| Los mártires de Cazalegas (Toledo) |
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El pasado 13 de noviembre, a las diez y media de la mañana, tuvo lugar el traslado de los restos óseos de los “mártires de Cazalegas”, como popularmente se conoce a los Siervos de Dios Bernardo Urraco y Nemesio Maregil, “mártires” de la persecución religiosa que fueron asesinados el 3 de agosto de 1936.
Como ya habíamos informado desde el verano de 2009, los restos óseos de los Siervos de Dios Bernardo Urraco y Nemesio Maregil se encontraban custodiados por la Orden de Nuestra Señora en la iglesia del Colegio “Compañía de María” de Talavera de la Reina. Allí se les han practicado diversos estudios con el fin de poder saber qué restos pertenecían a qué mártir, con el deseo que fueran enterrados en sus respectivas parroquias. La investigación no ha permitido la identificación específica de los cuerpos por lo que en diferentes conversaciones, a lo largo de los últimos meses, la Postulación solicitó al Señor Arzobispo y al párroco de Santa María la Mayor de Talavera de la Reina la colocación de los restos en una de las capillas de la recién restaurada Colegiata. Como ya se narró en la sección “Nuestros mártires” que aparece en la última página de esta publicación, “los dos sacerdotes se refugiaron en el Hospital de la Misericordia, en la popular plaza del Pan de la Ciudad de la Cerámica, allí fueron denunciados por un anciano, detenidos y por el solo hecho de ser sacerdotes asesinados en las afueras de Cazalegas”. El Hospital de la Misericordia se encuentra justo enfrente del edificio majestuoso de La Colegial. Tal vez, como se recordó en las palabras de la homilía “aquellos jóvenes sacerdotes se asomarían por algún cristal para contemplar la fachada de la iglesia tras la cual pensarían que, tal vez, todavía Jesús Nuestro Señor estaría en el Sagrario…”
La misa funeral fue presidida por el Sr. Rector del Seminario Menor de Santo Tomás de Villanueva, don Juan Félix Gallego Risco, que está emparentado con los otros mártires de Siruela y también con el Siervo de Dios Bernardo Urraco. Al final de la misa recordó a los presentes cómo, desde niño, creció contemplando el rostro de don Bernardo y agradeciéndole a él, a don Nemesio y a los cientos de sacerdotes mártires que regaron con su sangre nuestra Archidiócesis el fruto de su entrega en tantas y tantas vocaciones sacerdotales.
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