en su carta nuestro rey-. Días de gloria han sido también para todo Toledo, la ciudad de los pontífices y de los reyes, cuna de Leocadia e Ildefonso, plantel fecundo de héroes y sabios, fuente inexhausta de inspiración eterna para los artistas soñadores, pedestal de nuestra monarquía, centro de nuestra unidad religiosa, y foco de nuestra legislación en aquellas memorables asambleas que se registran en la historia con el nombre de “Concilios Toledanos”. No voy a hablaros de la riquísima Exposición Eucarística Diocesana, que está siendo la admiración de propios y extraños; ni de la valiosa ampliación de nuestro portentoso Museo Catedralicio. No puedo olvidarme del tema de mi oración sagrada, la realeza de Cristo y esta realeza fulgura majestuosa en otra solemnidad sin precedente y sin imitación posible. Reconcentraos en vosotros mismos; haced una proyección refleja de vuestros próximos recuerdos y os parecerá que aún veis desfilar ante vuestros ojos absortos, extáticos, la grandiosa, la ultra magnífica, la indescriptible procesión del pasado domingo, como digno final y coronamiento del siempre memorable Congreso Eucarístico de Toledo, como homenaje entusiasta de fe, de amor, de adoración a Jesús Sacramentado; como tributo de la majestad, de la nobleza, de los poderes públicos, de los príncipes de la Iglesia, del Episcopado, del clero secular y regular, del ejército, de la magistratura, de todo el pueblo español en sus representaciones más altas y en los sencillos aldeanos de Castilla y huertanos de Valencia, con sus típicos trajes medio árabes, medio aragoneses, que en la vanguardia de la procesión iban alfombrando de flores y hierbas olorosas la carrera. No se ha borrado aún de nuestra retina y mucho menos de nuestra memoria la visión celestial, subyugadora de la explanada de la Vega Baja, regada con sangre de tantos mártires, no muy lejos de la histórica Basílica en que tuvieron lugar muchos de los Concilios toledanos, y en que se apareciera la ínclita virgen y mártir a San Ildefonso… Aún parece que presenciamos la escena: cuando al disminuir y diluirse la escasa claridad del crepúsculo, en el fondo del cuadro sublime iban extendiendo su misterio las sombras de la noche; cuando los árboles y las murallas, y los edificios parecían sumergirse en el infinito, mientras emergían de la oscuridad miríadas de lucecitas, como capo de flores iluminadas festejando al Cordero Inmaculado que entre lirios se apacienta; como cielo de estrellas cortejando al sol de los espíritus; como pupilas oscilantes de nuestros difuntos que, henchidos de alegría, se asomaran al mundo corporal para presenciar tan conmovedora escena. Ciertamente es indescriptible la impresión imborrable de este momento, más para sentirla que para expresarla. Todo, todo parecía decirnos: ¡Dios está aquí, gloria a Cristo Jesús, honor y gloria al Rey de la Gloria! ¿Dónde hallar una demostración más irrebatible y un testimonio más fehaciente de la realeza de Cristo? ¿A quién se debe, pues, toda la gloria y el éxito del Congreso? ¿Quién hizo lucir el sol aquel día, como un topacio prendido en el manto azul del cielo toledano, después de varios días anubarrados, lluviosos, sino el árbitro de la naturaleza? ¿A quién se debe que aquel día no se registrara una sola defunción en Toledo, sino al árbitro de la vida y de la muerte? Y cuando los tiranos de la tierra, a lo Nerón, o a lo Diocleciano, en los primitivos tiempos de la Iglesia, o a lo general Calles en la moderna y cruel persecución del pueblo católico mejicano, cuando esos monstruos resisten a la verdad, combaten la verdad, arman ejércitos para perseguir la verdad y reducirla a esclavitud; cuando con la espada, con el calabozo o con la muerte a la mansedumbre, a la libertad y a la vida… ¿Quién –decidme-, quién se siente armado de invencible poder contra esos desafueros y brutalidades de la fuerza? ¿Quién sabe entonces dar al cielo y a la tierra, a los ángeles y a los hombres, a los amigos y enemigos de la verdad, el espectáculo de un valor indomable y de una intrépida resistencia? ¿Quién, a la vista de las p risiones que se abren, de las hogueras que se encienden, de las espadas que flamean, se atreve a pronunciar el Non possumus del Obispo Manrique ante los sicarios del presidente mejicano, el Non possumus de las invencibles convicciones y de las certezas inquebrantables? ¿Quién? Seamos de este número, militemos con lealtad bajo las banderas de Cristo Rey; no ambicionemos otra gloria que la de pelear a sus órdenes, como los antiguos tercios españoles no anhelaban otro honor que pelear a las órdenes de Alejandro Farnesio. |
|
“Et resplendit facies eus sint sol. El hombre por naturaleza siente inclinación irresistible hacia lo misterioso y desconocido. La historia de todos los países y de todas las razas nos lo atestigua con la lógica abrumadora de los hechos. Estamos rodeados de misterios por todas partes y, aunque el hombre haya vencido el poder incontrastable del tiempo y del espacio, y haya logrado domeñar los elementos de la naturaleza con sus portentosos inventos de las artes, de las ciencias y de la industria aplicada a los más urgentes menesteres de la vida, no por ello ha conseguido llegar a las columnas de Hércules que cierran las fronteras de los conocimientos humanos. Y si esto acontece en el orden de la naturaleza, ¿cómo hemos de extrañar que existan misterios y arcanos incompresibles en la religión católica, águila caudal que se cierne en los espacios diáfanos del espíritu y pirámide grandiosa y magnífica que, teniendo su base aquí en la tierra, toca con su cúspide en el corazón de Dios? Por otra parte, los misterios que la Iglesia a nuestra consideración propone, no son doctrinas aéreas o estériles, sino llenas de enseñanzas prácticas para nuestras almas: doctrinas salvadoras que como raudales de gracia, riegan y fertilizan los campos áridos del espíritu. “Seis días después tomó Jesús a Pedro, Santiago y Juan su hermano, y los condujo aparte a un excelso monte y se transfiguró delante de ellos. y su rostro se tornó resplandeciente como el sol y sus vestidos se pusieron blancos como la nieve. De súbito se aparecieron Moisés y Elías hablando con él. Aquí termina la gloriosa transfiguración del Señor y aquí hace también punto final el santo evangelio del día. Los intérpretes y comentaristas suelen distribuir este pasaje en cuatro periodos: Hacer ligeras y prácticas reflexiones sobre cada escena del relato evangélico, es lo que me propongo esta mañana. “En aquel tiempo –empieza diciendo el santo evangelio de la presente festividad, es decir, seis días después de haber hablado Jesús a sus discípulos del fin del mundo y de su gloria- tomó Jesús a Pedro, Santiago y Juan, su hermano, y los condujo aparte a un excelso monte”. Los intérpretes unánimemente creen que fuera el monte Tabor por la proximidad a Cesarea de Filipo y unánimemente también se hacen la siguiente pregunta: ¿Por qué tomó solo a estos tres apóstoles y no quiso llevar consigo a los doce? ¿Es que los demás no eran acreedores, por su adhesión incondicional al Maestro divino, a ser testigos presenciales de su gloria y a ser confirmados por el Padre celestial en la fe viva, que tenían de la divinidad del Hijo? No quería que participaran de esta visión anticipada de la bienaventuranza celeste los que no habían de ser coronados en la gloria. Y para no descubrir antes de tiempo las maquinaciones infernales de judas, que ya meditaba la traición del Maestro, quiso dejar en la falda del monte a nueve de sus apóstoles y subir con tres de ellos hasta la cima. Con los tres que un día habían de ser también testigos de su oración en el huerto de Getsemaní y de su agonía y sudor de sangre; con los tres que habían de ser como los sillares del alcázar ciclópeo de su Iglesia, indefectible reino de Dios en este mundo y ciudad santa erigida sobre los montes más altos. No me digáis, pues, que Cristo obró indiscretamente al elegir a esos tres apóstoles. En ellos están simbolizadas las tres virtudes teológicas: la fe en Pedro, la esperanza en Santiago y en Juan la caridad. Nos enseña también que no podremos progresar en el camino de la perfección cristiana, si no nos levantamos sobre las miserias de esta vida con las dos alas de la mortificación y la contemplación, hasta subir al monte de la santidad. ¿En qué consistió la transfiguración? “Et resplenduit facies eius sint sol, vestimenta antem eius facta sunt alba sint nive”. « Su rostro se tornó resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la nieve ». Aquí tenéis las señales exteriores: su rostro, su mismo rostro se tornó resplandeciente como el sol, es decir, que no tomó otro rostro, sino que su misma faz divina, de donde toma sus fulgores el sol y copian su belleza los cielos, se tornó resplandeciente y diáfana. Y todo su sacratísimo cuerpo participó de estos resplandores de la gloria, y así como al embestir el astro del día las nubes que le cortejan, éstas se vuelven blancas y encendidas, así también los vestidos de Jesús al ser traspasados por los rayos que desprendía su cuerpo, se tornaron blancos como la nieve. Jamás he lamentado tanto como ahora no poseer ni entendimiento angélico y un corazón encendido en el amor de Dios, para poder presentaros en manojos de luz yen carbones de fuego, las delicias perpetuas de las almas santas que, sin cesar, contemplan cara a cara la esencia divina y arden en su amor sin consumirse, como la zarza misteriosa del monte Horeb. Por eso el Rey Profeta nos describe a Dios como sentado allá en los cielos, en medio de un magnífico y augusto senado de dioses, porque los moradores del cielo, transfigurados por el amor divino, son