EL MENSAJE DE UN CUADRO (Arsenio Muñoz, OFM, autor del cuadro de los 22 mártires beatificados) |
La mejor explicación de un cuadro es contemplarle y dejar que él nos hable. Un cuadro es siempre mucho más de lo que simplemente se ve. Es un resumen de ideas y vivencias. La génesis de esas vivencias pasa por una catarsis de depuración. Y para llegar a la idea final, antes hay que comenzar por la asociación, depuración y encarnación de ideas. Esto es lo que se llaman los bocetos, donde se plasman las ideas y se da vida a los personajes. Se les buscan formas expresivas, actitudes religiosas, manifestaciones y vivencias espirituales que hablen por sí mismas. De ahí los diversos dibujos o bocetos donde se ensayan y se corrigen la ideas sucesivas, dando lugar a desechar ideas que podían valer, pero que se escogen aquellas otras que dan más unidad al mensaje central, hasta llegar a la forma que da sentido religioso, artístico y espiritual, a esa idea estética central que ha madurado como final. En el arte, enfrentarse a un grupo numeroso de personas, es un reto no exento de gran dificultad. Esta fue la lucha primera por resolver, creando y haciendo al mismo tiempo, de ese grupo, una escena armoniosa cargada de efecto espiritual, que nos introduzca en la esencia y contenido de la obra. La idea fundamental que predomina en este cuadro, es el presentar a un grupo humano entregando sus vidas por la causa de Cristo, donde el hábito religioso nos está hablando de una comunidad franciscana dominada por la fe. Este es un grupo totalmente humano y está formando una escena armoniosa, en ese instante mismo en el que la comunidad de fe se despide de este mundo, en ese adiós de la vida. De ahí que todos y cada uno de los personajes expresan y sintetizan con gestos su fe religiosa y teológica. El símbolo es un lenguaje artístico que va más allá de lo que se ve. Ellos con este lenguaje simbólico interrogan al espectador y dan sentido a ese por qué de su entrega. El símbolo principal está ocupando la escena central, donde le P. Superior imparte a la comunidad, esa bendición que desciende del cielo cargada de gracia y que está representada en el hermano joven arrodillado, en ese momento solemne. A cada uno de los lados flamean las palmas del martirio, como símbolo de victoria y premio del triunfo. Todos manifiestan un rostro sereno, como proclamando el SÍ de su fe por Cristo. Las diversas actitudes de los personajes, manifiestan las formas vividas por esa comunidad. Ellos son los que han vivido el amor comunitario en constante abrazo fraterno y ese amor se vuelve abrazo gozoso de santidad. Algunos esperan arrodillados el encuentro con el misterio de Dios. Están en recogimiento y devoción, como predicando ese valor infinito de la humildad callada, oculta a lo humano, pero que le ha merecido la santidad y unión con Dios. Otros empuñan la Tau franciscana como signo y señal del amor a la cruz de Cristo, pegada al corazón, como germen fecundo de su fe. No podía faltar tampoco, la expresión del dolor, pues también ellos fueron humanos y como Cristo, pasaron por esa hora del sufrimiento e injusticia. Pero aquí no es un dolor desesperante, sino de noble serenidad que oculta las lágrimas ante tan atroz castigo. Otros expresan con sus miradas hacia lo alto, la esperanza gozosa que les viene de Cristo, al que confiaron sus vidas y ahora El las inunda de gracia llenándoles de luz celeste. Sus manos están tendidas a la paz y el amor, o bien están recogiendo el fruto de la fe, o simplemente con sus brazos ocultos en las mangas del hábito -un gesto muy franciscano-, son actitudes suplicantes en esa doxología de la compasión, ante las puertas del misterio de Dios, lleno de belleza y esplendor, por el que quedan absortos, contemplado la gloria que les viene de lo alto, donde ya se palpa el gozo espiritual de la unión con Dios. Todos están formando esa escena heroica y humana, como hecho real e histórico. Sus rostros son retratos de personas que viven