otros tantos verdaderos hijos del Altísimo, cuya naturaleza se comunica a ellos, haciéndolos también dioses. No aspiremos, hermanos míos, a estas elevaciones del espíritu. Si amásemos a Dios con toda nuestra alma y no tuviéramos el corazón divido en las criaturas, entenderíamos algo de esto. Los que ya no creen en la existencia de la otra vida, tienen necesidad de buscar en esta el paraíso; cruzan como Israel el desierto sin acertar a fijar sus tiendas. No dicen siquiera, como San Pedro: “Señor, bien será que nos estemos aquí. Hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Y es porque el hastío les consume; todos los placeres acaban por fastidiarles y abandonados a sí mismos, sin profeta que les guié, cuando piensan estar cerca de la felicidad, la encuentran defendida por dificultades más terribles que la espada de fuego del querubín, puesto por Dios en las puertas del Edén. Pero cuando Dios nos convida a la Pascua interminable de la gloria, cuando sentimos alentar en nosotros un espíritu inmortal, capaz de conocer a Dios y de amarle, llamado por vocación divina a la posesión de un reino que nunca tendrá fin, entonces el dolor se transfigura, el mundo es pequeño para satisfacer nuestras legítimas ambiciones y los quebrantos del alma son fugaces meteoros que no pueden eclipsar el sol de nuestra dicha. “Et resplenduit facies eius sint sol”. Cuando más tarde escribía desde Efeso a la naciente comunidad de Corinto, fortaleciendo su fe con sus prudentísimos consejos, hizo del cuerpo humano un elogio que en vano le buscaríamos semejante: “Vosotros, decía, habéis vivido en la ignorancia del pecado; contaminados estabais con todas las impurezas de la carne. Pero habéis sido lavados, santificados y regenerados en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, y en el espíritu de nuestro Dios. No regaléis la carne que Dios ha de destruir para levantarla después con su poder. ¿Acaso no sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo y el templo del Espíritu Santo?” Despreciadores de la materia nos llaman los que no se avergonzaron de doblar sus rodillas ante el mármol viviente de la carne pública. Nosotros, los admiradores de la transfiguración sustancial más espantable que han conocido las edades, los adoradores del Cuerpo de Cristo consagrado en la Santísima Eucaristía, que vemos a la humana naturaleza desposada con la divinidad en la Encarnación del Verbo; que llevamos en triunfo los restos del madero en que fue obrada la redención del mundo; que besamos el polvo de los caminos de Galilea y de Judea, porque en él se estamparon las huellas de los pies del Salvador; que recogemos con veneración profunda los despojos de los santos y los guardamos en artísticos relicarios. En expectación de esta felicidad, queremos que el cuerpo obedezca al alma, no sea que, trocado el señorío irremisiblemente, la perdamos. Labramos los sillares con que se ha de edificar la Jerusalén celestial y no dejamos de la mano el escoplo y la maza hasta conseguir lo que nos proponemos. Afligimos la carne, despreciamos los goces de la materia, porque nos satisfacen más los del espíritu; no queremos que nuestros cuerpos sean arrastrados al spoliarium del vicio, y preferimos a los apestosos estigmas del pecado, las santas cicatrices de la virtud. Porque, como decía uno filósofo pagano, hemos nacido para cosas más altas que para ser esclavos de la carne. Estas hondas realidades del espíritu cristiano, o no las entendía, o las entendía muy someramente Pedro cuando, después de la aparición de Moisés y Elías, símbolos de la ley y de los profetas, llevado del intenso deleite que sentía a la vista de tanta gloria, y dando oídos a las voces de la naturaleza que siempre apetece las dulzuras del bienestar y del placer, dijo a Jesús: “Señor, bien será que nos estemos aquí. Si quieres, hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No obstante, no podían hacerse tres tabernáculos, pues ya habían terminado los símbolos de la antigua ley para ceder su puesto a las realidades de la nueva. Ya no había de levantarse sino una tienda y un tabernáculo; la tienda de la Iglesia católica y el tabernáculo de los altares. Este es el único salvador y maestro de la humanidad: escuchadle. Escuchadle los rudos e ignorantes, que él es el camino, la verdad y la vida; escuchadle también vosotros, los sabios, que él es el único sabio y os enseñará muchas cosas, os descubrirá misterios y enigmas que vuestra inteligencia limitada, no puede descifrar, ni siquiera entender. Escuchadle vosotros, los pobres, y vosotros los ricos, los sanos y los enfermos, los amos y los criados, los reyes y los vasallos… los pueblos y las naciones, escuchadle todos los individuos. “Al bajar del monte, concluye diciendo el Santo Evangelio, les mandó Jesús que no revelaran a nadie esta visión hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos”. |
|
“Instaurare omnia in Christo”. Estaba muriendo el sol y con sus últimos pálidos reflejos producía sobre las ondas azuladas del mar de Cartago, un incendio sorprendente y encantador de oro y de perlas, y teñía de luz rosácea las arenas de la playa solitaria. Como Mario, delante de las ruinas de Cartago, me paro yo también a meditar sobre las ruinas hoy día acumuladas en las ciencias, en las artes, en las letras, en las costumbres, en las leyes, en las instituciones políticas; como el quejumbroso Jeremías frente a la desolación de Jerusalén, siento derretirse mis ojos con la abundancia de lágrimas, conturbarse mis entrañas y caer a tierra, desfallecido mi corazón. “Deffecerunt oculi mei prae lacrimis, conturbata sunt viscera mea et effusum est in terra jecur meum”. Ciertamente el espectáculo que ofrece a nuestra vista la sociedad contemporánea, no puede ser más triste y sombrío, más lamentable y desolador, y por ende, jamás podría ser más imperiosa la necesidad de restauración. ¿Restauración? ¡Quién lo hubiera dicho! “Nadie, escribe el apóstol San Pablo, puede poner otro fundamento fuera de aquel que ha sido puesto ya por el dedo de Dios, y es Jesucristo”. “Fundamentum aliud nemo potest ponere praeter id quod, positu est et est Ch. Jesus ». Amplios horizontes y campo vastísimo y dilatado, se abre a mi vista, y me confieso incapaz de circunscribirlo en los angostos límites de mi sermón. Trataré, pues, de restringir el desarrollo de mi tema y ceñirme al orden moral, social y político, científico y artístico; y en estas esferas elevadas de la vida humana, veremos resplandecer y campear, nimbado con su aureola divina, la adorable figura de Jesús, único camino, única verdad, única vida y esperanza del linaje humano, principio incontrastable de restauración. La restauración presupone evidentemente un gasto, un desequilibrio, una descomposición, una rotura. Es absurdo pretender reparar un edificio que no esté destruido, cuarteado o ruinoso, que no ha perdido su antigua forma, o sus primitivas proporciones. No se puede componer un reloj o cualquier otro objeto artístico, si no tiene algún desperfecto. Todos comprendéis, oh venerables hermanos, cual sea esta enfermedad: la apostasía de Dios, que trae consigo como secuela ineludible, la corrupción y la muerte, según la sentencia del profeta: “Todos los que de ti se alejan, perecerán”. ¡Ah!, no son ya los escribas y fariseos, no es el populacho deicida de Jerusalén que, ávido de sangre inocente, grita delante del pretorio de Pilatos: “Crucifica al Justo”. Son las turbas insensatas y únicas de todas las naciones que se levantan airadas y enérgicas, y repiten delante de todos los pretorios y de todos los Césares: “No queremos que Cristo reine sobre nosotros, no queremos más rey que el César de nuestras ambiciones, de nuestro orgullo, de nuestras riquezas y placeres. Abajo la Iglesia católica. A los leones los cristianos, fuera Cristo del individuo y de la familia. Fuera Cristo de la conciencia pública. Fuera Cristo de las ciencias, de las letras, de las artes. Fuera Cristo de la escuela, de la prensa, de los espectáculos. Fuera Cristo de los tribunales, de los gabinetes, de los parlamentos. Fuera Cristo de las leyes y de las constituciones del Estado. I. La restauración cristiana o el retorno a Jesús ha de empezar por la reforma de las costumbres. La moral evangélica se ha querido sustituir pro una moral independiente, laica y libertina, que pueda aceptarse o rechazarse a capricho, según las estaciones del año. ¿Cuál será la consecuencia de estos principios? Y como la familia es el fundamento de la sociedad, también ésta ha sentido a la corrupción, con todos sus refinamientos y gracias seductoras, extenderse como un reguero de pólvora en las costumbres, en las letras, en las artes y reproducirse en las vergonzosas desnudeces, hoy, que se ostenta en todas fotografías y grabados. Para regenerar esta sociedad corrompida, no hay antídoto eficaz fuera del que trajo al mundo Jesucristo. Él que es vida, es también resurrección de los muertos. El corazón de la sociedad está gangrenado y cuando un enfermo tiene la sangre pobre o viciada, los médicos tratan de infiltrarle en las venas sangre mora, sangre pura, que vivifique y rejuvenezca el organismo. II. Si la restauración cristiana se hace necesaria en el orden moral, no se deja sentir menos esta necesidad en el orden científico. La ciencia moderna divorciada de Jesucristo, suma verdad, se ha visto empujada por los vientos de todos los errores, sin rumbo cierto. Y ora negando este o aquel dogma se hizo hereje, ora enalteciendo la razón por cima de la fe y negando lo sobrenatural, se hizo racionalista; ora no atinando a explicar el origen de las cosas, sino merced a una continua evolución de la divinidad, se hizo panteísta. ¡Pobre ciencia! Se apartó de Jesucristo crucificado, abandonó la ciudadela fuerte e inexpugnable de la fe y, cayendo en la tenebrosa y espantable sima del error, anda incierta y vagabunda evocando en nuestra mente la fábula del judío errante. Él solo puede restaurar la ciencia, porque siendo la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, señala el rumbo a las inteligencias y disipa las tinieblas calimosas del error. Cristo es la Verdad absoluta: “Ego sum veritas”, la verdad que irradia en la mente del hombre y hace surgir allí las varias semblanzas de lo verdadero. Esto es, directamente la verdad metafísica y moral, e indirectamente la verdad lógica, la verdad de enunciación y la verdad histórica, como la luz al descomponerse en un prisma de cristal, reproduce en sus facetas los diversos colores del iris. Instituida, por tanto, la existencia de Dios y de un orden ultraterreno, se ha de establecer también la inmortalidad del alma y el libre albedrío del hombre para merecer esta eterna recompensa, y veremos caer desmoronada la ciudadela del error. Veremos huir espantados todos los falsos sistemas de la filosofía moderna: el ateismo y el deismo que niegan la existencia o la providencia de Dios; el determinismo fatalista, el atavismo y la nueva escuela antropológica italiana que quisieron quitar a los retos humanos su espontaneidad y responsabilidad para destruir toda razón de mérito o de cuerpo; el materialismo que, negando a Dios y al alma humana, reduce todo a materia; el naturalismo que nada admite fuera de la naturaleza; el empirismo o positivismo que reduce todo al solo orden experimental y todos los renuevos filosóficos que, de estos troncos brotan. Jesucristo, hermanos míos, es la clave y el centro de la historia antigua y moderna, porque Él, como ha dicho y demostrado hasta la evidencia el genio luminoso de Bossuet, es la razón suprema de todos los acontecimientos humanos. Ahora bien, Jesucristo es suma belleza porque es hijo del Padre, que es suma Verdad, Splendor Patris. El Verbo Eterno, Belleza infinita, aunque esté humanamente desfigurado por los clavos y las espinas en la cruz de su martirio. Es el manantial inagotable de toda belleza creada, natural o artística, y la poesía y el arte no son otra cosa que Dios entre nosotros, visto, sentido, viviente en el universo o en nuestra conciencia, para ser interpretado y reflejado en nuestras luminosas creaciones. Vuelve, pues, oh Cristo, tus ojos a la ciencia metafísica, experimental y estética. Fórmalos a la literatura, la música, la pintura y las artes todas liberales. Que tu cruz bendita campee en lo alto de los gimnasios de los liceos y las universidades, que tu nombre santísimo se lea en la portada de todo libro; que tu doctrina sea el preámbulo y la introducción de todo sistema de filosofía y de toda obra de arte. Y ya que eres camino, vida fecunda, verdad absoluta, centro de luz, solución de todas las dificultades, inspiración de los artistas, principio y fin, alfa y omega de todas las cosas, realiza la restauración científica y artística, y la humanidad regenerada cantará suspirando aquella endecha arrobadora del genial Agustín: “¡Oh belleza, oh Verdad, siempre antigua y siempre nueva! ¡Qué tarde te hemos conocido, qué tarde te hemos amado!” III. La sociedad moderna, hermanos míos, no solamente ha apostatado de Cristo, sumo Bien, suma Verdad y suma Belleza, sino hasta de Cristo autoridad infinita. Y desde entonces falta la paz, la tranquilidad y el orden en las esferas políticas. ¿Quién le ha cultivado, hermanos míos? ¿Quién puede imponernos la obligación de ofrecerle incienso? ¿Su autoridad? Esa autoridad, no santificada y ennoblecida por Jesucristo es una ficción ridícula. La autoridad nace del solo concepto de creación y solo tiene autoridad el que crea y a quien él la comunica. Por eso, relegado Dios al ostracismo, cualquier autoridad viene a ser más que un derecho, una usurpación, pues no puede haber título legítimo que imponga respeto, sumisión y obediencia. Mirad alrededor vuestro y veréis cómo este pueblo, desengañado de esa ilusoria soberanía, despierta de su marasmo, ruge como el huracán y con los ojos chispeantes de cólera, con los labios amoratados de rabia, agita en alto sus puños como nuevo Prometeo; y al paso que entona la Marsellesa o el Himno de Riego, corre a apagar su sed de venganza en el robo, en el incendio, en la destrucción y en el crimen, abatiendo y destrozando en su vertiginosa carrera, cetros y tiranos, tornos y altares, templos y palacios. He aquí la razón de esa lucha y antagonismo de clases, en que los poderosos son déspotas y los pobres dejan de ser humildes y resignados, ambicionan desfogar sus odios reconcentrados contra los ricos, y tomar parte en el festín de la vida, a despecho de toda la fuerza armada y socavando, si es preciso, los sillares del edificio social. Lo anteriormente dicho, habla para demostrar que el orden político-social ha de ser restaurado por Jesucristo. Él es el único que puede conjurara los peligros que amenazan a la sociedad actual. Él quien establece el origen divino del poder: “omnes potestas a Deo”, contra los cesaristas y los publicanos que no admiten sino la fuerza o potestad colectiva de las multitudes. Y esta restauración del poder público irradia y se refleja también en el poder doméstico, pues desde que Jesucristo entregó su espíritu entre los brazos de esa cruz bendita, que hoy nosotros adoramos, el esposo considera en su mujer, no la esclava de sus pasiones o un alma vil como en Roma, Atenas o Esparta, sino la compañera afectuosa y confidente de su vida; el padre une a sus hijos en el dulce vínculo del amor y la madre, deponiendo la antigua fiereza de las espartanas en vez de gritar al hijo que parte para la guerra: “O vencedor o muerto”, repetirá con Dª Blanca, madre de San Luís, rey de Francia: “Quisiera verte muerto antes que manchado con un solo pecado mortal”. Restaurada la sociedad en la cima, esto es, en el poder público y en los fundamentos, esto es, en los súbditos, ha de ser restaurada en el centro, o sea, en la cívica convivencia. Jesucristo realiza esta prodigiosa transformación, trocando la convivencia en fraternidad, anunciada a los hombres en aquella frase sublime y divina: “Omnes vos fratres estis”, “todos vosotros sois hermanos”. Vuestros hermanos mayores son los apóstoles y el hermano primogénito, Jesucristo mismo: “Primogenitus in multis fratribus” (Rom. VIII, 29). Recuerdo que al principio de mi oración sagrada, me detuve a contemplar el mundo y a meditar sobre la catástrofe que se avecina y amenaza reducir a pavesas la sociedad contemporánea, herida de muerte, y sentí muy hondo, como Jeremías a la vista de Jerusalén, todo el peso de la tristeza y de la desolación. Mis ojos se arrasaron de lágrimas, mis entrañas se conmovieron y el corazón desfallecido parecía que iba a dar su postrimero palpitar. “Deffecerunt oculi mei prae lacrimis, conturbata sunt viscera mea et effusum est in terra jecur meum”. Sí, este grito que vibró por primera vez en los labios de millares de neófitos en las plazas de Jerusalén y más tarde en torno de la enseña de Constantino, junto a las gradas del Capitolio, que repercutió en los ejércitos cruzados de Pedro el Ermitaño y Godofredo de Bonillón, en las orillas del Salado , en las Navas de Tolosa y en las hirvientes ondas del Golfo de Lepanto, sobre los campos de Leñán y en las murallas de Viena, vuelva a resonar hoy, también entre nosotros, en este pueblo católico, y señale el principio de esa gloriosa restauración en Cristo y por Cristo, que tendrá su corona y complemento en la patria venturosa de los vencedores. |
(Parte de una conferencia sobre la Virgen del Carmen y el Escapulario) (…) La Virgen del Carmen y en especial al Santo escapulario por empeño especial de la Santísima Virgen, se extendió rápidamente a todo el orbe católico y atrae sobre nosotros una lluvia de gracias celestiales, ya que toda vez que este santo escapulario del Carmen es no solo un escudo invulnerable contra los asaltos e intrigas del demonio, sino áncora fija de salvación, con la cual nos veremos libres del fuego del infierno. Yo quisiera que en este pueblo de Camuñas todos fuerais devotos de la Santísima Virgen del Carmen y vistierais con devoción el santo hábito, y entonces os garantizo que viviríais como en un paraíso de delicias, porque la Virgen del Carmen no se encuentra sin su hijo divino y donde está Dios está el cielo, cuyas leyes todas son justicia, caridad y paz inalterable y sempiterna. Haceos imponer este santo escapulario. Las obligaciones que se exigen no pueden ser más llevaderas: casi se resumen a las obligaciones comunes del cristiano: llevar puesto el santo escapulario, guardar los ayunos y abstinencias de la Santa Iglesia y la castidad propia del estado que cada uno tiene, ayunar los miércoles en honor de la Santísima Virgen; rezar el oficio de María o siete padrenuestros y avemarías. Nada más. El que exacta y devotamente cumpla con estas pequeñas cargas, puede tener por seguro que la Santísima Virgen hará, si es preciso, un milagro para que su devoto no muera en pecado mortal. Al contrario, si a pesar de llevar puesto el santo escapulario no cumple bien con estas obligaciones y va cayendo de abismo en abismo, hará si es precioso otro milagro, y le arrancará el escapulario, dejándole caer en los infiernos. Así vemos en el Génesis que Eliécer, en virtud de la palabra que dio a su señor Abraham de no omitir diligencia hasta encontrar mujer digna de Isaac, sufrió los calores del estío a la orilla de una fuente, donde habían de concurrir las hijas de Caná, hasta que puso sus ojos en Rebeca, niña que hasta entonces no había conocido varón. |