en plena fe. Por eso, su contemplación impacta nuestro espíritu y crea libamen de ayuno espiritual en nuestros ojos, para entrar en comunión de sentimientos que nos elevan a lo trascendente. Y en la medida en la que nuestro "ojo del espíritu" se identifica con los mártires, desaparece en nosotros lo terreno y da paso a nuestro espíritu que nos habla de parusía y de trascendencia, cuyo icono está representado en la imagen de Cristo, como teofanía viva y actuante. El punto clave de la obra es el Cristo alado en lo alto, símbolo del serafín que habló a Francisco de Asís. El es el que ilumina la escenografía llenándola de vida, al tiempo que crea esa mándorla de unión del cielo con la tierra, en cuyo centro de los dos mundos se halla la Ciudad Santa, la Jerusalén celeste, el eterno Edén, prefigurada en esa otra ciudad de Toledo, como sede de sus vidas y reposo de sus restos. Todo queda iluminado por la esbeltez de la luz celeste, que les envuelve, en ese aire puro de gracia, que se funde con el oro etéreo reflejado en la estameña de los hábitos, al tiempo que rasga la oscuridad de la noche, como símbolo del mal, creando olas de un universo nuevo, que se dilatan cual olas celestes del nuevo Reino. Aunque el paisaje es idealizado, como hacía el Greco en sus cuadros cuando pintaba Toledo, no está exento de la realidad. El nos ubica en un lugar concreto para traducir el hecho en contexto espiritual. Y después del velo espiritual, no falta la memoria simbólica que nos recuerda el lugar, como área del sacrificio, en ese "paredón de la muerte", hoy convertido en altar redentor y escenario teofánico luminoso. La obra es más que nada, homenaje y loa por la beatificación de nuestros mártires gloriosos que supieron vencer en el combate. Su sangre no ha sido derramada inútilmente. Su ejemplo de fe es para nosotros estimulante. Su ejemplaridad bien merece una obra pictórica que les recuerde en el tiempo para celebrar el triunfo de su fe. El que sólo busque en la obra espectáculo teatral o maravillosa delicia de un arte fantástico, está fuera de lugar. Aquí, si nos cautiva el arte es porque nos introduce en la fulgurante revelación del hombre que vive inmerso en el misterio de Dios, manifestado en esa teofanía inefable de luz, que proyecta el Cristo celeste. A nosotros nos ha hecho meditar y pensar mucho. Hemos vivido, dialogado y sentido su presencia muy cercana a nosotros, cuando trabajábamos con ellos. Contemplar hablar y dialogar con los Santos, crea adición y modela el corazón. Tenerles devoción es vivir el gozo del hermano glorificado. Que su recuerdo nos ayude y bendigan a todos. Arsenio Muñoz.
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I CRÓNICA Con motivo de la inauguración del retablo del cuadro de los mártires de nuestra Provincia ya beatificados, se han celebrado dos actos en San Juan de los Reyes los días 11 y 12 de abril del presente año. II LA GLORIA DE LOS MÁRTIRES, Con este acto de inauguración del retablo del cuadro de los mártires queremos honrar a unos hombres que vivieron y murieron por una causa noble, ejemplo y testimonio de los valores que dan sentido a la vida y modelo para todo cristiano: los veintidós mártires franciscanos de Castilla, beatificados en Roma el 28 de octubre de 2007, cuyos restos honran esta iglesia de San Juan de los Reyes: el P. Víctor Chumillas y sus veintiún compañeros. La Iglesia los ha beatificado por la misma razón que empezó a dar culto y a orar a los primeros mártires cristianos, por la certeza de que el martirio sufrido por su fe les había hecho semejantes a Cristo y les había concedido la gloria de Dios; por ello se les podía poner como intercesores ante el Señor y se les proponía a todos los cristianos como ejemplo de fe y amor llevados hasta el extremo de dar la vida por amor a Dios y a los hombres, considerados como hermanos. San Juan de los Reyes, Toledo, 11 de abril de 2008. Fr. Marcos Rincón Cruz, ofm
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