|
“Deinde dicit discipulo: Ecce Mater tua”. Quien haya observado atentamente la historia de los acontecimientos humanos en la larga serie de los siglos, por muy extraviado que tenga su juicio y por enroquecido que esté su corazón, no podrá menos de confesar que existe un poder altísimo y una sabiduría suprema, que rige y preside la marcha de los individuos, de las familias y de las sociedades humanas, haciendo que todos los seres creados cooperen de grado o por fuerza a la gloria extrínseca de su Hacedor increado, y al provecho espiritual de sus escogidos. “Diligentibus Deu omnia cooperantur in onum”. Esta dirección sapientísima de las cosas humanas se llama Providencia, cuya acción continua no deja de sentirse en todos los acontecimientos, ya prósperos, ya adversos. ¿Y sabéis por qué permitió la Providencia divina semejante desgracia? Por la misma razón que permite todos los males e infortunios físicos o morales en el mundo: para probar a sus elegidos. Para probar si era sólida, intensa y honda vuestra devoción a la Virgen. La Virgen del Carmen siempre ha tenido para mi dulces y emocionantes atractivos. No es una Virgen sola, extática y arrobada, como las inmaculadas de Murillo, ni una Virgen sola también, triste y doliente como la Virgen de las Angustias o de la Soledad o de los Dolores, sino una Virgen-Madre con su niño en brazos, ofreciéndole a la humanidad como el niño Rehabilitador de nuestra naturaleza. Esto es lo que me propongo por breves instantes. Pidamos los auxilios de la gracia divina por intercesión de esta estatua privilegiada, a la que el nuncio de los cielos saludó un día con el saludo más hermoso que han escuchado los hombres, diciéndole: Ave María. El hombre todo lo averigua, todo lo penetra, todo lo descifra. Sabe que dos líneas oblicuas que se juntan en un punto, forman un triángulo; sabe que el carbón cristalizado se transforma en un diamante; sabe que el sol tiene manchas y que hay un planeta que está circundado en un anillo. Pero hay un abismo inexplorado que el hombre no medirá jamás, y es el amor de una madre. El amor de la madre es una inmensidad. ¿Sabéis vosotros lo que es una madre? ¿Sabéis lo que es ser niño pobre, niño débil, desnudo, miserable, muerto de hambre, solo en el mundo, y saber que tenéis siempre a vuestro lado, a vuestro alrededor, rondando cuando andáis, parándose cuando os paráis, sonriendo cuando os ve reír y apenada cuando os ve llorar, una madre, una mujer de Dios? Una cosa que el niño ama y que el hombre olvida. Un amor hecho a prueba de toda clase de dolores y de todo género de ingratitudes. Un corazón que no se cansa nunca de sufrir. Un alma que no deja ni un momento de querer. En los primeros años de la vida, la madre viene a ser para nosotros, una segunda Providencia. Cuando dice un niño: “yo no tengo abrigo, yo no tengo casa, yo no tengo pan, yo no tengo caricias”, ¿sabéis lo que quiere decir? Que no tiene madre. ¿Queréis comprender la profunda soledad de un huérfano? Eso no se puede conseguir más que siendo huérfano. En los años de la niñez, la madre es nuestra primera maestra: ella nos enseña diariamente a alzar las manos al cielo y a bendecir al Dios de las mercedes. Pro ella aprendemos a coordinar las palabras mismas de nuestras primeras oraciones, de esos primeros himnos que el alma eleva a la Reina de los ángeles. Si es indudable que los padres ocupan en la tierra el lugar de la Divinidad, concluyamos por declarar absurdo e inconcebible el ateismo. No puede existir un ser racional que niegue a su madre. Si existiere, debe considerarse como una excepción, y las excepciones, tratándose del linaje humano, se llaman por otro nombre: monstruos. Pueblos, que rebajasteis la dignidad de la mujer, que la considerasteis como un alma inferior, como un ser casi despreciable, venid, la razón os llama a juicio. El ser que vilipendiasteis, ha dado vida a vuestros héroes y a vuestros sabios. Cuando vuestros sabios y vuestros héroes, cuando los Homeros y Alejandros, los Césares y los Virgilios cruzaban los azarosos días de la infancia, una mujer los alimentaba con el jugo de su pecho; una mujer los adormecía con el arrullo de su amor. Pero no vayáis a los campos, que allí las tiernas avecillas besan a sus madres en el nido; allí el manso recental brinca de gozo junto a la oveja. No vayáis a los bosques, que allí podéis ver a la pantera lamer a sus cachorros y a la leona acariciar a sus hijuelos. Y no es bien que la leona y la pantera de los bosques, y la oveja y el ave de los prados enseñen al hombre las leyes inmutables de la naturaleza; al hombre que es rey de la naturaleza y primera figura en el gran panorama de la creación. Pero si el sentimiento de la maternidad es de todos los tiempos y de todos los países, y de todas las razas, sin embargo, el cristianismo lo ha embellecido y sublimado. Entre la Andrómana de Homero, o la de Eurípides, o la de Virgilio, y la Andrómana de Racine, existe diferencia muy notable. |
|
“Illuminans tu, Mirabilis, a montibus sanctus Ilustrísimo Señor, Ilustres Profesores, amados seminaristas: Asimismo, al contemplar con ánimo tranquilo y desligado de prejuicios, el firmamento rutilante de la Iglesia católica, que su divino fundador hizo brotar del seno de la humanidad prevaricadora, digo mal, que su divino fundador hizo bajar del cielo para que iluminara al mundo sumido en las tinieblas del pecado y en las sombras de la muerte, es forzoso, o haber perdido el último átomo de entendimiento y buen sentido, o rendir al Maestro y Redentor de los hombres el homenaje sincero de nuestro amor y gratitud. ¡Cuántas veces, embebidos en al calma plácida de una noche de estío, habremos dejado vagar nuestra mente errabunda tras la estela de los cometas, o nos habremos extasiado ante la faz melancólica de la argentada luna! ¡Cuántas veces también nos habrán alucinado con sus encantadores sofismas y sus primorosos discreteos esas cañas agitadas por el viento, esos fuegos fatuos del saber, esas indecisas estrellas de la humana ciencia, y habremos corrido en su seguimiento, si es que no las hemos adorado como bajadas del cielo! (…) Los sollozos desgarradores del Santo Obispo, Alberto Magno, que al presenciar en espíritu desde Maguncia, la muerte de Tomás de Aquino, se desató en lágrimas torrenciales como una madre que perdiera a su hijo único, e interrogado sobre el móvil de su dolor, exclamaba: “¡Ah!, dejadme, dejadme, Tomás mi hijo predilecto acaba de morir; se ha extinguido el astro-rey, el lucero matutino de la Iglesia”. De aquel que, según refieren sus biógrafos, sabía de memoria no solamente toda la Sagrada Escritura y sus más autorizados intérpretes, sino todos los Santos Padres griegos y latinos, los escritores eclesiásticos y todos los filósofos de la antigüedad, que dictaba al mismo tiempo y sobre los asuntos más variados y difíciles, a cuatro amanuenses que le seguían por doquier para no dejar perder ninguna expresión del águila majestuosa de la ciencia. La Suma Teológica, hermanos míos, es en efecto un torrente de inspiración divina, un libro milagroso, el más perfecto, el más sorprendente, el más divino que ha brotado de la mente del hombre. Ningún genio se ha elevado más alto que el autor de esta enciclopedia del saber. Misterios, dogmas, leyes, arcanos indescifrables del universo… todo está magistralmente desarrollado. El teólogo muestra al filósofo las verdades de la revelación, y el filósofo pone a contribución las luces irisadas del entendimiento humano. No es mi propósito aquilatar la grandeza de la Suma Teológica, ni poneros de relieve la obra gigantesca llevada a cabo por el genio de Tomás de Aquino. Antes acabaría de medir la inmensidad del espacio yo sondear los abismos de las grandes aguas. La noche cerrada y tormentosa de los siglos medios iba desvaneciéndose y replegando los negros crespones de ignorancia que habían extendido sobre las hermosas regiones de Europa, el elemento bárbaro por medio de las hordas del Septentrión, el elemento pagano por medio de las supersticiones orientales; y el elemento corruptor por la política funesta y corrosiva del Imperio Bizantino. Y Dios, que sus cita los grandes reyes para empuñar las riendas de un estado vacilante y los grandes caudillos para conducir los pueblos a la victoria, y los grandes santos para que sean la sal de la tierra y la abrasen con el fuego del amor divino, había de modelar un genio maravilloso, que en la edad de la ciencia errante y disipada, fuera el alcázar de la sabiduría: “Sapientia aedicavit sibi domum”, que robusteciera la verdad enflaquecida y debilitada con las fuertes columnas de su grandiosa inteligencia: “Excidit columnas sepotem”; que inmolara por su filosofía la torcida razón natural en el holocausto glorioso que exige la verdad y la justicia: “Inmolavit victimas suas”; que mezclara en su teología el vino de la revelación divina con las aguas de la razón: “Miscuit vinum”; y dispusiera un pródigo banquete al sentimiento, ofreciéndole los manjares sabrosos y exquisitos del amor: “Et proponuit mensam sua”; que enviara sus heraldos, que son sus obras inmortales, para que llamasen en el alcázar del filosofismo árabe y en los adarves de la herejía desgreñada, y les dijesen: “El que es párvulo, venga a mí; venid vosotros los incipientes, comed el pan y bebed el vino que os he mezclado. Abandonad la infancia y vivid y andad por los caminos de la prudencia”. Si a los Santos Padres y Doctores precedentes cupo la gloria de haber probado que el cristianismo es creíble y digno de nuestro más profundo asentimiento, a Santo Tomás le cabe el alto honor de patentizar la racionalidad de la religión católica. Y no os deben, pues, admirar las frases encomiásticas de Juan XXII, al afirmar que “solo Santo Tomás ha iluminado más a la Iglesia, que todos los demás doctores juntos; que se aprende más estudiando a conciencia un año en sus libros, que estudiando muchos años todos los demás escritores sagrados y profanos”. Por último, hermanos míos, para que nada falte a la apoteosis de Santo Tomás, se presenta a nuestros ojos, nimbadas sus sienes, con la aureola del odio sectario. Y si San Jerónimo pudo con justicia decir del Doctor Africano: “Todos los católicos le aman y lo que es más honroso para él, todos los herejes le aborrecen de muerte”, con idéntico derecho podemos hacer extensiva esta gloria al ángel de las escuelas. “Tolle Homani et Eclesiam dissipabo”. II. La ciencia de Santo Tomás no es una ciencia humana, no es una ciencia de cálculo o experimental que se adquiere a fuerza de trabajo en la mesa de estudio, a trueque de investigaciones contamos en los gabinetes de física o tutorías naturales y en los observatorios astronómicos; que desempolvando antiguos pergaminos en las bibliotecas, es una ciencia más elevada, es una ciencia que se aprende de rodillas, como Santo Tomás, abrazados al crucifijo, que no se alimenta y desarrolla con al soberbia del entendimiento, sino con la humildad del corazón. Ah, queridos seminaristas, ahí está la clave de todo: la clave de la virtud, la clave de la santidad, la clave de la ciencia; en el amor ferviente al Santísimo Sacramento del altar. Dadme un seminarista devoto y fiel amante de Jesús en el Sacramento de nuestros amores, y yo os daré un seminarista modelo, un seminarista virtuoso y hasta en lo posible, un seminarista sabio. Pues más de una vez la Eucaristía, que es el milagro de los milagros de Dios, ha hecho verdaderos prodigios en las inteligencias. Jamás un misterio católico ha sido cantado en estilo más sublime, ni expuesto con más precisión y ternura. Toda la filosofía teológica del gran misterio se presenta lujosamente ataviada con todas las gracias y galanuras de la poesía. Los himnos, los responsorios, las antífonas y en especial las lecciones del 2º Nocturno y el cántico “Lauda Sión”, son otras tantas reverberaciones del genio y una frase cualquiera, tomada al azar, revela a un tiempo mismo en su autor al gran teólogo, al gran poeta, al filósofo contundente de la Eucaristía. Efectivamente, hermanos míos, a poco que hayáis meditado sobre el misterio de los misterios, habréis observado que en la Hostia consagrada de la Eucaristía, está nacido Jesucristo como compañero fiel y constante en el espíritu y en el cuerpo del que comulga; que está también como verdadero alimento del alma que le recibe; que está muriendo y sacrificándose a cada instante pro la conmemoración y perpetuación de su pasión y muerte; que nos redime y santifica; y que el que deposita la Sagrada Forma en su pecho, tiene y posee lo mismo que poseen y adoran los bienaventurados y los ángeles en la gloria. Ah, sí, Tomás de Aquino es el ángel salvador de la ciencia. Recorred, pues, los senderos brillantes de vuestro entendimiento y que este ángel del Señor sea con vosotros; en vuestras empresas marchad influidos e informados por su santa doctrina; que ella os ilumine al entrar en esos senderos: “Ingressum instruat”; que ella os dirija al progresar en esos caminos: “Progressum dirigat”; que ella complete nuestra ilustración y vuestra dicha, ayudándoos a terminar aquí abajo las hermosas cuanto difíciles vías de la gracia y a obtener allá arriba los dulces premios de la gloria. |
|
Tres son las cualidades de la elocuencia: genio que da la naturaleza; juicio que da la experiencia y fuego que viene del corazón. El Cristianismo y la sociedad. Diecinueve siglos han transcurrido desde que la Verdad divina fue escrita con sangre en la primera página de la Historia moderna; y en esos diecinueve siglos han pasado por el espacio innumerables razas, por la conciencia infinitas ideas; han caído imperios antiquísimos y se han levantado nuevos pueblos; han sufrido las sociedades transformaciones sin número y aquella Verdad desde ignominioso patíbulo permanece fija, inmutable en el centro de la civilización, como el eterno sol de la naturaleza y del espíritu. |
“Mihi autem absit gloriari, nisi in cruce Domini nostri Iesu Christi”.
Todas las sociedades humanas se han formado al calor y bajo el modelo de una religión. No fue la sociedad civil o el gobierno de una nación cualquiera la que sacó al hombre de su estado semisalvaje. Fue la religión la que encendió en su alma racional, la antorcha bendita que, a imitación de su divina inteligencia, Dios al crear al primer hombre, le infundiera. Ahora bien, de estos principios, a poco que reflexionemos, se desprende que si las sociedades todas tienen sus leyes, sus gobierno, su jerarquía para velar por el orden social y tranquilidad de las conciencias, necesariamente y con mayor razón, la religión cualquiera que sea, tendrá sus dogmas, su código, su jerarquía, su culto. Pero, ¿es posible que el patíbulo de un ajusticiado, la cruz estigma de deshonra, de vituperio e ignominia en la antigüedad, se haya trocado en símbolo de gloria para nosotros? Sí, hermanos míos, desde que el Verbo divino fue enclavado en la cruz pro el rescate del género humano, borró toda su maldad e ignominia, y la convirtió en símbolo y enseña de nuestra redención y libertad, en fuente de nuestra vida, en trofeo de nuestra victoria temporal y eterna. Vamos a verlo, con la protección de nuestra corredentora, la Virgen Santísima, Madre de Dios y de los hombres, a quien saludaremos con las palabras del ángel: Ave María.
Cuando traspasamos por vez primera los umbrales de uno de esos alcázares majestuosos, donde la realeza tiene su trono, y contemplamos los variados y ricos mármoles que cubren sus muros, los tapices y alfombras finísimas y elegantes que adornan las galerías, las antesalas y las cámaras reales, los artesonados de oro y plata; los uniformes vistosos de los guardias que defienden la entrada y custodian todas las dependencias del palacio; en suma, cuando nuestra vista atónita contempla todo el fausto y esplendor de esa regias moradas, nuestro espíritu se sobrecoge y sin percatarnos de ello, prorrumpimos en esta exclamación de asombro: “Verdaderamente aquí debe de tener su asiento la majestad y la realeza”. Dios, en efecto, hermanos míos, fabricó el palacio inmenso de la creación para morada de un rey, y ese rey fue nuestro primer Padre que, en conformidad con las riquezas y esplendores del palacio, salió de las manos de Dios perfecto, acabado, sabio, con sabiduría celestial; pues su mente se hallaba iluminada con los fulgores desprendidos de la gloria, a cuya visión y fruición beatífica había sido llamado. Y esta es la primera fase de la esclavitud a que había sido sometida la naturaleza humana, después del pecado. La esclavitud de las almas a sus mayores enemigos: a la ignorancia, a los errores, a las concupiscencias de la carne, a las concupiscencias de los ojos y soberbia de la vida. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, la benignidad y la misericordia de Dios se ostentaron visiblemente en la humanidad de Cristo, Dios y hombre, que se encarnó para rescatar de la esclavitud espiritual y temporal al género humano. Y este rescate había de realizarse en la forma más sorprendente y maravillosa. La cruz bendita nos trajo del cielo las ejecutorias de nuestra grandeza, y consagró a los hombres como los antiguos reyes de la creación; y a nosotros los cristianos como los reyes de la humanidad, puesto que doblar la rodilla ante la ignominia del calvario, lejos de ser una deshonra, es un símbolo de realeza y servir a Cristo crucificado es reinar en la tierra y en el cielo. La esclavitud ha terminado para siempre. No importa que los cristianos se vean atormentados y perseguidos por espacio de tres siglos, y la cruz se oculte en el fondo de las catacumbas. No importa que los sarracenos esclavicen en las mazmorras a los fieles, hijos del crucificado. No importa que haya salvajes que viven en las tinieblas del error y del pecado, porque a ellos no ha llegado la luz del cristianismo.
II. La santa cruz es además fuente de nuestra vida. La vida, y ¿qué es la vida?, ¿cuáles son las causas del fenómeno de la vida?, ¿por qué unos seres viven y otros permanecen inmóviles e inertes?, ¿qué es lo que determina la cesación de la vida? El nacimiento, desarrollo y propagación de las plantas es un fenómeno maravilloso y sorprendente, aunque n o tanto como la vida sensitiva que percibe por los sentidos las cualidades de los objetos exteriores, y de ellos se sirve para su existencia; ni mucho menos de la vida intelectiva y racional, que es participación e invitación directa de la mente de Dios. Desde el sitial altísimo en que había sido colocado como vidente de los arcanos de la divinidad, descendió al nivel de las cosas de la tierra, sin alas para volar al cielo, que desde aquel día fatídico del pecado, se presentó lóbrego, cerrado y nebuloso, cubierto de amenazadoras tormentas. Mas, no solo privó a su descendencia de la vida de la gracia y de la gloria, sino hasta de la misma vida inmortal, que antes gozaba o por lo menos le estaba prometida. Ya no hemos de admirar que la humanidad errante por el mundo, arrastrando una vida desmedrada y pobre, una vida llena de miserias y calamidades, suspirara continuamente por el Redentor prometido y que los hijos de Sión, conservadores y guardianes de la revelación divina, evocaran junto a los sauces de Babilonia a su libertador, y rogasen a Dios para que las nubes llovieran al Justo y la tierra germinara al salvador.
III. Finalmente, hermanos míos, la cruz es el trono de nuestro Rey y trofeo de nuestras victorias. El inspirado y sublime profeta Isaías, con aquella clarividencia que le distingue, nos describe y nos hace ver luminosamente los acontecimientos más culminantes de la vida, pasión y muerte afrentiva del Redentor del mundo; y después de presentarnos a Dios por espacio de cuarenta centurias, extendiendo sus manos suplicantes al pueblo judío, mil veces rebelde y recalcitrante, no por interés ni por su gloria y exaltación, que todo esto en él era infinito, sino por amor, para erigirse un trono y un altar en el corazón de aquel pueblo, objeto de todos sus desvelos, de todas sus delicias, nos hace ver como Dios, por medio de sacrificios, humillaciones y dolores sin cuento, llega a conquistar un trono en el corazón, no ya del pueblo judío, sino del mundo todo, de la humanidad. ¿Qué quiere decir esto? O yo no sé interpretar los acontecimientos de la vida de Cristo, o aquí en el árbol santo de la cruz, después de morir Jesucristo, se verifica y tiene realidad el oráculo de Isaías cuando dijo: “Regnabit a mano Deus”, “Dios reinará desde un madero”; y la profecía del mismo Redentor, que dice así: “Cuando yo fuere levantado de la tierra, traeré todas las cosas hacia mí”, “Erim exaltatus fuer a terra, omnia traham ad meipsum”. Es que si antes, por la esquivez y perfidia de los hombres, no ha reinado Cristo en el mundo de los espíritus, ahora vence a todos sus enemigos, triunfa de todas las aberraciones de los hombres el león de la tribu de Judá. ¿No la visteis ondear más tarde, en el último reducto de los fanáticos musulmanes, en las sierras bermejas de Granada, para volar con Cristóbal Colón al descubrimiento de un mundo nuevo y sellar la frente del indio bautizado, y fulgurar en las crestas de los Andes como el eterno sol de la naturaleza y del espíritu? ¿No era ella la que remataba el pendón morado de Castilla y las cadenas de Navarra, y las barras de Cataluña cuando el sol no se ponía en nuestros dominios, y dondequiera que intentaba el mar revolver sus ondas, siempre encontraba costas españolas? ¿No triunfó ella con Juan de Austria en las hirvientes olas del mar Jónico y con Sobieski junto a los muros de Viena? La santa cruz es el arma invencible que debemos blandir en los combates de esta vida, porque ella fue la señal que se apareció a Constantino desde el cielo y le dio la victoria en el puente Silvio, y la que volverá a aparecer en los cielos cuando el Señor venga a juzgar a los vivos y a los muertos. |
| CONFERENCIAS Y ESCRITOS VARIOS | |
|
|
| CUENTOS | |
| POESÍAS | |
CONFERENCIA SOBRE LA ACCIÓN CATÓLICA A los jóvenes de San Bartolomé de las Abiertas (Toledo) (Sin fecha)
Jóvenes católicos, señoras, señores: Permitid que mis primeras palabras sean de satisfacción por este acto y de felicitación para vosotros. Contaba para este compromiso con vosotros, contaba con vuestra fe, con vuestra religiosidad tradicional; sabía que el espíritu cristiano arraigaba en lo hondo de vuestro pueblo; sabía que sin vacilar, responderíais a nuestro llamamiento. Os han hablado ya de los tres pilares firmísimos de nuestra obra: piedad, estudio, acción. Os han hablado del espíritu de las J. J., de su organización. Quiero yo hablaros de la necesidad de que la institución arraigue y se extienda. Vivir. Gozar. Pero, ¿es que acaso llenan estos ideales las inquietudes del hombre? Pero, ¿es que acaso solo somos materia? ¿Por qué olvidamos que somos compuesto de cuerpo y alma, de materia y espíritu, hechos a imagen y semejanza de Dios? Tal es el panorama de nuestra sociedad. Mas, frente a él, la Iglesia nos presenta la senda que trazara Jesús de Nazaret. Senda que podrá ser difícil, pesada, pero que no es imposible, porque un Dios la trazo y una Santa Mujer conforta nuestras fuerzas. Y para hacer más fácil el camino, para impedir que aumente ese desolador aspecto social que antes describía, nace la A. C., surge la A. C., como inmensa cooperativa de virtud, como sublime sociedad de socorros mutuos espirituales, como ideal divino que hace a los hombres salvar su alma, ayudando a salvar la de los demás, siendo Cirineos unos de otros por la ruta de la humana amargura. Por estar firmísimamente convencidos de la elevación y la grandeza de sus ideales, la A. C. se lanza a los caminos enarbolando la Cruz. Llevar almas de joven a Cristo, inyectar en los pechos la fe. Así canta nuestro himno triunfal. Llevar almas, conquistad almas, y ganarlas para Cristo. Llevar la luz de la fe a tantos espíritus oscurecidos por las luchas humanas, a tantas inteligencias nubladas por el vapor de las pasiones y los egoísmos terrenos; recoged a tantos jóvenes que huyeron de Cristo y ponerlos a los pies del crucifijo, cual cautivos redimidos. ¿Habéis medido toda la hondura de esa labor de ayudar a los demás a salvarse? Fijaos que a nuestro lado se libra la gran batalla de la vida, que hermanos nuestros están en trance de caer, que muchos han caído ya, que nosotros mismos estamos en igual peligro. Fuera vacilaciones, fuera dudas, jóvenes católicos. Vamos a continuar nuestra empresa como aquellos santos varones que nos precedieron en el camino. Vamos a plantar y a regar porque, aún cuando sabemos que en nuestra pequeñez y miseria no somos nada, será Dios el que nos de el crecimiento. Y si atendéis a sus efectos, la política desune, separa, crea antagonismos y rivalidades que no solo quedan en los programas, sino que se llevan a los más ínfimos detalles de la vida ordinaria. Surge la lucha política, pocas veces elevada y muchas llena de zancadillas, maniobras y bajezas. Viene la pugna, la rivalidad, se olvidan los méritos, las amistades, los lazos de familia, las relaciones de largos años. Y vemos en sitios y lugares donde los hombres tienen que vivir juntos y en relación unos con otros, donde la vida social es reducida; cómo por un ideal político, que a veces no es político ni es ideal, se vive en franco desacuerdo, en sorda lucha, en hondo antagonismo, que a veces estalla en estruendo de revueltas, cuando no de asesinatos. Fácilmente comprenderéis, católicos, que esto no puede ser la A. C., que estos no pueden ser los efectos de una institución que busca la salvación de las almas. La J. C. siguiendo las huellas de su Divino Maestro, quiere instaurar en la sociedad el espíritu de Cristo, quiere que todos los hombres sean hermanos y se amen como hermanos; que desaparezcan esos odios y rivalidades que perturban la paz social, que las relaciones entre el capital y el trabajo se resuelvan con un cristiano espíritu de justicia, sin que aspire una clase social a hundir a la otra, porque todas se complementan. Pero es que, me preguntaréis, ¿no puede llevarse a la lucha política ese principio de amor, de hermandad cristiana? ¿Es que no deben los católicos intervenir en política? Señores, es la lucha política tan compleja, tan variada, juegan en ellas intereses tan encontrados y trascendentales, se pone tanta pasión en la pelea que el hombre, si no quiere perder la serenidad y el espíritu de justicia, necesita antes haberse preparado. Necesita haber dotado antes a su espíritu y a su inteligencia de las fuerzas necesarias para afrontar todos los encuentros. Pues bien, señores, una de las finalidades que pretende la J. C. es formar la conciencia de los miembros de la sociedad; es ir creando ese espíritu que a través de las conductas individuales cuaje en un inmenso sentido católico de la colectividad; es ir haciendo esas generaciones futuras, que llenas del sentido de Cristo, lo apliquen a todos sus actos. Esas generaciones de recia preparación religiosa, de hondo espíritu católico, que estén dispuestas a implantar sus creencias a donde Dios les llame; a esos hombres que si Dios los llama a gobernar, a ser padres de familia, a ser propietarios de empresas o negocios, a ser obreros manuales, a ser hombres el día de mañana, se porten siempre como católicos; que hagan siempre honor a sus ideas, que no sean como tantos católicos de ahora. Y así nos luce, que después de darse golpes de pecho y llevar un cirio en las procesiones, no vacilan en olvidar sus ideas en cuanto cruza por medio un puñado de pesetas. Los católicos deben intervenir en política, ¿por qué no? ¿Es que no son ciudadanos como los de los campos contrarios? Juegan en la vida pública cosas muy queridas para los católicos y estos no pueden permanecer indiferentes. Pero fijaos bien, procurad obrar de manera que no se confundan las ideas religiosas y las ideas políticas. Por esta razón, os decía antes que la A. C., la J. C. no es política, no es un partido político, como no lo es que a los directivos se nos prohíbe figurar en política y a la institución mezclarse con esas contiendas. La J. C. aspira a formar católicos, buenos católicos, hombres que ante todo, aspiran a salvar su alma y salvar la de sus semejantes. Si después de formados esos jóvenes, si ya hombres, quieren ir al campo político, allá ellos. La Iglesia los deja en libertad, como deja también en libertad a los que quieren vivir una existencia plácida y privada. Estoy convencido de que no tendréis ninguna duda ni recelo sobre esto, que todos ingresaréis en la J. C. Pero si alguno tuviere esa duda, debe desecharla inmediatamente. En nuestras J. C. hay de todas las clases sociales. Así, practicamos la verdadera fraternidad humana. Somos hermanos y como tales debemos convivir y educarnos juntos. |
|
(Sin fecha)
En una de las últimas sesiones del Ayuntamiento se ha propuesto que el nombre de nuestra ciudad, sea sólo el de Talavera, suprimiendo su específico, “de la Reina”. Desgraciadamente no ha sido así. Llevados por un deseo puramente político, pues otra razón no se nos alcanza, se pretenden borrar unas palabras que si nada influyen en la ideología del pueblo, sí actúan en su sentimiento, y éste se ha forjado de tal manera en el yunque de los siglos y de los acontecimientos, que saben muy bien quienes proponen tal cambio, que una disposición gubernativa podrá suprimir del nomenclátor nacional un nombre, pero que en la conciencia del pueblo perdura lo que su pasado le deja, como perduran y se conservan en la ciudad mil nombres antiguos, ajenos a las luchas políticas. El nombre de Talavera de la Reina no es nuestro. No es patrimonio de esta generación. No puede, por tanto, disponer de él porque pertenece a algo más imperecedero que nosotros; a algo más sereno que los momentos de lucha. Pertenece a la Historia: en ella se forjó y en ella se ha perpetuado, penetrando en la conciencia popular, a diferencia de tantas cosas que a ésta se han querido imponer y que rechazó con su indiferencia, cuando no con sus sátiras. La misma antigüedad de su origen, la Edad Media, la eleva sobre las actuales contiendas de régimen. No es el nombre de Talavera de la Reina la expresión de un sentimiento, la condensación de un ideal. Es el nombre de un pueblo que tuvo importancia sobrada para honrar a una reina, contando en su patrimonio que, cuando la organización social de aquella época dio ante otros idearios y no tenía fundamento la existencia de su específico, lo conservó como un lujo, como un blasón, como algo que ya no era sino un recuerdo de su brillante historia. Con clara visión de la inmutabilidad de ciertos conceptos, el alcalde de Madrid, Sr. Rico, comentando la destrucción de determinadas estatuas, decía: “Estas no representan el régimen caído. Por tanto, hay que conservarlas porque pertenecen a todos, pertenecen al arte”. Talavera será grande cuando sus vitales problemas se resuelvan, cuando la potencia de su agricultura y su industria la hagan ocupar un puesto preferente en el mercado nacional, cuando las vías de comunicación la abran mercados desconocidos, cuando se saneen las covachas de sus innumerables viviendas. Cuando la crisis del trabajo se resuelva cristiana y felizmente, cuando tantos aspectos de su vida hallen acertada solución. Y entonces Talavera será republicana, aunque se llame de la Reina y los republicanos tendrán motivos sobradísimos de orgullo y los contrarios reconoceremos y aplaudiremos lo acertado de su gestión. Expresión del sentir de sus hijos que, conscientes de su valor solamente histórico, no vacilaron en tener a su frente otros Ayuntamientos republicanos, como tampoco dudó en elegir al actual porque representaba su presente ideología. |
|
(Sin fecha)
En un libro antiguo lo leí, historia triste era y que produjo en mí tal sensación, que no pude menos de impresionarme, y decidí trasladarlo al papel. Lanzóse el pueblo a la revolución y descalabro tras descalabro, llegó el fatal momento en que juaristas e imperiales se hallaron frente a frente en los campos de Querétaro y se aprestaron a reñir la batalla decisiva. Con un puñado de bravos resistió mientras tuvo fuerzas para ello; pero no queriendo sacrificar estérilmente más vidas de sus leales, rindió su espada y esperó sereno el fin que la suerte le deparaba. Dirigióse, pues, al jefe que tenía más próximo, y entregándole el arma dijo: “Tome usted esa espada que no ha manchado la ----- (no se puede leer en el original). Me he equivocado, buscaba la felicidad de mi pueblo”. “No era bueno el camino”, respondió secamente el jefe. “Espero que sabréis mostraros dignos de la victoria y perdonaréis a mis desgraciados compañeros”. “Nada puedo responder, eso toca al presidente de la República y al gobierno legítimo”, contestó el republicano. “Está bien. Esperamos”. Momentos después, Maximiliano, Miramón y Mejía eran entregados al general Corona, el cual mandó constituirlos en prisión. |
|
(Sin fecha)
Señoras, señores: Me toca cerrar este acto de confirmación católica que el celo y la religiosidad de los jóvenes católicos de Sevilleja de la Jara han organizado, y cuyo desarrollo se nos ha hecho el honor de encomendarnos. Preocupado andaba en la elección del tema para mis palabras, porque es la doctrina católica tan rica en doctrina y todas de tan destacada actualidad, que todas me parecían debían desarrollarse. Pero me atrajo una de tal trascendencia e importancia que sin ella serán baldíos todos los esfuerzos para la cristianización de la juventud y de la sociedad española. Serán nulos todos los trabajos porque ni la juventud, ni la sociedad pueden subsistir sin su más firme cimiento que es la familia. Que la familia es el más firme cimiento de la sociedad nos lo dice la batalla que, acerca de ella, se está riñendo en todos los campos. Se defiende a la familia por unos; se ataca a la familia por otros; lo que nadie puede hacer es permanecer indiferente ante lo que a la familia se refiere. Esta ha sido la fisonomía de la educación de la juventud en los años anteriores. Un abandono casi absoluto de los padres, una indiferencia de la sociedad y una intensa labor de los enemigos de la religión para apoderarse del espíritu de los jóvenes. Quizá vosotros, por fortuna, no conozcáis ese mal; pero si camináis por la vida de la ciudad y aún de los pueblos, el paisaje es aterrador. La juventud campa por sus respetos, libre de toda fiscalización, sabiendo que si no falta a las reglas sociales nadie se molestará en dirigirla y dominar sus caprichos, nadie sabrá oponerse al avance impetuoso de las pasiones en la edad más peligrosa de la vida. Las consecuencias de esta educación, señores, no se hicieron esperar. La juventud se ha transformado por completo. Ya los niños no sueñan con las dulces quimeras de la infancia; ya los chicos no juegan a sus juegos infantiles; ya los jóvenes no ansían el mañana placentero porque lo tienen conocido; ya los hombres no viven esperanzados y alegres porque la vida no les ofrece alicientes, agotadas todas las sensaciones, y porque la visión de un mundo ultraterreno no se alcanza a sus inteligencias alejadas de Dios. Ese es el fruto de la educación de la juventud: que los chicos jueguen a matarse, que los chicos jueguen a robar, y a veces roban, como en el caso que os he citado. Mas, felizmente, el mundo católico se va despertando. Vamos dándonos cuenta de cuál es la responsabilidad de cada uno. La triste experiencia de los años pasados y la dura realidad de hoy nos hacen meditar sobre las causas de ese desquiciamiento social. En este continuo despertar religioso de todos los grupos sociales, no puede faltar el despertar del grupo social por excelencia, del grupo familiar. Es preciso que los padres de familia se alejen de esa indiferencia por la educación religiosa de sus hijos. Y hemos visto sus consecuencias. Me he enterado esta mañana que está casi organizada en este pueblo la Asociación de Padres de Familia. Os felicito por anticipado y os pido que la acabéis de organizar y permanezcáis fieles a ella. ¿Queréis unas muestras de lo que es el laicismo en la enseñanza? En Francia, país laicista por excelencia, la mayoría de los maestros son ateos en lo moral y comunistas en lo social. Vosotros veréis qué enseñanza darán esos maestros a sus alumnos. Otro de los fines de la Asociación de Padres de Familia es la de trabajar por la libertad de la enseñanza. Que ésta no sea única, que haya diversidad de escuelas donde el padre católico eduque a su hijo en católico; el padre protestante que lo haga en protestante y el judío en judío, pero que nunca los padres católicos sostengan con su dinero escuelas donde se les enseñe a odiar a su religión. Tendréis días de sosiego espiritual y material porque si es cierto que quien siembra recoge, vosotros habéis sembrado cariño y no podéis recoger sino gratitud. Arrojasteis simiente divina y el Señor os devuelve ciento por uno de lo que sembrasteis. |
|
5.2.1927
Conocida es de todos la necesidad del hombre de vivir en sociedad y la imposibilidad con que se encontraría para subsistir por sí solo. Múltiples teorías han tratado de explicar el origen de la sociedad, buscándole en los más opuestos campos. Ha habido quien con la idea del pacto, ha buscado ese origen en el íntimo acuerdo de los hombres en estado antisocial, como Locke, o extra social como Montesquieu. No vamos a estudiar los fundamentos de la teoría, ni a demostrar uno por uno sus principios básicos. Solo sí vamos a escoger uno de ellos y que por su evidencia tan manifiesta y lógica y su conocimiento, hacen que huelgue su fundamentación. El estado de la familia en los primeros tiempos y su organización es materia que pertenece al campo de la Ética, que trata de desenmarañar la oscuridad de aquellos tiempos y la confusión que producen los escasos datos que nos quedan. Formado el matrimonio de esa manera, a causa de la incertidumbre paterna, va creciendo la influencia de la madre hasta ejercer la supremacía en la familia. Tal es el contenido de la teoría del matriarcado. Después vuelve la evolución familiar, a consecuencia del incremento de población y de los medios de subsistencia, a retroceder a las formas primitivas y ya la Historia nos da ejemplos de esa evolución hasta volver a adoptar la monogamia. Corramos el curso de la Historia y veremos desfilar pueblo tras pueblo, caracterizados todos con las mismas cualidades: el caldeo, el indio, el asirio, el chino, el fenicio, etc. Nos ofrecen una absoluta identidad de mentalidades tan pobres todas que, bajo el punto de vista que los examinamos, el familiar, nos presentan sus familias constituidas bajo la autoridad paterna, cuya misión solo se reducía a proporcionar hijos para la defensa de la patria y mujeres e infantes para ser inmolados a dioses como víctimas propiciatorias. Y llegando a Roma, en ella la sociedad toda nos presenta un grandioso desarrollo con relación a los pueblos estudiados. Bajo todos los puntos de vista, el pueblo romano se presenta como un innovador y aunque toma sus materiales de otros pueblos, especialmente del griego, es tanto el poderío de su personalidad, que deja impreso su peculiar sello en todo cuanto estuvo al alcance de su mano. En esas condiciones, el pueblo romano no podía subsistir. El enfriamiento del hogar llevó el frío hasta el corazón de sus integrantes; la ausencia de cariño embotó el sentimiento; perdida la autoridad paterna fundada en el amor y solo apoyada en las leyes, trajo consigo la pérdida de la autoridad gubernamental y vinieron las sediciones, los asesinatos, las proclamas, la pública subasta de un Impero y con ello la debilidad, la postración, la ruina y después los pueblos bárbaros, vírgenes como las esclavas que los engendraron, dieron el golpe de gracia al pueblo que se hundía bajo el peso de sus glorias como dice un escritor; aunque mejor estaría que se hundió bajo el peso de sus vicios, como dice otro. Pero hay en la Historia del pueblo romano un acontecimiento que por sí solo llena todo el reinado de Augusto y es el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Su misión es de redención, es de paz, de reconocimiento de derechos, de amor, en una sola palabra. Pero no se reduce a eso solo la labor del cristianismo con respecto a la familia; no solo se conforma con dictar principios justos que le sirvan de norte y base, sino que formula otros varios que garanticen su estabilidad. Comienza por elevar el matrimonio a la dignidad de sacramento, sentando los dos inconmovibles principios de unidad e indisolubilidad, condenando con ello y haciendo imposible la poligamia y el divorcio. En medio de la corrupción de aquellos siglos y de la desigualdad tan manifiesta entre los hombres, por fuerza la doctrina cristiana había de chocar con innumerables escollos; pero al mismo tiempo la santidad y pureza de su contenido habían de triunfar de todos esos obstáculos y apoderarse del mundo. Había invadido el imperio romano, estableciéndose en sus doradas ruinas, aquel inmenso tropel de entes y pueblos, que griegos y romanos llamaron bárbaros, y que llevaban en su seno con sus ideales individualistas, el germen de las nacionalidades. Vamos a prescindir por innecesario y prolongado, de estudiar la Edad Moderna casi en su totalidad, bajo el aspecto que nos ocupa y fijarémonos solamente un poco en un acontecimiento de esa Edad que origina otro suceso histórico que, a su vez, marca el paso a la Edad Contemporánea y que ejerce una gran influencia en la sociedad actual: La Enciclopedia. El tiempo transcurre y los principios de la Revolución van cayendo uno a uno. La teoría del pacto batida en todas sus fases, no se mantiene apenas hoy, y la sociedad ha ido renaciendo poco a poco, a impulsos de los mismos principios que antes se desecharon. Pero de las cenizas de la Revolución se alzan otras muchas teorías que aún hoy figuran en los campos de la ciencia y de la política. Tal es la situación actual de la familia. Ahora bien, ¿qué causas son las que influyen sobre la misma? A primera vista, siendo la familia el núcleo donde el hombre nace, vive y muere y estando regida toda la vida de ese hombre por el Derecho, justo es que esa regencia y cuidado alcancen a la familia también. Pero la familia no es solo ese núcleo donde, jurídicamente considerado, se desarrolla el hombre. No, es también un centro donde se dan una serie de fenómenos íntimos que escapan a la influencia del exterior y que no pueden ser amparados por el Derecho. Se concentra en su seno un conjunto de fuerzas que intervienen activamente en su vida, y verifícanse en ella una sucesión de relaciones espirituales que constituyen su misma esencia, y que forman ese núcleo tan sagrado llamado hogar. Luego si es imposible la vida sin religión, ¿dónde es necesario que se incube y produzca para lograr regularizar la marcha de la sociedad española? En el mismo germen donde ésta tiene origen y en la misma unidad que la integra: en la familia y en el individuo. La sociedad española no puede tener nada de ese individuo porque en su corazón no se depositaron odios y rencores, sino que se encerraron los ideales de Dios y de amor. Ese individuo que lleva en su sangre el cariño que le dio la existencia y que transcurrió su infancia entre besos y vivas, que ha sido testigo del querer de sus padres y que con los bracitos enlazó sus cabezas, uniéndose estrechamente; que ha crecido entre cuidados y desvelos; que ha guardado en su pecho la idea de un Dios todo justo y misericordioso, y que ha paladeado las mieles del bien obrar, ese hombre que se educó en la religión, es todo amor, es todo cariño a cuanto le rodea. Y quiere al hogar en que nació, al lugar donde creció, al colegio donde se hizo hombre, a su España que le transmitió los divinos ideales y enseñanzas e hizo vibrar su ser a impulsos de sus glorias, y llorar de rabia en sus momentos de decadencia. Ese hombre solo sueña con laborar por el bienestar de su pueblo y por la felicidad de sus conciudadanos. Pero volvamos el reverso de la medalla. Supongamos a un hombre engendrado por el pecado, el interés o la indiferencia. En el hogar, si es que se formó, está ausente el amor; el niño transcurre su infancia entre lágrimas y sollozos, en esa casa no se habla apenas de Dios porque se creó a espaldas de él. Como falta el amor entre los padres, faltan los besos comunes a los hijos y las pobres criaturas no tienen cariños que les cobijen ni cantares que les arrullen. Hemos visto cómo la religión es la guardadora del hogar y cómo es quien determina el porvenir del mismo; pero la religión no puede ir separada de la moral, como ésta no puede existir sin aquella. Donde quiera que haya creencias, habrá preceptos que cumplir. Si la religión nos ofrece la idea de un Dios todopoderoso, la moral nos obliga a reconocer su autoridad. Si quitamos de la idea del hombre el futuro destino suyo que la religión le muestra, difícilmente puede no realizar los actos que la moral le prohíbe para alcanzar su destino. La religión y la moral por fuerza han de compenetrarse. Vemos, pues, cómo es necesaria la moral y la acción que ejerce en nosotros. Luego, de aquí se desprende racionalmente el influjo que, entre otras muchas cosas, ejerce en la familia. Ella es siempre el freno que sujeta las paciones de los cónyuges y les impide atentar contra la integridad del matrimonio, rechazando de plano el adulterio y el divorcio que llevan la destrucción al mismo. Ella es la que se opone a los dispendios familiares en razón a la existencia de los hijos, a cuyo cuidado ha de proveer; ella rechaza la educación en la escuela neutra, cuando se trata de formar una moralidad universal de medias tintas porque el hombre racionalmente no puede permanecer indiferente a la idea de Dios y menos negarle; ella guarda el honor de la familia haciendo honesta y casta a la mujer española e impidiendo que con la ligereza de sus actos, caiga una mancha sobre el nombre del esposo y de los hijos. Pero no son solo la religión y la moral los elementos básicos del hogar. Existen otros varios que sirven para mantenerlo, y entre ellos se encuentra la cultura. Podría parecer a primera vista que no existe ninguna conexión entre estos tres elementos, pero nada más equivocados. Los lazos del hogar serán más estrechos aún, porque la comunidad de ideas y de cultura une más a los hombres entre sí y les relaciona íntimamente con Dios. El hogar será más estable porque quien no desconoce la desgraciada consecuencia del divorcio y la disipación, huirá de intentarlo siquiera. El amor será garantía de la solidez de las relaciones familiares, pues no puede desaparecer cuando hay personas que gozan y que sufren juntas; y la espiritualidad del matrimonio será eterna, pues quien no olvida los respetos y cariños que deben existir, difícilmente se saldrá del lugar que le corresponda y que su conciencia le dicte. Pero aún hay más. La cultura no solo estriba en conocer las leyes divinas, sino en no ignorar también las humanas. Estas son en muchos casos las implantadoras de aquellas y su ignorancia llevaría consigo la de ambos. Las leyes humanas protegen muchas veces la familia y extienden sobre ella el manto protector de sus fuerzas, y entonces es conveniente su conocimiento para saber el lugar que nos corresponde en la vida, para conocer el género de relaciones a que se nos abre camino. Creemos haber estudiado, siquiera no muy extensamente, pues el espacio es poco y la tesis amplia, a la cultura como uno de los elementos básicos del hogar. Hemos visto cómo facilita el conocimiento de las leyes religiosas y morales y cómo se amolda a las circunstancias, procurando velar siempre por la integridad del hogar. Y al hacer esto, creemos haber cumplido con la totalidad del tema al considerar a la religión, la moral y cultura como elementos básicos del hogar. Si dirigimos una mirada retrospectiva a la Historia de nuestra España, veremos cómo ella nos marca cada punto y cada variación del estado de la sociedad en relación con la religiosidad, moralidad y cultura de la familia española. Lo mismo si consideramos la situación de España antes y después del cristianismo, veremos cómo los pueblos hispanos son más poderosos y fuertes cuanto más puros conservan esos tres elementos, pero siempre más fuertes y poderosos cuando se ven iluminados con la fe de Cristo. Siempre el pueblo español se presentó hermanado con esos tres ideales. Pero aún hay más. Si nos adentramos en los tiempos de la Reconquista, ¿qué impulso guía a Pelayo y a los suyos a oponerse a los muslines? La religión encarnada en la Virgen de Covadonga. ¿Qué fuerza mantiene durante ocho siglos en titánica lucha a los hispanos, destruyendo al pueblo árabe carcomido por los placeres y la indolencia? La religión nuevamente condensada en aquel caballeresco grito de “Por mi Dios y por mi Patria”. ¿De qué fuente oculta brota aquel espíritu que abole la servidumbre y opone el derecho de los pueblos, condensando en sus municipios y behetrías a las demoras y abusos de los señores? Y seguimos penetrando en la Historia y vemos que los misioneros se lanzan a la conversión de las Américas, y sobre los hogares cristianos elevan la pujanza y poderío de un nuevo mundo. Contemplamos cómo Carlos V lucha con la Reforma que atenta contra la familia, admitiendo el divorcio. Surge la voz potente de Francisco de Vitoria que, en nombre de la religión, reivindica el derecho de los indios contra los atropellos de los dominadores, dando origen al Derecho Internacional que señala un avance importantísimo en la cultura. Y vemos al espíritu cristiano levantar un Escorial y sostener a los valerosos tercios de Flandes guerreando por la Cruz. Hemos visto siquiera sea muy a la ligera, la influencia que la religión, la moral y la cultura han ejercido sobre la familia; influencia que se ha reflejado sobre la sociedad. Y hemos visto a ésta aparecer esplendorosa y grande cuando esos tres elementos eran respetados; la hemos contemplado pujante y poderosa cuando en sus venas corría el vigor de las naturalezas conservadas por las buenas costumbres; y la hemos encontrado sabia cuando el hogar era considerado como la fuente de la inspiración del siglo. Con todo esto consideramos terminado de considerar muy ligeramente el amplio tema que nos ocupa. Hemos considerado a la religión, a la moral y a la cultura como elementos básicos del hogar español desde los puntos de vista filosófico e histórico, y de ellos deducimos la necesidad grande e imprescindible en que se encuentra la sociedad, de velar por su conservación, ya que los tres puntos considerados son los ejes de la misma. |